Emilse Galvis

* Emilse Galvis

Estudiante del Doctorado en Filosofía de la Universidad de los Andes, Magíster en filosofía de la misma universidad y Licenciada en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital F.J.C. Sus intereses académicos son: Filosofía política contemporánea, Escritura y Política y nuevas formas de Subjetivación Política a partir de autores como Michel Foucault, Jacques Rancière y Simone Weil. Integrante del grupo de investigación Poder, Subjetividad y Lenguaje de la Universidad de los Andes y del proyecto Ecos-Nord “Comprender la subjetivación política hoy: experiencias y conceptualizaciones” en convenio con París Diderot 7

Cada hombre está eternamente obligado, en el curso de su breve vida, a elegir entre la esperanza infatigable y la falta de esperanza

Marguerite Yourcenar1

Estamos muy cerca de tomar una de las decisiones históricas más importantes para el país en los últimos años y de todo este tejido de opiniones que vienen y van, de todas estas buenas noticias y este halo de esperanza que hemos visto emerger en estos últimos días, lo que parece ser claro es que: o decidimos un sí y por fin después de tantos años abrimos una posibilidad para construir un país diferente, conflictivo y contradictorio como el que se avecina; o votamos por el no y seguiremos la “mano firme” de la guerra que tanto dolor y sufrimiento nos ha causado2. Y llamemos a esto polarización, o lo que sea, pero es necesario reconocer en este momento que aquello que nos estamos jugando en estas negociaciones de paz no es nada menos que “una nueva oportunidad de vida” tal y como lo afirmó Humberto de La Calle el pasado miércoles3, una vida fuera de la guerra que ya es todo para esta generación y las siguientes. Nos estamos jugando nada menos que el fin del conflicto armado con las Farc en el país, un conflicto que ha dejado millones de víctimas, llantos, cicatrices en el alma e imposibilidades como lo sabemos, pero como parecemos olvidarlo con ropas prestadas y falsedades del uribismo.

El plebiscito no es una votación más, no es tampoco una re-elección de Santos, no es la entrega del país a las Farc, ni el sí a la impunidad como afirman algunos adversarios4. El plebiscito es una apertura a la posibilidad de vivir de otro modo en este país que nos tiene tan acostumbrados a la violencia, al dolor, al trabajo, al esfuerzo y al silencio. El plebiscito, y junto con él la construcción concreta de una paz futura, abrirá la puerta a un escenario que lejos de ser un horizonte celestial en el que se eliminarán todas las diferencias, lejos de ser un espacio de reconciliación unitario que dará fin a todas las formas de violencia y dominación que nos atraviesan y constituyen históricamente, se configura como un juego de fuerzas políticas conflictivas y bien diferenciadas que son propias de un contexto democrático5.

Dicho de otra manera, que gane el sí en el plebiscito no significa que inmediatamente después de las votaciones desaparecerán las desigualdades, las diferencias, los desacuerdos. Tampoco que gane el sí significaría que después de esto seríamos una nación unitaria y armoniosa que por fin estaría encaminada en una misma dirección, una nación reconciliada en la que no habría conflictos como lo aseguró el Alto Comisionado para la Paz6. El triunfo del sí en el plebiscito no pretende eliminar la pluralidad de opiniones y formas de sentir que hoy nos constituyen. Que gane el sí se presenta como una posibilidad para que afloren de una vez por todas los las desigualdades que durante años se han arraigado en el país y en los cuerpos, y significa en sentido estricto la apertura a una construcción concreta de la paz en las regiones, en las comunidades, en los barrios, en los movimientos sociales, en las calles, etc. El plebiscito y aún más lo que viene después de él, significa una oportunidad para insistir en que no estamos conformes con este presente que vivimos y que nos tocó vivir en medio de la guerra y la violencia, significa que no vamos simplemente a reproducir unas formas de vida que ya no queremos.

Quizás hay algo en lo que tienen razón los enemigos de la paz, que ellos ven como negativo pero que a todas luces es la razón más potente para votar por el sí: el triunfo del proceso de paz le abrirá la puerta a una sociedad diferente, caótica, conflictiva. Una sociedad democrática que nos hará confrontarnos con eso que somos, con nuestras tradiciones, nuestros prejuicios, con nuestras diferencias, con nuestras opiniones e incertidumbres. En el fondo parece ser esto lo que más le preocupa al uribismo y a todos los que apoyan el no. Seguramente a esto temen más que al proceso de paz, porque prefieren seguir defendiendo las tradiciones de una sociedad que ha sido históricamente desigual, defienden la familia, la monogamia, la heterosexualidad, la estabilidad de unas formas de vivir completamente excluyentes y violentas. También todas estas tradiciones que se asumen como naturales hacen parte de la guerra: una guerra que nos ha costado millones de víctimas, claro que sí, pero también una guerra cargada de violencias cotidianas y formas de exclusión. De allí que sea más que necesario reconocer que “votar No a los acuerdos de La Habana en el plebiscito es votar Sí a la guerra, no en forma abstracta sino en forma concreta”7 con sus muertos, sus despojos, sus cifras, sus llantos y sus inadvertidas exclusiones, como lo afirmó Alfredo Molano en una de sus últimas columnas.

Finalmente que cada colombiano vote por el Sí y decida si quiere dar cierre al conflicto armado con las Farc e implementar los acuerdos, o votar no y acabar con el proceso de paz para seguir en lo mismo de siempre: guerra, corrupción, desplazamiento, violencia, exclusión etc., no es para nada una apuesta individual innecesaria. Que Colombia vote por el sí es la respuesta contundente de una generación a una época histórica que la llama a pensar en su realidad y en su presente, sin darle la espalda, sin vendas en sus ojos, una generación que asume el llamado al cambio como una posibilidad, una apertura, una decisión histórica y política que nos confronta con otras formas de vida, con otras preguntas, con otros discursos no desgastados, con otras formas de sentir y de vivir menos insoportables.

Si gana el no, o incluso si nos abstenemos de votar, asumiremos la pena de ser sombras inmóviles que no vieron de frente su realidad, apariencias humanas que prefirieron vendar sus ojos para culpar a otros por no asumir la decisión histórica de su propio presente. Como lo recuerda Nietzsche: “Qué grande debe de ser la repugnancia de las generaciones futuras al ocuparse de la herencia de una época en la cual no regían hombres vivos sino apariencias humanas con opinión pública; por eso, [si gana el no o si seguimos insistiendo en la guerra] probablemente nuestro tiempo será, para alguna otra lejana edad posterior, el más oscuro y desconocido”8. ¿Dijeron no al fin del conflicto armado? ¿Acaso no estaban ya cansados de la guerra? ¿Votaron por el no a la posibilidad más cercana de construir la paz en Colombia? Con pena habría que reconocerlo ante generaciones futuras, con la cabeza abajo, pero no será este el caso, creo yo.

  1. Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano. Salvat Editores, S.A. Barcelona. 1982.p.76
  2. Ver: Reporte Desplazamiento – Personas. Red Nacional de Información – Registro Único de Víctimas. Disponible en: http://rni.unidadvictimas.gov.co/RUV . Fecha de Corte: 1 Ago. 2016.
  3. http://www.elheraldo.co/politica/lea-aqui-el-discurso-completo-de-humberto-de-la-calle-en-el-anuncio-del-fin-de-los-dialogos
  4. http://www.elespectador.com/opinion/quien-dijo-miedo
  5. Mouffe, Chantal. El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Paidós. 1999.
  6. http://reconciliacioncolombia.com/web/noticia/1799/-como-nos-estamos-preparando-para-la-paz-pregunto-sergio-jaramillo-al-consejo-nacional-de-paz
  7. http://www.elespectador.com/opinion/disparadero-de-derecha
  8. Nietzsche. Friedrich. Consideraciones Intempestivas 2. Alianza Editorial.