Laura Carlsen

* Laura Carlsen

Analista política y directora del Programa de las Américas, un centro de investigación y análisis independiente en la Ciudad de México, periodista, comentarista y conductora de "Entrevistas desde México"

Las elecciones en Estados Unidos siempre suscitan mucho interés más allá de sus fronteras, sobre todo cuando no se trata de la reelección. La campaña de Obama llamó la atención de todo el mundo por el hecho de ser el primer afro-americano y —más importante desde América Latina— debido a la posibilidad de desmantelar una parte de la estructura bélica e intervencionista que se armó en los gobiernos de Bush después de los ataques del 11 de septiembre.

Ocho años después, es evidente que esa estructura, neoconservadora en su diseño y origen, no ha sido cambiada. Gozan de buena salud las políticas de “promoción de la democracia” —eufemismo para el cambio de régimen aplicado a los gobiernos de izquierda electos—, de intervenciones militares y de tortura y espionaje.

De hecho, con un Congreso controlado por los conservadores y los poderosos intereses de la industria de la guerra, la política exterior no ha sido modificada de manera significativa. Y no hay señales de cambios si llega Hillary Clinton a la presidencia como sucesora demócrata de Barack Obama. Su apoyo para que permaneciera en el poder el régimen golpista en Honduras, su plan para la instalación de bases militares en Colombia y las intervenciones en el Medio Oriente son prueba de la continuidad de la Doctrina Bush en el mundo.

Con esta experiencia de alternancia bipartidista sin cambios importantes en la política exterior, se podría preguntar: ¿Por qué importan las elecciones 2016 en Estados Unidos? Trump, Clinton, Republicano, Demócrata, ¿no es que todo sigue igual?

Este año hay un elemento que obliga una repuesta negativa: se llama Donald J. Trump. Sus planteamientos, radicales, racistas y anti-migrantes significarían una ruptura importante de la continuidad con alternancia y un verdadero peligro para el mundo entero.

La candidatura de Trump

Cuando surgió la candidatura de Trump, un multimillonario con el ego del tamaño de sus famosas torres, pocos la creían viable. Tenía alrededor del 1% de las preferencias al anunciar su candidatura, en un concurso con 16 candidateables. El primer gran anuncio de Trump fue construir un muro entre Estados Unidos y México para bloquear la entrada de migrantes. No fue ocurrencia de su parte. Las encuestas revelaron que de toda una planilla de temas, “controlar” la migración fue el que más resonancia tuvo entre los declarados republicanos. A pesar de que los expertos habían previsto que ningún candidato o candidata pudiera ganar las elecciones presidenciales sin el voto latino —calculado en aproximadamente el 10% y creciendo—, Donald Trump conocía su base y sabía lo que hacía.

Esto fue sólo el comienzo de una campaña que rompió todas las reglas de las empresas de imagen y asesoría política. El candidato se salía del guion para insultar a sus oponentes; acusó al Presidente Obama de ser el fundador del Estado Islámico; se ha referido a Hillary Clinton como “Hillary la Deshonesta” (Crooked Hillary); propuso una prohibición de la entrada de musulmanes al país y corrió a un bebé por llorar en un evento de campaña.

Pero en ningún tema ha sido tan tajante como el caso de la migración. El muro para sellar la frontera sur —la que llama las Naciones Unidas la región más integrada del mundo—, según Trump, debería cubrir la totalidad de los 3,201 kilómetros, acompañado con un incremento (otro) de guardias y equipo de vigilancia e intercepción. No sólo esto, sino que los 11 millones de trabajadores no documentados ya viviendo en los Estados Unidos —muchos de ellos por décadas— tendrán que ser deportados de inmediato, y se debe quitar el derecho de ciudadanía a sus hijos nacidos en Estados Unidos. En un discurso, Trump dijo que los mexicanos que México “manda” a EEUU son por lo general ladrones y violadores, aunque, dijo, podría haber “algunos buenos” entre los millones que han migrado a EEUU desde que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

El 18 de julio el Partido Republicano nombró a Trump candidato oficial. La plataforma del partido incluye la construcción del muro tal cual como lo propuso. Aunque Trump está po debajo de Hillary Clinton en las encuestas por unos 6 puntos ahora, nadie puede decir con certeza que no tiene posibilidades aún de ganar la presidencia del país más poderoso del mundo.

El imaginario de Trump

La campaña de Trump se basa en vender una visión de los Estados Unidos que poco tiene que ver con la realidad. El eslogan —Make America Great Again— implica, y Trump lo dice, que el país está débil internamente y en el mundo. Sin embargo, el gasto en defensa,y para agresiones, ha ido creciendo constantemente y el país actualmente ejerce una hegemonía militar indiscutible.

La construcción del muro se deriva de la idea de que América (Estados Unidos) ha perdido el control de sus fronteras, a pesar de que en las últimas décadas se ha visto un incremento enorme en el gasto para la “seguridad” fronteriza de $500 millones de dólares en 1986 a $18.2 mil millones para 2015, con 20,000 policías y otras fuerzas de seguridad desplegadas en la zona. Esto, a pesar del hecho de que no existe ninguna evidencia de que las personas migrantes —hombres, mujeres y niños huyendo del hambre y la violencia en sus países de origen— representen una amenaza real a la seguridad nacional de los Estados Unidos.

Sin embargo, lo que es real es el miedo y la inseguridad entre ciertos sectores de la población estadunidense y la capacidad de Trump de manipularlos. Contrario a la imagen del empresario que representa la élite económica del país, la parte de la población que mayoritariamente apoya a Trump es de clase media, media-baja, y blanca. Ellos han sido duramente golpeados en una economía estancada para ellos, donde el salario no ha crecido en más de 4 décadas y las familias trabajadoras enfrentan mayor desempleo, subempleo y precariedad en el trabajo. Las redes de protección han sido paulatinamente desmanteladas y las perspectivas para la siguiente generación son peores que el nivel de vida de sus padres.

Su respuesta es una reacción en contra de migrantes mexicanos que “roban” trabajos, contra musulmanes que para ellos son todos terroristas en potencia, contra feministas que salen de sus papeles tradicionales, contra afro-americanos que no aceptan su lugar y van hasta la Casa Blanca, contra la juventud rebelde. Los avances en derechos de estos sectores en los últimos años se perciben como amenazas a los sectores tradicionalmente privilegiados por la discriminación.

La propuesta de Trump del retorno a la hegemonía de los blancos y la restauración del patriarcado puro encuentra eco en una población que se siente insegura, y en lugar de dirigir su enojo hacia los que han acaparado los recursos con sus ingresos astronómicos y lujos inimaginables, como Donald Trump, lo dirigen hacia abajo, a los que luchan por sobrevivir igual que ellos pero que son diferentes o que han llegado más recientemente a una sociedad que ha olvidado los valores básicos de la convivencia.

Futuros escenarios

A pesar del sorprendente auge de Trump, en las últimas semanas se ve una tendencia sostenida a la baja y un caos entre sus estrategas. Por más que intentan disciplinar al candidato, son muchas las “metidas de pata”. Republicanos importantes están deslindándose de su candidato, lo cual pone en riesgo el futuro del partido más allá de las elecciones. Si miembros del partido republicano no llegan a votar o no tendrán voto republicano, podría afectar a sus candidatos al congreso, poniendo en juego el control republicano del Senado y posiblemente —aunque es un escenario más lejano— también la Cámara de Representantes.

En este escenario de implosión del Partido Republicano se debilitan las fuerzas más racistas, pro-corporaciones y anti-mujer que siempre han existido pero que han despertado con la campaña de Trump, lo cual sería un resultado positivo. Por otra parte, se consolidaría sin mayores contrapesos el proyecto de Hillary Clinton. Este proyecto se movió un poco a la izquierda debido a la presión de la campaña sorprendente del socialista Bernie Sanders. Sin embargo, sigue estando fuertemente caracterizado por ser neoliberal e intervencionista en política exterior.

Entonces, las posibilidades de cambio en estas elecciones dependerán de las nuevas fuerzas que surgieron a raíz de la campaña de Sanders, que incluye la gente del movimiento Occupy Wall Street y otros que se organizan contra la desigualdad y el modelo económico, una buena parte de la juventud, etc., y las que están uniéndose frente a la ofensiva de Trump, entre ellos latinos y migrantes. Solo estas fuerzas, organizadas por fuera del proceso electoral, podrán evitar que después del revuelo de las elecciones 2016, cuando se asienten las arenas, no se vuelvan a marcar las mismas corrientes sino que se perfilen los nuevos caminos.