Andrés Camacho

* Andrés Camacho

Máster en Energías Renovables, Licenciado en Física, Ingeniero Eléctrico, Docente Universitario y Vocero de la Marcha Patriótica Bogotá. Bloggero y Columnista en medios de comunicación alternativa

¡Vivimos un momento histórico! Se escucha decir hasta la saciedad, pero me pregunto si realmente sabemos lo que significa. Llamamos un momento histórico a aquel en que se juega el porvenir de la humanidad, de gran parte de ella y en este caso de nuestro país. Los acuerdos de La Habana entre las FARC-EP y el Gobierno colombiano representan el más grande avance en la historia de las negociaciones de paz en nuestro país.

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Fuente de la imagen: http://radio.uchile.cl

Entonces, nos estamos jugando la superación del pasado, la construcción de una nueva etapa para el país, estamos no solo ante un momento histórico; nos encontramos, tal vez, ante los retos más grandes que haya conocido nuestra generación: dejar la guerra atrás, reconciliar el país, hacer memoria, abrir la democracia, resolver los conflictos que subyacen de una manera diferente; estamos ante un momento de esos en los que algo viejo está por morir y lo nuevo por surgir. Sé que a veces es difícil pensarlo cuando aparecen el fanatismo y la desinformación, cuando se tergiversa el significado de la Resistencia Civil otrora ejercida en la India de Gandhi, o por el movimiento por los derechos civiles de Martín Luther King Jr., pero este es nuestro momento, este es nuestro reto y estas las salidas: o somos capaces de romper el falso debate Santos-Uribe y construimos la esperanza, o la historia se irá entre los dedos.

Son estos momentos históricos los que nos ponen ante las más duras encrucijadas, las decisiones y las acciones que emprendamos pueden marcan décadas y hasta siglos. Nuestra encrucijada es el plebiscito, los retos de esta convocatoria al pueblo para refrendar lo acordado en La Habana no son solo electorales, ponen a prueba nuestras instituciones, nuestra jurisprudencia y nuestra democracia, pero sobre todo ponen a prueba la ética de un pueblo, su resiliencia y la capacidad de reinventarnos como sociedad, de abrir paso a lo nuevo y enterrar lo caduco.

Pese al alcance histórico del momento que vivimos, da la impresión de toparnos con una gran dificultad a la hora de convencer, de dialogar y de plantear la necesidad de resolver el debate que se nos impone entre la guerra o la paz, entre el pasado y el futuro. Sin embargo por más de 50 años el discurso del Estado y de quienes han gobernado fue: ¡aquí no hay conflicto!, así que no resulta sencillo explicar que el acuerdo de paz no es la paz en sí misma, que la prolongación de la guerra se debe a la persistencia de las causas que lo generaron, no es sencillo hacer pedagogía de paz en un contexto que por años deslegitimó al contrario. ¿Cómo explicar que esa paz que estamos por construir no es la misma paz de Santos? ¿Cómo explicar que aún es necesario alcanzar una paz completa exigiendo los diálogos con ELN? ¿Cómo explicar que los cambios estructurales aún están por conquistar? ¿Cómo explicar que esta es la cuota inicial, los mínimos para abrir las vías democráticas y ejercer la acción política por otros medios? Para hablar de todo ello no es suficiente hablar de paz, es necesario hablar de conflicto, hablar de las causas, de las consecuencias y de las soluciones que se buscan con este acuerdo, la pedagogía para la paz debe ser una pedagogía del conflicto y mucho más en Bogotá, una ciudad delineada geográfica, política y económicamente por la guerra pero negada a su propia conciencia.

A esta dificultad se agrega la coyuntura distrital. La alcaldía de Enrique Peñalosa es un gran obstáculo para la campaña por el Sí y para la construcción de paz. Es difícil explicar que la paz es esperanza y posibilidad de un mejor país mientras en las calles se golpea a los vendedores informales, mientras se acaba el medio ambiente, se construye en las reservas, se aumenta el pasaje de Transmilenio, se vende la ETB y se desplaza, persigue y hasta asesina al habitante de calle. No es sencillo que la gente crea en la posibilidad de un mejor país mientras se es despedido, golpeado y vulnerado, ¿esa es la paz de Peñalosa? Parece que sí.

Por ello para los bogotanos, tan lejanos (aparentemente) de las consecuencias del conflicto, tan inmersos en la matriz de opinión creada por la desinformación de la derecha, y gobernados por el peor de los alcaldes, el plebiscito, más allá de una simple votación, exige mayor capacidad de discernimiento o al menos una mayor capacidad de solidaridad con esa Colombia profunda que acaso algunos llegan a imaginar. Éste es el panorama y no pretendo con ello desmotivar, al contrario el objetivo es hacernos responsables y conscientes de las limitaciones, de los condicionantes y del contexto, es necesario hablar con claridad, decirle a la gente que ésta paz va por más, que los conflictos sociales, ambientales, urbanos y políticos no se resuelven con la firma del acuerdo final, pero sí se pueden resolver los mecanismos para tramitar los problemas que vendrán.

Siempre será difícil para Bogotá esta doble dimensión, nacional y local, por ello es difícil para algunos navegar en este escenario político. Pareciera confuso para algunos explicar que mientras vamos por el Sí a la paz trabajamos por revocar a Peñalosa, el punto, mi punto, es explicar que a pesar de que parecen cosas y campañas distintas realmente no lo son.

Hace algunos años, exactamente en 2001, estalló una crisis profunda en Argentina conocida como el Cacerolazo, una crisis política originada por una crisis económica, social e institucional que produjo una revuelta popular generalizada. Dicha revuelta causó la renuncia del entonces presidente de Argentina Fernando de la Rúa, dando lugar a un período de inestabilidad política durante el cual cinco funcionarios ejercieron la Presidencia Argentina. Para contener las manifestaciones, el gobierno instauró el estado de sitio. Estos acontecimientos le dieron la vuelta al mundo y se hicieron reconocidos por una frase: “¡Qué se vayan todos!”.

Guardadas las proporciones, en Colombia enfrentamos una encrucijada similar. Por una parte, el gobierno de Santos requiere la paz para preparar la “pista de aterrizaje” a la inversión privada transnacional y profundizar el modelo económico, esto es, la drástica reducción de la inversión pública, las privatizaciones y los recortes en materia de derechos laborales, agrarios y ambientales. Por su parte, Peñalosa tiene en marcha un paquete de medidas y políticas para asegurar su modelo de ciudad, el modelo de ciudad de las constructoras, los monopolios privados y sus amigos inversionistas. ¿Ante tal situación que podemos hacer? La respuesta debe ser: ¡qué se vayan todos! y lo primero que necesitamos es que se vaya la guerra, necesitamos abrir las autopistas de la democracia y construir nuevas mayorías, necesitamos que se vayan los Peñalosa, los Santos, los Uribe y que surja un nuevo poder. Para ello debemos garantizar que se fortalezcan los movimientos sociales de indígenas, campesinos, afro descendientes, estudiantes, mujeres, que se fortalezcan los movimientos sociales urbanos y que se acreciente la dimensión destituyente, “¡qué se vayan todos!” porque venimos a gobernar. Así que hablamos de una sola campaña, la campaña DESTITUYENTE, para eliminar las barreras de acceso a la política, al campo, a los medios de comunicación, para destituir la guerra como excusa y tumbar al mal gobierno, revocar a Peñalosa y construir un nuevo gobierno para Bogotá.

Estamos en momento destituyente derribando lo caduco y conquistando nuevos horizontes, entonces, cuando lo hayamos logrado vendrá la verdadera refrendación, la participación de la gente y la posibilidad de desatar el poder constituyente. Quiéranlo o no, y así le duela a los de siempre, necesariamente vendrá una Asamblea Nacional Constituyente.