Sebastián Espinosa

* Sebastián Espinosa

Integrante del grupo de investigación en teoría política contemporánea (Teopoco).Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de la maestría en urbanismo en la misma universidad.Estudiante de filosofía de la Universidad Javeriana. Cumbiero

En el libro Metiéndole pueblo a la paz. Para la participación de la sociedad en el proceso Gobierno-ELN, editado por el profesor Víctor de Currea-Lugo, pueden leerse algunos capítulos que tienen el objetivo de ampliar tanto las concepciones de paz como las maneras y posibilidades de construir nuevas agendas, que no solo incluyan más actores en los procesos de paz, sino que trasformen las formas y prácticas concretas de construcción de paz.

Entre otros temas, se revisan críticamente cuestiones como los modelos lineales de comprensión de los conflictos: injusticia-violencia-respuesta armada-negociación-acuerdos-paz1; las relaciones entre el sistema patriarcal y la mesa de negociación o, incluso, la mesa de negociación de La Habana como forma de ratificación de modelos patriarcales y excluyentes de construcción de paz – lo que sería una paz entre hombres –; las relaciones entre comunidades étnicas y la construcción de paces, ente muchos otros temas.

Teniendo como contexto estos importantes aportes, presento algunas ideas en torno a la relación entre algunas categorías de opresión (clase, raza y género) y la construcción de paz en el marco de la actual coyuntura del país. Parto de la siguiente reflexión: desde mi perspectiva, la idea de la construcción de paz, o de paces, parte del reconocimiento de nuestra experiencia en el caos-mundo, esto es, parte del reconocimiento de las “colisiones, intersecciones, refracciones, atracciones, convivencias, oposiciones, conflictos entre culturas de distintos pueblos”2 y entre distintos grupos sociales. De aquí se desprende la pregunta: ¿cómo construir paz o paces en el marco de nuestra diversidad y heterogeneidad?

La crítica inicial; paz y nación

En algunos artículos y escritos de compañeros y compañeras he observado que la coyuntura actual de paz es definida, en pocas palabras, como el momento de construir nación. Se señala en algunos de estos textos que “la UN (Universidad Nacional de Colombia) no puede caminar al margen de la nación (…) tenemos que ayudar a construir la respuesta que nos favorece y que sirve al progreso de la nación”3. Para no sacar de contexto lo señalado en tal artículo, la reflexión se refiere a la urgencia de que la Universidad apoye el SÍ el próximo 2 de octubre y construya propuestas para la paz, cuestión que apoyo totalmente. Sin embargo, cuando la finalidad que se traza está basada en la idea de nación, se debilitan las posibilidades de pensar diversas vías para la paz o incluso pensar en la construcción de paces.

En el más corto plazo es urgente apoyar el SÍ. En el mediano y largo plazo, sin embargo, es necesario pensar seriamente las propuestas políticas a partir de las cuales se establecen horizontes o vías para la paz. En este caso, la carga histórica de los procesos de construcción de nación se ha forjado sobre la destrucción de la diversidad étnico-cultural del país y en general de América Latina.

Observemos esto más detalladamente. Alfredo Gómez Müller4 denomina políticas culturales de la exclusión al conjunto de modelos bajo los cuales se ha construido la referencia histórico-cultural de la nación en los países de América Latina. Estas políticas han operado bajo tres modelos:

En primer lugar, la nación de ciudadanos, mediante la cual se neutraliza toda referencia étnico-cultural apelando a la igualdad y dignidad del ciudadano. En segundo lugar, la nación de blancos, bajo la cual no solo se neutraliza la diversidad cultural, sino que se extermina o se termina de blanquear. Por un lado, la idea central es que gobernar es poblar, en la medida en que poblar es civilizar – siendo el civilizador el hombre blanco, europeo –. Y en tercer lugar, la nación de mestizos, modelo cuyo objetivo de integración nacional con las comunidades indígenas, un poco menos con las comunidades negras, termina por homogenizar la pluralidad de pueblos bajo el imaginario del “mestizo”. Constituyen las tareas del gobierno, en este modelo, profundizar la enseñanza del castellano, modernizar las prácticas indígenas con tecnología, en fin, crear nación.

Bajo este marco, la nueva oportunidad que se abre para construir paz no puede entenderse como el momento para construir nación o patria, su alcance sería limitado y nuevamente excluyente. La actual coyuntura, al contrario, es una oportunidad para construir experiencias diferentes, en donde se abran nuevos caminos para hacer política y nuevas oportunidades para transformar nuestra sociedad. En suma, si la guerra en Colombia ha acabado con formas de ser y de pensar, ha exterminado identidades políticas, identidades étnicas y horizontes de sentido, la paz significa, entonces, crear la posibilidad de volver a construir horizontes de sentido y de volver a construir identidades, cuestión para la cual los llamados a la construcción de nación seguirían en su histórico movimiento de exclusión en la inclusión.

Etnia y raza

En uno de los capítulos del libro Metiéndole pueblo a la paz, mencionado anteriormente, la lectura de De Currea-Lugo5 sobre las comunidades étnicas resulta muy valiosa para comprender algunas experiencias y opciones de distintas comunidades indígenas y negras en relación con los acuerdos de La Habana y cómo entienden el actual proceso de paz.

Aunque en la reflexión de De Currea-Lugo se hace referencia a comunidades étnicas como forma en que ellos mismos se autodefinen, desde mi perspectiva hace falta hacer evidente la matriz racial dentro de la reflexión. Esto en la medida en que la raza contiene y expresa discursos y memorias de dominación basadas en rasgos físicos que se naturalizan, y a partir de los cuales se excluye y se discrimina actualmente.

Para dialogar con la reflexión del profesor De Currea-Lugo, las referencias e identificaciones étnicas pueden enmascarar o invisibilizar significados presentes en la categoría de raza, como señala P. Wade6. Por esta razón, algunas comunidades no adoptan la caracterización de afro-colombianos, nombrándose comunidades negras colombianas. Ahora bien, para la construcción de paz y paces, ninguna forma de opresión puede ser validada o pasada por alto. Como señala Wade, no se puede cambiar nación por pueblo, así como no se puede cambiar etnicidad por raza, sin que se estén ocultando significados o manteniendo formas históricas de dominación. Esto, pese a que en la práctica las identificaciones étnicas y raciales coexistan, se entrecrucen y se confundan.

Género y sexualidad

Además de caracterizar las mesas de negociación como sistemas patriarcales7, para la construcción de paz hace falta desentrañar otras exclusiones y estructuras de opresión relacionadas con el género y la sexualidad. Así como el rechazo del racismo debe ser parte de la construcción de paz, el machismo y la heteronormatividad debe ser un tema transversal en la reflexión sobre la paz, tanto en la forma como se piensan nuevas ideas de paz, como en la manera de construir paz con las y los otros.

Para seguir con el ejemplo del modelo de la nación mestiza presentado atrás, el relato del mestizaje excluye todo tipo de sexualidad que no sea heterosexual, como observan autoras como Mara Viveros. En otras palabras, el proyecto de construcción de nación, además de acabar con la diversidad étnica del país, se ha construido sobre la dominación estructural del hombre8. En la actualidad, el proyecto de la re-construcción de identidades, debe pasar por la ampliación de las mismas –y de las formas de militancia y participación– tanto en partidos políticos como en el mismo movimiento social.

Una posibilidad, entre muchas otras, para pensar la paz o las paces en relación con el género, puede ser evitar los sistemas de representación binarios para describir la realidad social. Dejar de pensar la sociedad bajo dos únicas posibilidades, puede contribuir enormemente a crear distintos temas relevantes para la paz, abriendo la posibilidad de crear diversas formas de paces. Es necesario y urgente dejar de pensar que la sociedad se encuentra en guerra o en paz, que las familias están compuestas por un hombre y una mujer, que todo preso es un monstruo y de ahí para arriba toda la cantidad de estereotipos ordenados por la lógica binaria y por la naturalización de las relaciones sociales de ciertos momentos históricos.

Clase

En el contexto urbano, el mal denominado “habitante de calle” muestra la urgencia de entender que si paz significa la posibilidad de recuperar o crear memorias e identidades, la pobreza debe tomar centralidad en la agenda de los gobiernos y del movimiento social, pues creando condiciones de posibilidad materiales se pueden abrir muchos y distintos horizontes de paz. Para este caso, la pregunta ¿cuál es la matriz de opresión bajo la cual entender el problema de los habitantes de calle?, puede, por lo menos, abrir la discusión sobre una de las formas de exclusión e injusticia urbana más presentes en nuestras ciudades.

Frente a la pregunta, en principio, aparece como primera opción la clase como categoría de opresión, pues el “habitante de calle”, es un ser humano que vive en la miseria extrema. Sin embargo, en la experiencia diaria se complejiza todo el panorama; el o la habitante de calle es despojado de cualquier tipo de identidad por parte del “habitante de casa”. Parece que un habitante de calle no es ni mujer ni hombre, tampoco es blanco, ni negro, ni indígena, tampoco niño o joven. Termina siendo uno, entre otros objetos de la ciudad.

En tal sentido, si en la agenda de la paz no aparece una propuesta radical que afronte este tema, en el cual el contexto excede cualquier categoría teórica de opresión, no habrá cambiado en absoluto el país después de esta importante coyuntura. La miseria urbana es una situación de suma relevancia que junto a las opresiones de género y raza debe salir a flote, hacer ruido, y convertirse en temas fundamentales para las agendas políticas y para la investigación académica.

  1. Herbolzheimer Kristian, Las múltiples vías hacia la paz, en: Metiéndole pueblo a la paz. Para la participación de la sociedad en el proceso Gobierno-ELN, Víctor de Currea-Lugo, editor. Bogotá: Ántropos, 2016. 215 – 221
  2. Glissant Édouard, Introducción a una poética de lo diverso. Barcelona: Ediciones del Bronce, 2002. p. 82
  3. Cabrera John, ¿Por qué la Universidad Nacional debe decirle SÍ a la paz?, Revista Ciudad Blanca, http://rciudadblanca.opennemas.com/opinion/john-cabrera/universidad-nacional-debe-decirle-paz/20160901202549000744.html#.V8jViZhHTR8.facebook. Consultado el 5 de septiembre de 2016
  4. Gómez Müller Alfredo, Políticas latinoamericanas de exclusión de las memorias culturales no occidentales: la violencia de los imaginarios nacionales, en: La vulnerabilidad del mundo. Democracias y violencias en la globalización, Múnera Leopoldo, De Nanteul Mathieu, editores. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2014. 173 – 199
  5. Currea-Lugo, Víctor, Etnias y paces, en: Metiéndole pueblo a la paz. Para la participación de la sociedad en el proceso Gobierno-ELN, Currea-Lugo, Victor, editor. Bogotá: Ántropos, 2016. 209 – 214
  6. Wade, Peter, Gente negra, Nación mestiza: dinámicas de las identidades raciales en Colombia, Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 1997. p. 18
  7. Cfr. Óp. Cit. Herbolzheimer, p. 216
  8. Históricamente, todo el proyecto del mestizaje, en distintos nivel, niega sexualidades diferentes o disidentes.