Carlos Manrique

* Carlos Manrique

Ph.D. en Filosofía de The University of Chicago (2009). Profesor Asistente del departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes. Ha publicado diversos artículos sobre Filosofía política contemporánea, especialmente sobre el problema de las prácticas del lenguaje en el esfuerzo por re-pensar la relación entre ética y política en pensadores contemporáneos como Derrida y Foucault (2010, 2012), y también en torno al problema de la relación entre religión y política a partir de la lectura que hace Derrida de la ética kantiana (2009, 2010, 2011). Co-editor del No. 43 de la Revista de Estudios Sociales (“Técnicas de poder y formas de vida”, 2012). Actualmente adelanta el proyecto de investigación financiado por la Facultad de Ciencias Sociales de Uniandes, “Poder, subjetividad y lenguaje: re-pensando la relación entre ética y política a partir de Derrida y Foucault”

Entre los tres emotivos discursos de De la Calle, Iván Márquez y Santos que los colombianos escuchamos, conmovidos, el pasado 24 de agosto, anunciando la firma del Acuerdo Final, llaman la atención algunas diferencias significativas, leídas entre líneas, en cuanto a cómo parece concebirse, acá en la Casa de Nariño y allá en La Habana, ese nuevo comienzo para nuestra sociedad que la palabra “paz” anuncia. ¿Qué porvenir se vislumbra con esta palabra? ¿Qué actores están llamados a labrarlo? ¿Qué es lo que implica “comenzar de nuevo”?

Allá, en La Habana, a pesar de las diferencias en el tono y el estilo de cada intervención, los discursos de De la Calle y de Márquez coinciden en expresar de manera inequívoca, y enfática, que lo que se abre con la firma y la refrendación en las urnas de este Acuerdo Final, es una oportunidad para “iniciar una etapa de transformación de la sociedad colombiana1, y que esa transformación exige unas formas de acción colectiva que nos convoquen e involucren a todos (“tenemos que asumir una responsabilidad como colectividad humana2). Al igual que De la Calle, Iván Márquez, a su manera, también enfatizó en su discurso esta concepción de lo que la “paz” como nuevo comienzo implica: la oportunidad de una transformación social en nuestro país que la gente del común está llamada a construir: “El acuerdo de paz no es un punto de llegada, sino el punto de partida para que un pueblo multiétnico y multicultural, unido bajo la bandera de la inclusión, sea orfebre y escultor del cambio y la trasformación social que claman las mayorías3. Ambos insisten en que esa transformación social labrada colectivamente a la que la “paz” como nuevo comienzo nos convoca, no pasa solamente por la refrendación del Acuerdo con el voto por el Sí en el plebiscito, sino que requiere una democratización del país en un sentido de la noción de “democracia” que va más allá de la participación en los procesos electorales, y que implica la posibilidad de un “nosotros” más amplio, dotado de una potencia continua de configuración de lo social, en el que tengan voz y agencia en la construcción de lo común quienes antes han estado marginados de la gestión gubernamental o la representatividad electoral. Esta democratización es, pues, una altísima y muy severa exigencia para ese “nuevo comienzo” que implica la palabra “paz”, en el modo como ha logrado condensar en torno a ella anhelos y deseos colectivos. La posibilidad de que una democratización de este tipo acontezca, sin duda vislumbra una transformación social de enorme alcance, a la vez que nos lleva a preguntarnos con preocupación por lo lejos que parecemos estar aún de los cambios en la institucionalidad de la gestión gubernamental y de la representación ciudadana; y de los cambios en el ethos y la cultura política del país, que se requerirían para que un proceso de democratización así pensado pueda materializarse.

El discurso de Santos (a quien siempre tendremos que estarle agradecidos por haber hecho de las negociaciones de paz el objetivo central de su gobierno y por haberlas diseñado con astucia y con rigor), habla por el contrario, desde un “nosotros” mucho más restringido; y lejos de enfatizar, como lo hicieron los representantes de las delegaciones del Gobierno y de las FARC en La Habana, en la necesidad de una democratización desde abajo como una condición necesaria para la construcción de la paz, deja translucir una visión estadocéntrica y tecnocrática de la política. Santos habla desde el “nosotros” de la experticia gubernamental, estatalmente posicionada: su “nosotros” es el del Estado que defiende los derechos de los ciudadanos (“nuestro deber principal para construir la paz es proteger los derechos de las víctimas”), o impulsa a través de sus medidas de política pública el progreso económico (“para desterrar la violencia debemos llevar oportunidades y progreso a nuestros campos4). Su concepción de la política está claramente diagramada por la dicotomía entre los gobernantes y los gobernados. Los primeros son los llamados a tomar las decisiones y emprender las iniciativas que habrán de beneficiar a los segundos. El “mañana” que acá se anuncia ya está más o menos decidido, y es predecible por los cálculos y las proyecciones de crecimiento económico: “dejaremos de ser vistos como un país más peligroso, y llegarán más inversiones, más turismo, más empleo5). Cuando el “nosotros” que hace la historia y decide sobre lo común llega por un momento a considerarse de una manera más amplia, es con el alcance restringido de la participación en las urnas. Así, al final de su discurso Santos nos entrega a los colombianos la llave de nuestro futuro… ¿y en qué consiste abrir con esa llave la “puerta del mañana”? Consiste en refrendar en el plebiscito el Acuerdo Final. Qué signifique “vivir en paz” y qué signifique “la esperanza en un mejor futuro”, algo que Santos concede en su discurso que le corresponde al pueblo colombiano decidir conjuntamente (y no sólo al “nosotros” de los gobernantes gracias al cual ese mejor futuro parece ser ahora posible), no es algo sin embargo que esté en discusión, no es algo abierto a debate, no es algo aún incierto por lo que nos corresponde a cada uno luchar: es algo que extrañamente en este discurso se nos presenta como obvio. No sólo como obvio, sino como relativamente fácil: sólo hace falta abrir la puerta del mañana, votar por el “sí” en el plebiscito, y ya. La gestión técnica gubernamental, inteligente, informada, educada, se encargará, presumiblemente, del resto. No estamos acá entonces frente al “nuevo comienzo” de una democratización radical del país, con la inquietante incertidumbre que este empeño arroja, sino frente al mañana de la tecnocracia, inconmovible en su certeza de sí. No es extraño entonces que desde esta perspectiva de una tecnocracia gubernamental, y los sectores académicos que la respaldan, el plebiscito sea pensado no tanto como la oportunidad de comenzar de nuevo a construir un país en paz, más plural, más equitativo, abierto a dejarse interpelar por las voces y los rostros de los que han vivido en los márgenes de los privilegios económicos y políticos, sino como el “último obstáculo” a superar para alcanzar la paz6.

Nuestro entusiasmo por apoyar el plebiscito debe entonces reconocer que el futuro del país, en la era que se nos avecina de la construcción de paz, se bifurca entre estas disímiles alternativas: democratización o tecnocracia. Así como preocupa que un importante sector del gobierno de Santos conciba el “nuevo comienzo” de la paz como la superación de un obstáculo hacia una concepción neoliberal del desarrollo económico y una visión tecnocrática de la política para la cual los privilegios económicos, epistémicos y políticos de la clase dirigente de nuestro país no tienen por qué verse alterados, desestabilizados, puestos en cuestión (que es, justamente, lo que exige la apuesta por una democratización del país); así también alegra ver que los discursos de los representantes de las delegaciones del gobierno y de las FARC en La Habana se acercan cada vez más a la perspectiva de los movimientos sociales y de las minorías étnicas: el “Sí” al plebiscito se está pensando desde los movimientos sociales, justamente, como la posibilidad de construir “otra democracia”7. Los avances en el texto de los acuerdos en términos de redistribución en el acceso a la tierra, de ampliación de los escenarios para el ejercicio de formas de autogobierno locales orientadas por las nociones de buen vivir de las comunidades en su relación con los territorios, etc., estos avances se conciben como oportunidades que le señalan un rumbo a la lucha y la movilización política de los sectores populares en los años por venir; una bitácora para avanzar en el escenario polémico y conflictivo en el que esas luchas habrán de llevarse a cabo. El pathos de este anhelo, en contraste con el de la certeza de una gestión gubernamental segura de sí, de sus saberes, sus cálculos y sus proyecciones, es el pathos de la incertidumbre y la inquietud del “quizás”: un “quizás” que mueve a la acción de otra manera, que tiempla el deseo de otra forma muy distinta al “así será” de una concepción de la sociedad y del país que no se arriesga a ver su posición de mando cuestionada, alterada. Ese quizás vibra intensamente en los pronunciamientos de los movimientos sociales a favor del “Sí”, mientras que sus discursos destacan que esos aspectos de los acuerdos que pueden servir en este “nuevo comienzo” de bitácora a las luchas de la gente del común, “abren una posibilidad a las luchas del pueblo para transformar su empeño por el buen vivir, la autonomía y la democratización de la sociedad8. Esta encrucijada de la construcción de paz… que se juega ahora entre esos dos tiempos: el de la certeza del “así será”, o más bien, del “así seguirá siendo”, por un lado; y, por el otro, el quizás del “podrá ser de otro modo”; …que se juega ahora entre dos democracias: la democracia actual que estabiliza un orden social, una concepción del desarrollo económico, y legitima la tecnocracia gubernamental que se atribuye el saber cómo ha de ser el mañana; y otra democracia aún por construir en donde otros saberes y experiencias de lo común logren tener el espacio para afianzarse como alternativas de sociabilidad y de construcción del futuro del país desde los territorios y el auto-gobierno de las comunidades regional y étnicamente diferenciadas; …que se juega ahora entre dos afectos: el de la certeza de sí de nuestra clase dirigente que no concibe la posibilidad de ceder el privilegio que tiene en la conducción de los destinos del país; y el de la inquietud apasionada de una lucha de los sectores populares hasta ahora siempre marginados, con muy pocas excepciones, de la posibilidad de gobernar, que le apuesten a defender a toda costa en esta coyuntura la posibilidad de una transformación social y cultural.

Esta encrucijada ya la estamos viviendo con signos manifiestos que apuntan a un futuro o a otro: la ley ZIDRES o la medida de la Fiscalía de volver a autorizar las fumigaciones con glifosato, decisiones de nuestra clase dirigente que van en flagrante contravía de aspectos específicos de los Acuerdos de La Habana, a las cuales el gobierno Santos favoreció por acción o por omisión; de otro lado, la oportunidad que tuvieron comunidades indígenas y afrodescendientes del país, a último momento, de incluir un “Capítulo Étnico” en el texto de los acuerdos, en el que, entre otras cosas, se hace énfasis en la necesidad de fortalecer y garantizar el espacio de los “Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial”, como escenarios claves de la posibilidad de autogobierno de las comunidades en los territorios.

El voto por el “Sí” al que nos volcamos con un entusiasmo quizás inédito en la historia de nuestro país, será un entramado complejo de visiones contrastantes del futuro del país, de quiénes están llamados a labrarlo y de lo que ese “nuevo comienzo” implica en términos del afianzamiento, o la transformación, de aspectos constitutivos del orden social imperante en nuestra sociedad. Lejos de debilitarlo con una sombra de duda, reconocer este complejo enramado, habría de avivar nuestro entusiasmo, a la vez que habría de ponernos alerta con respecto a la necesidad de que ese entusiasmo sea militante, pues exige de cada uno de nosotros mantener vivo el anhelo de transformación social en las exigentes tareas que este “nuevo comienzo” nos pone por delante. El tiempo del “Sí” se extiende mucho más allá de la victoria el 2 de octubre. Ahí apenas tendrán que renovarse los esfuerzos de quienes anhelamos un país distinto, en el que las voces y las experiencias de la gente cualquiera, de las multitudes anónimas de los campos y de las ciudades, puedan tener más incidencia en nuestro porvenir y en la construcción de lo común.

  1. http://www.elheraldo.co/politica/lea-aqui-el-discurso-completo-de-humberto-de-la-calle-en-el-anuncio-del-fin-de-los-dialogos
  2. ibídem
  3. http://media.caracoltv.co/Noticias/DISCURSO%20DE%20IV%C3%81N%20MARQUEZ.pdf
  4. http://www.elheraldo.co/politica/este-es-el-discurso-completo-de-santos-sobre-el-acuerdo-final-con-las-farc-280502
  5. ibídem
  6. http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/mundo/9/plebiscito-el-ultimo-obstaculo-para-la-paz
  7. http://www.comosoc.org/En-el-plebiscito-decimos-Otra
  8. ibídem