Daniel Pardo Cárdenas

* Daniel Pardo Cárdenas

Egresado del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, estudiante de la Maestría en Filosofía en la Universidad de Los Andes. Sus intereses de investigación están orientados a la filosofía política moderna y contemporánea.

En las últimas elecciones para la Alcaldía de Bogotá, el lema de la candidatura de Peñalosa –“Recuperemos a Bogotá”– tenía un mensaje directo, culpar a los gobernantes anteriores de haberla perdido, y uno indirecto: fueron él y Mockus quienes la habían encontrado en primer lugar. No podemos desestimar el impacto ideológico que tiene este supuesto hoy en día, pues, más allá de que sea cierta o no la efectividad que el tándem Mockus-Peñalosa de los noventa tuvo sobre la solución de algunos problemas de la Ciudad, el imaginario social lo mantiene presente1.

La reforma del transporte y de los espacios públicos se debaten hombro a hombro con la cultura ciudadana como los grandes pasos que habrían dado estos gobiernos y, se pensó, al momento de ‘recuperar a Bogotá’, la historia se repetiría y la promesa postergada de la “ola verde” arreciaría sobre la ciudad. Sin embargo, la célebre sentencia de Marx, según la cual la historia y los personajes históricos aparecen dos veces, “una vez como tragedia y la otra como farsa”, prueba su actualidad.

La añorada cultura ciudadana que se perdió, la que supuestamente fue una alternativa que permitió crear una ciudadanía que se reconcilió con la ley, al volver adquiere su forma más brutal (que se encontraba ya en germen en su primera aparición): la obediencia al precio de la fuerza, la ‘ciudadanía’ al precio de la justicia, el ‘buen comportamiento’ al de la humillación.

La tragedia

Vayamos por partes. La cultura ciudadana es el nombre con el que se popularizaron las políticas de gobierno que se implementaron a partir de la primera alcaldía de Mockus en Bogotá. Se trata de una serie de prácticas que buscan contrarrestar la brecha que, se diagnosticó, se abre entre la sociedad colombiana y la ley. Según este diagnóstico, los individuos encuentran una motivación para “pasarse la ley por la faja” en la medida en que el delito o el ‘mal comportamiento’ es tolerado socialmente: sea en el tráfico, la corrupción o, incluso, el asesinato.

Los medios para curar esta ‘patología’, decían Bromberg y Mockus, tenían que escapar al campo jurídico, pues, se trataba justamente de surcar el espacio entre el derecho y la vida del día a día; digamos, en una palabra, el que corresponde a la cultura. El remedio, como podemos recordar fácilmente, vino en forma de una serie de experimentos que en esa alcaldía se pusieron en marcha para enfrentar este campo difuso: la Ley zanahoria, los mimos, las cebras peatonales, etc. En una palabra, el resultado esperado era que, a partir de la construcción social del tabú y de la vergüenza frente a los delitos y las conductas reprobables, los individuos respetaran la ley por convicción, contribuyeran a mantener el estupor frente a los delitos y reemplazaran unas formas de violencia por otras.

De nuevo, más allá de los resultados reales que la cultura ciudadana haya tenido2, por un buen tiempo se ha mantenido la opinión generalizada de que estos experimentos sociales fueron medios pedagógicos útiles para contrarrestar problemáticas importantes en la Ciudad, al disminuir el número de homicidios, mejorar la convivencia (sea como sea que esto se pueda medir) y la movilidad.

Además, apoyada en un discurso progresista, independiente de los partidos tradicionales y utilizando medios de intervención poco ortodoxos, la cultura ciudadana se hizo un bien con buena reputación en el mercado: fue una mercancía de exportación a otras ciudades de Colombia y de Latinoamérica y, desde luego, se volvió un activo útil políticamente –innumerables congresistas hacen campaña con esta bandera, casi por ‘meritocracia’ Mockus repartió su apoyo electoral a los candidatos en las últimas elecciones, Petro incluyó a Bromberg en su campaña a la alcaldía, etc.– y económicamente –el servicio de consultoría más barato ofrecido por CORPOVISIONARIOS, la fundación que preside Mockus, no cuesta menos de 400 millones de pesos, y ni hablar de las jugosas licitaciones que ahora están ejecutando de la mano de Peñalosa–.

Ahora, por avatares históricos que no nos interesa reseñar, desde los noventa hasta nuestros días, Peñalosa se vio involucrado cada vez más con el capital acumulado de la cultura ciudadana. En la última coalición que hizo con Mockus, ya muy lejos del espíritu independiente de sus campañas anteriores, Peñalosa se presentó como el heredero y el ‘conocedor’ de la cultura ciudadana. En consecuencia, su programa de gobierno la incluyó como uno de los pilares de trabajo de su alcaldía para enfrentar cinco problemas de la ciudad: seguridad y convivencia, espacio público, movilidad, embarazo adolescente y violencia contra las mujeres. Y… el hecho es que él ganó con este discurso.

La farsa

Con todo, el anuncio de la adhesión de la marca “cultura ciudadana” a la campaña de “Recuperemos a Bogotá” generó opiniones encontradas. En algunos sectores despertó un entusiasmo tan particular, que la inversión de $5.467 millones de pesos, como estaba prevista en el Plan de Desarrollo, era poca cosa “para recuperar la Cultura Ciudadana que se perdió en las últimas tres administraciones de izquierda”3.

Para otros, con menos entusiasmo, y con una reflexión más moderada, se hacía necesario poner en cuestión los alcances que podría tener el retorno de este proyecto si no se reinventaba a la luz de los cambios históricos que ha sufrido el país en las últimas dos décadas4 o si no se reformulaba radicalmente en relación con lo que había sido la primera vez5.

El entusiasmo de los primeros se sumaba oportunamente al de una parte de la población que quería una ciudad mejor administrada y más ordenada, sin poner mayores condiciones para lograrlo; el escepticismo de los segundos, en buena conciencia, veía más retos que oportunidades para que esta estrategia de gobierno rindiera frutos. Ahora bien, Peñalosa ha hecho su parte y con ello ha mostrado que la cultura ciudadana no tenía problemas de forma o de implementación, sino de fondo.

Partamos de una corta serie de ejemplos que el Alcalde nos ha dado hasta este punto. Su carta de presentación fue el desalojo forzado de cientos de trabajadores que se empleaban en las ventas informales en el espacio público. Lejos de preocuparse por los derechos laborales profundamente diezmados por las condiciones materiales que ofrece el país, los culpó por no tener una comprensión suficiente del “espacio público”; el ESMAD y la ‘cultura ciudadana’ se ocuparon de esta tarea. Y, en su talante, de buenas palabras pero de acciones discriminadoras, reforzó esta acción al promover una intervención armada –similar a la de su primera alcaldía– para desalojar y después demoler el Bronx. También en el mismo talante provocó una diáspora de habitantes de calle por toda la Ciudad, sin ofrecerles a cambio algún programa sostenido de rehabilitación. A cambio, les puso a disposición un buen número de encuentros brutales con el ESMAD y con grupos urbanos clandestinos. Lo que esto nos enseñó es que la cultura ciudadana tiene un público exclusivo y excluyente, porque la categoría de “ciudadano” no le queda a todo el mundo.

Un mecanismo similar de diagnóstico y acción opera en su estrategia de seguridad en Transmilenio. El programa de esta administración empieza y termina con eliminar el problema de los colados. Para esto, se inició con una campaña que declaraba este fenómeno como un “delito social”, campaña que se repetía infernalmente por los altavoces de las estaciones. Se sumaron a esto las puertas de seguridad y los timbres que se instalaron en algunas estaciones, el número siempre creciente de empleados encargados del control de pago de pasajes: entre policías, vigilantes de los torniquetes, personas encargadas de revisar el pago de pasajes, etc., y el apoyo de sectores políticos retardatarios desde el Concejo de Bogotá para construir mecanismos punitivos más fuertes con el nuevo Código de Policía.

Así, toda la estrategia defiende que el problema principal son las personas que entran sin pagar al sistema y, sin importar las razones por cuales lo hacen –un pasaje muy costoso, un servicio cuya mala calidad va en detrimento de su imagen general, etc.–, todo recae sobre su responsabilidad como individuos estimulados por la impunidad, inconscientes de los efectos que sus acciones pueden tener sobre el resto de la población. En particular, esta forma de inculpación individual relució en el dictamen del Distrito frente al homicidio de Rosa Elvira Cely. ¿Qué debemos concluir de la inculpación de Rosa Elvira en su asesinato? ¿Que a ella le faltó cultura ciudadana para no haber sido asesinada? Cuando menos, este es un mal presagio para el eje de trabajo sobre violencia de género que se planteó como foco de atención de esta alcaldía. Quiero señalar un par de cosas frente a estos ejemplos.

Primero. Para enfrentar los problemas complejos de la Ciudad –y que incluso (aunque resulte difícil creerlo al escuchar a Peñalosa) varios funcionarios de la administración distrital reconocen como tales– desde la alcaldía se ofrecen soluciones simples: para la violencia de género, cultura ciudadana; para la violencia en general, mejorar la percepción de seguridad y aumentar el pie de fuerza; para la desnutrición infantil, afecto6 por falta de comida, sino por falta de afecto”. RCN Noticias. Minutos: 25:00 – 28:26: http://www.noticiasrcn.com/videos/emision-600-am-19-septiembre-2016]; para mejorar Transmilenio, disminuir el número de colados, etc. En este sentido, la solución de los problemas sociales que se ofrece desde este marco de comprensión, por basarse en marcos de interpretación que reducen los fenómenos a la agencia de un sujeto concreto (el delincuente, el colado, los habitantes de calle, etc.), i.e. a un problema moral, y no a la determinación de múltiples causas que los hacen posibles (la pobreza, la discriminación, el abuso, etc.), i.e. a un problema socio-político, es siempre insuficiente.

Segundo. Es necesario tener en cuenta que la cultura ciudadana ha enfrentado tres críticas principales: la ausencia de un mecanismo para equilibrar la relación entre la ofensa y el castigo, la ‘obediencia ciega’ a las leyes, que se asumen como un límite inexpugnable que determina todo comportamiento7 y la falta de profundidad en la comprensión de los fenómenos sociales complejos, en la forma de delitos o conflictos. En buena lógica, de fondo, todas apuntan al mismo problema: la presencia del autoritarismo en la justificación de la represión, por vía de la violencia física o psicológica, a nivel penal, jurídico, social y político, en pos del mantenimiento del statu quo, sin instancias de deliberación o resignificación de las leyes ni del concepto global de ciudadanía que se encuentra en el trasfondo de ese discurso civilizatorio.

Tercero. En consecuencia, aunque la cultura ciudadana haya parecido un mecanismo interesante de intervención social, por escapar a los medios tradicionales de control y punición, el problema no está en que haga falta implementarla nuevamente ni en reestructurarla, en conjunto o en algunas de sus partes; el problema está en que opera con un mecanismo autoritario que tiene una fachada amable. Se postula un ideal normativo –la defensa del espacio público, la seguridad, la vida, felicidad, etc.– para justificar una serie de acciones represivas que mantienen el orden de cosas dado, sea el postulado por la ley o las buenas costumbres. Vemos, entonces, que el carácter autoritario no solo está en el hecho de que se justifiquen estas acciones violentas, sino, además, en que los valores postulados tienen un sentido concreto para los distintos grupos sociales que habitamos en esta ciudad y las acciones que la alcaldía ampara en un discurso de lindas palabras siempre están a favor de un grupo social y en contra de otros.

Para concluir. Si de lo que se trata es de construir una ciudad para el posconflicto, “una ciudad de las víctimas”, es necesario dejar de lado la cultura ciudadana por basarse en un esquema de inculpación individual que concibe a los ciudadanos como menores de edad, que deben ser educados y castigados. Hemos visto que esto es, en última instancia, un mecanismo opresivo que se justifica siempre en valores que, a primera vista, estaríamos prontos a defender. Pero, una ciudad para el posconflicto tiene que ser capaz de reconocer la complejidad de sus conflictos y enfrentarlos como tales, proceso para el cual la cultura ciudadana hoy funciona como un velo. Por esto, a la administración de Peñalosa la experiencia nos ha enseñado a juzgarla por lo que hace y no por lo que dice. Y quiero sumar una conclusión más. Argumenté en contra de la implementación del nuevo Código de Policía en una columna anterior, particularmente, porque a partir de este se promulga un discurso similar al de esta alcaldía: con palabras lindas se quiere defender un orden injusto de relaciones de poder desiguales. Ahora, no es de extrañar entonces que uno de los actos protocolarios de esta alcaldía haya sido apoyar la implementación del Código. En definitiva, lo que quiero sumar en una sola voz es: no a la cultura ciudadana, no al Código de Policía.

  1. http://www.semana.com/nacion/articulo/cultura-ciudadana-en-bogota-vuelve-con-antanas-mockus/477200
  2. Ahora bien, si estas críticas emergieron con el tiempo, y si estas formas de gobierno se han visto como deseables, puede deberse en gran parte a que las alcaldías de Mockus y de Peñalosa se enmarcaron en las postrimerías de los episodios más crudos de las guerras entre Carteles del narcotráfico, de estos con el Estado, el nacimiento de la Constitución de 1991, la apertura neoliberal, y con ella el caudal de préstamos y endeudamiento para la ciudad, etc.
  3. http://www.elnuevosiglo.com.co/articulos/07-2016-penalosa-y-mockus-lanzan-programa-de-cultura-ciudadana
  4. http://www.razonpublica.com/index.php/regiones-temas-31/9523-%C2%BFc%C3%B3mo-ser%C3%A1-la-cultura-ciudadana-en-la-era-pe%C3%B1alosa.html
  5. http://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/cultura-ciudadana-antanas-mockus-enrique-penalosa/49130
  6. Luis Gonzalo Morales, Secretario de salud de Bogotá: “Todas las formas de desnutrición –hay que decirlo–…,casi el 90% de los casos, no [son
  7. http://www.razonpublica.com/index.php/regiones-temas-31/9523-%C2%BFc%C3%B3mo-ser%C3%A1-la-cultura-ciudadana-en-la-era-pe%C3%B1alosa.html