Hernán Alejandro Cortés

* Hernán Alejandro Cortés

Estudiante del Doctorado en Filosofía y Magíster en Filosofía de la Universidad de los Andes; Licenciado en filosofía de la Universidad Santo Tomás. Ha sido profesor de la Universidad de los Andes, la Universidad Jorge Tadeo Lozano y la Universidad San Buenaventura. Actualmente es becario de la Universidad de los Andes e investigador de REC-Latinoamérica. Es autor del libro: El animal diseñado: Sloterdijk y la onto-genealogía de lo humano (2013). Su campo de investigación es la filosofía política y latinoamericana. Su proyecto doctoral se concentra en el problema de lo común en el marco de las discusiones sobre la ontología política en autores como Laclau, Žižek y Castro-Gómez.

[debemos] empezar otra vez por el principio y amar como nunca el país que merecemos para que nos merezca.

Gabriel García Márquez

La patria amada aunque distante

Las crisis no se resuelven fácilmente, éstas implican que hay que abandonar las certezas de un mundo anterior y cambiar el tablero de juego, de manera que esto nos lleve a la configuración de un nuevo sentido común. Sin duda, los Acuerdos de La Habana han traído cosas positivas al país, pero quizá el mejor de todos sus efectos es la reafirmación de una expectativa sobre lo nuevo, los Acuerdos han abierto un escenario en el que hay algo por-venir. Si bien los Acuerdos de La Habana no resuelven todos los problemas del país, es innegable que estos le han legado a los colombianos un horizonte en el que se juega una lógica diferente en el campo de lo político. El acuerdo de voluntades de La Habana nos ofrece una idea interesante: que la lógica de la política puede vencer la lógica de las armas. Los colombianos no podemos ser tan ingenuos para creer que después del 2 de octubre todo cambiará, sin embargo, es posible ver que en las calles, en los cafés y en la vida pública en general se empiezan a jugar una serie de discusiones importantes para la transformación de la agenda política.

Es innegable que el Acuerdo ha generado unas expectativas bastante altas y que la emoción que palpitó el pasado 26 de septiembre en las plazas del país convoca a una re-configuración de los afectos en un país que parece transitar a la democracia. De una u otra manera los sueños por un país diferente empiezan a colarse por los huecos de este proceso y dan cabida a una serie de horizontes políticos disidentes en los que la imaginación y la voluntad devienen herramientas de cambio. Los acuerdos han logrado poner en la agenda nacional las luchas históricas que los movimientos sociales han abanderado, en esa medida, se abre una apuesta en la que el movimiento social juega un papel protagónico. Es el movimiento social y popular el que se encargará de transformar el país pero para lograrlo será necesario desbordar el sentido común, una tarea difícil que no ocurrirá de un día para otro.

Y es una tarea difícil porque nuestro sentido común ha sido construido por el miedo; hemos crecido con miedo al desarraigo, al secuestro, a la desaparición, a pensar y opinar diferente. El miedo acabó con la memoria, desechó el pensamiento y deslegitimó la política como un escenario para tramitar conflictos. Hemos crecido en medio de esa derrota; nos hemos vuelto hijos de la resignación y hemos adoptado la imposibilidad como un sacramento. Nos han bautizado con la indiferencia y hemos sido vacunados por una indolencia única, cargando a cuestas una historia de infamias y desasosiego. Estos años de guerra se nos han vuelto costumbre y en lugar de imaginar un mundo diferente hemos desarrollado una extraña capacidad para normalizar los productos de la barbarie. Construir un sentido común tiene que ver con que las luchas particulares y colectivas avancen contra eso que ahora nos parece “natural y lógico”, una lucha por el sentido común es una lucha desnaturalizadora, crítica, que tiene como eje la re-interpretación del mundo como acción colectiva.

Es necesario que la esperanza derrote al miedo y ello implica desbordar esas creencias sobre la imposibilidad, de manera que nos sea posible imaginar un conjunto de relaciones en las que prime el optimismo de la voluntad. Desbordar el sentido común tiene que ver con emocionarnos juntos a la hora de imaginar un país diferente, con salir a la plaza pública en la lucha por nuestros derechos, con volver la calle un lugar seguro para todos, con nunca ser indolentes con las necesidades de otros. Para poder configurar ese nuevo sentido común debemos desbordar el miedo con disciplina reconociendo que nuestras luchas particulares deben aunarse con las luchas de los otros.

Ante la desazón que producen las políticas de austeridad del neoliberalismo, con las que los ricos se hacen ultra-ricos y los pobres más precarios, es necesario avanzar en la colectivización y la cooperación como prácticas económicas que le hagan contrapeso al individualismo ideológico que produce el capitalismo. Es necesario revindicar la lucha de clases como un horizonte estratégico de transformación, como una apuesta en la que esos muchos que desde abajo sufren las injusticias del sistema puedan resolver años de marginación y desigualdad.

De manera que desbordar el sentido común consiste en crear una agenda de demandas sólidas, en la que no solo la lucha de clases predomine, sino que se vinculen las demandas por la igualdad de género, la inclusión de los afros y los indígenas, así como las luchas estudiantiles y por la salud. Para crear un movimiento popular para la paz es necesario tener en cuenta lo que Laclau y Mouffe han llamado una cadena de equivalencias que permita ordenar las luchas políticas bajo la construcción de un significante que tenga aspiraciones de universalidad, nuestras causas deben recogerse estratégicamente en un significante que en este momento puede ser la paz.

Organizar la esperanza y la voluntad son las tareas que tenemos para construir un movimiento popular y ello solo será posible bajo la articulación de diferentes actores. Tenemos que discutir, pensar, disentir en una lucha frontal en el juego de lo político; es necesario disponer de toda nuestra inteligencia y fuerza. Para no recaer en la violencia será necesario que nuestras acciones sean concretas y claras, que podamos crear instancias de acción directa que transformen nuestras realidades inmediatas, dar fuerza a las acciones colectivas en los barrios, universidades y lugares de trabajo. Si bien los Acuerdos de La Habana son ventana para unas reformas institucionales, éstos no tienen porque enfrentar todos los problemas que tiene la sociedad. Los acuerdos, sin duda, nos ofrecen una garantía para hacer política sin temer por nuestras vidas, si el Estado acata su responsabilidad de no jugar a la política con las armas, los ciudadanos de los sectores más diversos tendrán no solo la posibilidad, sino la responsabilidad, de aunar sus fuerzas en un movimiento popular que avance hacía la construcción de escenarios políticos contra-hegemónicos. Si hay algo que desbordar y organizar el desgaste y hastío hacia esa clase política que se ha hecho con el poder sin construir escenarios para el mejoramiento de la sociedad en general, hay que gritar a los cuatro vientos que no nos representan, que lo público no es un botín para su beneficio.

Para configurar poder político y construir una paz estable y duradera es obligatorio que veamos las necesidades de los otros como propias para extender nuestras demandas de manera transversal, para ello será necesario horizontalizar las luchas políticas y darle cabida a las múltiples causas que reclamen un mejor país para todos. Esto implica eliminar las condiciones a priori de las luchas para jugar en un tablero en el que las luchas no terminen por segregar a los otros. Es necesario disputar el sentido de la vida, reconfigurar nuestras posiciones éticas, de manera que podamos luchar contra nuestros propios prejuicios. Crear una fuerza contra la hegemonía del miedo implica hacer de los problemas políticos, que nos parecen lejanos, prioridades cotidianas y avanzar en una lucha conjunta que esté repleta de imaginación.

Para construir un movimiento popular por la paz es necesario que seamos precavidos con la tercerización de los servicios del Estado y que estemos muy atentos a los usos de los recursos públicos que estarán destinados a generar políticas de pos-acuerdo. Los nuevos estamentos institucionales creados por el Acuerdo de La Habana no pueden caer en manos de organizaciones que se lucran de los proyectos sociales, que olvidan que la ejecución de recursos públicos es para todos y no para el beneficio de pocos. Hacer una veeduría ciudadana y consolidar un movimiento participativo tiene que ver con disputar en lo institucional, con extender nuestras luchas y reconstruir lo público. Después del 2 de octubre la tarea de los colombianos es darle contenido a los Acuerdos y, para ello, es necesario disputar lo común. Llenar de contenido esta lógica política implica cambiar nuestra visión sobre lo público y jugarle al escenario de la participación política con vehemencia y disciplina. Pues el juego institucional de la política no será garantía suficiente para que podamos desbordar el sentido común, lo más importante para trabajar en la configuración de un nuevo orden tiene que ver con que los ciudadanos adopten nuevas posiciones éticas, una tarea difícil, en la que todos y todas debemos someternos a un examen sobre nuestro hacer y sentir con el otro.

Creer que la paz se alcanzará a punta de reformas administrativas del Estado es una completa ingenuidad. Construir una paz estable y duradera tiene que ver más con agenciar las prácticas cotidianas con escenarios donde la lógica del diálogo, de la diferencia y de la reflexión estén en el primer orden. Se vuelve necesario que le demos la vuelta al sentido común, es decir, que logremos jugar a la configuración de nuevas expectativas, nuevas formas de relacionamiento donde lo común sea un horizonte y no una apuesta estratégica. Para construir un movimiento popular debemos desbordar con nuestra imaginación e inteligencia lo que se nos presenta tan sólido en la cotidianidad. Es hora de emocionarnos juntos, de amar esta Colombia por-venir, de desbordar nuestro sentido común para crear uno nuevo y para ello será clave no solo descreerle a la guerra y crear la paz, sino articular todo este desborde de ideas que nos exigen la construcción de una democracia para todos.