Edwin Cruz Rodríguez

* Edwin Cruz Rodríguez

Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

Entrad por la puerta estrecha, porque la puerta y el camino que llevan a la perdición son anchos y espaciosos, y muchos entran por ellos; pero la puerta y el camino que llevan a la vida son angostos y difíciles, y pocos los encuentran. Cuidaos de los falsos profetas que pretenden hablar de parte de Dios. Vienen a vosotros disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?

Mateo 7: 14-16.

Si dejáis perder estos momentos de efervescencia y calor, si dejáis escapar esta ocasión única y febril…

José Acevedo y Gómez, 20 de julio de 1810.

La marcha del silencio del 5 de octubre fue muy bella, pero el mensaje predominante que pretendió transmitir es contraproducente. Quienes apostamos por la paz no podemos dedicarnos a pedir que las élites políticas lleguen a un consenso. ¿Qué podría resultar de un consenso entre Santos y Uribe? Probablemente algo muy parecido a esos ocho años de guerra, sangre, mentira, explotación violenta de la naturaleza, falsos positivos y corrupción (Agro Ingreso Seguro, “chuzadas”, “Yidis-política”, etc.). Mientras nos reconfortamos pensando que vamos a alcanzar ese “consenso nacional” y que todos nos abrazaremos en el fervor por la paz, esas élites se reúnen a puerta cerrada para transar sus intereses particulares, repitiendo la farsa del Frente Nacional.

Lo que debería articular a los partidarios de la paz, hayan votado por el “sí” o por el “no”, es la exigencia de que se cumpla lo acordado. En el corto plazo, debemos exigir que las conversaciones entre las élites no se hagan a puerta cerrada sino que tengan un carácter público, de forma que quienes se han hecho con la representación del pueblo respondan ante los votantes.

Es erróneo que quienes apoyamos el sí aceptemos que hay medio país a favor del “no”. El triunfo del “no” no quiere decir, bajo ninguna lógica, que en Colombia algo más de seis millones de personas estén convencidas de que si se firma la paz todos y todas nos volveremos homosexuales, o que si a los desmovilizados de las Farc se les da 600 mil pesos mensuales durante un tiempo para facilitar su reinserción social y prever que no se desvíen hacia la criminalidad los pobres van a ser más pobres, o que en Colombia, el día después de aprobado el Acuerdo, se va a instaurar el “castrochavismo” y al 90% de la población se privará de las propiedades que no posee.

El triunfo del “no” no quiere decir que haya 6 millones de personas en contra de los Acuerdos de paz con las Farc, y es un error suponer que así es. Lo que significa es que hay 6 millones de personas desinformadas, paradójicamente, por aquellos a quienes la suerte del pueblo les tiene sin cuidado. Por eso quieren revisar las pocas reformas progresistas que se acordaron en La Habana, respecto a la redistribución de la propiedad territorial mediante la restitución de tierras o la inclusión política. Los partidarios del “no”, con Uribe y Ordóñez a la cabeza, no precisamente hicieron propaganda diciendo al pueblo que no quieren que se toquen los privilegios de los ricos hacendados, muchos de los cuales acumularon sus bienes aprovechando la guerra, véase el affaire Juan Carlos Vélez.

Es una estrategia equívoca hacer presión para que las élites se pongan de acuerdo. Primero, porque no se debe olvidar que la paz no depende de un acuerdo, y menos entre las élites. El Acuerdo de La Habana si acaso es un punto de partida para construir la paz que, palabras más palabras menos, significa acabar con las raíces de la guerra, que empiezan precisamente en la desigualdad y la exclusión. Segundo, porque aún si se pusieran de acuerdo, la historia ha demostrado que tales convenios no traen nada bueno para el pueblo. Ahí está la experiencia del Frente Nacional, que en forma directa nos tiene hoy tratando de resolver lo que hace medio siglo los “brillantes” estadistas de aquella coyuntura, que ahora posan con solemnidad en los billetes, no quisieron resolver: nunca pidieron perdón a las víctimas de La Violencia, nunca rindieron cuentas ante un tribunal, nunca resolvieron los problemas de desigualdad e inequidad, ni mucho menos permitieron que otros -con seguridad más capaces- accedieran al gobierno, pero sí hicieron todo lo posible para asegurar que el pueblo olvidara que fueron ellos los directos responsables de tanto sufrimiento. Después, mientras el pueblo seguía desangrándose en la guerra, lo que hicieron fue repartirse el poder y los recursos del Estado.

No hay que convencer a las élites de que tienen que negociar y que deben hacerlo pronto, mucho menos al uribismo. Por el contrario, ya que se han mostrado tan sorprendidos, tan carentes de propuestas reales -véase el caso de Marta Lucía Ramírez- si hubiera que presionarlos sería para que pidieran perdón ante sus electores por mentirles para que votaran por el “no”. Para que confesaran que engañaron porque no les conviene que el Acuerdo fructifique allí donde trae algún beneficio, así sea mínimo, para el pueblo colombiano.

Si no se resuelven problemas mínimos en el origen de la violencia como la exclusión política y el problema de la tierra, que las élites de este país -tanto las viejas oligarquías de apellidos coloniales como las nuevas, cuyo capital político tiene un fondo oscuro- nunca han querido resolver porque va en contra de sus privilegios, seguirá habiendo combustible para la guerra. Por lo tanto no vale la pena luchar por un acuerdo entre élites.

No hay que convencer a las élites de que negocien, hay que convencer a nuestros compatriotas que votaron “no”, esos que nos cruzamos en la vida cotidiana, de que hoy hay que hacer la paz, de que existen “lobos rapaces” que se han dedicado a engañarlos. No tratar de convencer y articular a los antiguos partidarios del “no” es el peor agravio moral que podamos propinarles. Significa que en verdad nos hemos creído el cuento de que los mueve el odio y la venganza, en el mejor de los casos, o de que están convencidos de las mentiras del uribismo, en el peor. Caeríamos en la hipocresía y en la pusilanimidad. Por fingir que respetamos sus convicciones terminaríamos por irrespetar su persona, todo lo que de humano hay en ellos.

Por supuesto, también hay personas que votaron “no” a conciencia, es decir, que consideran de corazón que los estándares de justicia y otros puntos del Acuerdo no llenan sus expectativas. Pero más fácil será articularlos a la causa de la paz, puesto que entre sus legítimas demandas y las pretensiones de quienes abusivamente se han erigido en sus representantes existe un hiato insalvable. De ahí la necesidad de exigir que las conversaciones entre los delegados de las élites sean públicas, pues quienes votaron por el “no” no necesariamente le firmaron un cheque en blanco a Uribe y sus compinches.

Más allá de eso, la exigencia de que se cumpla con lo acordado debe ser el norte. El Acuerdo puede no tener efectos legales al no ser refrendado, pero tiene un respaldo ético y científico innegable. Ético porque es totalmente inmoral que el pueblo colombiano sea engañado y tenga que seguir poniendo muertos y sufrimiento, quién sabe por cuánto tiempo más. También sería inmoral permitir que una exigua minoría, a lo sumo una mayoría relativa que se constituyó mediante mentiras, vulnere el derecho a la paz, a la verdad y a la justicia de las víctimas de esta guerra, muchas de las cuales pusieron todas las esperanzas en el Acuerdo. Y científico porque, como se ha dicho muchas veces, es el mejor Acuerdo de paz que se ha alcanzado en la historia en materia de verdad y justicia. Una política con estos respaldos no es incorrecta ni equivocada.

No hay que sentarse a esperar cómo construimos el consenso, mientras las élites de siempre se preocupan por construir su hegemonía. Esforcémonos por unir al pueblo y exigir que se cumpla lo pactado.