Jaime Rafael Nieto

* Jaime Rafael Nieto

Profesor titular e investigador del Departamento de Sociología de la Universidad de Antioquia; Magíster en Ciencia Política y Doctor en Pensamiento Político, Democracia y Ciudadanía. Miembro del Grupo de Investigación Cultura, Política y Desarrollo Social del CISH de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia. Autor y coautor de libros y artículos de revistas sobre temas como: resistencia; conflicto armado y paz; violencia, democracia y ciudadanía; teoría política. Entre sus publicaciones recientes se encuentran: Resistencia civil no armada. La voz y la fuga de las comunidades urbanas. Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia y Hombre Nuevo Editores. Medellín, 2013. Resistencia, capturas y fugas del poder. Desde Abajo. Bogotá. 2008. El pensamiento sociológico del siglo XIX y XX (en coautoría). Universidad del Zulia. 2010. “Resistencia civil no armada en Medellín. La voz y la fuga de las comunidades urbanas”, Revista Análisis Político, No. 67, septiembre-diciembre de 2009. IEPRI- Unal, Bogotá. “Resistir obedeciendo. Para una etnografía de la resistencia civil no armada en Medellín”, Revista Espacio Abierto, Cuaderno venezolano de Sociología, vol. 19 No. 2, abril-junio de 2010. “Resistencia social en Colombia: entre guerra y neoliberalismo”, Revista Osal, Año XII, No. 30, noviembre de 2011, CLACSO

Lo ocurrido el domingo 2 de octubre en Colombia a raíz de los resultados de la consulta plebiscitaria del Acuerdo de Paz entre el Gobierno Nacional y las FARC, suscita sin duda múltiples reflexiones, análisis y por supuesto debates. Tras el desconcierto, la frustración y la tristeza producidos por el triunfo del “no”, los promotores del “sí” en el plebiscito son los más directamente convocados a realizar este tipo de ejercicios. Fueron ellos quienes con mayor ahínco y dedicación remarcaron la idea de futuro para el país una vez legitimados popularmente los Acuerdos. Esas reflexiones seguramente pasarán por un balance de lo ocurrido, de los errores en que se incurrió, las responsabilidades políticas y las posibilidades que se abren en el escenario (nuevo e impensable) del triunfo del “no” (una suerte de relectura del futuro). Aquí me interesa destacar una reflexión con el interés de contribuir al debate y la crítica.

Me sorprendió escuchar de viva voz la tesis de Raúl Zibechi pronunciada en un evento académico en México, según la cual para los movimientos populares y en general para las resistencias en América Latina no representa ningún interés ni debería ser motivo de preocupación participar o no en los procesos político-electorales, puesto que lo que cuenta es la potencia misma que encierran estas múltiples y singulares expresiones de resistencia, pese a su notable dispersión y sus debilidades. La tesis se basa en la valoración política que hace Zibechi a la potencia de los propios movimientos de resistencia, la cual se refuerza y complementa con la de la pérdida de poder del Estado, socavado por la globalización y quien ya no decide prácticamente sobre nada. La tesis ya la había leído en varios de sus textos y artículos que circulan profusamente por librerías y centros académicos latinoamericanos, especialmente del sur, que lo han posicionado como unas de las voces críticas más autorizadas de la izquierda y de los movimientos populares en América Latina, junto a otros autores que con matices diferentes comparten igualmente estos planteamientos. Alrededor de ella se aglutina una de las controversias contemporáneas más importantes entre la intelectualidad de izquierda latinoamericana.

No es la ocasión desplegar aquí una reflexión crítica al respecto. La traigo a colación ahora, a propósito de los resultados del 2 de octubre, puesto que ninguna otra tesis de esta corriente del pensamiento latinoamericano contrasta tan adversamente con la realidad como ésta, no digamos con la realidad de una variedad de países de la región, sino con la realidad de Colombia. Fijémonos en este dato: la abstención electoral en el plebiscito del 2 de octubre fue del 62%, mientras que el porcentaje de participación electoral apenas alcanzó la cifra del 38%, lo cual quiere decir que las dos terceras partes del electorado se abstuvieron de participar en la consulta plebiscitaria que según todos los analistas definía el futuro histórico político del país, no sólo el futuro de la actual generación de colombianos sino de dos o tres generaciones venideras. Más contrastante aún: de ese 38% de sufragantes, sólo el 20% que representa la participación electoral por el “no” decidió la suerte de los acuerdos de paz. De esta manera, puede decirse que una minoría absoluta se abrogó el poder de decisión sobre la suerte del país, esto es, sobre el destino de 48 millones de colombianos.

No sé si este 62% de abstencionistas ha escuchado a Zibechi o ha leído sus textos, es bastante probable que no. Lo que sí es cierto es que esta abstención política contribuyó de manera contundente al bloqueo de una de las pocas oportunidades políticas que hemos tenido en Colombia para cerrar un ciclo largo y costoso de guerra y abrir un nuevo escenario de futuros posibles. Es verdad que el Estado no es el único escenario de la política y que más allá del mismo se despliegan formas y expresiones genuinas de política, especialmente arraigadas en comunidades territorializadas y en movimientos de resistencia, también es cierto que los procesos de globalización han menoscabado el poder que históricamente han conservado y ejercido los estado-nación (y que la abstención electoral es multi-causal); pero también lo es, y de manera muy clara, que las decisiones fundamentales de un país, de una sociedad o de una nación pasan por el Estado, que así quisiéramos hacer política sin el Estado, o más allá del Estado, éste termina imbricándonos o interpelándonos directa o indirectamente, nos guste o no. El ideal de una política sin Estado o, más radicalmente aún, de una sociedad sin Estado, es por ahora sólo eso: un ideal, puesto que en la práctica política el Estado sigue siendo el principal factor de poder, con tanto que incluso puede destruir o disolver cualquier proceso de transformación del mundo o de la sociedad (así nos lo recuerda Poulantzas, cuando advierte entre algunas de las funciones estratégicas del Estado, la de desorganizar o mantener desorganizados a los sectores subalternos), así tales procesos no se propongan la toma del poder. Si una política sin Estado es por ahora un ideal, por el contrario, una política ideal pasa por saldar cuentas con el Estado.

En Colombia hemos tenido y tenemos experiencias de construcción de paz y de construcción política del territorio sin el Estado, y muchas veces en contra del Estado. Estos procesos sobreviven y han logrado perdurar en el tiempo, son referentes autorizados de posibles escenarios de post-acuerdos si los actores de la confrontación armada en Colombia logran encauzar de nuevo un acuerdo de paz. Contienen una potencia vigorosa como mundos posibles alternativos. Pero es claro que la posibilidad histórico-política de que tales procesos se desplieguen plenamente y cuyas experiencias y lecciones se hagan hegemónicas o en parte ocupen un papel destacable en el proyecto hegemónico de construcción de paz en Colombia, pasan por una articulación más global desde la que sea posible entablar pruebas de fuerza estratégicas decisivas entre actores por el comando político de la sociedad, cuyo referente no es otro que el Estado. Si queremos prescindir del Estado (el ideal), no queda más remedio que meternos con él. Es por esto que el escenario político electoral en el que (o desde el que) se definen cursos estratégicos no sólo del Estado sino del país, es crucial. Es por esto que la abrumadora abstención electoral en el plebiscito del 2 de octubre sí nos debe importar y preocupar. Es altamente probable que a raíz de estos resultados el acuerdo de paz más serio y más sólidamente construido se eche a perder. Y que la oportunidad perdida de la política termine concediéndosela de nuevo a la guerra. Ahora, sólo queda persistir, y sobre todo despertar la potencia de mundos posibles que probablemente contenga este 62% de abstencionismo.