Lucas Restrepo

* Lucas Restrepo

Doctorante en Ciencias Sociales, mención Sciences juridiques et philosophie politique, de la Universidad Denis Diderot - Paris 7 (Francia). Proyecto de investigación: ’’Gouverner le conflit, faire justice. Une lecture généalogique de l’expérience de la justice à propos du conflit politique colombien’’. Master 2 europeo en Filosofía, mención: Philosophie et critiques contemporaines de la culture, de la Universidad de Paris 8 (Francia). Especialista en Derecho Público de la Universidad Externado de Colombia. Abogado de la Pontificia Universidad Javeriana - Cali

La tesis de “la lucha de clases”, tanto en términos teóricos como históricos, nos explica que el proceso agonístico que enfrenta a dos partes irreconciliables puede bien producir el efecto “dialéctico” del desarrollo de una sociedad completamente nueva, pero también el efecto apocalíptico de la completa destrucción de la civilización. La lógica que se funda en dicha tesis es más un esfuerzo por pensar el efecto dialéctico y menos una reflexión sobre el momento agonístico, sus características y sus posibilidades. Dicha “suspensión” en la reflexión sobre los procesos sociales como momentos agonísticos nos impidió, por mucho tiempo, pensar las dinámicas de formación, reforma y destrucción de ciertas formas de vida en beneficio de otras, sin que el resultado hubiera sido necesariamente una “sociedad mejor”. Si bien la representación que nos hacemos de nuestro tiempo es esencialmente normativa, como lo cree Habermas, hace un tiempo ya que la historia nos ha puesto “al borde del abismo”.

Esa certeza de la posibilidad real de un horizonte de destrucción mutua (o, peor que eso, de mediocridad normalizada sin solución de continuidad) atravesó de cabo a rabo el proceso de negociación entre el Gobierno de Santos y las FARC-EP. Certeza que obligaba ciertamente a experimentar un compromiso de conformación de un “proceso instituyente” en la perspectiva de modificar la gestión de los conflictos concernientes a la conformación de las mayorías políticas en Colombia. En efecto, el Acuerdo Final se inscribe en la perspectiva de la institución de una forma de gestión de ciertas diferencias que excluya toda violencia no reconducida por el Estado en los términos de la soberanía. El uribismo se equivoca al pensar que los Acuerdos son una “entrega del país” a una “minoría violenta” puesto que se trata de todo lo contrario: los Acuerdos son el primer paso hacia la reorganización del conflicto político, que se expresaba en la confrontación militar, bajo nuevos mecanismos institucionales tendientes al control y la conjuración de toda disidencia armada. Es nada más ni nada menos que el viejo sueño uribista hecho realidad. El resto es retórica electorera.

Propuesta la “refrendación” (el plebiscito del 2 de octubre) como el momento de conformación de un nuevo “proceso instituyente” pensado desde una representación del poder en tanto que soberano, formado por la “cesión de la multiplicidad de las voluntades existentes”, es apenas normal que las fuerzas que se sienten minoritarias denuncien el carácter “fraccionador” de dicho mecanismo electoral. De eso se trata la lógica unitaria tan defendida por el uribismo: crear una “voluntad” identificable y reconducible contra las “minorías”; por cierto, lógica cruelmente eficaz durante los dos gobiernos de Uribe. En su columna de El Tiempo del 25 de septiembre pasado1, Juan Lozano comparte la misma visión que animó a los delegados de las fuerzas representadas en los Acuerdos de La Habana: el plebiscito “debe convocar a los colombianos en torno a propósitos comunes” y, además, “debe legitimar” lo acordado en Cuba y lo decidido en Bogotá. Ahora bien, la simplicidad de su procedimiento decepciona: niega que ello vaya a ocurrir reconduciendo el viejo argumento de la abstención. El plebiscito es, por tanto, ilegítimo porque le faltarán mayorías y porque ya dividió a quienes pretendía unificar. Lozano, más que describir un “estado del alma” de los colombianos, lo que hace es lamentar su derrota en las urnas, arengando la ilegitimidad del procedimiento en el que participó activamente, no sin destapar las cartas que usará el uribismo a partir del 3 de octubre.

La opción política por la que optaron las FARC-EP y el Gobierno, frente a un horizonte de destrucción mutua o de mediocridad normalizada y continua, fue precisamente la que tanto defendió Uribe: la reconfiguración de la “unidad social” en torno a la recuperación de la soberanía Estatal. Ahora bien, el Acuerdo Final problematiza la cuestión de “la unidad” introduciendo una representación del “espacio común” como un espacio plural, heterogéneo, esto es, representando “la diferencia” como un problema político y no como una forma de ruptura de dicha unidad, como una amenaza, como una monstruosidad incluso. Es precisamente la curva contraria a la que se viene experimentando en Europa y los Estados Unidos; aun cuando el gran flujo migratorio de alcance mundial ha puesto sobre la mesa el problema de la “diferencia” como un problema ético y político más que “securitario”, no reducido a las técnicas de control de población en razón de asignaciones arbitrarias de origen, raza, sexo, clase, etc. Empero, los Estados insisten con una terquedad espeluznante en la vía policial y militar, en la vigilancia, el encierro y la discriminación. El Acuerdo Final, es cierto, reafirmó el paradigma soberano, pero también introdujo, en contra de la tendencia mundial, la posibilidad de poner en práctica un modelo de gestión no securitaria de la diferencia. Suena paradójico, cierto, dado que lo acordado en La Habana reconduce viejas fórmulas, atado como quedó a los paradigma de la gestión y el control de la vida. Sin embargo, la problematización del tema de la diferencia (que se muestra con claridad en la implementación de un modelo de justicia centrado en las víctimas y en la instalación de las múltiples memorias del conflicto en los fallos de responsabilidad) permite abrir, en sus intersticios, la posibilidad de pensar una sociedad en términos pluralistas sin que la guerra civil se perpetúe como el horizonte de toda diferencia. Pensar, desde los intersticios, el paso atrás antes de abrazar el abismo.