Diego Barragán

* Diego Barragán

Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Magister en Sociología de la Universidad Nacional de Colombia y Contador Público de la Universidad de Ibagué. Se desempeña en tres campos temáticos: sociología de la educación, organizaciones y relaciones del trabajo y sociología histórica. En docencia, ha trabajando en pregrado y en postgrado, en la actualidad es catedrático en dos universidades de Bogotá. En investigación se desempeña como investigador y como evaluador, en universidades, en instituciones y en redes de investigación nacionales e internacionales

El resultado de las elecciones del plebiscito no solamente obedece a una coyuntura política, en el fondo sintetiza una constante en la historia colombiana: el odio. Las razones pueden cambiar por momentos, hechos o personajes, pero nuestra cotidianidad esta guiada y plagada de odio. La literatura colombiana lo ilustra bien. David Sánchez Juliao en 1977 escribió “el flecha”, la historia de “…un bacán de profesión y un boxeador de fracasos”, sostenía:

Pero imagínese si uno no va a resultar boxeador en un barrio con cipote agresividad. No joooda, yo creo que yo en otro mundo en el que hubiera nacido blanco, por ejemplo, y en un barrio donde la gente se hablara con la gente, la madre si no hubiera estudiado pa’ gerente, pues… Pero nacer uno en un barrio en donde la vieja de uno no se habla con la gente de las cuatro cuadras a la redonda, eso es una vaina tesa, cuadro, tesa. Nojoda, a la pobre gente de esos barrios como el Kenider yo no sé qué le dan, cuadro, ni qué le hacen, para que, no joda, anden siempre emputados contra los de su misma clase. Yo creo que, la madre… porque eso es mucho no gustar la gente de la gente, cuadro. Eche, y a los blanquitos, que son los entrenadores de la selección de fútbol de la humanidad, aquí y en La Conchinchina, en el Kenider y en Cafarnaún, los ves tú todo lo contrario: de cojí-pipidos. Erdaa: no pelean entre ellos ni pal putas, marica. Porque ellos sí saben que “familia que roba unida permanece unida”… Por eso, mientras tu los ves a ellos brillando hebilla, amazorcaítos todos los año nuevos en su Club Social, allá en el Centro, el hijueputa barrio Kenider de nosotros es una corraleja humana…1.

Una herramienta útil para entender qué pasa en Colombia, no es, como lo dijo Marx, la lucha entre clases sociales antagónicas, la herramienta es el odio entre los iguales, entre amigos, hermanos, vecinos, compañeros o personas con las que cotidianamente se comparte la vida. Son emociones que se incuban en las condiciones adversas de la vida cotidiana, donde las personas no pueden expresar su frustración frente a las dificultades que enfrentan día tras día; descargan su impotencia en sus iguales, con quienes pueden interactuar, hablar y odiar. Lo decía Sánchez Juliao (1977):

Y por eso también, después de ese entrenamiento, de ver desde chiquito a la gente embestirse con la gente, a mí, el salto al ring me quedó pilao.

Además, las familias que dominan a Colombia lo tienen claro, desde el siglo XIX se implementó la estrategia de situar a sus miembros en los bandos en contienda. El ejemplo, fueron los primos en las elecciones del 2 de octubre: eran miembros del gobierno anterior, uno ministro de defensa y otro vicepresidente, defendían a capa y espada las inimaginables acciones de ese gobierno; una destacable fueron los más de 3000 asesinatos de jóvenes de sectores populares a quienes se ofrecía trabajo, los llevaban al lugar de su nuevo empleo y eran asesinados y presentados como miembros de la guerrilla muertos en combate. Después de la coyuntura del proceso de paz, Juan Manuel a un lado y Francisco al otro, seguramente, se reúnen en un club, se toman un par de whiskeys y llegan a un acuerdo. Ellos cambian de bando de acuerdo con las circunstancias y sus intereses. El Frente Nacional es un modelo vigente de negociación en el país.

Mientras tanto, el odio en los sectores populares se intensifica, toma unos ribetes inconmensurables. Cuando hablo de los sectores populares me refiero a la mayoría de la población colombiana: desde las personas que tienen que trabajar día y noche para pagar las cuotas de la casa por 25 años, el carro por 10 años, la tarjeta de crédito o el viaje 10 o 15 veces; hasta las personas que no tienen trabajo estable, que ganan una miseria, que viven en condiciones lamentables, lo que ganan les alcanza para pagar una habitación, para tener algo de alimento y no tener expectativas de futuro.

El odio entre iguales es una constante, ahora con un nuevo ingrediente: las redes sociales. Umberto Eco, señalaba:

Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles” (La Stampa, 2015, Junio).

Las redes sociales sirven a quien tenga el poder de generar odio y convencer a la mayor cantidad de personas. Por las difíciles situaciones emocionales y económicas que atraviesan sectores de la población, se encuentran vulnerables ante el influjo de noticias e imágenes que pueden atacar lo que son o cómo viven. ¿Cómo se hace? con la desinformación, es un bombardeo de actos, hechos, contenidos o imágenes irreales que puedan afectar al individuo o sus seres cercanos, se convierte en una herramienta eficaz.

Algunos de los argumentos diseminados por las redes sociales por quienes incentivaban la no aceptación de los acuerdos de paz en Colombia, para terminar una guerra de 52 años, planteaban lo siguiente: de ahora en adelante se “izará la bandera de la república castrochavista de satán (la ex Colombia) en los lugares públicos”; “se quemarán las iglesias”; “la ideología de género se establecía en las escuelas”; “se disolvería la propiedad privada”; “el líder de las FARC “timochenko” se convertiría en presidente de Colombia”, y otras ideas similares2. Cuando se leían estas ideas en las redes sociales, una y otra vez, parecían traídas de los cabellos, eran tan disparatadas que no se creían tuvieran receptores y el resultado de las elecciones evidenció otra cosa.

Quienes difundieron y utilizaron estos argumentos fueron grupos caracterizados por el fanatismo político y religioso. Grupos que siempre han sido actores protagonistas del conflicto armado colombiano; el odio les han servido para consolidar su posicionamiento en lugares estratégicos de la política, la economía y la sociedad en Colombia; las FARC ha sido una herramienta utilizada estratégicamente durante 52 años. Es difícil, desarrollar lógicamente los argumentos que esgrimieron en la contienda: la República Castrochavista significa que algo parecido al socialismo y, desde luego, el diablo se apoderaran del país, cuando esto suceda van a quemar las iglesias y a terminar con las comunidades religiosas. Aquí apareció un elemento, ¿quién lo iba a imaginar?, que influiría en las elecciones, la sexualidad; los fanáticos tomaron como arma de batalla el hecho de que personas que estaban en el gobierno colombiano pertenecían a grupos de diversidad sexual, especialmente la Ministra de Educación, esto generaría el holocausto en la sociedad y les enseñaría a los niños en las escuelas a participar en orgias y en perversiones sexuales. Se disolvería la propiedad privada, les quitarían sus bienes, sus casas y su modo de vida a muchas personas; el líder máximo de las FARC sería el presidente de Colombia, y otras, que la verdad rayan con la estupidez.

Pero, el odio se orienta a personas o grupos diferentes por orientación política, sexualidad, creencias, modos de vida, el desarrollo de actividades, pertenecer a organizaciones; cualquiera que se “defina como distinto”. El problema es cómo determinar quiénes son distintos o desviados y quiénes “normales”; sobre todo a quién se debe odiar y a quién venerar: son los fanáticos políticos y religiosos. El odio a las FARC ha servido como herramienta para el posicionamiento en el poder de los fanáticos. Los abuelos de quienes hoy ejercen la política en Colombia, a mediados del siglo XX, después de una guerra horrible que su nombre lo sintetiza “La Violencia”, dividieron los pueblos y los campos, crearon divisiones imaginarias en el espacio y en la vida, donde les decían a grupos sociales homogéneos, a quiénes deberían vivir aquí y a quiénes allá, a qué personas debían querer y a quiénes odiar; los valientes que pasaban estos límites muchas veces ponían en peligro su vida. Como todas en Colombia, fue una guerra entre hermanos. Y mantener la guerra, establece qué políticos y religiosos seguirán recibiendo los beneficios por mucho tiempo y el futuro les promete dinero y poder. Para los ciudadanos, los colombianos, el presente es incierto, el futuro se encuentra en la penumbra y, lo único seguro, la violencia nos va a acompañar por mucho tiempo.

Los colombianos que como “el fecha”, que vivimos en barrios con el “kenider”, donde la primera lección que debemos aprender es odiar a las personas que tenemos a nuestro alrededor, donde nuestra vida debe basarse en los conflictos con amigos, hermanos, vecinos; y donde debemos venerar a fanáticos políticos o religiosos que nos dicen cómo odiar a nuestros hermanos. Efectivamente, una herramienta que nos ha sumido en la oscuridad, donde se nos ha enseñado que la base de las elecciones en nuestra vida es el odio. Afortunadamente, la mayoría de los colombianos fuera del odio, desarrolla prácticas de solidaridad y cooperación que nos ayudan a enfrentar a estos personajillos y a desenvolvernos en una sociedad hostil con inciertas posibilidades de paz y de futuro.

  1. Sánchez Juliao, presentó algunos cuentos en la modalidad de audio, lo pueden escuchar en: https://www.youtube.com/watch?v=rDxINGxCcPo
  2. Para mayor ilustración rastreen los mensajes que se enviaron por las redes sociales y los medios de comunicación en las semanas antes de las elecciones.