André Noël Roth Deubel

* André Noël Roth Deubel

Doctor en Ciencias Económicas y Sociales-mención Ciencias Políticas, Magíster en Ciencias Políticas y Politólogo de la Université de Genève. Profesor Asociado del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia - sede Bogotá (UNAL) y director de la Revista Ciencia Política de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la UNAL. Director del Grupo de investigación Análisis de las políticas públicas y de la gestión pública (APPGP) y miembro del Programa Interdisciplinario sobre Política Educativa (PIPE) de la UNAL. Es también profesor invitado del Doctorado en Ciencias Sociales del CINDE-Universidad de Manizales y del programa de Políticas Públicas de FLACSO-Ecuador. Ha sido Coordinador Académico del Doctorado en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la UNAL (2008-2012), profesor y director del Departamento de Ciencia Política de la Universidad del Cauca (1995-1997, 1998-2005) y profesor asistente de la Université de Genève (1992-1995, 1997-1998). Las principales áreas de reflexión y trabajo son la teoría, el análisis y la evaluación de las políticas públicas y de la gestión pública y de su relación con la participación política y la democracia

¡Qué difícil es el ejercicio de la democracia cuando las prácticas autoritarias, elitistas y de confrontación están tan incorporadas en los hábitos culturales y políticos! Se llega así a descalificar el instrumento de la votación popular bajo el pretexto que favorece la expresión emotiva en vez de la expresión de una voluntad producto de la razón. Como si se pudiera separar las dos. ¿Qué sería de la razón sin la emoción y los sentimientos? Además, ¿cual sería la razón más razonada? La de los que gobiernan o la de los que han gobernado antes?, ¿o la de los que quieren gobernar en el futuro? ¿La de los periodistas? ¿La de los expertos en democracia o en la materia tratada? ¿La de los politólogos o juristas? ¿O la de mi abuela muy sabia? ¿Será entonces que los políticos y los expertos actúan dejando la emoción en su clóset? ¡Viejo mito positivista! ¿El ideal del humanismo sería entonces reducir el ser humano a un robot? Las emociones en política son un aspecto fundamental para tomar una decisión, para actuar, es lo que guía la acción humana. Si la paz no generara emociones de satisfacción nadie la buscaría. Los que pretenden ser poseedores de la razón racional, siempre dirán que realmente es muy estúpido e irresponsable dejar en manos del pueblo, y no en las suyas, las decisiones sobre su destino. El bárbaro siempre es el otro. Mientras no se me demuestre que las razones proferidas por las élites son inmunes a la equivocación, no hay razones para considerar la razón popular como necesariamente menos razonable. La crítica a la democracia, y a la igualdad, ha sido siempre el argumento elitista para justificar la reproducción de su dominación social y su control sobre el sistema político.

El plebiscito o el referendo no tiene la culpa. Simplemente, la existencia de una consulta popular vinculante debe transformar la manera de hacer política. El proceso político que conlleva a compromisos, río arriba a la consulta, debe realizarse en función de quien decide. El voto popular implica privilegiar la cultura de consenso frente a la cultura de la confrontación. En efecto, en la medida en que la élite política no tiene la última palabra en la decisión, se debe orientar el proceso de decisión para que tenga las mayores posibilidades de éxito ante el decisor final: el pueblo en su diversidad. Lo que implica la necesaria búsqueda del más amplio consenso político y social. La poca práctica, la falta de experiencia y experticia en el tema, de las votaciones populares en el país (así como en el Reino Unido, Brexit) lleva a cometer errores políticos. Si bien es cierto que resulta fácil dar lecciones ex post, me parece, de todos modos, pertinente señalar algunos elementos metodológicos básicos para construir una democracia eficaz en base a decisiones populares.

1. No despreciar a los votantes haciendo que se sientan como simples notarios de un hecho consumado. El cronograma de actividades en relación al Acuerdo de Paz daba la impresión de hechos cumplidos: se dieron todos los pasos jurídicos de aprobación nacional e internacional antes de su aprobación por el principal interesado, el pueblo. Igual se inició su implementación antes de su refrendación. Hasta la ceremonia internacional, con bombos y platillos, invitados presidenciales, ONU, etc., se realizó con anterioridad a su aprobación popular. Eso se llama vender la piel del oso antes de cazarlo. A nadie le gusta sentir que alguien le fuerce la mano.

2. La necesidad de lograr una mayoría popular requiere involucrar al mayor número de actores posible en el proceso. Se trata de evitar que actores con “poder de veto” se atraviesan a la hora del voto popular. Tal como ocurrió el 2 de octubre. El gobierno de Santos no logró incluir en el proceso de negociación actores sociales de peso para que, a la hora del voto, salgan a defender el acuerdo logrado o por lo menos, a no combatirlo. En este caso, Santos pudo –al parecer- incluir a las Fuerzas Militares y a la izquierda. Sin embargo, no fue mucho más allá. A último momento incluyó a delegados de los grupos étnicos, de las mujeres y de las víctimas. En particular, no logró convencer en todos estos años de negociación ningún sector importante del partido conservador y del centro democrático para que se integre al proceso. Más grave aún, en un país tan católico, de cultura barroca, fue incapaz de involucrar y comprometer a la Iglesia Católica, gran especialista en el manejo de las emociones. Seguramente que, en este caso, su silencio fue fatal para la campaña del “sÍ”. Silencio culpable ya que, además, dejó la representación de la fe católica durante la campaña a un cruzado medieval. Si se entiende que no siempre es posible una vinculación de todos los opositores, se debe por lo menos intentar dividir las oposiciones para limitar su capacidad de veto.

3. Al incluir más actores, probablemente el Acuerdo no hubiera sido el mismo ya que los puntos más críticos se hubieran tal vez resuelto de manera diferente, limitando la amplitud de las oposiciones frontales. Es conocido que cuando los actores participan en un proceso de negociación, aumenta la probabilidad de que acepten sus conclusiones. Así mismo, es posible que el equipo negociador del gobierno haya sufrido de una especie de síndrome de Estocolmo. Al compartir tantos años, meses, días y horas de negociación, alejado del país, se genera empatía con el otro, y se pierde de vista la realidad política y emotiva del país profundo. En particular, en este caso, la existencia de otras percepciones frente a algunos puntos tratados en la negociación. El mundo sensible percibido por los negociadores se reduce al del gobierno, es decir al del fragmento de la élite en el poder, y al de las FARC, y se alejan otras sensibilidades. Se crea una especie de huis-clos (puerta cerrada). Sobre un tema de esa importancia, la paz o la guerra, no se trataba de hacer un acuerdo político, limitado a un sector político, sino un acuerdo de Estado, de país, lo más incluyente posible. La paz no se puede firmar solamente entre una coalición limitada a los partidos y a la guerrilla si el decisor final (y el destinatario) es el pueblo. Santos, obnubilado por las felicitaciones de la llamada comunidad internacional, en una actitud un tanto arrogante y altiva, se dio cuenta de la realidad política del país demasiado tarde.

4. La motivación del votante no es la misma que la del elector. En caso de votación popular, se desplazan a las urnas las personas con un cierto grado de politización, mientras que para una elección hay incentivos para los no politizados (lechonas, tejas, puestos, etc..). Lo que finalmente afecta a los resultados ya que habrá menos participación. Por eso, era preciso realizar una campaña de información, argumentación y persuasión para influir la opinión de la gente (para eso sirve una campaña). En este caso, y con más razón dada la ausencia del apoyo de la Iglesia Católica a favor del “sÍ”, hubiera sido necesario desplegar una campaña de información mucho más contundente. La difusión del Acuerdo fue muy limitada (por Internet), no existieron cartillas explicativas de difusión masiva (no todo el mundo lee El Espectador o El Tiempo!).

5. No es recomendable someter a voto popular elementos demasiado “heroicos”. La sofisticación académica de algunos puntos como la Justicia Transicional resultaba poco comprensible para el común de los mortales. Parece una especie de laberinto jurídico-político típico de las organizaciones internacionales, que puede sufrir todo tipo de interpretaciones y de consecuencias concretas imprevisibles. Parece que este punto estaba más destinado a satisfacer la comunidad internacional que los deseos de justica del pueblo. La política decidida en las urnas debe preocuparse por ser clara y entendible, o por lo menos bien explicada, con sinceridad y emoción –de lo que carece generalmente Santos-, para la mayoría de la ciudadanía.

6. La fuerza de la refrendación popular consiste también en que genera mayor legitimidad. En este sentido, Santos tuvo valor político para proponerla. La legitimidad de una política facilita su implementación y dificulta revertirla en el futuro.

Construir una democracia con base a decisiones populares requiere por lo tanto que la clase política deje de lado su arrogancia elitista y transforme su práctica y cultura políticas. ¡No basta, parafraseando a De Gaulle en relación a la construcción de Europa, hacer saltos de cabritos y gritar “¡paz!”, “¡paz!”, para que ésta se realice! Implica que se deje atrás la cultura de la confrontación política (atizada por las lógicas de los medios de comunicación y del sistema de partidos) para dirigirse hacia la construcción de una cultura de búsqueda de consensos.

La práctica del voto popular permite también, por medio de la expresión pública de las consignas de voto, extender la responsabilidad de las decisiones y de sus consecuencias al conjunto de los actores políticos, y no solo al gobierno. En este sentido, en caso de que no se llegue pronto a una solución y que se reinicie la guerra, resultará claro quiénes son, por acción – los voceros del “no”: políticos, juristas puristas del formalismo constitucional y líderes religiosos evangélicos- o por omisión grave –el silencio de la jerarquía católica oficial colombiana en particular-, los responsables políticos e intelectuales de los sufrimientos de las próximas víctimas del conflicto. ¿Pedirán perdón?

Nota Bene: En caso de lograr un nuevo Acuerdo, ¿habrá otra refrendación popular? ¿O será que Colombia está condenada a vivir por los siglos de los siglos bajo regímenes autoritarios? La multiplicación de los espacios y oportunidades de participación electoral, y sobre todo de votación popular, a nivel territorial y nacional, es el único medio para ir construyendo una cultura de consenso y de diálogo. Esta no se puede decretar. Por eso, lo que se deshace por voto popular, debería rehacerse por el mismo medio.