Jean Waddimir Gustinvil

* Jean Waddimir Gustinvil

Doctor en filosofía, vice-presidente de la SOHLEPH, vinculado al Laboratorio Dinámico de los Mundos Americanos (LADMA). Sustentó su tesis de doctorado en l'Université Paris Diderot-Paris 7 en diciembre 2013. Desde su retorno a Haiti, enseña en École Normale Supérieure (ENS) de la Universidad del Estado de Haiti, en Puerto Príncipe, donde también es corresponsal de la ENS del programa de maestría en ciencias de educación, organizado por ENS y l'Université du Québec en Chicoutimi. Su investigación explora las cuestiones de violencia política y el conflicto de memorias (víctimas y verdugos) en el periodo de post-dictadura. Sus trabajos actuales cuestionan más específicamente los retos de la memoria de las víctimas en la sociedad haitiana que está saliendo de las experiencias dictatoriales de Duvalier. También colabora con el Centro interdisciplinario de estudios de historia contemporánea de Haiti, el cual está interesado en los regímenes autoritarios que marcaron dos siglos de historia del país

La actitud de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en el caso de la transmisión del cólera muestra la necesidad de sacar la institución de las herencias coloniales. Una de estas es la lógica paradojal, que estuvo muy presente al interior de los Estados imperiales europeos, y que reconocía el estatus de humano y ciudadano a una cierta categoría privando a otros, como era el caso de los esclavos racializados de las colonias del Nuevo Mundo. Una de las particularidades de esta lógica consistía en producir la excepción: había una norma para la metrópolis y la excepción para la colonia. Es a esta regla que ella obedecía. La colonia no estaba solamente en otro espacio, ella era el nombre de una relación de poder que se ejercía sobre los cuerpos. Todos los cuerpos, tanto los de la colonia como los de la metrópolis, llevaban el estigma de la raza.

El Estado moderno ejercía su poder a partir de esta matriz: la colonia. Su impulso escondido era la racialización de los cuerpos. El fin de la esclavitud no puso fin a esta matriz colonial, base de la institución estatal. En la actualidad, esta matriz toma nuevas formas, una de ellas es la distancia que existe entre la afirmación de los principios abstractos de los derechos, de la ONU y las dificultades para implementarlos en realidades diferentes a las de Occidente. Esta distancia se ha convertido en una constante de las prácticas estatales. No es un accidente que haya habido tanta tergiversación en el caso de los haitianos contaminados por los agentes de la operación de mantenimiento de paz de la ONU, antes de que esta terminara por reconocer su responsabilidad. La institución internacional prefirió defender la hipótesis de los «portadores asintomáticos»1 para camuflar su responsabilidad, en lugar de privilegiar una posición que respetara la dignidad de las víctimas. Esta actitud se revela indigna de la institución guardián de la paz y del respeto de los derechos de la dignidad de la persona humana. Es normal entonces preguntarse: ¿si se tratara de los ciudadanos de los Estados Imperiales, la Organización hubiese tenido la misma actitud? ¿La lógica del doble juego que se dibuja no proviene de la herencia colonial de esta Institución?

Todo comenzó con la aparición de esta epidemia en el centro del país, en Meiere/Mirebalais, entre el 14 y el 19 de octubre del 2010. La investigación realizada por el equipo del profesor Rénaud Piarroux, epidemiólogo (7 al 27 de noviembre) pedida por el gobierno de Haití y por la embajada de Francia, mostró que, primero, la epidemia comenzó en proximidades de un campo nepalés de cascos azules de la Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití (MINUSTHA); segundo, el carácter idéntico de la cepa de Vibrio Cholerae con el controlado en Nepal; tercero, la epidemia tiene su fuente en la contaminación accidental del río de la Artibonite por las letrinas del campo militar de la Misión.

La ONU, en lugar de haber reconocido su responsabilidad desde el comienzo, lo que le hubiera permitido disponer de los fondos necesarios para lanzar a tiempo una campaña contra la epidemia, escogió la política de la negación. Para hacerlo, utilizó diferentes instituciones que están bajo su jurisdicción (Organización Mundial de la Salud, Organización Panamericana de la Salud, Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Atlanta) que trataron de borrar las huellas de su responsabilidad2. Es así como ciertos datos del inicio de la epidemia fueron intencionalmente modificados u ocultados3.

Entre otras cosas, esta actitud contribuyó a alimentar en el país el discurso anti cascos azules, reforzando la sospecha y la identificación de esta fuerza multinacional con una fuerza de ocupación del país, que buscaba la continuación de esta lógica presente desde el siglo XX. Esto tiene que ver con el hecho de que las viejas y las nuevas potencias coloniales y esclavistas nunca han dejado pasar la oportunidad para humillar el país y arrodillarlo con la complicidad de sus élites.

Mientras que la Organización trataba de esconder su responsabilidad en la transmisión del virus, millones de víctimas seguían y siguen muriendo en cada periodo de lluvias. Los medios utilizados para combatir la epidemia han sido insuficientes. Un Estado que se muestra incapaz de proporcionar la atención necesaria a sus ciudadanos, ¿cómo puede ser capaz repentinamente de enfrentar una epidemia sin antecedentes en la historia del país?

Lo peor que puede pasarle a una víctima es no ser reconocida ni por el sistema jurídico-político nacional, ni por el sistema internacional. Sin la movilización de diferentes organizaciones de defensa de los derechos de las víctimas y de la vigilancia de más de uno, el derecho al acceso a los derechos abstractos del sistema de protección de la ONU hubiese sido pisoteado.

Una víctima necesita ser escuchada y reconocida para, luego de su desaventura, constituir un nuevo ethos, sin importar la naturaleza de este encuentro fatal. En el caso de las víctimas del cólera hay algo paradójico. Se trata de la responsabilidad de los llamados países amigos, que están ahí para ayudar a mantener un Estado fallido y debilitado por sus élites y por las potencias imperiales. Este caso puede crear un mal precedente en las próximas operaciones de mantenimiento de la paz. ¿Cómo identificar como responsable o acusar a la ONU, si fue quién acudió al rescate de los ciudadanos a fin de evitar una sangrienta guerra civil en el 2004? ¿Cómo abrir la puerta a demandas en contra de los agentes que participaron en las operaciones de mantenimiento de la paz?

Los agentes de la MINUSTAH están cubiertos por los acuerdos sobre las inmunidades diplomáticas. Sin embargo, la ONU es responsable puesto que es la encargada de la contratación. Existía la sensación de que estos acuerdos se convirtieron en una pantalla para evitar que la Organización cumpliera con su responsabilidad en la contratación del personal así como en las condiciones de seguridad y de saneamiento. Esa Organización fracasó en la misión de garantizar que el personal reclutado estuviera en buen estado de salud, que no fueran portadores de enfermedades contagiosas, y en el cumplimiento de las normas de saneamiento en los diversos campos. El deseo de ocultar estos hechos alimentó el sentimiento de que la Organización se estaba convirtiendo en un semillero que alimentaba nuevas formas de impunidad. Como lo ha sostenido Philip Alston, en el informe que presentó al Secretario General, esta actitud es contraria a la misión de la ONU. Este informe ayudó a levantar el velo sobre las prácticas coloniales de las Naciones Unidas, capaces de hacer que la Institución entre en una forma de esquizofrenia al jugar un doble juego.

Para terminar, este caso muestra cómo las luchas por la Institución de derechos son largas y requieren de una vigilancia militante. Los guardianes de la paz pueden ser los primeros infractores al amparo de un deseo de proteger los intereses inmediatos de la Institución. La experiencia de Haití muestra que la fuerza multinacional no fue diligente en el caso del cólera, su representante estaba interesado en otras cosas. Esto se puede ver en los correos de Hillary Clinton publicados por el Centro de Investigaciones en Economía y Política (CEPR), que revelaron cómo Edmond Mulet, representante de la ONU en Haití, en el periodo de elecciones del 2015, hacía parte del equipo de Clinton que reflexionaba sobre la manera más rápida de fabricar, en favor del Departamento de Estado, un presidente haitiano hecho sobre medidas, made in América, en complicidad con la organización de Estados Americanos, (OEA) y Brasil.

  1. Hipótesis considerada poco probable o imposible por el epidemiólogo Renaud Piarroux, quien con su informe, empujó a la ONU a asumir su responsabilidad.
  2. http://www.lamarseillaise.fr/marseille/sante/51708-haiti-renaud-piarroux-les-nations-unies-voulaient-faire-du-cholera-la-consequence-d-un-evenement-climatique.
  3. Idem.