Anders Fjeld

* Anders Fjeld

Doctorante en Filosofía Política en Laboratoire du Changement Social et Politique (LCSP), Universidad Paris Diderot-Paris 7, Francia. Columnista y miembro del equipo editorial de Palabras al Margen. Cofundador del centro de investigación sobre utopía Archipel des Devenirs. Miembro del proyecto ECOS-Norte, "Pensar la subjetivación política hoy. Francia/Colombia". Ha sido varios semestres investigador invitado a la Universidad de los Andes, y profesor invitado a la Universidad del Estado de Haïti. Se especializa en el pensamiento político y estético de Jacques Rancière, y trabaja sobre movimientos políticos, utopía, economía política, neoliberalismo, críticas reconstructivas del marxismo y filosofía francesa contemporánea.

Durante los últimos diez años hemos visto en Europa grandes movimientos populares defendiendo valores de izquierda, llevando a veces a fortalecer la participación de partidos de izquierda en los juegos de la democracia representativa. Se han dado muchas discusiones sobre las esperanzas que acompañan estos movimientos, y sobre todo sobre una posible reinvención de la izquierda – su tradición, su organización, su visión de la sociedad. No más el partido clásico, jerárquico, con las orientaciones “revolucionarias” ya determinadas y con un líder “carismático” que garantiza las decisiones colectivas. Más bien una confluencia de movimientos populares en un “partido” que intenta, en los límites de lo posible, practicar la democracia directa y funcionar como la voz de las voces. Políticamente se ha esperado, para luchar contra la neoliberalización, una revalorización del Estado de bienestar con la reintroducción de políticas keynesianas (orientadas hacia el pleno empleo, la estimulación del consumo, la redistribución de las riquezas, la protección de las clases bajas). Lejos de la idea de revolucionar el capitalismo, el desafío ha sido triple: hacer vivir lo popular como fuerza política; reintroducir hoy las políticas económicas que fueron vigentes durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, antes de la neoliberalización en los años ochenta; confrontar al capitalismo globalizado y sus organizaciones supranacionales (que en muchos casos administran y controlan las deudas soberanas – en el caso de la Unión Europea controlan aún las políticas monetarias nacionales) y reafirmar una soberanía económica nacional más importante.

Sin embargo, las esperanzas se han transformado en decepciones. Después de seis meses de negociaciones intensas y un plebiscito contra los dictados de la “Troika” en 2015, Syriza, el gobierno griego, capituló y aceptó las condiciones horribles de su “ayuda financiera” para poder continuar “pagando” sus deudas. No logró dar más esperanza a la fuerza popular, ni coherencia a su constelación frágil de varias izquierdas; no logró implementar sus políticas económicas “modestamente” keynesianas con sistemas sociales de protección de las clases medias y bajas; no logró, para nada, confrontar al capitalismo globalizado. Las políticas impuestas por la “Troika” en Grecia han sido tan absurdas (¡aún el FMI está generalmente en desacuerdo con su viabilidad!) que dejan pensar que constituyen la punición de todo un país por su “populismo izquierdista”. En Francia, la elección del partido socialista ha sido un fracaso total para la izquierda. Aunque de entrada no generaba grandes expectativas con respecto a la realización de cambios significativos y una lucha contra el capitalismo, no se podía anticipar hasta que punto este partido podía adoptar políticas de derecha. La reciente reforma del trabajo, todavía muy rechazada, es de pronto la idea más absurda de un gobierno que también ha practicado una represión brutal de movimientos contestatarios (movimientos contra el COP-21, contra la reforma de trabajo, contra las políticas de inmigración) bajo el extenso estado de urgencia que le da a la policía fuerzas extralegales. Se podrían mencionar varios casos semejantes.

¿A qué se deben estos fracasos, relativos, parciales o totales, de los movimientos sociales que convergen hacia la izquierda estos últimos años (o al menos hacia una oposición a las políticas neoliberales y la globalización capitalista)? La hipótesis más sencilla – y no por eso sin interés – es la explicación clásica del poder de convicción ideológica. Sería entonces el problema de la estrategia, del “trabajo de base”, del discurso y del carisma de las personas mediáticas. En este sentido, habría un problema con el lenguaje mismo de la izquierda: no ha reactualizado su vocabulario, solo repite las mismas cosas que no solamente han perdido su poder de convicción, sino que también se han desarticulado de la situación actual. Esta idea, demasiado estratégica y conveniente (“la izquierda en sí misma es buena, solo hay que modificar y actualizar la manera de presentarla”), es quizá sintomática de desafíos más profundos: la identidad de “izquierda” – sus valores, reclamos y esperanzas – se constituyó en una sociedad que ya no es la nuestra, y en lugar de replantear sus objetivos, pensar los nuevos procesos sociales, la izquierda, posiblemente, se ha vuelto reactiva, aún conservadora.

El liberalismo clásico – enfrentándose a políticas keynesianas y socialistas – ha pasado por una profunda reelaboración científica, gubernamental e ideológica durante el siglo XX, llevando a fuertes políticas neoliberales aliadas a los procesos de globalización capitalista1. ¿No se podría pensar que, tendencialmente, la izquierda ha mantenido sus reclamos “clásicos”? Sus aspiraciones hacia una reinvención de sus aparatos de representación política, para canalizar mejor la confluencia de movimientos populares, han sido muy tematizadas – y aunque han sido parcialmente decepcionantes, también hay experiencias importantes que crean nuevos escenarios de aprendizaje y de experimentación. Pero hay dos problemáticas importantes – que estructuran cada vez más el nuevo orden mundial – que no son muy poco tematizados: la financiarización de la economía y los nuevos regímenes del trabajo. Si se mencionan, es típicamente de manera negativa (reactiva, conservadora de lo que había “antes”) y no de manera propositiva. En parte, sin duda tiene que ver con la tendencia izquierdista hacia la diabolización del mercado privado, de toda dinámica empresarial y de los bancos, pero sobre todo tiene que ver con las dinámicas perversas que los caracterizan. La financiarización es una creación fantástica de largas cadenas de deudas semi-ficticias que se basan en la toma del riesgo y en la diversificación y “protección” de estos riesgos – existiendo entre bancos nacionales y privados, fondos de inversión, empresas, especuladores, etc., y, por supuesto – la mayor parte –, los ciudadanos que no tienen parte activa en este mundo pero que dependen cada vez más de él. Los nuevos regímenes de trabajo tienen que ver con los procesos de descentralización del salario como base jurídica y la organización hegemónica del trabajo (con sus derechos y protecciones), llevando a lo que a menudo se llama la precarización: varias fuentes de ingreso sin garantías, estabilidades o buenas protecciones jurídicas; contratos cortos y proyectos con estatutos jurídicos en zonas grises entre el desempleado y el asalariado.

En lugar de la posición de denuncia, de la interminable crítica, y de la defensa de una identidad tal vez ya perdida, ¿no sería mejor si la izquierda “acepta” la existencia de estas nuevas macro-dinámicas para mejor repensar una nueva gubernamentalidad socialista?