José Antequera

* José Antequera

Abogado. Mg. Estudios Políticos. Activista por los derechos humanos, la memoria histórica y la paz. Ha formado parte de organizaciones como H.I.J.O.S., el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado. Hizo parte de la primera delegación de víctimas participantes de la mesa de diálogos de paz de La Habana. Hizo parte del equipo fundador del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá. Actualmente es asesor del Centro Nacional de Memoria Histórica. También se desempeña como presentador del programa "La Otra Vuelta" de Canal Capital. Ha publicado varias columnas en El Espectador y el portal Las 2 Orillas. Ha publicado los libros "Memoria Histórica como relato emblemático" (2011) y "Detrás del espejo. Los retos de las comisiones de la verdad (Comp.) (2014)

Entre muchos acontecimientos después del 2-O, la Plaza de Bolívar de Bogotá se llenó dos veces en diez días y surgieron movilizaciones en múltiples ciudades del país y del mundo. Así que es lógico que muchas personas comiencen a preguntarse de qué van esas marchas, qué es lo que quieren, y para qué son. Que si movimiento, que si movilización, que dónde están los voceros, que si los podemos entrevistar.

Yo no soy vocero de nada pero sé que si los que estamos en la calle no decimos algunas cosas otros las dirán por nosotros, y no necesariamente lo harán para el bien de la causa que nos tiene agitando banderas. Así que saco mi cartón profesional y mis tenis sin lavar y me propongo este pequeño escrito, desde adentro.

Más que movimientos ciudadanos, como estructuras organizadas en las calles de Colombia, hay hoy un proceso de movilización que surgió de un momento de quiebre para la historia de toda una generación. Lo que pase en adelante, depende de muchas decisiones. Los nombres que circulan como hashtag extendiéndose por todo el mundo son gritos que se están llenando de contenido con mucho esfuerzo, todos los días. Tal vez queremos que se vuelvan palabras para explicarnos a nosotros mismos lo que se nos rompió el 2 de octubre y lo que hicimos con los pedazos, pero esa es una historia que viene más adelante.

El horizonte inicial es claro y está determinado por las circunstancias que estaban antes de estas movilizaciones como las calles en las que nos estamos moviendo. El resultado del plebiscito no fue ni una derrota ni una victoria, sino una crisis amasada por un proceso de luchas previas que impidió que la solución inmediata del regreso a la guerra fuera aceptable. Las movilizaciones después del 2-O confluyeron con el mensaje directo que el mundo le envió a Santos con el sobre del Premio Nobel de Paz, y afortunadamente el tipo entendió que le tocaba elegir para el lado contrario de un pacto de élites cerrado (o eso parece hasta ahora). Se ha abierto un diálogo nacional. La mesa de La Habana sigue siendo el escenario legítimo para recibir los resultados de ese diálogo y producir las alternativas. Uribe al acecho, ganando tiempo, queriendo representar a todos los que votaron que NO, buscando liquidar los Acuerdos y poner el presidente en 2018 con la misma retórica de siempre.

Por ahora, los gritos de la movilización son #AcuerdoYa y #PazALaCalle. El primero tiene el pesimismo de la inteligencia para saber que el tiempo corre si queremos salvar este difícil proceso de paz y evitar que se levante el cese al fuego bilateral, abarcando al máximo espectro de la sociedad sobre un consenso humanitario por la vida. El segundo tiene el optimismo de la voluntad, para mantener la certeza de que la frustración del 2-O requiere que salgamos de las redes y que le pongamos mensajes claros a la manifestación, para que no nos utilicen porque nos mamamos. Mensajes que abarquen a toda la sociedad sin aceptar la negociación de los derechos de la gente. Gritos distintos que suenan igual donde tienen que sonar.

Una primera movilización llamada la Marcha del Silencio fue sobre todo la muestra de que vivimos días que nos marcaron para siempre, como a otros los marcó el 85 con el Palacio de Justicia y Armero y la UP, y a otros, más atrás, el mayo del 68. ¿Qué creen que pasaría si esto no se resuelve? ¿Qué clase de país es este que nos tocó en suerte donde queriendo la paz nos autosaboteamos de esta manera? ¿Para dónde quieren que cojamos?

La siguiente movilización, una marcha de las flores en homenaje a las víctimas, tuvo un componente adicional que también hay que leer. Porque “Acuerdos de La Habana” no son sólo letras referidas al beneficio o costo del Gobierno y de las FARC. Muchos saben que son acuerdos sobre derechos y realidades para que la solución a la guerra sea, ojalá, estable y duradera. Derechos de los pueblos indígenas, de las mujeres, de la población LGBTI, de las víctimas. ¿Puede Uribe borrar todo eso de un brochazo? ¿Puede el miedo a la democracia y al reconocimiento de la verdad y la diversidad imperar en Colombia a punta de propaganda sucia?

Vienen más marchas. Yo no sé cómo serán. Tengo claro, eso sí, que detrás de la plaza llena, las asambleas y los gritos hay esfuerzo de gente real que ya no puede creer en la esperanza ni en que todo saldrá bien porque eso dice el muro del Facebook todas las mañanas. Ahora sólo tenemos el esfuerzo concreto, ganemos o perdamos, para no morir de tristeza. Ese esfuerzo hay que cuidarlo, respetarlo y valorarlo, por supuesto, lo que nos implica una tarea dura pero feliz, de todos los días.

Que si movimiento o movilización. Que dónde están los voceros, que si los podemos entrevistar. Algunos les cuesta mantener la concentración por más de quince minutos. La paz de Colombia está juego, y con ella casi todo, para todos.

Nos vemos en las calles.