Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Cursa estudios de doctorado en Filosofía en la Universidad de los Andes, magister en filosofía de la misma universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Sus áreas de trabajo son la filosofía política contemporánea y los cruces entre filosofía e historia en los movimientos sociales y populares. Miembro del grupo de investigación en teoría política contemporánea y ha publicado artículos relacionados a sus áreas de trabajo como: La violencia en la biopolítica de michel Foucault. Facultad de Derecho, Unijus, 2010 y Sobre la crítica de Hannah Arendt al comunismo. En: Quiñones, J (ed) Pensar a Marx hoy. Facultad de derecho Unal, 2012

El 2 de octubre de 2016 será recordado como el día en el que le entregamos el país, una vez más, a nuestras élites. Lo digo porque tengo la firme convicción de que el voto verdaderamente democrático era por el “sí”. No veo razones para que nos dejemos convencer de ese dogma liberal que nos dice que la democracia es equivalente a una jornada electoral, que se ve reflejado en la opinión de muchos analistas al decir que fue la democracia la que decidió el rumbo del país ese día. No veo esas razones porque estoy convencido de que el voto per se no es equivalente a la democracia (creo que si nos dejamos convencer por eso, vamos a seguirle el juego a los enemigos de la democracia, a nuestros oligarcas). Me gustaría decir, más bien (y como muchos otros), que el voto es una conquista de la democracia. Este cambio sutil en las palabras es clave, pues es muy distinto decir que “el voto es democracia” a que “el voto sea una conquista de la democracia”.

En algún momento muchos y muchas lucharon con la firme convicción de que, para votar, no era necesario ser hombre, blanco y rico. Afortunadamente esa lucha no fue en vano y hoy gozamos del sufragio universal. Sin embargo, eso nunca quiso decir que la democracia se iba a agotar en el voto, pues, como lo hemos visto, una y otra vez, los hombres blancos y ricos han usado esa conquista democrática para imponerse sobre quienes siempre han querido imponerse, es decir, sobre las personas del común que no tiene otra propiedad que la de ser “personas del común”. En Colombia las personas del común somos casi todos: asalariados, profesores, pequeños y medianos empresarios, madres cabeza de familia, estudiantes, indígenas, pensionados, trabajadores y trabajadoras domésticos, trabajadores y trabajadoras sexuales, desempleados, inmigrantes, expulsados de la sociedad, etc. Tenemos que el voto, que otrora fue una conquista de la gente del común, es usado como medio para que esos que siempre han estado en lugares privilegiados sigan manteniendo su posición social.

En Colombia tenemos ejemplos crueles de cómo ese derecho al voto ha sido usado en beneficio de nuestros oligarcas. Pero detengámonos en el más reciente, en el del 2 de octubre. Uno de estos hombres blancos y ricos, siendo presidente decidió dialogar con los campesinos en armas de las Farc-Ep. Trató de escucharlos al mismo tiempo que los alzados en armas hicieron lo mismo, lograron un acuerdo que, como bien dice, William Ospina, no cambia nada. Sin embargo, era un buen comienzo para el cambio. El fondo de tierras que comprendería tres millones de hectáreas era un buen comienzo, la formalización de la propiedad rural que comprendía 7 millones de hectáreas también era un buen comienzo. Abriría una participación política irrisoria: se fundaba un partido político proveniente de los y las integrantes de las Farc-Ep –se aseguraría 8 curules durante ocho años. Sin detenernos en los detalles podríamos decir que son concesiones tristes si comparamos todo el despojo y la explotación descarada a la cual hemos estado relegados.

Finalmente el oligarca Santos decidió convocarnos a votar para aceptar ese comienzo, que, para mí es indignante. Sin embargo, era mucho mejor aceptarlo. En Colombia, tierra de la exclusión y de la violencia, ese ofrecimiento era lo más esperado en el mundo de posibilidades. Sin embargo, este mísero ofrecimiento fue rechazado. Nos comimos las mentiras de los “otros ricos” que no quieren conceder un lugar mínimo de sus privilegios, preferimos creer que el Acuerdo de paz era para beneficiar únicamente a los integrantes de las Farc-Ep. Preferimos creer además que fueron los campesinos en armas los que iniciaron la guerra, que sus crímenes son mucho peores que los crímenes que causa la excusión social, económica y política. En últimas, el gran vencedor de la jornada del 2 de octubre fue la misma oligarquía que pactó el Frente Nacional, la misma oligarquía que le dice hoy a las Farc-Ep: “sabemos que nosotros los hicimos matar y cometer crímenes, pero jamás la sociedad lo va a comprender o va a querer comprenderlo, así que tendremos que modificar ‘el mejor de los acuerdos al que podíamos llegar’. Hurgaremos en él, contentaremos a los terratenientes y a los fanáticos religiosos que tienen hoy la palabra del pueblo”. El “no” era un voto, en esencia, antidemocrático, pues era el motivo para que el uribismo se sentara y pusiera las condiciones. El “sí”, en cambio, era la opción democrática. Para un país tan godo como Colombia, aceptar esa “limosna” era una transformación significativa.

Tenemos así que el voto no es el reflejo inmediato de la democracia. El voto es democrático, siempre que abre tenuemente la posibilidad de poner en cuestión el hecho de que sean los hombres ricos y blancos los que digan qué es lo que se debe hacer y qué es lo que no se debe hacer. Y creo que el No cerró esa posibilidad al menos al cortísimo plazo. Como muy bien lo dice Edwin Cruz1, debemos evitar caer en las mentiras y en las provocaciones de las élites. Nada sería más catastrófico que pensar que el país está dividido entre quienes quieren la guerra y quienes quieren la paz, cuando, en realidad está dividido entre esa minúscula élite que está empeñada en pactar entre élites y la inmensa mayoría de los ciudadanos del común. La demanda debe ser sencilla y clara: los acuerdos firmados deben implementarse inmediatamente. Si hay éxito en esa consigna, los ciudadanos del común que votaron por el “Sí” y por el “No” se encontrarán en las calles y las élites se darán cuenta que otorgar esa tenue concesión es lo que mejor podrán hacer por ahora.