Leopoldo Múnera

* Leopoldo Múnera

Abogado de la Universidad del Rosario, magíster en Filosofía del Derecho de la Universidad de Roma y de Desarrollo Económico y Social de la Universidad Católica de Lovaina. Doctor en Ciencia Política de la misma institución. Profesor asociado de la Universidad Nacional de Colombia, coordinador del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea y miembro del CriDis (Centre de recherches interdisciplinaires Démocratie, Institutions, Subjectivité) de la Universidad Católica de Lovaina y del Programa Interdisciplinario de Políticas Educativas de la Universidad Nacional de Colombia (PIPE-UN)

El narrador del relato de Stanley Ellin no es un verdugo, es un electrocutador. Así como el sepulturero es ahora un empleado de pompas fúnebres o su director. “Las palabras hacen una diferencia”, dice la voz que cuenta, pero no es una simple diferencia semántica, es una diferencia en la mirada del otro y de los otros que redunda en la forma como nominan los mismos hechos.

El director de pompas fúnebres goza del aprecio de todo el mundo, ocupa una posición importante en la logia y es uno de los miembros más distinguidos de la comunidad. El sepulturero, por el contrario, hace una labor necesaria, pero vergonzosa para la sociedad, además de dolorosa, entierra a los muertos. Quizás la diferencia en la mirada y la denominación se percibe mejor cuando se trata de un cargo más alto y con más reconocimiento.

El electrocutador nos recuerda que si un viejo amigo sirve de jurado y encuentra culpable a un asesino, nadie le cierra la puerta en las narices, más aún, los miembros de la comunidad se sentirán honrados y orgullosos de tener sentado a la mesa al juez que sentencia a ese asesino a la silla eléctrica. Ni siquiera vale la pena pensar que alguien lo pueda considerar como el autor intelectual de un homicidio. Para la mayoría es un funcionario honesto que cumple a cabalidad sus funciones.

Lo mismo sucede en nuestra sociedad, guardadas las proporciones. La mayoría también piensa que quien ordena la destitución de un profesor condenado injusta e inconstitucionalmente por el Procurador, solo cumple una misión institucional, por ingrata que ella sea. No es el responsable de que ese colega pierda su cargo y de que su familia quede a la deriva. Los magistrados del tribunal que condenan al mismo docente a la cárcel en condiciones inhumanas con pruebas ilegales, siguen siendo honorables magistrados después del fallo de la Corte Suprema de Justicia. El profesor, por el contrario, cuando había sido condenado y destituido cargaba con el estigma de ser un guerrillero que utilizaba la academia con fines políticos, en el mejor de los casos, afrenta que no desaparece del todo, o en el peor de los casos de ser un terrorista.

Dejar a alguien sin su trabajo, negarle su libertad o en últimas condenarlo a la pena de muerte son hechos que adquieren otro significado de acuerdo con la mirada del otro. Más aún si esa mirada ha sido institucionalizada y se encuentra consagrada en las normas y los procedimientos legales. En el caso contrario, quien le quita el trabajo al otro, viola sus derechos humanos; quien le quita la libertad, lo secuestra; quien planea su muerte es el autor intelectual de un homicidio.

La mirada del otro, especialmente si se cristaliza en las instituciones, tiene la capacidad de cambiarle el significado a los mismos actos y hechos y de liberar el goce. No necesito decirlo yo, un profesor de una universidad pública colombiana que reivindica el derecho a la crítica y la libertad de pensamiento y cátedra, solo debo parafrasear al electrocutador quien, según sus palabras, es un buen ciudadano, que se queja de los impuestos pero los paga cumplidamente, vota siempre por la derecha y maneja su negocio con la diligencia suficiente para asegurarse una vida cómoda.

De acuerdo con la psicología mecanicista de Hobbes (2008: 133) en el Tratado sobre el Hombre, sencilla y directa, el goce se presenta “cuando el bien que a alguien le viene se concibe sin la compensación de mal alguno subyacente, lo cual es el disfrute del bien”. En la conversación con su hijo, quien estaba destinado a heredar el negocio familiar y el oficio de manejar la silla eléctrica, el verdugo solo le teme a una pregunta que él mismo provoca.

Está hablándole con rabia al vástago que no quiere seguir la tradición de electrocutador que el padre le propone. Le reprocha la hipocresía propia de las personas que no saben si están de acuerdo o no con la pena de muerte, pero la aceptan, siempre y cuando otro cumpla con el deber de operar el interruptor que suprime la vida. No puedo dejar de leer esta parte, el hijo le pregunta al padre:

“¿Es todo lo que representa para ti? Un deber?”

“Sí”.

“Pero te pagan por eso, ¿no es verdad?”

“Apenas lo suficiente”.

Me siguió mirando de la misma manera. “¿Sólo un deber?”, dijo, sin apartar los ojos de mí. “Pero lo gozas, ¿no es verdad?”

Esa fue la pregunta que me hizo.

Lo gozas, ¿no es verdad? A través de una mirilla en la pared, estás allí parado observando la silla. En los últimos treinta años he estado más de cien veces ante esa mirilla. Los guardias traen a alguien. Usualmente está aturdido; a veces grita, se contorsiona y forcejea. Algunas veces es una mujer, y una mujer puede ser tan difícil de controlar como un hombre cuando es conducida a la silla. Tarde o temprano, sea el que sea acaba amarrado a la silla y con una capucha negra en la cabeza. Ahora tienes tu mano en el interruptor.

El director de la prisión hace una seña, y oprime el interruptor. El corrientazo golpea el cuerpo como si una ráfaga tremenda de aire lo penetrara de repente. El cuerpo se eleva de la silla hasta donde lo permiten las amarras. La cabeza se sacude, y una espiral de humo sale de ella. Sueltas el interruptor y el cuerpo vuelve a bajar.

Aprietas una vez más, lo haces una tercera vez para estar seguro. Y cada vez que tu mano oprime el interruptor puedes ver mentalmente lo que está haciendo la corriente en ese cuerpo y la apariencia que debe tener el rostro bajo la capucha.

Esa fue la pregunta que me hizo mi hijo. Eso fue lo que me dijo, como si yo no tuviera en lo más profundo de mi ser los mismos sentimientos que tenemos todos los humanos.

¿Gozarlo?

Pero, Dios mío, ¿cómo es posible no gozarlo?

Al electrocutador le resulta imposible no gozar un acto que es su deber y el ejercicio permitido de su poder. ¿Cómo es posible no gozarlo? Cuando el bien está constituido por el deber que se apetece, debido a la mirada del otro que autoriza, y a un deseo que no debe ser reprimido, derivado del ejercicio pleno del poder que se le niega a los demás ¿Cómo no es posible gozarlo? El electrocutador ya había advertido que él era un hombre que se plegaba totalmente a lo que dicen las normas, sin cuestionarlas, sin tomar distancia ética de ellas. Asignándoles un origen natural, divino, metafísico o de culto al orden.

Dios pone en la tierra a los perros feroces para que los maten, a los asesinos para que los lleven a la silla eléctrica, porque “cuando alguien comete un asesinato o una violación deja de pertenecer a la raza humana. Un ser humano tiene un cerebro y un alma recibida de Dios para controlar su naturaleza animal. Cuando el animal que hay en él lo domina, ya no es más un ser humano. Entonces debe ser exterminado como cualquier animal que se desata en furia en medio de personas inermes. Y mi obligación es ser el exterminador”. La pertenencia a lo humano depende del respeto irrestricto de los principios que autorizan la liberación de la animalidad del verdugo. Desde luego, esa parte la omite el electrocutador.

La alienación total a la norma, la enajenación total de la singularidad ética a la mirada del otro, a la ley, las instituciones, el amo, el Estado, el partido, la autoridad requieren del reconocimiento y la aceptación de un poder absoluto que establezca nuestros deberes y nuestras obligaciones y frente al cual no tengan cabida las preguntas que pueden alterar el orden establecido de las cosas y los seres humanos y no humanos. Para esta forma de pensar, sentir y actuar, las preguntas son el origen de la crítica y la crítica la simiente, en sus dos significados, del caos.

“Después vino la psicología, junto con los profesores, y la principal cuestión fue entonces por qué. Pregúntese usted por qué, por qué, por qué cada vez que vaya a hacer algo, y terminará no haciendo nada. Espere que pasen un par de generaciones, y tendrá al final una raza de seres subidos en los árboles como monos, rascándose las cabezas”. El ser humano que se somete a la mirada del otro tiene incluso garantizado el goce de lo que le está prohibido a los otros. El verdugo puede matar impunemente, el juez conculcar la libertad sin temor a ser perseguido por la justicia que él administra, el funcionario superior puede condenar al ostracismo al inferior, sin responder por su subsistencia y la de su familia, y además sentirse satisfecho del deber cumplido, porque el lugar de la ética se confunde con el de la política y el derecho, con el del poder y la norma que establecen coactivamente el significado del mundo.

No obstante, el verdugo tropieza con la pregunta de su hijo que no lo considera un electrocutador. Con las dudas del heredero que renuncia a los derechos de sucesión y del miembro de la familia que no quiere seguir la tradición. El vástago no sabe si está de acuerdo o no con la pena de muerte, no tiene las mismas certezas que su padre, pues no se ha alienado a la mirada del otro, a las órdenes de un poder absoluto. Su vida no reposa sobre las férreas y tradicionales convicciones que animan al electrocutador. Pero él sabe que no quiere ser verdugo, que no desea participar en la fiesta institucional de la muerte, que en esta ocasión no quiere acceder al goce que le ofrece la mirada del otro.

En medio de la incertidumbre pregunta y su pregunta se vuelve impertinente, porque está hecha desde una singularidad ética que no acepta el deber impuesto por la norma, la tradición y el sentido común. Su interrogante contiene una respuesta que le quita el buen nombre al electrocutador y lo coloca en el mismo plano ético de sus víctimas, quienes también fueron victimarios. Cuestiona los fundamentos de la mirada del otro. Pone en evidencia el goce de su padre y, sobre todo, el bien que lo sustenta, el deber asumido con mansedumbre y el poder que es apetecido. La pregunta rompe el orden de las cosas que es naturalizado por su padre, cuando confiesa tener los mismos sentimientos de todos los humanos, aunque esconde que los otros deben reprimir el goce de causarle la muerte y el dolor a los demás para poder vivir en sociedad.

La pregunta implica que el hijo no quiere seguir con el oficio del padre. No desea cumplir su deber sacrificando la vida de los condenados. Renuncia al goce de la muerte violenta de los demás. No busca la justicia que en nombre de lo humano convierte a los hombres y mujeres en animales para eliminarlos inhumanamente. Rechaza la venganza que instituyó la comunidad de su padre. La pregunta también abre la posibilidad de cambiar lo que desde una disonancia interna se considera injusto, mediante la transformación del orden establecido de las cosas y los seres humanos y no humanos.

En el “por qué” rechazado por el verdugo reside no solo la crítica, sino la opción de cambiar mediante una decisión y una acción, los entes, las normas o las instituciones que nos imponen la mirada del otro. La servidumbre voluntaria y acrítica. La pregunta incluye en sí misma una respuesta que puede dar lugar a la desobediencia civil, la objeción de consciencia, el derecho de resistencia o de rebelión, e incluso la excepción de inconstitucionalidad, ese mecanismo jurídico-político destinado a preservar los principios éticos contenidos en una Constitución. Asimismo, permite flexibilizar la justicia para conseguir la paz.

El hijo marca la distancia con el padre cuando le dice que seas tú el que le dé al Cesar lo que es del César. Que seas tú el que cargue con la responsabilidad de los muertos. Que seas tú el que asume el sufrimiento de las víctimas, de todas las víctimas. Que seas tú el que se siente satisfecho por ser verdugo bajo el nombre del electrocutador. Que seas tú el que respete un orden y una concepción de justicia que se basa en la venganza. Que seas tú el súbdito de un régimen éticamente absolutista. Que seas tú el que se siente un buen ciudadano y gozas cuando oprimes el interruptor de la silla eléctrica para ejecutar la orden del director de la prisión, del otro que mira.

El padre comprende el abismo ético que surge ante su vista, por eso afirma: “Lo peor de todo era saber que nos habíamos distanciado y que nunca más volveríamos a estar cerca”.

Bogotá, 21 de septiembre de 2016.

Texto de referencia:

Hobbes, Thomas (2008), Tratado sobre el Hombre. Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia.