Nicolás Villa Moya

* Nicolás Villa Moya

Internacionalista de la Universidad del Rosario y magíster en Administración Pública de la Universidad de Leiden. Cursó estudios complementarios en Política Pública Europea en el Montesquieu Instituut de La Haya y Cooperación Internacional para el Desarrollo en la Universidad del Rosario. Fue miembro fundador (alumni) de The Hague Governance Quarterly y actualmente se dedica a la docencia e investigación en las ciencias sociales y políticas

El 2 de octubre de 2016 el pueblo de Colombia tuvo en sus manos la oportunidad de acabar un conflicto de más de 50 años entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Estado colombiano. Sin embargo, la voluntad del pueblo colombiano para darle fin a un conflicto que ha cobrado millones de víctimas de sus compatriotas, en términos de desplazamiento, asesinatos, violaciones, etc., no fue la de terminar el conflicto. La posibilidad estuvo en las manos, pero no en la cabeza ni en el corazón, de los colombianos.

El “No” ganó por apenas 53.894 votos, así que no debemos estigmatizar a todos los colombianos. En todo caso, el hecho de que 6.377.482 colombianos hayan decidido ofrecer su voto para prolongar un conflicto que no ha podido ser acabado de manera militar en más de medio siglo solo puede, por lo menos, dejarnos profundamente desconcertados. La situación es peor aún si tenemos en cuenta que el número total de personas que pudieron haber evitado el catastrófico resultado (el censo electoral) es de aproximadamente 34 millones de personas.

El mundo está perplejo y desconcertado frente a una votación tan contraria al buen sentido. La Nobel de Paz Jody Williams calificó la decisión como algo “increíblemente estúpido”. El expresidente de Uruguay, José “Pepe” Mujica, califica al pueblo colombiano como “un pueblo esquizofrénico que se aferra a la guerra”. No es para menos.

Numerosos analistas internacionales han manifestado que el “No” de los colombianos es un revés simbólico a las esperanzas internacionales de paz. Muchos han esbozado el argumento de que, ante un mundo cada vez más conflictivo y violento, donde inclusive se escuchan los tambores de una tercera guerra mundial, Colombia era un foco de esperanza. Colombia era aquel país anclado en el tiempo y en el conflicto que, repentinamente, estaba a puertas de acabar con su conflicto interno de manera pacífica.

Así pues, en el escenario internacional, el fin del conflicto colombiano se veía como un respiro de aire fresco, sobre todo, para los que necesitan creer y defender la manera en que funciona el mundo en la actualidad. No estaba nada mal que el Presidente Santos sea un good fella, descendiente de una oligarquía dueña de un emporio mediático, amigo de Tony Blair y alineado con los intereses del gran capital. Si la democracia liberal estaba contaminando el Planeta a más no poder, instaurando un apartheid entre winners (ricos) y losers (pobres), y generando violencia y opresión en la periferia, por lo menos, esta misma democracia depredadora, hubiera sido suficiente para lograr la paz en Colombia. Con el voto por el Sí, el siglo XXI transcurrido hasta ahora no habría sido un fracaso simbólico total para dicho modelo.

Todos vivimos el sueño de una paz negociada. El voto por el “No” nos despertó. Solo queda esperar que ese despertar dure lo suficiente para admitir nuestra realidad. Nuestro pueblo no vota bien, es fácilmente manipulado, desinteresado, cobarde, vengativo y nada solidario. Los buenos no somos más, la voz del pueblo es la voz de un Dios muy raro que se esfuerza cada vez más por tomar decisiones políticas absurdas en aras de poder presumir y ostentar quien sabe qué.

El resultado muestra, además, que Colombia y el “No” se articulan perfectamente en el sinsentido de un fenómeno global. ¿Qué decir del famoso Brexit, o la inverosímil opción de poder presidencial de Donald Trump? Las razones en todos estos casos nunca serán suficientes. Es hora de hacer las preguntas correctas. ¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Cómo es posible que tengamos que preguntarnos porqué naciones enteras votan por opciones idiotas como el “No”, Brexit o (Dios no quiera) Donald Trump? Las preguntas correctas deben responderse si no queremos vernos inmersos en una situación peor.

Estamos ante el retorno de lo reprimido en la democracia liberal. Para que la fundación Bill y Melinda Gates curen x o y enfermedad en África y para que Ardilla Lülle dé becas en Colombia, es necesario que exista un sistema político/económico que excluya a grandes cantidades de población de sanidad básica y de acceso a educación. Son precisamente ellos y el resto de grandes capitalistas quienes crean las condiciones de pobreza e ignorancia en los rincones más vulnerables del mundo, esas que tanto pregonan combatir.

De tal manera, el retorno de lo reprimido, aquello que debemos eliminar de nuestras conciencias, regresa sintomáticamente en las decisiones electorales absurdas ya mencionadas. Para que el capitalismo funcione con todas las injusticias y contradicciones de las que sabemos –así no lo aceptemos- es necesario que exista una gran masa de seres subnormales en términos éticos, culturales, políticos –y claro está– económicos. El lado negado y tenebroso del capitalismo cada vez es más grande y solo puede engendrar cínicos y desadaptados llenos de odio quienes no pueden entender porque no caben en este mundo, si es el único que puede ser posible (como bien dice Badiou).

La respuesta es el enemigo externo –las Farc, a quienes debemos hacer sufrir, por encima del alivio del sufrimiento de las víctimas que piden el fin de la guerra. Los inmigrantes, negros, mujeres, y homosexuales que amenazan la –antiguamente- buena vida de los blancos en Estados Unidos. También la monolítica y atrasada Unión Europea que amenaza con convertirnos en un país sub-normal, en el caso británico. Pero la mayoría de los “buenos” estamos en negación, puesto que el hecho de que la guerra en Colombia y el retroceso de las prosperas condiciones de vida en Estados Unidos e Inglaterra sean culpa de grandes latifundistas y capitalistas sin escrúpulos solo nos causa indiferencia.

Las respuestas malas abundan (renegociación de los acuerdos de paz, Hillary, etc.). Las preguntas buenas hacen falta. Ya es hora de pensar, en todo el sentido de la palabra.