Estoy convencido de que las emociones son, como todo en la vida, una cuestión de práctica, de ejercicio y de disciplina. En el mundo desquiciado y torcido que nos tocó, las emociones de la compasión, del reconocimiento del otro, de la conmiseración, del desprendimiento, de la generosidad, han sido reemplazadas por un tipo de emociones correctas y funcionales que sólo hacen que los engranajes de la locura mundial continúen machacando la vida. Hay un imperativo que conmina a alcanzar la armonía personal, la paz consigo mismo, la tranquilidad interior: la paz comienza contigo mismo. Al mismo tiempo, al alcanzar ese nirvana mercantil, seguimos yendo a trabajar en paz, seguimos leyendo las noticias de la guerra en paz, seguimos comiendo carne en paz, seguimos excluyendo con nuestra mirada en paz, seguimos comprando en paz, seguimos rumbeando en paz, seguimos amando en paz. Todo puede estar desbaratándose, destazándose; el mundo de afuera, el otro mundo, puede estar ardiendo en la injusticia, pero por lo menos estamos en paz en nuestro propio mundo.

De la casa a la finca, al viaje, a la fiesta, pasando por el mercado y el gimnasio… hemos encontrado la manera de desconectarnos del afuera a través de ese imperativo a gozar, a disfrutar, en la armonía de la paz interior. Hoy parece que está prohibido sentir pasiones “negativas”, pasiones que nos hacen manifiesto que el afuera de nuestras vidas es una tragedia. Nos alejamos de los sentimientos que nos deberían tocar más profundamente, de la vergüenza que deberíamos sentir frente a alguien tirado en la calle sin nada de comer, del dolor de ver la vida campesina al borde de la extinción. Este mundo al revés nos ha enseñado muy bien que debemos rechazar los impactos emocionales que se salen de nuestro control. He ahí la diferencia: la ilusión del control. Los dados ya están echados. El mundo ya es como es. No hay nada que esté bajo nuestro control que cambie nada, por lo tanto dediquémonos a sentir sólo lo que nos afecta: nuestro goce y nuestras depresiones. El mandato subterráneo de ese imperativo es la desconexión.

Y lo más triste de todo es que las pasiones negativas sólo se movilizan cuando conviene al interés de ese mundo loco del poder. O alguien puede negar que lo que se jugó en el plebiscito tuvo más que ver con un direccionamiento de las pasiones útiles en un ajedrez político de élites que con el futuro de Colombia. No nos engañemos, tanto los del “Sí” como los del “No” (maldita división útil para los de siempre) fuimos peones emocionales en una lucha de egos e intereses políticos, mientras que allá abajo en ese otro mundo, en ese otro campo, en ese otro universo, la vida de la gente estaba en juego. Y como siempre eran usados como argumentos y como estadísticas, como siempre su vida era manoseada en discursos que, realmente, no tenían ningún otro propósito que movilizar gente para alimentar los egos de Santos y Uribe… los de siempre, los de arriba.

Desde hace ya casi veinte años, en una transformación del sistema de medios comunicación en Colombia que no tuvo otro resultado que una concentración de la transmisión de la información, los colombianos de ciudad hemos sido bombardeos con una manera de ver la historia colombiana y el conflicto armado que apela a una división maniquea. Fue ahí que se reforzó una tremenda afectividad, una aterradora emocionalidad excluyente y violenta, una sentimentalidad visceral justificadora de los más salvajes comportamientos. O acaso no sabemos todos en el fondo que es mejor la muerte de un guerrillero que la de un paramilitar, que la muerte de un “guerrillo” se celebra y no se lamenta, que incluso las masacres de campesinos “cómplices con el comunismo” son justificadas y necesarias (qué miedo que este pensamiento aún exista); como si de alguna manera el guerrillero viniese de afuera, del mismísimo infierno al que hay que devolverlo, como si el guerrillero no fuera un colombiano más sometido a la violencia que resulta del ajedrez político de los poderosos, de los políticos y los intereses económicos de las grandes empresas. Creo que no hay mejor manera para entender los resultados de este plebiscito que leer ese libro tan necesario de Fabio López de La Roche, Las ficciones del poder, en el que nos cuenta cómo el paso de un sistema de medios mixto a un sistema privado le pavimentó el camino a Álvaro Uribe para movilizar la afectividad del colombiano urbano en contra de la guerrilla y sus crímenes, al mismo tiempo que invisibilizaba otras formas de violencia, como la del Estado y la paramilitar.

Nunca ha dejado de sorprenderme cómo muchos colombianos parecemos saber más de la situación en Venezuela que la de nuestro propio país, que nos indignemos más con la falta de papel higiénico que con el asesinato de sindicalistas en Colombia (como para nombrar una de las tantas violencias casi indeterminadas en relación a la sobredeterminación de todo lo que tenga que ver con la violencia de izquierda). En realidad, y en contra de lo que muchos defensores del “Sí” manifiestan, esto no es una cuestión de ignorancia, esto es una cuestión de afectividad manoseada, de emociones direccionadas. Los grandes culpables son los medios de comunicación hegemónicos (ni sus nombres tengo que mencionar porque ya todos los conocemos) y sus alianzas perversas con el poder. Es como si el imperativo de la paz interior y de las emociones tranquilas, armoniosas, solo pudiese romperse cuando se trata de alguna violencia que venga de la izquierda, del terrorismo y el comunismo.

Un gran reto tuvo Santos al tratar de re direccionar ese resentimiento y no deja de ser sorprendente que el “Sí”, después de tantos años de carga afectiva, haya tenido tanto apoyo. Si pensamos en nuestra historia, eso es lo sorprendente, no la victoria del “No”. Mientras tanto, muchos del “Sí” nos descascaramos de ese imperativo del goce, de ese deber de la paz perpetua de nuestra emocionalidad en bienestar, de nuestro mundo cerrado, para salir a sentir por los otros, para salir a indignarnos con rabia controlada por la injustica. Desafortunadamente sólo lo hicimos cuando un interés de élite política, el de Santos, nos impulsó a hacerlo… casi cuarenta años demasiado tarde. Y de nuevo el que sufrió esa tardanza fue el campo.

Y ahora que los resultados del plebiscito llegaron, veo con preocupación cómo comienza a emerger de nuevo ese imperativo violento de gozar de la paz interior. “No peleen, dialoguen”; “La paz comienza desde casa, desde las acciones cotidianas”; “Hay muchas formas de ver la vida, es necesario estar bien con nosotros mismos para dialogar”; “Ya la votación pasó, es necesario reconciliarnos y estar en paz entre nosotros”. Nos están pidiendo, no sólo los políticos sino el imperativo mismo, nuestra vida misma, serenidad y calma. El mundo nos está diciendo que todo va estar bien, que las opiniones de todos valen y que es necesario controlar nuestras pasiones, concentrarlas de nuevo en el goce mientras sea la hora de que algún juego político de egos las necesite otra vez. Nos piden tranquilidad, nos piden esperar a que el desequilibrado balance político de arriba vuelva a un equilibrio beneficioso, no para todos los colombianos, sino para todas las élites políticas. Mientras tanto los campesinos están en vilo, los que mueren en el fuego cruzado están en vilo, los soldados rasos están en vilo… y nosotros acá en la ciudad esperando a que ese equilibrio y ese juego oligárquico dé aunque sea una buena noticia, incluso si es sólo el resultado de los egos de la clase política. Nos piden otra vez que nos guardemos, que nos pongamos la cáscara que es necesario tener para gozar, tanto a los del “Sí” como a los del “No”, porque en este momento no son pasiones útiles, porque ya cumplieron su cometido: mostrar el balance de poder y de influencia de este destruido país.

Veo con preocupación, después de todo este despliegue de manipulación emocional, la ligereza con la que se está tomando ahora lo ocurrido, como si lo que estuviera en juego fuera una simple opinión democrática, como si estuviéramos decidiendo simplemente el color de la camiseta de la selección, o cuál va a ser de ahora en adelante la música oficial de las propagandas de Águila. Como si no estuviéramos lidiando con la vida de personas, con su sufrimiento y su dolor. “Tranquilos, se re negocia y ya. No es tan grave. Es una oportunidad para unirnos”. No, aquí no aplica esa noción pendeja de que todas las opiniones valen, de que por eso es necesario calmarnos y estar en paz con nosotros mismos. Esa noción cabe en la música, en los libros, en las películas, pero jamás debería tener lugar cuando se trata de la guerra y de la muerte. Sospecho que esta ligereza es evidencia de que el sistema político y social necesita de nuevo el dominio de ese imperativo a gozar de la tranquilidad de nuestras pasiones interiores, de gozar de nuestra propia vida porque no hay nada más que hacer, porque todo lo que no sea nuestra tranquilidad está fuera de nuestro control.

Nos han politizado las emociones, tanto a nivel cotidiano con un mandato de goce que nos hace ignorar la tragedia de la vida de afuera, como a nivel electoral con un direccionamiento de pasiones históricas que se manifiestan sólo en la demostración de juegos de poder. Es hora de politizar de otra manera nuestras emociones, para nosotros, y para los otros, aquellos que hemos ignorado. No nos creamos el cuento de que la rabia y la ira son pasiones que no causan sino daños. Lo que le hace falta a este país no es solamente saber más, o aprender más, lo que también le hace falta a este país es un compromiso con las pasiones políticas para hacer de ellas algo productivo, para hacer que duren más, que no sean tan efímeras. Asistí a la marcha del silencio y vi cómo se desperdigó a la hora. Nos falta quizá aprender a conducir esas pasiones por fuera de los intereses de las élites, a concentrarlas en movilizaciones que no sean fugaces sino que perduren por encima de nuestra necesidad de goce y bienestar personal, quizá nos hace falta aquí en la ciudad la perseverancia que se vio en la plaza Tahrir o incluso en Ocuppy Wall Street.