Gerardo de Francisco Mora

* Gerardo de Francisco Mora

Politólogo, filósofo y Magíster en Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Actualmente, investiga temas de teoría y filosofía política, en particular, se ocupa del análisis de las concepciones de Estado, soberanía y lo político, con el firme propósito de analizar las relaciones ético-políticas subyacentes en las relaciones sociales contemporáneas. Es socio fundador de Centro de Investigación social y Estudios críticos-CISEC e investigador titular del mismo

Ahora, y una vez que pase el cansancio, quedará desacreditada la paz, no la guerra. Una consecuencia de la ética absoluta.

Weber, La política como vocación

En 1919, Max Weber dio una conferencia llamada La política como vocación, en esta aparece una distinción que es oportuno recordar en estos momentos de incertidumbre. Según Weber hay dos formas, irremediablemente opuestas, de orientar éticamente la acción política. La primera forma se refiere a la ética de la convicción, la segunda se refiere a la ética de la responsabilidad. Antes de analizar las características de estas formas de orientar la acción política es necesario mencionar que en este esquema hay un actor privilegiado: el político de profesión. Por lo tanto, algunas de sus ideas pueden parecer desconectadas de conceptos centrales de la reflexión política contemporánea como el sujeto, el pueblo, la multitud o los movimientos sociales. Sin embargo, el escenario político actual obliga a explorar la relevancia de cada uno de los actores políticos implicados en el futuro del Acuerdo de paz.

La ética de la convicción está ligada a las comprensiones morales, se refiere a la intención de guiar toda acción política de acuerdo a principios claramente establecidos a partir de los cuales se evalúan todas las acciones. Estos principios resultan ser siempre creencias o convicciones particulares y son bastante difíciles de generalizar para fundamentar una forma de ejercer el poder político, el sistema de creencias propio de las religiones es un ejemplo claro de la ética de la convicción, hay principios organizadores de la realidad que deben respetarse para estipular los fines a los que debe tender el orden social y para seleccionar los medios más adecuados para realizarlos. Sin embargo, este tipo de discursos no son exclusivos de la religión, cualquier actor puede caer rápidamente en este ejercicio al buscar valores supremos que justifiquen la acción política.

En principio, algunos podrían afirmar que la política debe caracterizarse por tener algunas facultades morales que garanticen su rectitud o su bondad. No obstante, Weber señala algunas dificultades de esta práctica e intenta mostrar la inutilidad de estos conceptos para guiar la acción política. En primer lugar, señala que este tipo de ideas produce una pérdida de las finalidades objetivas que caracterizan la política, una convicción arraigada puede llevar a que se planteen fines irrealizables en política, esta ética produce una desconexión radical con la realidad social. Se puede decir que aquellos que exigen un máximo de justicia en los acuerdos de paz dejan de lado la realidad, prefieren que el conflicto siga andando con la pretensión de garantizar un castigo adecuado a la infracción de determinados principios que consideran valiosos. Los que quieren garantizar un orden social basado en lo justo, lo correcto y lo bueno, perdieron de vista que la política tiene que ver con la contingencia y la negociación.

En segundo lugar, la ética de la convicción desconoce la pluralidad de la política y la diferencia que la caracteriza, considera su creencia como algo evidente, algo de lo que no se puede dudar, y por lo tanto, acusa a todos los que no aceptan su propia verdad como un desvalor, la ignorancia, la estupidez o la pura maldad son los rasgos del otro para los convencidos. Muchos de los partidarios del “Sí” cayeron en la autocomplacencia de pensar que los Acuerdos eran algo bueno en sí mismo, desconocieron la fuerza y la importancia del antagonista político.

Para resolver estos problemas y otros, Weber introduce la idea de la ética de la responsabilidad, en esta resuena el concepto de virtud de Maquiavelo. La responsabilidad apunta a señalar que un político solo debe comprometerse con las consecuencias a futuro que trae cada una de sus acciones, este compromiso implica pensar en los riesgos y las ventajas que pueden producir sus acciones al analizar los medios y las circunstancias. Esto implica abandonar el compromiso con un mundo abstracto e ideal. Por lo tanto, la ética de la responsabilidad es la única ética que puede orientar la acción política porque permite crear una realidad concreta, no se pierde en las elucubraciones sobre cuál es el bien mayor de una sociedad o cómo acercar el mundo a un ideal normativo.

Tal vez ahí recae el punto central que debe guiar la renegociación de los Acuerdos de La Habana. Los Acuerdos no deben valorarse por qué tanto se adecuan a un principio normativo sobre la vida social, los Acuerdos son una solución efectiva al uso sistemático de la violencia para realizar acciones políticas, son una forma de asegurar que la guerra y todas sus macabras consecuencias disminuyan, son una alternativa efectiva para aumentar la presencia del Estado en regiones tradicionalmente desconectadas de los procesos políticos y económicos.

A pesar de los múltiples problemas del Acuerdo es necesario pensar cuáles son las implicaciones concretas de este y analizar las posibles consecuencias de mantener por tiempo prolongado el estado de incertidumbre actual. Ojalá los actores políticos, los del “Sí”, los del “No” y las Farc, asuman la responsabilidad que implica la coyuntura actual, ojalá se comprometan solo con las consecuencias de sus acciones y entiendan que el Acuerdo no es el escenario para construir un modelo ideal de sociedad sino para solucionar un problema concreto. En caso contrario, dentro de algunos años se repetirá la sentencia que Weber profirió sobre los políticos alemanes de principios del siglo XX: “sacaré la consecuencia de que no han estado a la altura de sus propios actos, de que no han estado a la altura del mundo como realmente es, y a la altura de su cotidianidad”1.

Todos los actores involucrados deben asumir la responsabilidad de llevar el Acuerdo a buen término con la mayor brevedad posible, la renegociación centrada en garantizar valores como la democracia, la justicia, o las instituciones más que facilitar la realización de una paz estable y duradera producirá que los Acuerdos de paz pierdan la poca legitimidad que ya tenían. Desconocer las consecuencias favorables del Acuerdo en función de buscar la creación de un ideal social producirá una mayor inconformidad porque se buscará incluir tantos principios organizadores que ningún actor político quedará conforme, en palabras de Weber “cuando se trata de conseguir una finalidad de ese género en un combate ideológico y con una pura ética de la convicción, esa finalidad puede resultar perjudicada y desacreditada para muchas generaciones porque en su persecución no se tuvo presente la responsabilidad por las consecuencias”2.

  1. Weber, Max. La política como vocación. Alianza. Pg.175.
  2. Ibíd. Pg. 172.