El reciente plebiscito ha dejado a la academia un reto fundamental (uno más que se suma al propuesto en la reciente columna de Andrea Cely): pensar los resultados de una jornada electoral que esperábamos pusiera de presente la validación popular de los acuerdos de paz firmados entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP, marcando la legitimidad popular que garantizaría una decisión gubernamental justa; un acuerdo basado sobre un consenso no solo entre el Gobierno y las FARC-EP, sino entre estos dos y la población colombiana.

Contrario a muchas expectativas y predicciones, la noche del domingo 2 de octubre sumió en profunda angustia a muchos sectores de la población. Sus resultados han puesto en jaque a quienes consideramos necesario pensar la posibilidad de una forma de gobierno basada mucho más en las necesidades y deseos de las clases populares y mucho menos en las decisiones de élites lejanas a las cotidianidades de dichos sectores. No obstante, esta jornada electoral -cuyos resultados se encuentran guiados por una serie de valores muy problemáticos- ha dicho “No”. Esta vez, la decisión no viene de las élites, es el mismo pueblo quien rechaza los Acuerdos de paz.

Los resultados de las pasadas elecciones pusieron de presente un pueblo fragmentado en partes tan disimiles como impensables; nos levantamos con un país, nos acostamos con al menos dos. Para comenzar, una abstención históricamente alta -qué bueno- debe tener en cuenta diversos factores, por una parte los efectos del Huracán Matthiew, que dificultó la participación de los habitantes de algunas regiones importantes del país como la Costa Caribe, por otra parte, la imposibilidad de inscripción de cédulas impuesta por la rapidez en la convocatoria del plebiscito.

Otra parte del país, votantes y militantes activos del Acuerdo de paz firmado entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP, sobre la base de una diversidad de razones, dieron un “Sí”. Motivaciones que van desde un convencimiento absoluto en los Acuerdos hasta una postura crítica, que los evalúa como un paso esencial hacia la salida de la guerra y un texto histórico en su contenido, más allá de retos que no le son ajenos.

De otra parte, los votantes del “No” con posturas igualmente variadas, dirigidas a criticar la entrada en política de los miembros de las FARC-EP, la posibilidad de pensar una justicia no punitiva, la integración de los Acuerdos en el bloque de constitucionalidad, el temor a que estos signifiquen estar un paso más cerca del “castrochavismo” y una preocupación por el lugar de la familia en el régimen político.

Los cortes del plebiscito se hacen aún más complejos al tener en cuenta los pliegues territoriales de los resultados. Las regiones más impactadas por la violencia como el Cauca, el Chocó, la Costa Atlántica y el Sur del país han dado un “Sí” a los acuerdos. Este “Sí” es contrastado por el “No” de regiones como Antioquia, los Santanderes y los Llanos. Llama la atención la victoria del “No” en regiones como el Magdalena Medio, en ciudades como Puerto Wilches, Sabana de Torres, San Pablo, San Alberto, Puerto Boyacá, en donde durante lo corrido del año, han circulado diversos panfletos amenazantes de las Autodefensas Gaitanistas1. Llama igualmente la atención el voto por el “No” en el este y sureste Antioqueño, en ciudades como El Bagre, Caucasia, Segovia donde la presencia de la economía ilegal minera y de actores armados ilegales es fuerte y determinante en el control y organización de dichos territorios.

Los resultados de la jornada electoral del pasado 2 de octubre son entonces complejos en su naturaleza. Esta consulta deja tres opciones, el “Sí”, el “No” y la abstención, sus resultados geográficos invitan a desmembrar el país en sus múltiples relaciones con la guerra, la economía y la política. Sus resultados parecen además extendernos una invitación a recordar el pasado, las disputas de los siglos XIX y XX por el proyecto de país entre Antioquia y Bogotá.

Luego de recibir estos resultados, nos queda preguntarnos ¿cómo pensar la democracia y la toma de parte del pueblo en la política?, ¿cuál es entonces el lugar de la ciudadanía? Ante esta última pregunta se nos pueden presentar dos reflexiones, por una parte el lugar de la ciudadanía en la toma de decisiones políticas, por otra parte el lugar de la ciudadanía en el marco del plebiscito.

Frente a la primera, buena parte de las reflexiones que comienzan a emerger se dirigen a señalar los medios de comunicación y la educación, elementos de información y de toma de decisión, como grandes responsables de los resultados. Frente a estos no podría decirlo mejor que el profesor Carlos Medina Gallego, quién recuerda a los pensadores de la educación que ella es histórica y responde a los intereses de clase y el modelo económico dominante.

Aún más, es preocupante que gran parte de los análisis se centren en una ciudadanía mal informada. Parece entonces que el futuro de las decisiones políticas depende de la circulación pura y perfecta de la información, en la cual, no solo requerimos de un Homo oeconmicus para la toma de decisiones en el marco de la economía, sino también de un Homo politicus para la toma de decisiones electorales. Al parecer los lectores de la filosofía contemporánea han olvidado que luego de la Segunda Guerra Mundial, de los horrores del totalitarismo, lo que se manifestó fue justamente que el mundo contemporáneo ya no le teme tanto a la sinrazón como a los excesos de la razón. No obstante, hoy retornamos a ella y esperamos que la razón devuelva a los votantes un sentido claro del deber ser de la política. Hacemos entonces evidentes los temores de los años ochenta, que el neoliberalismo más que una forma de la economía es una forma de gobierno, no solo en términos de gestión de poblaciones sino también de concepción del ciudadano, de las formas de toma de parte en la política. Profundizar en ella no es entonces una respuesta a la crisis política actual.

El plebiscito colombiano, tanto como los procesos políticos recientes en Europa, nos pone de presente que estos “llamados al pueblo” tienen poco de pueblo y mucho de llamado. El discurso gubernamental previo a las urnas llevaba dos mensajes, por una parte un “deseo” de legitimación popular de las decisiones estatales a través de las urnas, un llamado que tanto en el caso británico como en el caso colombiano venía acompañado de mensajes gubernamentales de “es esto o nada”, “esto o la incertidumbre”, “esto o la guerra”. Es decir, es un llamado a la refrendación popular frente a una única opción, la opción gubernamental o la incertidumbre, ¿aquello puede siquiera ser considerado como una opción? O más bien el llamado a las urnas para legitimar una decisión que ya avanza a todas luces con o sin el pueblo pero que con él en el tren se ve más bella, más decorosa, menos molesta y más “popular”.

Con estos elementos podríamos entonces preguntarnos ¿qué hacer entonces? Restringir el lugar de la política a aquellos eruditos de las decisiones que cuentan con la formación, la experiencia para tomar las decisiones políticas o más bien repensar la democracia, cuestionar el plebiscito y los mecanismos bajo los cuales se le permite la entrada en política al pueblo, mecanismos no solo restringidos sino que condicionan las decisiones mismas.

Ante este panorama se hace necesario pensar la democracia en los términos en los que pensadores como Rancière la han planteado, democracia en tanto que el poder de aquellos que no tienen título particular para ejercer la política. La política se ejerce generalmente por aquellos que tienen título para hacerlo; en Colombia ese título ha sido otorgado por la riqueza, por la posesión de la tierra propia de los gamonales regionales –posesión que desborda la noción de capital económico y se convierte en un título de ingreso a la política. No es entonces sorprendente que una reforma rural sea necesaria y urgente para una transformación de la política. Si la posesión de grandes extensiones de tierra hace parte de los títulos de toma de parte en las decisiones políticas y restricción de la misma a unos pocos, es entonces tiempo de reformular dicha posesión -ello explica, en parte, los temores que esto suscita entre la élites regionales.

Una de las dificultades de pensar la democracia como el ejercicio de la política de aquellos que no tienen título particular para ejercerla, es que aquellos son generalmente designados como pueblo, dicho pueblo, tal como lo pone de presente el reciente plebiscito, es una categoría problemática por su intrínseca heterogeneidad.

Ahora bien, el ejercicio entonces de la política en un sentido amplio implica repensar igualmente los mecanismos bajo los cuales la ciudadanía toma parte de las decisiones, dichos mecanismos no pueden ser reducidos a citas cuatrienales con las urnas donde la “decisión” es restringida a un todo o un nada, un “Sí” o un “No” o un candidato. Hoy es más urgente que nunca repensar la categoría de la ciudadanía, sacarla de los albores de la Revolución Francesa, del ciudadano como aquel que toma parte de lo político cediendo su libertad individual en un cuerpo colectivo, sobre la base de una representación legitimada por un acuerdo. Pensar entonces la democracia contemporánea nos invita así a pensarla fuera de las urnas, pensarla quizás en los procesos colectivos y comunitarios.

Luego de la convocatoria a las urnas, se ha puesto de presente no sólo la diversidad de los “Sí” y los “No” sino una ciudadanía que desborda el proceso electoral, que se cuestiona sobre las formas de acción política, que sobrepasa dicho proceso. Ese cuestionamiento ha llevado a la ocupación de plazas, a las marchas, a las deliberaciones, actos propios de lo que hoy llamamos los movimientos sociales.

Ahora bien, no hay que perder de vista que los movimientos sociales han abierto lugar a la diversidad de la acción política, sin embargo, se han visto confrontados a la necesidad de incurrir en el proceso electoral para ocupar lugares propios del Estado buscando tomar así parte efectiva en las decisiones gubernamentales. Pensar las formas en que puede ser sobrepasado el doble impase de las urnas y de la toma de parte de la política desde el Estado debe ser entonces hoy más que nunca una de las principales preocupaciones de la academia.

*Mónica Arias es Doctorante en Filosofía Política de la Universidad Paris 7 Denis Diderot

  1. Sobre las amenazas a los pobladores del Magdalena Medio: http://lasillavacia.com/historia/en-el-magdalena-medio-la-paz-se-ve-cada-vez-mas-lejana-57486 (consultado el 5 de octubre de 2016)