En medio de este proceso coyuntural de discusión política tan complejo, muchas veces hemos llegado a considerar a otros compatriotas como ignorantes, incultos, extremistas, dogmáticos, etc. Sin embargo, más allá de la expresión de nuestra rabia, debemos aceptar que el asunto no es tan sencillo. En primer lugar, es importante comprender que la política desde la perspectiva hegemónica, se basa en la construcción de un “sentido común mayoritario” y las dos élites que han manejado desde siempre el país, la rural-provincial-latifundista (personificada en Uribe y sus seguidores) y la urbana-centralista-empresarial (personificada en Santos y su gobierno), han logrado construir una serie de consensos alrededor de ciertos temas que facilitan el despliegue de sus arreglos hegemónicos. Esto no sólo ha ocurrido desde la acción discursiva directa a través de los medios masivos de comunicación del régimen, sino también dejando deteriorar la calidad de la educación y la inversión en investigación científica como medios indirectos de dominación simbólica.

Por eso es tan importante entrar a disputar esta hegemonía elitista-bicéfala, para empezar lentamente a transformar en democracia las condiciones sociales de nuestra nación. En particular, tenemos que hacer la revolución de los medios de comunicación, la revolución educativa, la revolución de la Iglesia y varias transformaciones democráticas aplazadas por décadas relacionadas con estándares mínimos de justicia, en especial, en el campo y el mundo laboral. Por esta misma razón, un paso definitivo en este largo proceso será que las FARC abandonen ─a través de un acuerdo justo─ la lucha armada, para que, entre otras cosas, dejen de ser la disculpa perfecta para la represión social, la contra-cara funcional de la estigmatización y persecución a toda idea progresista o contra-hegemónica. En términos gramscianos, desde la perspectiva de la guerra de posición contra-hegemónica, este es el paso que debemos dar: firmar la paz con las FARC e incorporar a sus combatientes a la vida política civil.

Por otro lado, es también fundamental reconocer hoy que la izquierda democrática y los movimientos sociales progresistas (vanguardia natural de la transformación social), se enfrentan, en principio, a tres adversarios bien definidos (habrá otros seguramente): el primero, y más peligroso, es el megalómano populista de derecha, Álvaro Uribe Vélez. El segundo, es el ultracatólico, lefebvrista, antisemita, guerrerista y homofóbico Alejandro Ordoñez. Y el tercero, al que espero llamar “príncipe neoliberal decente”, Juan Manuel Santos, que trabaja hoy en la pacificación del país que permitirá abrir mercados a las multinacionales para hacer sus negocios. Estos son los adversarios hoy y tenemos que, de alguna manera, trabajar para derrotarlos.

Pero detengámonos unos instantes en el que se puede considerar el político más nocivo para los anhelos de paz y reconciliación de la historia del pueblo colombiano en las últimas décadas: el mezquino y brillante populista de derecha, el señor Uribe Vélez. Este personaje inició campaña alrededor del año 2000 con una intención de voto inferior al 1 % y venció a Horacio Serpa en 2002 con un porcentaje superior al 53 %. Según el pensador argentino Ernesto Laclau, un líder populista es aquel que logra dividir el espectro político en dos facciones antagónicas, generalmente desde la izquierda: “pueblo” vs. “oligarquía” (o élite o “casta” como dice Podemos-España). Uribe Vélez logró dividir el espectro político a partir de dos significantes vacíos: “patria” (donde caben oligarquías, empresarios, terratenientes, etc.) vs. FARC (o el narcoterrorismo después del 11/11/2001 o, en síntesis: el demonio). En suma, fueron 8 años (2002-2010) de recorrer el país en Consejos Comunales y vender esta idea una y otra vez, con la ayuda de los medios masivos de comunicación (la politizada RCN especialmente) como amplificadores de su discurso de la “seguridad democrática” y apoyado en la torpeza política y brutalidad militar de las mismas FARC. Han sido también varios años desde Twitter reiterando las mismas tesis mezquinas. La derrota del 2 de octubre, más allá de la campaña sucia confesada, de nuestras falencias educativas e incultura política, tiene que ver también, reitero, a la manera de Gramsci, con esta construcción de “sentido común” (despolitizador y demonizador) sobre las FARC.

Ahora bien, ¿qué ha pasado con los líderes populistas de izquierda en Colombia que unificarían a las fuerzas de la oposición a las élites de siempre?, ¿y los Chávez, Lulas, Evos, Correas, etc.? Asesinados o exiliados. En el siglo XX, desde Rafael Uribe Uribe, pasando por Gaitán y cerrando con Pizarro: todos eliminados o neutralizados. Incluso, el caso reciente de las campañas mediáticas contra Petro (a pesar de sus propios errores y soberbias) sirven también como ejemplo. No dejamos de preguntarnos: ¿habrá espacio para un nuevo líder populista de izquierda en los próximos años que no caiga por las balas asesinas del régimen? Suena bastante improbable por nuestras condiciones históricas y políticas. Dichas algunas palabras sobre el oscuro señor del Ubérrimo retomemos el hilo de los argumentos.

Destaquemos que, si bien Colombia está muy lejos de la vanguardia mundial revolucionaria que logre emplazar la hegemonía neoliberal, pues no hemos superado el arcaísmo de matar al otro diferente, es decir, no hemos logrado, en palabras de la profesora Chantal Mouffe, transformar la dinámica amigo/enemigo-aniquilable para avanzar hacia una lógica adversarial/agonística, sí estamos viviendo los mismos dramas de otros lugares del Planeta, especialmente, el creciente fenómeno de la radicalización del extremismo religioso.

Es interesante porque parecería en principio que ocurren dos dinámicas no relacionadas: la que tiene que ver con la hegemonía mundial del neoliberalismo donde “todo lo sólido se desvanece en el aire”, como sentenció el más grande pensador de Tréveris, y al tiempo, la radicalización del extremismo cristiano fundamentalista; sin embargo, ambos procesos están profundamente relacionados. El deterioro progresivo de las condiciones de vida impuestas por el capitalismo salvaje y sus dinámicas de concentración/exclusión asociadas a la división internacional del trabajo entre centros y periferias y su concomitante jerarquización étnico-racial (procesos descritos con agudeza por los teóricos decoloniales), traerán cada día mayor marginación, más discriminación y odio en varios niveles. En el caso de las Iglesias, estás se convierten en un espacio comunitario que dota de nuevos sentidos la vida de las personas y las involucra en procesos de construcción identitaria colectiva, algo que el capitalismo atomizador ha fracturado.

Por eso, sospecho que, a nivel global, la radicalización de la democracia que nos podría llevar en un futuro a un horizonte poscapitalista, requiere también de un giro decolonial que aborde las opresiones entrecruzadas (en sus dimensiones políticas, económicas, étnicas, raciales, sexuales y de género) y las herencias coloniales eurocéntricas. Pero reitero, Colombia no estará llamada a estas transformaciones, pues primero debe lograr implementar condiciones mínimas de democracia y justicia social.

Finalmente, ante la compleja pregunta de siempre: ¿cómo lograr la unión de la izquierda y los sectores progresistas en Colombia que se enfrente en unidad a los adversarios mencionados? Recordaba Michel Foucault que “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. Es en este preciso sentido que algunos han expresado su temor por la llegada de “ideas radicales” a la política colombiana con la inminente participación de los líderes ex-guerrilleros. No obstante, bastaría revisar la votación histórica por el Partido Comunista Colombiano para hacerse una imagen de la suerte de tales ideas. Me permito aventurar una hipótesis para responder el interrogante que da inicio a este párrafo y cerrar esta reflexión. Creo que las FARC, antes o después, terminarán haciendo parte de una amplia coalición de Izquierda, Polo-Progresistas-Verdes. Posiblemente, antes de 12 años, sin la disculpa de la guerra y en un clima de reconciliación, tendremos el primer gobierno de centro-izquierda en nuestro país que permitirá disputar la hegemonía elitista-bicéfala, y finalmente, iniciar el avance decidido hacia la materialización de las reformas democráticas aplazadas por décadas. No seremos sólo espectadores de este nuevo horizonte, muchos nos preparamos hoy para estar a la altura de este escenario futuro.