Mauricio Katz

* Mauricio Katz

Profesional con formación en ciencias sociales y políticas, con experiencia en la formulación, gestión y evaluación de programas de desarrollo económico, social, participación ciudadana, convivencia y resolución pacífica de conflictos, con enfoques diferencial, de género y de derechos. Fue consultor entre 2004 y 2012 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo - PNUD en temas de construcción de paz y desarrollo económico regional; Subdirector del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio entre 1996 y 2002, y funcionario del Centro de Investigación y Educación Popular - CINEP. Desde enero de 2012 se desempeña como Subsecretario de Planeación de la Inversión de la Secretaría de Planeación Distrital de Bogotá

El pasado 9 de noviembre, el candidato del Partido Republicano, Donald John Trump, ganó la presidencia de los Estados Unidos, obteniendo 306 delegados al Colegio Electoral, más de los 270 necesarios para ser reconocido, a pesar de perder por cerca de 400.000 mil votos frente a su oponente, la demócrata Hillary Clinton.

Trump venció los pronósticos de la casi totalidad de encuestas que durante los últimos meses siempre lo declaraban como el candidato perdedor. Este empresario neoyorkino, protagonista de “reality” televisivo, hizo una campaña controvertida desde las primarias, donde fue dejando uno a uno los 16 oponentes que compitieron por la nominación presidencial de su partido. Sus propuestas se alejaron siempre de la tradicional doctrina republicana y de lo políticamente correcto, generando permanentemente polémicas que contrario a lo esperado le significaban incrementar su popularidad y avanzar sólidamente cultivando un electorado fervoroso que respaldaba sus descabelladas propuestas.

Trump hizo su campaña con unas propuestas simples, un lenguaje llano, en ocasiones vulgar y ofensivo, intentando cautivar una franja de población definida como el blanco, anglosajón, de educación básica y que ve que el sueño americano se le escapa. Así, arremetió contra los inmigrantes y especialmente contra los mexicanos y con ellos los llamados latinos. La construcción de un muro a lo largo de los 3.200 kilómetros de frontera común, pagado por los propios manitos, fue su promesa reiterada. Amenazó con deportar once millones de indocumentados, por considerar que muchos de ellos son delincuentes, violadores y narcotraficantes. También, advirtió que impediría el ingreso de migrantes y refugiados provenientes de naciones musulmanas por considerarlos una amenaza terrorista contra su territorio. Hizo afirmaciones xenófobas y racistas en contra de minorías étnicas como los afroamericanos y la población LGTBI y no ocultó su misoginia y falta de respeto por las mujeres.

Este discurso, rechazado por el establecimiento mediático, la industria del entretenimiento de Hollywood, los inversionistas de Wall Street, fue calando en sectores amplios de la población de los Estados Unidos, como lo reflejan finalmente los sorpresivos resultados de este 9 de noviembre. Donald Trump ganó en el centro y sur de los Estados Unidos, el viejo país que perdió la Guerra de Secesión en 1865, pero que se mantiene firme como bastión republicano. Hillary Clinton, por su lado, ganó en las dos costas, donde los demócratas siempre triunfan.

Lo novedoso en esta oportunidad es que Trump logró ganar en estados que en el lenguaje estadounidense se denominan bisagra, porque oscilan en cada elección de un partido a otro, pero especialmente en algunos estados que fueron el núcleo del proceso de industrialización con la extracción de petróleo y carbón y la producción de acero, epicentro obrero del siglo XX y que desde hace algunos años vienen en franco deterioro como Ohio, Carolina del Norte o Michigan. En efecto, el caso del estado de Michigan es diciente, porque en él se ubica Detroit, la ciudad sede de la industria automotriz de los Estados Unidos, que ha visto una reducción dramática de su población, pérdida de empleos y deterioro de la ciudad. Paradójicamente, el gobierno de Barak Obama hizo un esfuerzo financiero importante al inicio de su primer gobierno en 2008 para salvar el sector automotor, con subsidios estatales para salvar empresas emblemáticas.

Los analistas políticos llevan más de un año señalando cómo el discurso de Trump era un discurso de miedo, ligado al pasado, dirigido a estigmatizar a unos sectores sociales y unas problemáticas en particular, lo cual era y es completamente cierto, pero insuficiente para explicar por qué ese lema simple de “hacer grande nuevamente a los Estados Unidos” fue calando en extensos sectores de la población.

Este discurso se dirigió a la población que ha sido afectada por las promesas incumplidas de la globalización, los damnificados por los tratados de libre comercio, que significaron la deslocalización de cientos de trabajos manufactureros, hoy ubicados en Asia, especialmente en China y en América Central; los temores generados por la supuesta competencia de los migrantes, representados por los latinos y entre ellos los mexicanos, quienes en realidad se desempeñan en empleos mal remunerados y de baja calificación. Quienes ven amenazada su supremacía racial y no aceptan un país diverso y plural, como ha sido desde su origen los Estados Unidos. Así, para ellos, el discurso del “outsider” republicano era esperanzador, les devolvía el protagonismo y por ello su euforia, fanatismo y compromiso con sus promesas, con una efectiva y numerosa movilización electoral.

Hacer nuevamente grande a este país, según Trump, pasaría en relaciones internacionales por retornar al denominado aislacionalismo, que ha sido la política de la gran potencia en algunas épocas de su historia; abandonar el multilateralismo promovido por Obama, criticando a las Naciones Unidas y reclamando responsabilidades compartidas en la OTAN; pero también desistir de la diplomacia como forma de resolver conflictos complejos como la disuasión de Irán de convertirse en potencia nuclear, evitando la guerra.

Los resultados electorales dejaron un país con múltiples fracturas. Una evidente que se ha expresado es entre el voto urbano y el rural. Trump no ganó en ninguna de las grandes y dinámicas ciudades norteamericanas, su soporte fue fundamentalmente el mundo rural, agrícola y religioso. Otra, la crisis generada por la globalización, el cambio tecnológico y las regulaciones ambientales, con regiones donde se ubican los sectores que jalonan la economía del Siglo XXI, las TIC, el sector financiero y las industrias culturales, que ven con reserva y rechazan el discurso xenófobo, racista y machista del nuevo presidente.

En Diciembre de 2015, los Estados Unidos suscribieron el Acuerdo sobre Cambio Climático de Paris, luego de sabotear durante muchos años el Protocolo de Kyoto y hacer impracticable la posibilidad de un compromiso global contra los efectos de la proliferación de los gases de efecto invernadero. Este avance está a punto de revertirse, porque Donald Trump hace parte del grupo de negacionistas que consideran que los cambios climáticos no son atribuibles a las actividades humanas, sino un embeleco de científicos, y ha nombrado a Myron Ebell, cuyas actividades profesionales de incidencia han sido financiadas por la industria del carbón, como responsable del empalme con la Agencia Ambiental de Obama. Luego es de esperarse que los Estados Unidos denieguen sus compromisos en materia ambiental.

Los efectos más graves y tal vez más duraderos de la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos pueden situarse en la afirmación de un orden social anti moderno que de paso atrás a conquistas sociales que ha logrado la sociedad estadounidense tras muchos años de luchas sociales y jurídicas. El nuevo presidente deberá nominar a la Corte Suprema de Justicia el reemplazo del juez Antonin Scalia, luego de su muerte este año, y probablemente de uno o dos jueces más durante su periodo, lo que puede desequilibrar y llevar al tribunal supremo hacia posiciones conservadoras que cuestionen el aborto y el matrimonio igualitario. El racismo y la xenofobia comienzan a cobrar fuerza y una suerte de legitimidad que afectarán a los emigrantes y generarán conflictos sociales que pueden desbordar a las autoridades y culminar en asesinatos y persecuciones a los ilegales. Además, el control al porte de armas y la defensa de la segunda enmienda no tendrán problema, a pesar de las masacres y ataques casi diarios de hombres armados contra la población inerme.

Las manifestaciones realizadas todos los días desde el 9 de Noviembre rechazando la elección de Trump son una expresión del malestar de sectores de la población, pero pueden no ser suficientes para contrarrestar la andanada conservadora que empieza a verse con las nominaciones a los cargos de responsabilidad que viene haciendo el presidente electo: personajes del establecimiento republicano conservador, religioso y racista.