Alejandra Ramírez

* Alejandra Ramírez

Filósofa y Politóloga de la Universidad de Los Andes, actualmente estudiante en la Maestría en Filosofía. Adicionalmente, se desempeña como Asistente Graduada de Docencia en el departamento de Lenguas y Cultura en la misma universidad. Sus intereses académicos están enfocados en la filosofía política moderna y contemporánea, especialmente pensada en contextos nacionales. Es miembro del Grupo de Investigación de Estética y Política

La derrota y la frustración que nos invadieron tras los resultados del plebiscito el pasado 2 de octubre dejaron en el tablero la típica y comprensible reacción del perdedor: además de la “plebitusa” que nos desbordó los primeros días y de la suerte de “terapia colectiva” que inundó las redes sociales con miles de publicaciones y trinos cargados de rabia, dolor, desconcierto y vergüenza de parte de aquellos que hacíamos campaña por el SÍ, los medios de comunicación se manifestaron con distintos cuestionamientos en los que se dieron la tarea de asignar culpas y cobrar cuentas a todos aquellos que estuvieron involucrados en esta campaña. En especial, para los que convivimos en ambientes académicos y nos resultaba evidente y necesario el triunfo del SÍ, lo que queda es toda una amalgama de análisis y reflexiones en las que examinamos con “cabeza fría” todos los factores que llevaron a un desastroso resultado: las malas jugadas del gobierno, la repudiable campaña del NO, y ante todo, responsabilizamos a la ignorancia del pueblo colombiano, que una vez más reafirmó el desconocimiento de su historia, se vio envuelto en la manipulación y se hizo presente en el notorio abstencionismo que manejan la realidad política nacional.

No obstante, pienso que en ese reparto de errores hay una responsabilidad que está pendiente: la de los académicos. ¿En qué fallamos? ¿Qué nos hizo falta para hacer ver a otros lo que para nosotros resultaba tan evidente? ¿Dónde se rompió la cadena de comunicación? Después de varias conversaciones con politólogos, filósofos y científicos sociales, un fuerte ejercicio de autocrítica me llevó a una conclusión: como estudiante y persona que se dedica a la academia, no pude franquear el vacío y las limitaciones que experimenté cuando me vi vencida tratando de exponer las ideas que tan fácilmente comparto en el círculo académico a esos “otros” que no están en él. Fuera de los interlocutores usuales, no logré presentar mi postura y mucho menos convencer a mi tía o a mi abuelo de la importancia de votar por el SÍ en el plebiscito. No sostuve un canal de comunicación en el que pudiera hacerme entender y tampoco logré comprender lo que ellos exponían. Creo que hay que decirlo en voz alta: como académicos, nos hemos volcado hacia un lenguaje excluyente, hacia dinámicas de diálogo herméticas, nos hemos encerrado en lógicas de argumentación hiper-racionales que nos han alejado e imposibilitado para comunicarnos con distintas personas, en distintos registros.

Cuando nos encontramos en un salón de clase, la lógica deliberativa que a diario mantenemos cuenta con una gran ventaja: en principio, del otro lado, solemos cruzarnos con alguien en disposición de sostener una conversación con el mismo lenguaje y bajo la misma lógica de validez argumentativa racional. No obstante, sostener estas dinámicas en la academia ha implicado, desde tiempo atrás, apartarnos de aquellas razones que están cargadas de emocionalidades; usualmente nos alejamos de aquellas opiniones que están marcadas por gustos, afectos, deseos y pasiones, por interesantes que sean. Sin que la academia niegue esta parte en nosotros como estudiantes o como docentes, lo que ocurre es que aún persiste el pensamiento platónico en el que descartamos las pasiones, las consideramos inferiores o peligrosas cuando de pensar se trata. Lo preocupante es que al momento de querer sostener conversaciones fuera de estos espacios para presentar ideas a quienes no comparten el mismo lenguaje, el reto es abismal y -en mi experiencia- resulta desbordante: no solo no logramos claridad (e incluso humildad) en nuestras palabras, sino que llegamos a menospreciar las razones que sentimos “viciadas” por afectos, las catalogamos como ignorantes, vacías e insulsas e incluso, llegamos a subestimar su fuerza.

Nada resulta más fácil que sostener que quien votó por el NO fue un colombiano resentido, interesado, egoísta, fanático, obstinado, manipulado y ante todo, ignorante pues sus razones están impregnadas por fuertes emociones que desconocen todo saber y teoría que tanto trabajo le ha costado producir a pensadores e investigadores. Comparto el desespero y la frustración que sentimos cuando oímos las razones de algunos de los que están en contra de los Acuerdos de La Habana, especialmente cuando muchas de estas razones están fundamentadas en falsedades, imprecisiones históricas, y en evidentes desconocimientos de los hechos y condiciones del país. Sin embargo, siento que en esos momentos, lo que más nos llena de ira y frustración a la hora de preservar la disposición de diálogo es la fuerte convicción, la arrogancia, la tranquilidad y la emocionalidad con la que nuestros interlocutores afirman “tales insensateces”. ¿Por qué nos molesta tanto? Porque en nuestros espacios de diálogo académico, no estamos acostumbrados a la visceralidad y emotividad en la exposición de razones, sino a opiniones sopesadas y cautelosas, siempre elaboradas con robustos asideros teóricos.

Entonces, cuando se trató de hacer una “pedagogía por la paz” más allá de las iniciativas gubernamentales, nos acercamos llenos de explicaciones teóricas y de posiciones “neutrales” en las que explicamos los acuerdos; mostramos sus validez pragmática y hablamos de sus deficiencias en términos estructurales; defendimos a capa y espada su necesidad histórica; y sobre todo, cuestionamos fuertemente a quien no veía con tal claridad lo que estábamos proponiendo. Aún más, el mayor riesgo de este hábito academicista fue el desconocimiento de aquellos afectos que se tornaron sustanciales para el colombiano cuando se tomó una decisión ante el plebiscito; menospreciamos las emociones que atraviesan y permean a todo sujeto cuando se sostienen tales conversaciones -incluyéndonos a nosotros-, y nuevamente ignoramos aquellos sentimientos que no se suspenden al tratar de sostener una postura política, que incluso pueden resultar irreconciliables y que se escapan a la lógica deliberativa consensual por la que tanto se aboga desde la construcciones eruditas del saber.

No digo que esto sea una práctica de todo intelectual, tampoco desconozco las diversas iniciativas que se han adelantado desde esfuerzos antropológicos, sociológicos o filosóficos que ya están haciendo frente a este campo de emociones incorporadas que atraviesan al sujeto. Solo me aventuro a rastrear ciertas lógicas que se hicieron presentes en las campañas de la pedagogía por la paz provenientes de los círculos y actores cercanos a la academia, la investigación social e incluso el gobierno, y que se manifestaron al momento de dialogar con los detractores del SÍ (como las comunidades cristianas o seguidores del Centro Democrático) o los abstencionistas (que parecían no tener interés alguno, o peor, parecían tener una completa incredulidad respecto al proceso de paz). El lenguaje de racionalidad en el que nos movemos no nos permitió abrirnos a intentar comprender lo que está en juego cuando el votante del NO defendía tan acérrimamente su postura, ni nos permitió comprender quién no se veía conmovido por la coyuntura política. Tampoco nos permitió ver que hay otros gestos y formas de comunicación que no pasan por la palabra, pero que igual pesan cuando se trata de dar sentido, de defender posturas y de tomar acciones políticas. Y también, por qué no decirlo, creo que no nos permitió ser transparentes con nosotros mismos y ver que más allá del lenguaje del SÍ, nosotros (sus expositores) también veníamos cargados de afectos. Entonces, cuando la campaña por el SÍ necesitó de lo que conocemos, lo que pensamos y lo que creemos, muchos nos quedamos limitados por nuestro lenguaje hiper-racional y dejamos que la desinformación y la campaña sucia nos ganara.

Sin querer decir que esta apertura y comprensión del otro –y de nosotros mismos– como sujetos donde operan lógicas racionalistas pero también emocionales nos lleve a un consenso, y mucho menos queriendo apuntar a un escenario en el cual las diferencias entre las posturas se resuelvan -pues pienso y siento que hay unos mínimos que no se pueden negociar y que son irreconciliables con las posiciones de la derecha colombiana y los planteamientos de los grupos religiosos que tanto pesaron en estas elecciones-, me parece fundamental emprender un ejercicio de ampliación de la noción del lenguaje que no solo extienda nuestra capacidad de comprensión de lo que ocurre en el fenómeno político nacional, sino que nos permita también tomar cartas en el asunto.

Necesitamos movilizar aquellos afectos que atraviesan a la población colombiana para así poder ver en ellos su potencial de acción política. No digo que juguemos a una manipulación de las emociones como lo hizo la campaña del NO liderada por el Centro Democrático que, gracias a las declaraciones de Juan Carlos Vélez Uribe1, probó lo que el miedo, la indignación o el resentimiento pueden hacer. Digo que emprendamos un ejercicio de entendimiento del otro para dar la batalla, y desde allí, en su mismo terreno, desestabilicemos y cuestionemos aquello que hoy se opone a la implementación de los Acuerdos. Dejemos de subestimar la importancia que tiene el ciudadano de a pie porque creemos que lo único que mueve la política es la ignorancia e irracionalidad del pueblo o la mercantilización interesada del voto en el país de las redes clientelistas, y comprendamos que estas relaciones también están marcadas por gratitud, lealtad, angustias y temores2. No despreciemos ni ridiculicemos las razones del otro porque no encuadran en la lógica deliberativa y consensual habermasiana, y veamos que hay algo que se escapa a ella: una serie de afectos y gestos que no caben en lo discursivo y que tienen un gran impacto en el sujeto político. De hecho, si hay algo que puede pensarse como positivo tras el triunfo del NO, es la movilización que han generado la indignación, la esperanza, la frustración y la ansiedad de cambio, afectos que hoy se apoderan de las marchas, de las diversas iniciativas de acción política de diferentes movimientos sociales y que marcan la exigencia de un acuerdo de parte del pueblo colombiano.

  1. http://www.lanacion.com.co/index.php/politica/item/277709-la-confesion-que-destapo-las-mentiras-del-no
  2. OCAMPO, Gloria. “El clientelismo electoral y el poder político regional”. En: Poderes regionales, clientelismo y Estado. Etnografías del poder y la política en Córdoba, Colombia. Bogotá: CINEP. 2014. p. 134.