Edwin Cruz Rodríguez

* Edwin Cruz Rodríguez

Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

El martes 29 de noviembre, a las 9 am empezarán las discusiones para refrendar el Acuerdo de paz en el Congreso. Los defensores del No han dicho que no se ha respetado la voluntad del pueblo expresada en el plebiscito del 2 de octubre. Por eso parecen inclinarse por la convocatoria de un referendo, en lugar de permitir que sea el Congreso, que ahora les parece “ilegítimo”, el encargado de la refrendación. Así, sostienen, el pueblo se pronunciaría sobre el futuro del Acuerdo.

Después del conjunto de cambios de fondo que se hicieron al texto, resulta obvio que se trata de otra de sus maniobras para dilatar el fin de la guerra y mantener el oxígeno que les provee para mantenerse políticamente vivos. El triunfo del No, no implica un poder de veto, y menos para quienes se declararon sus representantes como si hubieran sido electos. Sin embargo, las inconsistencias de este argumento permiten preguntarnos por el papel que el pueblo debería tener en todo este proceso.

Para empezar, cabe cuestionar la premisa de los adversarios de la paz: ¿La espuria victoria del No fue una expresión de la voluntad del pueblo? Precisar esa voluntad requeriría un inmenso malabarismo retórico, si se tiene en cuenta que, como los mismos uribistas lo confesaron, los votos de más por el No se explican por una gran estrategia de desinformación. Ese supuesto “pueblo” votó tanto en contra del “castrochavismo” como de la “ideología de género”, entre otras cosas absurdas que ni siquiera se mencionaban en el texto del Acuerdo. Así, en sentido estricto, lo que se manifestó en la victoria del No fue una masa amorfa, muy funcional a la manipulación del uribismo, nunca un pueblo. Por el contrario, el pueblo, en la más básica teoría democrática liberal, es un sujeto político constituido por ciudadanos, individuos capaces de discernir y tomar decisiones sobre la comunidad política.

En Colombia, en sentido estricto, siempre que un pueblo trató de constituirse fue violentamente proscrito del escenario político. El pueblo irrumpió en la política colombiana con la revolución del 17 de abril de 1854, la única revolución popular triunfante en nuestra historia. Pero su presencia en tal escenario no duró mucho, pues motivó el “primer frente nacional” en palabras del sociólogo Fernando Guillén Martínez, una coalición de liberales y conservadores para derrocar el gobierno popular de José María Melo. Desde entonces las oligarquías jamás volvieron a convocar al pueblo, como lo había hecho el Partido Liberal a mediados del XIX, aunque permanecería como un espectro capaz de despertar los más grandes temores. Cuando el pueblo fue nuevamente convocado vino el magnicidio del 9 de abril de 1948. Así, a diferencia de la mayoría de los países latinoamericanos, en donde el pueblo irrumpió en el escenario político y la ciudadanía se amplío a los sectores excluidos por la vía del populismo o de la revolución, Colombia se sumió en la violencia.

Los problemas de legitimación de la paz a los que nos enfrentamos en la actualidad están enraizados en esa proscripción política del pueblo. Eso mismo ocurrió en 1991, porque la Constitución nunca logró realizarse como el gran acuerdo de paz que nos enseñaban en las clases de educación cívica en el colegio. A ese pacto entre el M-19 y los sectores progresistas del bipartidismo le faltó un pueblo, le faltó un conjunto de ciudadanos que irrumpieran en el escenario político para hacer valer sus derechos y asumir sus deberes. Santos, acaso atacado por el mismo miedo al pueblo de sus antecesores, decidió permanecer fiel a la forma de hacer política propia de la oligarquía colombiana. Por eso, en lugar de convocar al pueblo y hacer de la paz el motivo de unidad que requiere esta sociedad, decidió jugársela a fondo por la política de élites y maquinarias clientelistas: De ahí la derrota del 2 de octubre.

Uribe, por su parte, no escatimó esfuerzos durante su gobierno, ni los limita ahora, para mantener a los colombianos y colombianas como una masa funcional a su manipulación. Una enumeración de las cortinas de humo, los shows mediáticos, los escándalos y los cambios intempestivos de parecer para resguardar sus intereses y manipular la ciudadanía desborda este espacio, pero son ampliamente conocidos: hoy afirma que el plebiscito es ilegítimo, mañana se declara triunfador del mismo y pasado mañana plantea convocar un referendo, porque ahora el ilegítimo es el Congreso. Tal vez una muestra fehaciente del carácter demagógico de su discurso es que haya preferido el abstracto y retrógrado concepto de “patria”, que refuerza la ficción de que todos estamos incluidos, en lugar de interpelar al pueblo.

Con todo, paradójicamente esta es una oportunidad inédita para la construcción del sujeto político pueblo alrededor de la paz. En 1991 no existió una efervescencia social como la que hoy se manifiesta con distintas formas de acción a favor de la paz, que hace pensar que el pueblo está por irrumpir en el escenario político, que los ciudadanos y ciudadanas que lo conforman no están dispuestos a permitir un nuevo genocidio, que no dejarán que la guerra con las FARC retorne. Si la refrendación del Acuerdo ha sido tan conflictiva, la implementación lo será mucho más, la violencia se ensaña de nuevo contra los líderes sociales. No obstante, el martes 29 de noviembre, en la plaza de Bolívar de Bogotá, hará presencia otra manifestación que puede ser el germen de ese pueblo que reclama a gritos esta lucha que hasta ahora empieza. Es la única manera para que el pueblo decida.