De la época del deterioro a la imaginación del colapso

Al evaluar el estado del arte latinoamericano a principios de la década de los 70, Marta Traba llamó la atención sobre la transformación de la durabilidad de la obra de arte. Gracias a la influencia de los cambios tecnológicos, las vanguardias del norte del hemisferio reemplazaron a la estética tradicional por la estética del deterioro. Ese giro artístico reflejaba una nueva experiencia del tiempo en la estética. Se hacía anticuado un arte cuyo fin era la permanencia y el rechazo a las contingencias de la moda, así como perdían fuerza las propuestas por forjar un nuevo estilo: “La cuestión consiste en no durar y en no establecer pauta alguna”1.

Quizás el genio de Traba logró anticipar las claves que han marcado la época posterior a su muerte en 1983. Hoy vivimos en la era de las políticas del deterioro. Una época donde la sociedad tradicional basada en la permanencia de lo anticuado le abrió paso a una sociedad que no puede generar novedades genuinas que perduren, ni pautas durables para vivir en común. La aceleración de la tecnología, la crisis de la economía global, la inestabilidad geopolítica o las amenazas de irreversibles trastornos ecológicos, son síntomas de una época que parece configurarse como un pasaje hacia una nueva etapa, pero que a la vez no lleva a ninguna parte. Parece que hoy toda nuestra vida es mero tránsito, es un cúmulo de experiencias efímeras que no logran asentar una vida de lo durable y lo habitable. Tales tendencias tienen como correlato una suerte de fragmentación de la experiencia y la fragilidad de los vínculos humanos. Las investigaciones de Richard Sennett sobre el trabajo en la era neoliberal, o la provocadora reflexión de Zygmunt Bauman sobre el amor en nuestros tiempos acelerados, apuntan a la misma conclusión: Nuestra vida está marcada por relaciones de corta duración, descartables, efímeras, que impiden forjar nuestro carácter o planear un proyecto de largo plazo.

Si el deterioro marca una experiencia de lo instantáneo y lo efímero, la fantasía del colapso global proyecta un futuro de destrucción colectiva. Pensemos en una posible hambruna global, una grave crisis energética, un colapso ecológico de gran escala o una guerra nuclear. Tales escenarios harían obsoletas buena parte de nuestras instituciones, solo nos quedaría la urgencia de obtener agua y alimentos, y la angustia de no perecer ante enfermedades y depredadores. Parece que tales preocupaciones se circunscriben a las películas de ciencia ficción, pero una eventual disputa nuclear entre Kim Jong-un y Donald Trump, la profundización de los efectos del antropoceno, o el impacto del cambio climático en la agricultura, son eventos que hoy parecen lejanos pero plausibles.

El final de la utopía

Las distopías tienden a representar un retorno de lo monstruoso ante el fracaso de las utopías -toda buena película de terror puede leerse como un cuento de hadas invertido-. En nuestro caso, las distopías actuales son una señal del final de la utopía neoliberal. Aunque no lo admitan, los neoliberales estructuraron sus tesis como un típico discurso utópico2: Buscaba desterrar el mal (identificable con toda intervención en la economía), defendía cierta despersonalización de los humanos (todos somos anónimos en el mercado), tenía como propósito el final de los antagonismos propios de la política (la tecnocracia de los economistas se entendía como una superación de la política), así como el final de los arrebatos de la Historia (no en vano Fukuyama fue uno de sus profetas).

La etapa abierta con la crisis del 2007 ha sepultado la utopía neoliberal. Lo anterior no implica que el modelo económico defendido por los neoliberales haya sido derrotado, sino que se ha derrumbado el supuesto consenso que en las dos décadas anteriores legitimó la política económica dominante. No es casual que en Europa y Estados Unidos se haya fisurado el régimen de partido único dividido en dos, esto es, ese acuerdo tácito entre socialdemócratas y conservadores para defender la misma política económica. Sin embargo, el final de la utopía neoliberal no ha traído consigo la buena fortuna para las alternativas al capitalismo global.

Las crisis, las contradicciones, las derrotas y las dificultades de los gobiernos progresistas en América Latina, los problemas del gobierno griego para confrontar el programa neoliberal impulsado por la troika (Comisión Europea, FMI y Banco Central Europeo), el fracaso de Podemos en el Estado español para impulsar una coalición de gobierno alterna al Partido Popular, y la decepción sufrida tras los resultados de la primavera árabe, son algunos síntomas de dificultades para las alternativas a escala global. A lo anterior se suman ciertas paradojas que debilitan los proyectos anticapitalistas. Hoy el partido comunista chino es una de las principales agencias capitalistas del planeta, mientras en Viet Nam y en los países del este de Europa los partidos de inspiración socialista no logran concitar los ánimos de las mayorías -“No hay peor antídoto contra el socialismo que una experiencia de gobierno socialista”, le he escuchado decir en varias ocasiones a Edgardo Lander-. A lo anterior bien puede sumarse el cuestionable decurso del sandinismo nicaragüense, sobre el cual sobran comentarios.

Por otro lado, encontramos que en no pocas sociedades contemporáneas lo nuevo se identifica con una renovación de los peores aspectos de lo viejo. Los avances de las diferentes versiones de la ultraderecha en Europa, la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, el gobierno de Duterte en Filipinas, la candidatura de Keiko Fujimori en Perú, o la coalición que generó la victoria del No en el plebiscito del 2 de octubre en Colombia, muestran que el descontento social bien se puede expresar en una exigencia de mayor conservadurismo. Un asomo de tormenta perfecta aparece cuando la política emancipatoria vive graves fracasos y las propuestas más conservadoras aparecen como alternativa para las mayorías en muchos lugares del planeta.

Ante tales dificultades cabe preguntarse si la izquierda de nuestro tiempo ha reproducido la política del deterioro. Si en lugar de generar la durabilidad necesaria para impulsar un cambio social con permanencia, encontramos meros episodios pasajeros, efímeros, prácticas que consisten en no durar y en no establecer pauta alguna, ni modificar el orden existente.

¿El (nuevo) final del socialismo?

El 21 de octubre de 2016 en el diario El País se publicó una nota llamada “Deepwater Horizon y el fin del socialismo occidental”. La nota hace una reseña de la película protagonizada por Matt Damon que narra el derrame de casi cinco millones de petróleo por la British Petroleum. La reseña afirma que la trama de la película trata de “las disputas entre los trabajadores de la plataforma, hombres rudos pero honrados, y los ejecutivos de BP, maquiavélicos, retorcidos y no aptos para el trabajo manual”3. Pues bien, para el articulista tal oposición no abre la posibilidad de una lucha anticapitalista, sino lo contrario, el final de todo proyecto socialista:

“Quizá de forma inconsciente, Horizonte profundo sirve como un ejemplo magnífico para explicar el declive del socialismo en Occidente… El socialismo soviético de principios del siglo pasado se basaba en una admiración de la tecnología y el músculo industrial. De igual manera que los italianos convirtieron esa fascinación por el futuro en uno de los ingredientes del fascismo, en Rusia se vio al poder tecnológico como agente de liberación. También en Estados Unidos y gran parte de Occidente, los movimientos socialistas y sindicales se cimentaban sobre la capacidad tecnológica de reunir a cientos de obreros bajo un mismo techo”.

Para el autor de la nota, las políticas contaminantes de la BP reflejan el fracaso del ciclo histórico del socialismo, ya que la confianza en la tecnología, en el “músculo industrial” y en la idea de progreso fueron en el siglo XX la señal de la civilización poscapitalista venidera. No obstante, resulta evidente un tropiezo argumental, pues ¿por qué deberían ser señal de decadencia para la política socialista los fracasos del modelo impuesto por los grandes empresarios capitalistas?

A pesar de su ingenuidad, la nota muestra un acierto -que el propio articulista no logra prever-. La política socialista tiende a fracasar cuando abraza las políticas dominantes como base de su proyecto estratégico. El socialismo soviético, que fuera ejemplo para millones de militantes alrededor del planeta, hoy luce profundamente conservador si lo comparamos con las reivindicaciones de los movimientos ecoterritoriales que alrededor del mundo se oponen al capitalismo. Así buena parte del legado del “socialismo real” del siglo XX se opone a las aspiraciones de las socialistas reales del siglo XXI.

Abandonar los mitos

La crisis de civilización también genera una grave crisis de referentes políticos, incluyendo a las políticas emancipatorias. Los movimientos de la primavera árabe, los gobiernos progresistas de América Latina y la situación de la izquierda radical en Europa, muestran los obstáculos que hoy afrontan los movimientos antisistema para generar instituciones durables que generen auténticas alternativas al capitalismo. Sin una adecuada reflexión sobre la transición energética que necesita el planeta, sin un programa que incorpore la defensa del territorio y los bienes comunes, sin una práctica política que retome las reivindicaciones propias de las mujeres y la comunidad LGTBI, sin una política que renuncie a la estadolatría y fortalezca la construcción comunitaria, la izquierda no logrará vencer la política del deterioro. En suma, el principal rival que deben vencer las izquierdas y los movimientos sociales, es su persistente conservadurismo. Pero en una época en que los genuinos conservadores se fortalecen en todo el mundo, bien vale la pena salir del closet y reivindicar un nuevo radicalismo que parta de una verdad incómoda: los rivales de la vida digna ya no son el capitalismo, las oligarquías locales, el imperialismo, o las empresas transnacionales, sino la crisis civilizatoria y las políticas del deterioro generadas por esos factores de poder.

En ese orden, una ruta posible para superar el conservadurismo latente de la izquierda y los movimientos alternativos consiste en abandonar una serie de mitos que como un lastre siguen estorbando el camino de las luchas emancipatorias.

– En primer lugar encontramos el persistente mito del progreso, aquel que sostiene que la vida digna consiste en la modernización, en el ataque del “atraso”, o en recorrer el camino ya andado por las potencias capitalistas. Este mito ha tenido varias formas: se ha apoyado en la tesis del despliegue de las fuerzas productivas, en la provisión de bienes de consumo a gran escala para las clases populares, o en la falsa promesa del extractivismo.

– El mito opuesto al anterior es el nativo autosuficiente, que señala que las comunidades rurales y los sectores populares urbanos no necesitan de intervención alguna para satisfacer sus necesidades y garantizar sus derechos sociales, pues toda intervención estatal es nociva para sus intereses.

– El tercero es el mito de la estadolatría, que plantea que el Estado es el lugar privilegiado de la política y que el único canal de lucha es la disputa electoral para controlar el Estado.

– El cuarto es el mito del buen gobierno, derivado del anterior, que considera que ejercer una buena administración que garantice una adecuada gobernabilidad es condición suficiente para generar las transformaciones requeridas.

– El quinto y sexto mitos aluden a la justeza de las razones de la izquierda y la ignorancia del pueblo que vota a la derecha. Estos mitos tienen la forma de las excusas permanentes, pues consideran que los partidos, movimientos, dirigentes o programas de izquierda aciertan en sus posiciones, pero que las grandes masas no son capaces de entender la agudeza de dichos planteamientos.

– El séptimo es el mito de la receta adaptada, o la equívoca confianza en poder implantar modelos exitosos en ciertas latitudes a contextos muy diferentes.

– El octavo es el mito del marketing político, que plantea que el problema de las izquierdas no radica en ausencia de liderazgos, problemas organizativos, de programa, o de estrategia, sino de mala comunicación de ideas, lo que bien se puede solucionar con un buen trabajo publicitario.

– El noveno es uno de los más perniciosos, el mito del favor a la derecha, que consiste en sostener que cualquier crítica a los procesos de izquierda debe evitarse porque termina haciéndole juego a la derecha.

– El décimo es el mito del ahora, el mito que impide una nueva experiencia del tiempo emancipatorio, aquel que motiva a pensar que la vida política es el terreno de lo inmediato y que no hay terreno de mediano o largo plazo. El mito que perpetúa la política del deterioro.

– El undécimo, uno de los más graves a pesar de la retórica, es el mito de las políticas de segundo orden, que considera que los derechos de las mujeres, las reivindicaciones ecoterritoriales u otras agendas no tradicionales, son asuntos que pueden estar en las declaraciones y programas de los movimientos, pero que en realidad no son tan importantes frente a los grandes asuntos de la política y la economía.

– El duodécimo tiene cierta relación con el anterior, es el mito del sector privilegiado, según el cual las reivindicaciones de un determinado sector (o región) marcan el camino del conjunto de esfuerzos políticos, aunque ello lleve a olvidarse de la sociedad en su complejidad. El mito se encarna en dirigentes campesinos, indígenas, sindicales, estudiantiles, feministas, ambientalistas o gais, quienes miden la vida política de su país o del mundo por los impactos que vive el sector al que pertenecen, sin analizar el complejo del contexto global. Aquí también encontramos un tipo de conservadurismo.

– El último mito es el más pernicioso, es el mito del fin del anticapitalismo, que asume que el modo de vida actual es el único posible y que la tarea de la izquierda es hacerlo un poquito más vivible.

El capitalismo actual nos ha sumido en la vida del deterioro y en la amenaza del colapso destructivo. Desafortunadamente, la crisis civilizatoria y el fin de la utopía neoliberal no han abierto el camino para el avance de las políticas emancipatorias. La renovación de las prácticas solo podrá ser resultado de un genuino ejercicio de reinvención colectiva. El proyecto de un nuevo diseño institucional ligado a los contextos, anclado en formaciones sociales concretas, afín a las construcciones comunitarias y con pretensiones de una vida digna basado en principios básicos de respeto, reciprocidad, solidaridad, reconocimiento, redistribución y consolidación de la vida en común tiene plena vigencia, pero tales instituciones solo lograrán transformaciones si marcan pautas genuinas de nueva vida perdurable en común.

  1. Traba, Marta, “Dos décadas vulnerables en las artes plásticas latinoamericanas 1950-1970”, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, p 60.
  2. Sobre los rasgos del pensamiento utópico conviene consultar el ya clásico artículo de Fredric Jameson, “La política de la utopía”, New Left Review n.º 25, -marzo/abril de 2004.
  3. “‘Deepwater Horizon’ y el fin del socialismo occidental”, disponible en http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/21/actualidad/1477014336_945035.html