Andrea Barrera

* Andrea Barrera

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia con título de maestría en ciencias sociales, especialidad en género, política y sexualidades de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias sociales -EHESS-. Adelanta estudios de doctorado en sociología y género en la Universidad Paris 7. Integrante del grupo de investigación en Teorías Políticas Contemporáneas -TEOPOCO- y del Colectivo Adelinda Gómez: territorio, género y violencias

Los debates sobre los contenidos (teóricos y sobre todo prácticos) alrededor de la democracia, como sistema político, como forma de gobierno y como forma de vida, están siempre al orden del día. Y el contexto, nacional e internacional, nos lo recuerda por estos días con toda la fuerza de la realidad. Ríos de tinta han corrido al respecto desde hace mucho y seguirán corriendo (afortunadamente en algunos casos). Incluso, en este portal las discusiones sobre la democracia y la ciudadanía han tenido lugar, planteando interrogantes importantes sobre los lugares posibles de la reflexión y la acción colectiva para hacer de la democracia un elemento de la vida social que trascienda las urnas y los discursos vacíos alrededor de la participación y la representación.

Hace unos días me crucé, en la Universidad Nacional, con una apuesta colectiva que planteaba justamente la discusión de la democracia al interior de la Universidad. Un grupo de estudiantes invitaban, por medio de la palabra hablada y escrita, a pensar colectivamente las posibilidades de construir democracia al interior de la comunidad universitaria partiendo de constataciones ligadas a la actual crisis de la educación pública y concretamente con las múltiples crisis que actualmente atraviesa la Nacional. El texto que animaba, en parte, la intervención de estas y estos estudiantes contenía la siguiente afirmación, que es pertinente y debe servir como base para repensarnos la universidad y la educación pública que queremos y podemos construir: “La academia y la universidad no deben ni pueden ser neutrales, sino que deben estar al servicio de construir una paz que incluya a los [y las, agregaría yo] marginados”1. Siguiendo la lógica del texto en mención, me permitiría decir que esta frase, que sintetiza la apuesta por un proyecto político diferente al interior de la universidad, podría continuar así: “Efectivamente, la universidad no puede ser neutral y no lo está siendo. Es necesario que sepamos y digamos con claridad que el actual proyecto de universidad permite (y en ocasiones contribuye) a la perpetuación de un orden establecido, que excluye, margina y explota a amplios sectores de la sociedad colombiana”.

Esto no quiere decir que considere que el conjunto de la comunidad universitaria es “cómplice” de la perpetuación de sistemas de opresión y de explotación en nuestro país. Creo que no existe tal cosa como una comunidad universitaria, homogénea y totalmente alineada con un proyecto de universidad al servicio de los intereses de las empresas nacionales y multinacionales, que claramente no responden a las necesidades y las aspiraciones de los sectores marginados y excluidos de la sociedad colombiana, por más “responsabilidad social” que invoquen. Hay resistencias y hay esfuerzos importantes (aunque no sean tremendamente numerosos) por pensar conjuntamente desde la academia y distintos sectores sociales, caminos posibles para las transformaciones urgentes que requiere el país. Pero es innegable que al interior de la “comunidad universitaria” hay quienes impulsan un proyecto de universidad, que hoy es el que marca la pauta en términos generales, a favor de una idea de “desarrollo” totalmente ajena a la transformación de la sociedad colombiana en beneficio de quienes soportan todo el rigor del hambre y la falta de recursos para vivir dignamente. Es en ese sentido que la afirmación de que la universidad no sólo atraviesa por una crisis financiera y de infraestructura más que evidente, sino también por una crisis filosófica y política, cobra todo sentido a mi parecer.

Hay pues, para este grupo de estudiantes, un modelo de universidad que “transforma la ciencia, la academia y la investigación, en emprenderismo, consultoría y validación, una universidad que ya no es un centro de pensamiento sino un centro de innovación […] una universidad de desagregación tecnológica que no construye una tradición de pensamiento, sino que va en contravía de ella, esta es una universidad que no se cuestiona y mucho menos produce conocimiento”2. Este planteamiento resume un descontento frente al quehacer actual de la universidad, al que cabría cuestionar en todo caso preguntando, por ejemplo, qué se entiende por “desagregación tecnológica” y cómo dicha desagregación no sólo no constituye una “tradición de pensamiento”, que también cabe interrogar en sus contenidos, sino que constituiría una suerte de contracorriente de esa tradición, crítica y comprometida según mi lectura del texto que referencio.

Ahora bien, he aquí, para mí, uno de los cuestionamientos a los que me invitaba el texto y la intervención que tuve la oportunidad de escuchar: ese modelo en específico es un proyecto, entre muchos otros posibles, de universidad. Al interior mismo de la comunidad universitaria se han pensado e impulsado muchos otros que se alejan del modelo antes descrito. No se trata, pues, de que haya un único proyecto de universidad que deba existir, como por mandato divino, poniendo en el pedestal sagrado del conocimiento a quienes hacen parte de la universidad, y sobre todo a sus directivas, gracias a su supuesta objetividad y neutralidad (necesariamente hipócrita) frente a las realidades que vivimos y nos constituyen. Pero este modelo, que viene avanzando desde hace no poco tiempo, tiene como uno de sus principios el despojo a la comunidad universitaria de toda capacidad de decisión y de cuestionamiento. No existe, en el marco de la actual forma de gobierno universitario, la posibilidad de preguntarnos si ese es el modelo de universidad que queremos y mucho menos de debatir en torno a los proyectos múltiples de universidad que existen y que se pueden crear.

No hay lugar para la pregunta, no hay lugar para la duda o el debate, y esto configura, para decirlo sin titubeos, una forma de gobierno antidemocrática que se manifiesta, en esto concuerdo con el grupo de estudiantes, “en el momento mismo en el que el Consejo Superior Universitario conformado por ocho miembros que dicen representar diversos sectores de la sociedad eligen a la máxima autoridad de nuestra alma mater3. No sólo dos de los ocho puestos del CSU están “destinados” a las y/o los representantes de estamentos de la comunidad universitaria, de modo que como es bien sabido ésta no tiene ninguna posibilidad concreta de decisión, sino que además se supone que el resto del Consejo “representa” diversos sectores de la sociedad colombiana. Que esos diversos sectores estén sentados en el CSU tiene toda lógica, siempre que estamos hablando de la “universidad de la Nación”. Así que allí deberían estar sentados y sentadas representantes del campesinado, de los pueblos indígenas y de las comunidades afro, de los movimientos populares rurales y urbanos, del movimiento de mujeres, de las comunidades que no tienen acceso a servicios básicos, de los grupos de defensa del derecho a la salud, por no mencionar sino algunos. Pero, claramente, no están. Y aun así, se supone que “diversos sectores de la sociedad colombiana” y la comunidad universitaria, están representados en el CSU.

De este modo, el gobierno universitario tal como existe hoy en día no sólo le da la espalda a la comunidad universitaria, desconociendo su potencia y capacidad para discutir y decidir, sino al conjunto de la sociedad colombiana. Esta situación crea y recrea una relación en la cual una parte de la “comunidad universitaria” y supuestos representantes de la sociedad se constituyen en sujetos de la acción, imponiendo su modelo de universidad al resto de la comunidad universitaria, que es pensada y tratada como objeto que debe acatar todo aquello que se le dicta y exige. ¿O acaso cuándo se nos ha consultado cómo enfrentar la crisis de infraestructura de la Universidad? ¿Cuándo se nos ha preguntado bajo qué criterios deben crearse los programas de extensión de la Universidad? ¿Cuándo se ha tomado en serio la consulta en la elección de la rectora o el rector de la Universidad? ¿Cuándo se nos ha preguntado cómo remediar la crisis financiera de las facultades al borde de la quiebra?

Ni siquiera se nos pregunta (bueno, de vez en cuando se nos hace llegar un mensaje por correo electrónico para que seamos nosotros quienes enviemos nuestras preguntas a las directivas), ni siquiera somos pensados y pensadas como sujetos que tengan algo que decir y que proponer, y cuando se nos “consulta”, por ejemplo en el contexto de elección de rector (y de rectora, al menos en teoría), se nos desconoce nuevamente, porque las decisiones las toman otras y otros, so pretexto de sus conocimientos sobre el país y la universidad. Mejor dicho, somos objeto de un “consenso implícito”, en tanto que es incuestionable, necesario para llevar a cabo sin mayores obstáculos, más allá de uno u otro edificio en ruinas, una determinada idea de universidad que pueda financiarse y contribuir a un “modelo de desarrollo” que “saque a este país adelante por las buenas o por las malas” gracias, por ejemplo, al impulso de una economía extractivista y reprimarizada y a la firma de tratados de libre comercio.

No se trata de culparnos y de señalarnos mutuamente porque, por acción o sobre todo por omisión, contribuiríamos de una u otra forma a la puesta en práctica de ese modelo de universidad, que a muchos y muchas no nos parece adecuado ni pertinente. Mejor dicho, no se trata de pensarnos o identificarnos como “cómplices” de un proyecto de universidad sobre el cual no tomamos ninguna decisión. Se trata, tal vez, de empezar a cuestionar nuestros lugares (o no lugares, más bien) en la forma de gobierno universitario que tenemos, de empezar a debatir y a pensar colectivamente asumiéndonos como sujetos en la definición de los rumbos de la universidad. Como bien lo formulan algunas pensadoras feministas, cuando se nos trata como objetos, nos volvemos potencialmente objetos en el pensamiento propio. Y, por ello, atrevernos a pensar y a actuar en consecuencia, es desafiar ese orden que nos concibe como objetos.

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Hace también un par de días escuchaba que las crisis, incluso la crisis civilizatoria de la que podemos hablar hoy en día, constituyen ante todo posibilidades de transformación. Y la universidad puede estar entonces ante un gran escenario de transformaciones posibles para salir de este atolladero. El desafío es enorme y, afortunadamente, hay tanto resistencias como propuestas provenientes de distintos sectores estudiantiles para darle otro rumbo a la universidad. Me parece que es importante difundir y conocer esas propuestas, discutirlas y enriquecerlas por medio del diálogo abierto que requiere, como decía antes, que nos asumamos como sujetos y sujetas en el pensamiento y en la acción y ya no más como objetos que deben acomodarse a un determinado modelo de universidad inconsulto e impuesto.

Esta columna queda voluntariamente inconclusa porque tal vez este portal puede servir, como lo ha hecho frente a otros asuntos, como un escenario de diálogo entre estas propuestas y visiones de la universidad pública que queremos construir, y también para la elaboración de análisis colectivos de situaciones que nos atañen y que urgen como, por ejemplo, el hecho de que cada vez ingresen menos mujeres a la Nacional…

  1. Estudiantes UN. “La construcción de la paz en las universidades pasa por la democracia universitaria”.
  2. Ibídem.
  3. Ibíd.