Silvia Quintero

* Silvia Quintero

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de Maestría en Filosofía de la misma universidad, en donde también se desempeña como docente de hora cátedra en el área de teoría política. Dentro de sus intereses se cuentan las teorías feministas y de género, la memoria histórica, la filosofía política, el análisis de problemas urbanos y la pedagogía. Tiene experiencia en procesos de educación popular y proyectos de participación con niños, niñas y jóvenes de la ciudad de Bogotá

Sería excesivamente ambicioso tratar de abordar en un corto artículo todos los aspectos que componen la experiencia de las mujeres en los espacios públicos. En esos lugares, se desempeña buena parte de nuestras vidas y relatar los pormenores de lo que allí sucede no solo no tendría sentido por sí mismo, sino que requeriría de un tipo de aproximación que es imposible hacer en este espacio. Sin embargo, es importante aprovechar esta oportunidad y la época en que nos encontramos (poco a poco en las redes y en las calles empiezan a resonar las denuncias y reivindicaciones previas al desarrollo de la tradicional movilización por el día internacional de la no violencia contra las mujeres) para plantear algunas ideas en torno a una de las violencias que caracteriza la vida de las mujeres en lo público.

Los –mal llamados- piropos, las miradas, la persecución y los toqueteos en las calles han empezado a ser cada vez más reconocidos como violencia contra las mujeres, y es debido a ello que hoy se habla específicamente de acoso callejero. Sin embargo y muy a pesar de ello, prevalece una percepción cultural que hace que socialmente el acoso sea asumido por muchas personas simplemente como un mal momento que tenemos que pasar las mujeres. Pero también, se legitima esta forma de violencia con el argumento de que se trata de una manifestación halagadora por parte de los hombres, ¿por qué rechazaríamos un “cumplido”?

Es importante entonces dar un paso más allá, que permita dar cuenta del acoso como una práctica que expresa de manera explícita un ejercicio de dominación sobre las mujeres y que, por lo tanto, tiene consecuencias que van mucho más allá de un mal momento.

Así, los efectos del acoso no están ligados únicamente al mal rato, sino que generan cambios en nuestras prácticas cotidianas en función de criterios asociados a la violencia manifiesta o latente que vivimos en lo público.

Debido a ello, las mujeres adoptamos prácticas o cambiamos nuestras decisiones sobre asuntos tan sencillos como la ropa que podemos o debemos usar, los lugares por los cuales debemos circular, la búsqueda de compañía para desplazarse por la ciudad o la práctica lastimosamente común de llevar las llaves entre los dedos para defenderse en caso de afrontar una agresión.

Esto tiene como consecuencia un acceso diferenciado y, desde luego, inequitativo al espacio público. Para las mujeres existen fronteras invisibles en la ciudad que son tanto espaciales como temporales. Es decir, intentamos no circular por determinados espacios (calles, barrios o zonas), pero también puede ser que haya lugares por donde pasamos únicamente si se cumplen ciertas condiciones, como hacerlo en horas del día o únicamente si vamos en compañía preferiblemente de hombres (esta última fórmula es infalible. Cuando vamos en compañía de un hombre, el acoso tiende a desaparecer casi por completo. ¿Qué nos dice eso?).

Es importante señalar que afirmar que existen unas fronteras invisibles para las mujeres no niega que esto suceda también con los hombres. En las ciudades por ejemplo, fenómenos como el exterminio social1 (más conocido como “limpieza social”) crean también formas diferenciadas de acceso al espacio público que en este caso cuentan como sus principales víctimas a personas jóvenes, mujeres en ejercicio de prostitución, personas señaladas como ladrones o consumidores de droga, ciudadanos/as habitantes de calle, personas con identidades sexuales y de género diversas…

Es lamentable tener que hacer esta salvedad, pero generalmente cuando las mujeres denunciamos situaciones de violencia que nos afectan en razón de ser mujeres, suele suceder que muchos hombres se levantan en contra de dichas denuncias, argumentando que las mujeres no son las únicas víctimas de diferentes tipos de violencia y logran así de paso desestimar las afirmaciones venidas desde los movimientos feministas tratando de hacer ver sus denuncias como excluyentes en una maniobra por lo demás bastante engañosa.

Si bien efectivamente las llamadas violencias de género no afectan de manera exclusiva a las mujeres, existen especificidades que se han dirigido históricamente contra nosotras y lo reiterativo de los casos exige que se visibilice por doquier la sistematicidad del abuso contra las mujeres y sus consecuencias. Aunque mujeres y hombres teman pasar solos por un callejón oscuro, el temor que acompaña a las mujeres nunca es únicamente el de ser robadas o golpeadas, las mujeres siempre temen además, por ejemplo, el abuso sexual.

Aunque yo estoy convencida de que el 100% de las mujeres hemos sido víctimas de alguna forma de violencia, estigmatización o segregación en razón de ser mujeres, hacer este tipo de afirmación resulta realmente muy difícil. A pesar de que existen varias experiencias muy valiosas en América Latina (incluida Colombia) de Observatorios Contra el Acoso Callejero, así como diferentes colectividades que se han dedicado a estudiar y denunciar el acoso, vale señalar que es muy difícil hacer un estimado sobre el número de personas afectadas por este fenómeno. Por una parte porque esta forma de violencia suele verse como algo más o menos inofensivo, también porque no existe un claro respaldo institucional para el análisis de la situación, o porque muchas mujeres no necesariamente consideran que han sido acosadas. Se trata entonces de una situación muy difícil de interpretar y esa es otra de las razones por las cuales se hace tan importante empezar a nombrarla y visibilizarla.

En este sentido, aunque existen muchas formas de violencia y algunas podrían considerarse más severas que otras, para mí es claro que no conozco absolutamente a ninguna mujer que no haya sido acosada no una sino muchas veces durante su vida, así como somos “cosificadas” por doquier real y simbólicamente, en un recorrido que puede ir desde el marketing publicitario, pasando por las relaciones amorosas (es bien común decir “mi mujer” para referirse a la pareja pero no está igualmente extendido que las mujeres digamos “mi hombre”, por ejemplo), en nuestro desempeño profesional2 o en el simple hecho de salir a la calle.

En el espacio público, además de los gestos lascivos y comentarios generalmente provenientes de hombres con sus pseudo piropos, hay que pasar incluso por lo que te digan hasta otras mujeres sobre tu forma de vestir o andar, no faltan las recomendaciones para bajar de peso, los consejitos para que luzcas más atractiva y demás. Es decir, las prácticas de señalamiento sobre nuestros cuerpos no son ejercidas únicamente por hombres aunque éstas sí se dirigen especialmente hacia las mujeres y se dan además generalmente en un contexto en el cual ninguna de esas opiniones ha sido solicitada explícitamente por quienes las recibimos.

Recientemente tuve una conversación (que no es la primera ni ha sido la única y creo que por eso decidí mencionarlo aquí) con un amigo que considera injusto que algunas mujeres –según él- se comporten con molestia y desdén frente a los hombres en general, incluyéndolo a él mismo, aunque él considera que nunca ha sido maltratador, ni excluyente. Así, ha visto cómo al dirigirse a una mujer desconocida en escenarios como el transporte público, la primera reacción de muchas de ellas es la de ignorarlo, hacerse a un lado, o incluso sobresaltarse ante su presencia.

Sin embargo, este tipo de consideraciones sobre lo aparentemente injustas que son vistas las actitudes de algunas mujeres frente a los hombres resultan cuestionables ante el pequeño panorama recién descrito. ¿No son esas actitudes de parte de las mujeres un resultado de la violencia cotidiana a la que se ven sometidas?

Cabría decir entonces que nuestras vidas deben desenvolverse en un ambiente constantemente hostil y eso no hace precisamente fácil que nos relacionemos con gran simpatía con todas las personas (no tendríamos por qué) que nos topamos en la vida pública.

Este tipo de inquietud por parte de los hombres, ha dado lugar a la aparición de términos tan despreciables y absurdos como el de feminazi o a consolidar la idea de que el feminismo busca sustituir una dominación –la de los hombres- por otra –la de las mujeres-.

La respuesta de Coral Herrera Gómez al respecto es más que pertinente: “El feminismo no quiere imponer un matriarcado basado en la violencia contra el hombre, como ha sido el patriarcado hasta ahora. No desea dejarlos sin voto, ni violarlos en las guerras, ni mutilar sus genitales en pro de una tradición cultural, ni confinarlos en el ámbito doméstico, ni quiere matarlos por adulterio. El feminismo no pretende que los hombres sean propiedad de sus madres y luego de sus mujeres, ni desea que los hombres cobren salarios más reducidos, ni tampoco querría desterrarlos de las cúpulas de poder mediático, empresarial y político. No quiere traficar con cuerpos masculinos para el disfrute de los femeninos, ni desea que los niños varones estén desnutridos o abandonados en orfanatos, ni, por supuesto, promovería su marginación social o económica. Tampoco vetaría que los niños varones pudiesen ir a la escuela, ni les prohibirían el acceso a la sanidad y la universidad. Comprendan que eso es una locura que no promueve el feminismo”.

Por todas estas razones, tiene todo el sentido del mundo que existan fechas como el 25 de noviembre para alzar la voz y recordar que la violencia contra las mujeres está lejos de haberse terminado y que mientras sigamos siendo violadas, asesinadas, acosadas, explotadas… habrá una y mil razones para movilizarse en contra de todas las formas en las que nos vemos afectadas por el hecho de ser reconocidas socialmente como mujeres y crear las condiciones necesarias para que podamos tener una vida libre de miedo y de violencia.

Referencias:

HERNANDEZ CATALÁN, Rosario (2011), “Feminismo para no feministas. La Vane contra patrix”, Ed. Federación de Mujeres Jóvenes, Barcelona.

HERRERA GÓMEZ, Coral (2010), “El feminismo como asignatura”. Disponible en: http://www.mujerpalabra.net/pensamiento/coralherreragomez/index.htm

PEREA RESTREPO, Carlos Mario (2015), “Limpieza social. Una violencia mal nombrada”, Informe presentado por el CNMH en el marco de un convenio interadministrativo con el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales –IEPRI-, de la Universidad Nacional de Colombia. Investigación a cargo de Carlos Mario Perea Restrepo y Andrés Rincón Morera.

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1En un reciente informe del Centro Nacional de Memoria Histórica afirma la necesidad de cambiar la manera de nombrar a esta violencia, pues el nombre común con que ha sido reconocida histórica y cotidianamente legitima implícitamente la práctica del exterminio de ciertos grupos poblacionales por considerarla una manera de “limpiar” la ciudad de aquellas personas y prácticas que grupos ultraconservadores consideran una amenaza para la sociedad y que, por lo tanto, acepta el asesinato y la persecución sistemática como una suerte de mal necesario: “La “mal llamada limpieza social”, de este momento en adelante nombrada como exterminio, aniquilamiento o matanza social, forma parte de estas corrientes de estigmatización que cruzan con persistencia la historia de la humanidad. La brutalidad del homicidio a sangre fría de gentes definidas por una identidad social, ciertamente, encuentra un primer lugar de comprensión en esa gramática: una identidad juzgada como peligrosa la torna en depositaria del mal condenándola a la proscripción y al homicidio” (Perea, 2016).

2Un caso patético se vio hace apenas unos meses, tras una competencia que le dio a Katherine Ibargüen su segunda medalla olímpica, el periodista deportivo (“deportivo” es un eufemismo, en este país solo se habla de fútbol masculino) César Londoño, tenía más preocupación por saber sobre la vida sexual de la deportista que por su trayectoria profesional (preguntándole cosas como quien era su “machucante” o si no había por ahí un “negro que la masajeara las piernas”) y no fueron diferentes las preguntas que aparecieron en el caso de Mariana Pajón, quien también obtuvo su segundo oro olímpico.