Laura Carlsen

* Laura Carlsen

Analista política y directora del Programa de las Américas, un centro de investigación y análisis independiente en la Ciudad de México, periodista, comentarista y conductora de "Entrevistas desde México"

El 8 de noviembre ocurrió lo impensable. Donald J. Trump, el candidato a la presidencia de los Estados Unidos que surgió del mundo empresarial y llegó a arrasar a todos los demás pre-candidatos del partido republicano, fue declarado el ganador de las elecciones del país más poderoso del mundo.

Su éxito rompió todos los pronósticos, igual que su campaña rompió todas las reglas. El multimillonario nacido en las más altas esferas del privilegio ganó por el voto de los trabajadores desempleados y decepcionados del “Cinturón del Óxido”. El beneficiario de la globalización económica y financiera manejó un discurso en contra del libre comercio que tuvo resonancia en los sectores excluidos de sus beneficios. Hasta las mujeres votaron por Trump, a pesar del escándalo del video en que se presumía que como “famoso” podía acosar sexualmente a cualquier mujer.

Hay que tomar en cuenta que entre estos distintos sectores que llevaron a Trump a la victoria, hay una característica común muy importante. Son, en la inmensa mayoría, blancos. Esta elección fue una declaración de dominancia e intolerancia por parte de la población blanca en Estados Unidos que, enfrentando a una tendencia demográfica imparable que pronto les relegará a ser minoría en el país, reaccionó con virulencia. Trump logró construir y canalizar la nostalgia por una época en que los hombres mandan, los blancos gobiernan (había un odio no oculto hacia el Presidente Obama), los trabajadores laboran felices en fábricas locales, y grupos como los migrantes y personas LGBT no amenazan el sueño con sus diferencias y disidencias.

No importa que esta época jamás haya existido, o que en el pasado se llamara esclavitud, o que este sueño nostálgico niegue los derechos más elementales a sus co-ciudadanos/as. En la nueva política de la era de Trump, la verdad es innecesaria, los derechos no existen y el más fuerte y abusivo se lleva el premio mayor.

En Washington, el shock no se esperaba. Según reportes sólo el 4% de los votantes de la capital votaron por Trump. El “establishment” rechazó al empresario cum político, sin experiencia, con un discurso fuera de los rangos de lo aceptable, ofensivo, con bravata y sin diplomacia. Eso es justo lo que Trump quería. La otra razón más citada por la victoria de Trump fue su calidad de externo a la maquinaria política, que criticó por ser corrupta y apartada de la gente, con su máxima representación en su contrincante, Hillary Clinton. ‘Vota por el sistema que les ha fregado, o vota por mí, el candidato del cambio’ fue su mensaje. Y a pesar de presumir que no paga impuestos y que el sistema existe para manipularlo a sus intereses y de haber ganado millones en un sistema que no permite que los ricos pierdan, Trump ganó como el candidato “anti-sistema” y contra la corrupción.

Es necesario señalar qué quiere decir “ganar”. Mientras aún sigue el conteo para saber el voto final, Hillary Clinton lleva una ventaja en el voto popular de aproximadamente 700,000 y se espera que esta aumente porque los votos que faltan son mayoritariamente de estados azules (demócratas). Pero en el sistema electoral de Estados Unidos ni siquiera hay un premio de consolación para quien gana en el voto popular y pierde en el Colegio Electoral. Los electores de cada estado del Colegio Electoral, con dos excepciones, están obligados a votar según el resultado en su estado, la totalidad de los votos proporcionados al estado van al ganador, en un proceso que en sentido estricto no termina sino hasta enero.

¿Qué esperar ahora?

Jamás en la historia reciente ha habido un Estados Unidos tan profundamente polarizado. El panorama es complejo y sumamente preocupante. No es simplemente una división ideológica entre liberales y conservadores, ni partidaria entre republicanos y demócratas. Esta es personal y visceral. En el transcurso de la campaña de Trump-quien recibió el respaldo formal del grupo racista que aboga abiertamente por la supremacía blanca, el Ku Klux Klan—reportes de crímenes de odio contra latinos y Afro-Americanos han proliferado-. El mensaje de ‘yo estaría mejor si no fuera por ti’ ha abierto un espacio para expresar e incluso institucionalizar sentimientos que se habían considerado, si no superados, por lo menos universalmente condenados. Es una situación muy peligrosa, tomando en cuenta también que la población estadounidense está altamente armada, y sobre todo los seguidores de Trump, que defienden la posesión y portación de armas casi sin regulación.

No es difícil identificar a los sectores que corren grave riesgo en el contexto de la presidencia de Trump y el enaltecimiento del predominio de los hombres blancos. Solo hay que ver la historia del colonialismo y el patriarcado. Para los negros y latinos el triunfo de Trump fue menos sorpresivo. Viven este racismo no tan latente- y ahora desatado- en EEUU todos los días. Que se expresara en las urnas puede ser nuevo, pero no totalmente inesperado.

El racismo y la xenofobia se han alimentado en esta campaña presidencial de la larga tradición de culpar a los otros por los problemas intrínsecos de un modelo económico que profundiza la desigualdad y la exclusión. Los obreros en EEUU no han visto mejoras en sus condiciones de vida y trabajo por lo menos desde hace cuatro décadas. Sienten que están perdiendo y buscan el culpable mirando al lado y no hacia arriba.

El mundo en riesgo

En este proceso de fabricar un chivo expiatorio, México se volvió el meollo del discurso de Trump. Desde el primer discurso de campaña, puso en el centro de su plataforma política el compromiso de construir un muro a lo largo de la frontera sur para “sellar la frontera”. Argumentó que esta medida sin precedentes entre dos países vecinos y socios comerciales, es la única manera de parar el flujo de trabajadores indocumentados de aquel país que son, según Trump, causa del desempleo, el subempleo, la erosión de condiciones laborales, la amenaza a la seguridad nacional, y hasta responsables de los homicidios cometidos en EEUU.

Entre las medidas anti-México más extremas, Trump ha dicho que deportará a 11 millones de personas indocumentadas que viven actualmente en EEUU, la mayoría mexicanas. Se comprometió a construir el muro y a exigir que México lo pagara. Cuando México–y su pueblo, casi unánime en su rechazo a Trump–dijo que no pagará, él anunció que iba a cambiar una regla en el Acta Patriota para suspender el envío de remesas a México. El año pasado México recibió casi $25 mil millones de dólares en remesas, más que sus ingresos por petróleo. Este dinero llega en muchos casos a las familias más pobres del país. Trump declaró al Washington Post que el dinero intrafamiliar será retenido como rehén hasta que el gobierno mexicano hiciera un pago de entre 5y 10 mil millones de dólares para la construcción del muro.

El impacto de congelar las remesas, junto con la obstrucción del comercio bilateral debido al muro, el retorno de millones de mexicanos deportados, y la amenaza de aplicar una tarifa de 35% a empresas estadounidenses que llevan empleos domésticos a operaciones en México, lo cual lógicamente tendrá un efecto de enfriamiento a la inversión extranjera directa, provocaría una profunda crisis económica en México. Se podría esperar un colapso de la infraestructura fronteriza, el aumento del desempleo y por ende la migración forzada. En este ambiente, es inevitable el crecimiento del crimen organizado que encuentra en la desesperación de la gente la oportunidad ideal para el reclutamiento, extorsión y trata de personas.

También será una catástrofe para la economía de EEUU. Un estudio reciente indica que el perder estos 11 millones de trabajadores y consumidores llevaría a una crisis mucho más severa que en el 2008.

Existen aún muchas incógnitas en la política exterior de Donald Trump. Sin embargo, queda claro que también para el resto del continente, la presidencia de Trump nos pone frente a un desafío de enormes proporciones.

El primer reto es proteger a las personas migrantes que están en EEUU y que ahora enfrentan “desde el primer día” dijo Trump, olas de deportaciones y un ambiente cada vez más hostil. El gobierno de México ha respondido a este reto con el silencio sobre los derechos humanos de las familias migrantes en EEUU y declaraciones vergonzantes sobre su disposición de trabajar con el gobierno de Trump. El segundo reto es también proteger dentro de nuestros países que el permiso al odio que se ha dado en Estados Unidos no se haga extensivo a otros países, afirmando nuestro respeto a todas las personas y a sus derechos.