Alejandro José Vesga

* Alejandro José Vesga

Filósofo de la Universidad de los Andes. Actualmente se encuentra finalizando la maestría en Filosofía de la misma universidad. Sus intereses académicos se encuentran en la filosofía del lenguaje y de la acción; específicamente, en las intersecciones entre lenguaje y acción política, tanto individual como colectiva

Si a mí me dicen: “es que la justicia transicional permite o que tengan pocos días de cárcel o cero días de cárcel”, yo a eso no me opongo. Si a mí me dicen: “en aras de la paz no los pueden condenar a 40 años, sino a ocho”, ¿cómo me opongo? … Si a mí me dicen: “incluso puede llegar a que no tengan un día de cárcel”, no me opongo

Álvaro Uribe, 2012, Entrevista Canal Capital

Cuando alguien es incongruente, cuando juega con la verdad, cuando su discurso no parece preocuparse por reportar, le decimos que habla mierda o, mejor, que deje de hacerlo. Harry Frankfurt reconoció el valor de este término y le dedicó uno de los mejores ensayos filosóficos escritos en las últimas décadas del siglo pasado—claro que en inglés no se habla mierda, sino bull-shit, pero me permito la licencia. ‘Hablar mierda’ captura una categoría de actos de habla particular que se distingue de otras formas de deshonestidad discursiva.

Es importante comprender al hablamierda y cómo se distingue del mentiroso y del embustero. Cada uno de estos actos tiene sus propias implicaciones prácticas distintas y sus efectos políticos son distintos.

¿Es Álvaro un hablamierda?

Un hablamierda no un es mentiroso. Cuando en 1982 Thomas Enders, Secretario Asistente de Estado de Reagan, dijo acerca de la intervención de Estados Unidos en El Salvador que “no hay evidencia para confirmar que fuerzas gubernamentales masacraron civiles en zonas de operación” estaba mintiendo. Álvaro ha mentido, pero ‘mentiroso’ no agota su modo de ser deshonesto.

La tarea deliberada del mentiroso es representar el mundo falsamente. El mentiroso le preocupa cómo es el mundo para representarlo equivocadamente. Su objetivo es desviar a su audiencia de lo que considera cierto.

Un hablamierda tampoco es un embustero. Un embustero dice algo que, aunque técnicamente es cierto, hace que su audiencia llegue a una conclusión falsa. En abril de este año David Cameron respondió “en lo que respecta a mis asuntos financieros, no poseo ninguna cuenta”. Una respuesta a la pregunta sobre si él o su familia en algún momento se habían beneficiado de las cuentas reveladas en los Panama Papers. Al hacer uso del tiempo presente y restringir la respuesta a sí mismo quiso pasar su respuesta, técnicamente cierta, como apropiada para la pregunta que le habían hecho.

Cameron intentó (sin éxito) embaucar a su audiencia, engañarla sin mentirle, acerca de sus cuentas en el pasado y las de su familia. El embustero, aunque es más sutil que el mentiroso, también tiene una preocupación especifica por ocultar lo que considera verdadero. Su objetivo es, como el del mentiroso, hacer creer algo falso a su audiencia.

Al hablamierda, en cambio, la verdad le tiene sin cuidado. Al igual que el mentiroso y el engañador, quiere hacerse pasar por alguien que dice algo cierto. Sin embargo, su intención no es ni reportar ni ocultar la verdad. La verdad no limita ni rige su discurso. Cuando hablamos mierda decimos lo que nos convenga para alcanzar nuestro objetivo. El honesto, el mentiroso y el embustero rinden, a su manera, reconocimiento a lo que consideran cierto. El hablamierda no. El hablamierda dice lo que su audiencia quiere escuchar, pues su propósito es lograr en ella un efecto específico, que es indiferente de lo que considera cierto. Es una categoría de deshonestidad más compleja, en tanto su relación con la verdad no es binaria. En ese sentido, mientras que mentir y engañar implican acciones concretas y enfocadas, hablar mierda implica más bien un proyecto, una política discursiva generalizada.

En política, un hablamierda es el demagogo que forja su discurso acerca del mundo no para representar los hechos, sino para lograr un efecto político en su audiencia. Es difícil diagnosticar a un hablamierda, pues es una deshonestidad que se presenta a lo largo del discurso, no en instancias específicas.

Hoy, el ejemplo más cercano, evidente e históricamente relevante (y, la verdad, desgastado) de un hablamierda problemático es Donald Trump.

Trump está dispuesto a hacer y a decir cualquier cosa que le asegure generar las condiciones que le aseguren su puesto, sin importar lo que haya dicho antes. Sus contradicciones no le son un problema. La economía es mejor con los demócratas y, luego, estos la han destruido. Construyó su campaña con la promesa de levantar un muro y luego asegura que solo será una cerca. Como un buen hablamierda, Trump dice lo que considera necesario para ganar su público, para asegurar un status quo que lo mantenga en el poder.

Ya puede verse que su discurso y sus acciones se adaptan para asegurar el apoyo de los republicanos que tanto despreció en su campaña. Y estos han respondido: uno a uno de los que retiraron su apoyo cuando era candidato han vuelto a apoyarlo. Los anuncios de que Mitt Romney, Reince Priebus y Steve Mnuchin serán el Secretario de Estado, el Jefe de Gabinete y el Secretario del Tesoro respectivamente parecen demostrar que la politiquería republicana y el sector bancario estarán bastante cómodos en la administración de Donald. Eso de acabar con la “política tradicional” y la “influencia de los grandes bancos” era, en nuestro sentido técnico de la palabra, pura mierda.

Trump representa el peligro del hablamierda. Su discurso está diseñado para atrofiar y anquilosar los afectos de su audiencia. Los coagula y sobre ellos construye y estabiliza su poder.

Comprendo la preocupación que surge de atenuar la justicia frente a delitos graves, pero también debe entenderse que en un contexto de 30.000 terroristas, la paz definitiva es la mejor justicia para una nación en la cual varias generaciones no han conocido un día sin actos de terror” Álvaro Uribe en la ONU, 2003.

Entonces, ¿es Álvaro un hablamierda? Sí, pero no cualquier hablamierda.

Su discurso es contradictorio y parece oportunista. Hoy defiende lo que antes despreciaba y repudia lo que antes admiraba. El paralelo entre su discurso ante el proceso de Justicia y Paz con los paramilitares y el proceso con las FARC lo deja ver.

Los ataques de la guerrilla del año pasado significaron para él razón necesaria para acabar con el proceso. En cambio, durante los 14 meses de negociación con los paramilitares, estos cometieron 362 asesinatos, 16 masacres y 180 secuestros. La ausencia de penas privativas de la libertad es una de sus banderas para el No. Como resultado de las negociaciones con los paramilitares, según La Silla Vacía, menos del 2% de los desvinculados pagaron cárcel. En el 2003, Álvaro estaba dispuesto apostarle a la paz por una justicia que lo permitiera. Hoy eso le parece una monstruosidad.

Sin embargo, Álvaro no es Trump. Su discurso sí se encuentra contenido y limitado. Tal vez no por una preocupación por la verdad, sino por un discurso específico, por una ideología particular. Las incongruencias de su discurso no son tan extremas, evidentes y ridículas como las de Trump. Más bien, se hallan limitadas por la construcción de un tipo particular de discurso cargado de ideología. Álvaro comete incongruencias siempre en defensa de las mismas banderas. En nombre de la Democracia y la Seguridad, parece dispuesto a contradecirse en puntos específicos acerca de nuestra historia, nuestro tiempo y la realidad del país.

Álvaro es entonces un tipo particular de hablamierda: un hablamierda cargado de ideología1. Su discurso sí está diseñado para mover los afectos de la gente y manipular sus creencias. Y ha sido efectivo. Sin embargo, lo que dice sí se encuentra anclado a unas líneas temáticas particulares. En ese sentido, su estrategia parece más sutil que la de Trump. Álvaro usa recursos propagandísticos: utiliza ideales intuitivamente loables (la Seguridad, la Democracia, el Progreso) y los carga de ideologías problemáticas, los resignifica a su favor. Su carácter de hablamierda se encuentra entonces en función de convertir la victoria moral de sus banderas en mecanismo de autoridad de su proyecto ideológico.

Estados Unidos creó el ambiente político perfecto para las tácticas de un hablamierda. Tal vez es nuestra tarea evitar, si no es muy tarde, que lo mismo suceda en Colombia.

¿Cómo contrarrestar los efectos de este tipo hablamierda? Es difícil saber.

El buen hablamierda es poderoso porque diagnostica lo que la gente quiere escuchar y se lo devuelve de manera ampliada. El buen hablamierda sabe que es aterradoramente fácil creer lo que queremos creer y que las creencias así construidas son altamente resistentes a revisión2. Hoy, cuando la incertidumbre mundial y el algoritmo de Facebook nos anquilosan aún más en lo que queremos creer, es particularmente urgente la pregunta por estrategias que neutralicen al hablamierda.

Se me ocurren dos (sin duda, incompletas): una epistémica y otra retórica.

La primera consiste en subir nuestro estándar de información aceptable. Debemos hacer explícita nuestra preocupación por la honestidad y por la veeduría discursiva de nuestros políticos. Sin embargo, esta estrategia no es nueva y ha demostrado no ser muy efectiva.

La segunda estrategia, similar a la propuesta de W.E.B Du Bois sobre al efecto del arte negro sobre el discurso típicamente blanco, es coartar su discurso. Recordemos que Álvaro no es cualquier hablamierda. No cualquier discurso le sienta bien. Su discurso, aunque incongruente y licencioso respecto a los hechos, sí tiene un patrón reconocible, un tipo específico de poder como objetivo. La estrategia es entonces desplazarlo de su propio discurso; tomar sus términos y “desapropiárselos”. Tal vez sea efectivo inundar el ámbito público con versiones resignificadas ‘Seguridad’, ‘Democracia’ y, su más reciente adquisición, ‘Familia’. Su estrategia discursiva ha sido tomar estos términos e hilarlos en su ideología, bien puede ser que sin ellos su discurso sea inocuo.

Si la estratega no retoma estos términos, por lo menos los diluirá en el ruido.

No creo que estemos en la nueva época de la post-verdad. No creo que, como dice Gamboa, esta sea la nueva política del siglo XXI. Stuart Mill, Hobbes, Emerson, y San Agustín advertían en su tiempo de los peligros de una política despreocupada por la verdad. Si es por eso, el libro VI de la República fue también el vaticinio de la “nueva época de la pos-verdad”.

Sin embargo, empiezo a sospechar que debemos diversificar las estrategias en contra del abuso discursivo en la política. Una de ellas, con todos sus riesgos, tal vez tenga ver con volver las armas del hablamierda en su contra.

  1. El diagnóstico, por supuesto, es inicial e incompleto. Pero creo que es un buen punto de partida.
  2. Convencernos de lo contrario requiere, por lo tanto, una estrategia no puramente epistémica.