Sebastián Espinosa

* Sebastián Espinosa

Integrante del grupo de investigación en teoría política contemporánea (Teopoco).Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia y estudiante de la maestría en urbanismo en la misma universidad.Estudiante de filosofía de la Universidad Javeriana. Cumbiero

La historia se repite cada cierto tiempo; se actualizan sus tendencias y se despliegan otras. “Actualizar” no es únicamente incorporar elementos nuevos, diferentes o que antes no estaban; es, fundamentalmente, poner en acto algo que estaba presente. “Desplegar”, por otro lado, significa extender, ampliar, hacer emerger algo que estaba plegado, oculto. El cierre del giro a la izquierda en Latinoamérica, la victoria de Trump y el triunfo del No en Colombia, expresan estos dos tipos de movimiento.

Cada cierto tiempo distintas formas de dominación se actualizan, se ponen nuevamente en acto. De igual forma, las resistencias se despliegan y emergen en determinados momentos. Identifico por lo menos tres formas de actualización de la dominación en nuestros días que se imbrican. Primero, una actualización de las formas políticas tradicionales. Segundo, una actualización de las formas de explotación. Y, tercero, una actualización de las formas de clasificación y subjetivación basadas en el racismo.

Actualización de las formas políticas tradicionales

En Latinoamérica, desde 2014, se viene cerrando el giro a la izquierda que habían tomado algunos países de la región. Los gobiernos posneoliberales, como son llamados por algunos autores1, avanzaron enormemente en la reducción de la pobreza, en programas de inclusión social, en la reducción de la desigualdad social, en la generación de políticas y programas de gobierno para afrontar problemas de salud, educación, desnutrición y en la generación de procesos de integración regional. Sin embargo, viene surgiendo una nueva derecha que actualiza las formas tradicionales de dominación política y “corrige” el movimiento hacia la izquierda.

Para plantear algunos escenarios: en 2014 Alianza País, partido de R. Correa, pierde las elecciones de alcaldes en tres importantes ciudades de Ecuador. En diciembre de 2015 la derecha gana las elecciones parlamentarias en Venezuela con el triunfo de 112 diputados sobre 167. En 2015 en Argentina Macri gana las elecciones presidenciales. En febrero del presente año Evo Morales pierde el referendo para reelegirse en Bolivia. Finalmente, también este año en Brasil destituyen a D. Rousseff en lo que ha sido considerado como un golpe de estado parlamentario.

Fuera de las precisiones correspondientes en cada uno de los casos –la crisis en los precios del petróleo y las materias primas en Venezuela, el rechazo del gobierno de Evo y de García Linera por su “capitalismo andino-amazónico”, el agotamiento del kirchnerismo, entre otras– lo que sí es evidente es un nuevo giro y una actualización de la derecha en los países progresistas de la región. Una “nueva derecha” que hace política a través del rechazo a todo proyecto alternativo o de izquierda y que implica un retroceso de más de una década de integración regional alternativa; se pone en acto la forma tradicional de llevar a cabo las relaciones políticas.

En cuanto a los países de la Alianza del Pacífico (Colombia, Perú, México y Chile) lo que se ha presentado es una consolidación de más de treinta años de gobiernos neoliberales. Basta solo con señalar, para el caso colombiano, el ejercicio permanente de judicialización de la política del destituido procurador –ahora aliado con el Centro Democrático y en plena carrera presidencial para el 2018– y el triunfo del No a la paz como la reafirmación de las victorias políticas de la extrema derecha en torno a la agenda cultural (matrimonio igualitario, derecho al aborto, etc.). En otras palabras, nuevamente, una actualización de nuestra cultura política tradicional –conservadora, cristiana, parroquial, reaccionaria– que se vuelve a imponer en tiempos de creación de paz y de nuevas agendas y escenarios políticos.

Actualización de las formas de explotación

Una de las mayores críticas a los proyectos políticos y económicos de los gobiernos progresistas o posneoliberales, es que aunque estos estados dinamizan las economías nacionales2 en la medida en que recuperan el control de sectores estratégicos en la economía –hidrocarburos y algunos minerales– no se logra crear ni consolidar un modelo económico alternativo. En otras palabras, ninguno de los gobiernos progresistas logra transformar el modelo económico neoliberal basado en la exportación de materias primas y el extractivismo. Lo que sí ocurre en la región es que se abren nuevos mercados de explotación y se actualizan otros.

Bolivia es uno de los países en donde parece ocurrir con mayor fuerza una cierta forma de actualización de la explotación que, particularmente, captura e internaliza las luchas por un nuevo modelo económico pero las vuelve funcionales al capital. García Linera observa: “el capitalismo andino-amazónico es la manera que, creo, se adapta más a nuestra realidad para mejorar las posibilidades de las fuerzas de emancipación obrera y comunitaria a mediano plazo. Por eso, lo concebimos como un mecanismo temporal y transitorio”3.

Actualización de las formas de clasificación y subjetivación

Así como el panorama en Latinoamérica está cambiando, se está actualizando, en Estados unidos aún más. No porque emerja una nueva forma de política basada en la discriminación, sino porque se actualizan –se ponen en acto– las viejas costumbres del hombre patriota blanco.

Si una costumbre es la manera tradicional de valorar y de actuar, la actualización de la costumbre estadounidense de clasificar y organizar jerárquicamente grupos sociales a partir de su apariencia física, es lo que se empieza a desbordar. El racismo es un tipo de dominación que cada tanto se actualiza y con Trump se pone radicalmente en acto. Se activan como discurso político las viejas costumbres de la “gran nación”, entre las cuales además de las estructuras racistas, se actualizan los lugares de la familia heterosexual y del macho blanco.

J. Butler, en una reciente entrevista4, señala que la rabia y el odio de millones de personas son pasiones que con Trump se emancipan. Si en los años pasados insultar y agredir a un negro o un latino era un acto que se realizaba de forma clandestina, ahora vuelve a ser la forma de defender al país y hacer patria. El racismo, en suma, se actualiza, pues millones de estadounidenses sintieron que la casa blanca debía volver a ser realmente blanca. Antes con un presidente negro y en un país cada vez más lleno de extranjeros, el ejercicio libre de la discriminación solo era ejercido por policías. Ahora, el odio, el racismo y el sexismo del hombre blanco se despliega en el espacio público nutriéndose de los años de ocultamiento en la vida privada de miles de familias patriotas.

Despliegue de las resistencias

¿En qué se parece el odio que mueve al ciudadano blanco estadounidense a agredir y discriminar a una latina, a un musulmán o a un negro y el odio que mueve a los colombianos a agredir y a discriminar a otro u otra colombiana que perteneció a una guerrilla? Creo que en ambos casos hay un crimen original que el Otro expresa y genera tensión. Tanto en el caso de quien discrimina a la latina como en el de aquél que discrimina al guerrillero se manifiesta la cuestión del “ser para otro”: ¿Cómo voy a vivir con él, si es negro?, ¿cómo voy a vivir con él si es mi enemigo?

Así como el ser negro no plantea el problema de serlo para él mismo, sino de serlo para el blanco5, el ser guerrillero, no plantea el problema para él mismo, sino para el ciudadano. Ambas dimensiones son totalmente distintas, en una hay un inducido problema ontológico, en la otra un inducido problema ético. Sin embargo, en ambas dimensiones se expresan formas de odio al negro, al latino, a la guerrillera, al enemigo –. ¿Cómo afrontar la mirada blanca?, pregunta Fanon…

Ahora bien, pese a que las dominaciones se actualizan cada cierto tiempo, las resistencias también tienden a desplegarse; de lo pequeño y oculto se hacen grandes e imposibles de negar. Miles de personas salieron a la calle cuando ganó el No en el plebiscito; miles también salieron a las calles cuando ganó Trump en Estados Unidos. También, cada cierto tiempo –pues es sistemático– que un policía mata a un negro en ese país, emerge la protesta y la indignación en las calles. Cada tanto se despliega la agencia que tienen grupos subalternos o dominados bajo la matriz racial y de género; esto en términos de volver positiva una identidad negativa, es decir, transformar la carga semántica peyorativa de “indio”, “mujer”, “árabe”, volviéndola lugar de resistencia, de esperanza y de lucha, siempre rememorando el pasado.

Pero también cada tanto se despliegan las fuerzas, si no de la izquierda, de los sectores que rechazan los proyectos neoliberales. Para el caso colombiano, los escenarios que se abren con la implementación de los acuerdos de paz, deben tener, por parte de los sectores críticos y de izquierda, una lectura antineoliberal, antiracista, antimachista y antiextractivista. El despliegue de la resistencia dependerá en gran medida del enfoque con el cual se construyan estos escenarios de implementación de los acuerdos y construcción de paz.

  1. Lopez, Francisco, América latina: crisis del posneoliberalismo y ascenso de la nueva derecha. Buenos Aires: CLACSO, 2016
  2. Ibíd. p. 64
  3. Ibíd. p. 55
  4. Soloveitchik, Rina, Entrevista a Judith Butler, 11 de noviembre de 2016. Revista Paquidermo https://www.revistapaquidermo.com/archives/13308 Consultada el 24 de noviembre de 2016.
  5. Fanon, Franz, Piel negra, máscaras blancas, La Habana, Editorial Caminos, 2011