En medio del debate nacional que ha emergido luego del brutal asesinato, tortura y violación de la niña Yuliana Samboní, muchas personas han relacionado, agudamente, este feminicidio, uno más en las alarmantes estadísticas, con una polémica anterior, en torno a la mal llamada “ideología de género”. Alrededor de la conexión entre estos dos debates y la correlación entre feminicidios, cultura patriarcal y negación de la diferencia, versará esta breve reflexión.

De entrada propongo asumir que no es una mera casualidad que el feminicida Rafael Uribe Noguera sea un hombre-‘blanco’-heterosexual-de clase alta y familia poderosa; es decir, un fiel representante de las élites de poder nacionales. Precisamente, como decía, este suceso nos retrotrae a la discusión que se dio entre el mes de agosto y el mes de octubre respecto a la supuesta “ideología de género” que presuntamente iba a ser incluida en los Acuerdos de Paz de La Habana. Recordemos que conservadores de todas las clases y calañas, especialmente cristianos evangélicos, se levantaron contra esta grave amenaza a la armonía nacional simbolizada en la afrenta contra la “familia tradicional” (y la imposición de un modo de vida homosexual). En otro lugar había intentado explicar que no se trataba de negar la “familia tradicional o natural” sino de comprender que está sustentada en la concepción de un modelo conservador y excluyente de familia, a su vez basado, en la mayoría de los casos, en ideas religiosas.

Pero, volvamos a interrogarnos: ¿a qué temen realmente los conservadores colombianos cuando denuncian la amenaza contra la “familia natural”? En el fondo, temen la igualdad. Temen la confrontación de las jerarquías y los privilegios sexuales y genéricos que ha detentado desde tiempos inmemoriales el binarismo tradicional patriarcal occidental. En el fondo saben que cuestionar la figura de hombre (y mujer), implica también desestabilizar el lugar de poder del hombre-blanco-propietario-heterosexual y en consecuencia el lugar de subalternidad de la mujer, del afro, del indígena, del gay y la lesbiana. El señor Rafael Uribe Noguera, como macho-blanco-heterosexual de clase alta, actuó desde esta posición jerárquica de poder, no sólo en el secuestro y violación, también en el cínico intento por entorpecer la investigación, donde estuvo acompañado, al parecer, por su hermano abogado.

Invito a que nos preguntemos: ¿quiénes son los líderes de las élites nacionales?: hombres-blancos-heterosexuales-conservadores; desde Uribe y Santos, pasando por las jerarquías católicas, los pastores cristianos, el ex-procurador lefebvrista Ordoñez, los empresarios, los terratenientes y gamonales, los ex-presidentes, los jefes militares, paramilitares, guerrilleros y líderes de las BACRIM. Si se analiza con cuidado, nuestra guerra, semilla de muchos de la mayor parte de nuestros males, ha sido una guerra fratricida de machos blancos que no se han atrevido a cuestionar su privilegiado lugar de clase, sexo, género y raza. Empezar a desestabilizar los patrones sexo/genéricos cerrados de la familia monoparental introduciría una serie de cuestionamientos radicales que ponen en riesgo privilegios históricos concatenados. Por eso, no lo van a permitir tan fácilmente: no les interesa la igualdad.

En un plano más filosófico, podemos argumentar también que la cuestión de fondo sobre la “ideología de género”, que es finalmente una negación de la diferencia expresada en lo femenino, está relacionada con la antigua disputa entre historicismo y trascendentalismo. Lo que se está cuestionando con radicalidad y que despierta la ira de los conservadores no es únicamente la supuesta amenaza a la “familia natural”, sino la confrontación a toda idea de trascendencia metahistórica y extralingüística. Afirmar que “no se nace mujer o hombre, sino que se llega a serlo” (Simone de Beauvoir) o que “la mujer no existe” (Jacques Lacan) son probablemente dos de las frases más incómodas que la humanidad ha podido escuchar; una variación del “Dios ha muerto” nietzscheano. Cuestionar “lo natural”, “lo divino”, “lo racional” implica cuestionar a su vez la autoridad, la tradición, el poder y los privilegios. Los conservadores, que dicho sea de paso no les interesa realmente el mensaje de amor e igualdad que expuso Jesús, están en su derecho de pensar que el mundo se va a destruir con la ampliación de la democracia; nosotros, pensamos por el contrario que el mundo se va a enriquecer. A esto nos referimos cuando hablamos de la necesidad de radicalizar la democracia.

Por esto insistimos: menospreciar el enfoque de género implica también no comprender las raíces de la negación de la diferencia que es fuente de violencia contra los sectores más vulnerables y oprimidos: la pequeña Yuliana Samboní era una niña indígena desplazada y empobrecida. Una fatal víctima más de nuestra sociedad patriarcal machista que menosprecia a lo femenino, tanto en las mujeres y niñas como en las personas no-heterosexuales y transgénero.

Ahora bien, capítulo aparte debería destinarse para reflexionar sobre las peticiones públicas de linchamiento del agresor. Desde luego, siempre será más fácil volcar toda nuestra sed de venganza contra un “monstruo” que asumir con seriedad las tareas ético-políticas a mediano y largo plazo para avanzar en la transformación de una nación inequitativa, injusta y corrupta. En lugar de pensar en linchar al señor Uribe Noguera, como tantos han pedido en redes sociales, deberíamos reflexionar sobre el terreno fértil que hemos construido para la generación continua de odio y violencia. Lamentablemente, habitamos una sociedad que se resiste a mirarse de frente al espejo.