Julie Massal

* Julie Massal

Doctorado en Ciencia Política, Universidad Aix-Marseille III, Instituto de Estudios Políticos de Aix-en- Provence (Francia). Post-doctorado de la U. Rovira i Virgili, Tarragona (España). Becaria Lavoisier (2001-2002) del Ministerio de Asuntos Exteriores (Francia). Investigadora y profesora del IEPRI-UN desde 2005 e investigadora asociada de FLACSO-Ecuador (desde1999). Ha trabajado sobre los movimientos sociales indígenas y su participación en los procesos de democratización en el Área Andina (Bolivia y Ecuador especialmente). También ha trabajado (postdoctorado y proyectos) en el tema de la migración latino-americana a Europa. Actualmente cursa el Máster Profesional "Oficios del Libro", Universidad de Bourgogne, en Dijon, Francia

La “sorpresa electoral” parece ser la tonalidad dominante en la mayoría de los escrutinios del 2016, tanto en las presidenciales en Estados Unidos del pasado 8 de noviembre, como en los referéndums relativos a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, el llamado Brexit del 23 de junio, o el plebiscito colombiano acerca de la refrendación del Acuerdo de Paz entre el gobierno y las Farc, el pasado 2 de octubre. Independientemente de las diferencias de contexto y de tipo de contienda, los resultados han sorprendido a los analistas, observadores y pueblos, porque no coincidían con los que habían sido “anunciados” o “previstos” por los sondeos de opinión. El vencedor en Estados Unidos no fue el esperado, en el Brexit ganó, en las justas, el deseo de salirse de la Unión Europea, y en el plebiscito en Colombia, gano el “no” al acuerdo de paz aunque por un pequeño margen. Todo ello genera en cada caso incertidumbre, confusión, y a veces miedo.

En Francia, el último ejemplo de una sorpresa electoral intervino en la primera vuelta de la primaria1 de la derecha y el centro, el pasado 20 de noviembre. La sorpresa provino del hecho de que François Fillon, ex primer ministro de Francia entre 2007 y 2012, durante el mandato de N. Sarkozy, que a lo mejor aspiraba a ser el “tercer hombre”, llegó a la primera posición. Mientras fue eliminado de una vez N. Sarkozy, ex presidente de Francia, aunque él llegaba en los sondeos en segunda posición. El resultado fue así doblemente sorpresivo2.

Así se observa, desde hace más de una década, el uso cada más generalizado de esta categoría de comentario post electoral, enfocado en la “sorpresa”; tanto es así que cada nueva contienda es examinada con cierta ansiedad: ¿habrá o no sorpresas y cuáles?

¿Una nueva categoría de análisis electoral?

Las sorpresas electorales ocurren en contextos y escrutinios muy disímiles. A inicios de la década del 2000, con unos colegas franceses, realizamos un análisis enfocado en la sorpresa electoral como objeto de investigación, a partir de estudios de casos en países europeos, africanos y latinoamericanos3, lo cual nos recuerda de paso que el tema de la “sorpresa” no es tan inédito. Y pudimos extraer algunas similitudes desde los estudios de caso.

Una de las primeras observaciones es que puede haber sorpresas electorales tanto en regímenes democráticos como autoritarios, aspecto que cuestiona entonces el sentido de la democracia, como lo detallamos más adelante. Una segunda observación que nos llamó la atención fue la diferencia, presente en todos los casos, entre el discurso mediático por un lado y el discurso académico o “experto” por otro lado. El discurso mediático, enfocado más bien en el corto plazo, era más enfático en señalar la sorpresa, mientras el discurso académico, enfocado en el mediano y largo plazo, tendía a minimizar o incluso a negar que hubiera sorpresa. Veámoslo más de cerca.

Sorpresas y discursos sobre la sorpresa

Las sorpresas pueden ser diversas, incluso en una misma elección: el vencedor es el que aparecía en los sondeos como el vencido (caso de Trump en Estados Unidos), o el margen de victoria/derrota es distinto a lo esperado: en el Brexit y en el referéndum colombiano se esperaba que ganara la opción del “quedarse en la Union europea” y del “sí”, y ocurrió lo contrario en ambos casos: ganaron el “salir de la UE” y el “no”. Además se esperaba en Colombia un amplia victoria del “sí” (aunque la opción del “sí” venía bajando en los sondeos en los quince días anteriores al escrutinio) y en vez de ello, el “no” ganó, así sea por un estrecho margen. Así mismo, un indicador que contribuye a la sorpresa es el nivel de participación (o de abstención) que se produce: en Colombia el nivel de abstención de casi 62% en una contienda convocada para aprobar un acuerdo de paz después de décadas de guerra, indignó y molestó a muchos. Detrás de la sorpresa hay otras emociones en juego: miedo, ira, indignación, desconcierto, incomprensión, entre otras. Se genera un panorama confuso sembrado de incertidumbre.

No faltaron las voces disidentes que dijeron que no había tal sorpresa. Generalmente este tipo de respuesta procede de voces académicas, pues tienden a relativizar o minimizar la sorpresa. De hecho, las voces académicas son a menudo las “menos sorprendidas” porque los académicos pueden contextualizar un resultado dentro de una tendencia más antigua, pues tienen un conocimiento del comportamiento electoral de largo alcance. Pero también esa negación de la sorpresa procede a veces del mismo candidato vencedor de sorpresa: F. Fillon dijo que su victoria en la primera vuelta de la primaria no lo sorprendía porque se “había preparado mucho desde hace tres años” y cosechaba así “naturalmente” el fruto de su preparación.

Por lo general los comentarios que siguen a la sorpresa tienden a culpar los sondeos “que se equivocaron”, como se denuncia casi siempre, al punto de que los expertos en sondeos prácticamente deben realizar su mea culpa; se aduce que si hubo sorpresa es porque los medios de comunicación solo hablaron de una misma voz y no son del todo libres y pluralistas; que los sondeos se equivocaron porque quienes los producen quieren manipular la opinión publica incentivándola a votar como lo hace la supuesta mayoría y no lo lograron, o que, por lo menos, se pasó por alto una tendencia del electorado que no se supo analizar. De allí la “culpa” se desplaza insidiosamente sobre el electorado: los electores no dicen realmente su intenciones de voto, el electorado es volátil e imprevisible, manipulable, mal informado, etc. Ese es el caso por ejemplo cuando el voto por la extrema derecha en Francia se eleva y los sondeos lo han subestimado.

Todos los comentarios sobre la sorpresa y sus supuestas causas conforman lo que hemos llamado el “discurso sorprendido”4. Y es más bien sobre este discurso que es importante reflexionar. Entre los que argumentan que hay sorpresa y los que no, ¿que los diferencia? Los medios de comunicación son considerados como formadores de opinión, que orientan las grandes tendencias ideológicas. ¿El fracaso de los sondeos y analistas periodísticos en proveer un resultado fidedigno acaso significa que perdieron ese poder, como se adujo después de la victoria de Trump? ¿O es que, más bien, los medios, al igual que los políticos, ya no entienden el electorado, o no saben analizar sus comportamientos? Esos comentarios, si bien son esperables, no ayudan realmente a llegar al meollo del asunto.

¿La sorpresa electoral: un indicador de vitalidad democrática?

Más allá de incriminar a los medios y de repartir culpas, lo importante es entender qué nos dice el discurso sorprendido y qué significa este discurso sobre cómo entendemos la democracia.

Pues si rastreamos los discursos de los actores que afirman ser sorprendidos, señalados más arriba, la sorpresa es el resultado de un desfase entre el resultado anunciado y el resultado efectivo. Desfase que debería ser común y normal en una democracia, pues esta reposa intrínsecamente sobre la aceptación de la incertidumbre electoral. Pero, en el fondo, el resultado no esperado perturba y siembra confusión.

Otrora se solía caracterizar los regímenes autoritarios o totalitarios por elecciones manipuladas en las que el líder ganaba con el 98% de las voces. Se criticaba la ausencia de alternativas: las elecciones estaban truncadas y el resultado era previsible, todo era una farsa. Al contrario, con la democracia, el resultado era en principio y por naturaleza imprevisible, debido a que se pretendía proporcionar la mayor oferta política posible a través de una amplia gama de partidos y opciones electorales, lo que solemos llamar el pluralismo político, junto con la libertad de expresión más extensa.

La incertidumbre era entonces por así decirlo la marca de fábrica de la democracia, donde el escrutinio no es controlado y su resultado es aleatorio. Pero ese es otro mito de la democracia, pues incluso las democracias tratan de orientar el resultado y de restringir la incertidumbre lo más posible: los modos de escrutinio mayoritarios, por ejemplo, limitan la representación parlamentaria en detrimento de las minorías políticas. La organización misma de la contienda electoral, los mecanismos del voto, en todos sus detalles contribuyen a limitar las opciones5. En general el sistema electoral y partidario pretende controlar al máximo toda sorpresa. Por ende, cualquier resultado que no queda dentro de los márgenes esperados y descontrola de alguna forma la maquinaria electoral aparece como una anomalía y genera el discurso sorprendido, incluso en las más “antiguas” democracias.

Adicionalmente, incluso los regímenes autoritarios o híbridos contemporáneos han aprendido a jugar con las características de la democracia: o sea a parecer democráticos en aspectos formales, en tener el “sabor, el color y la apariencia” de la democracia, sin ser “democracias de verdad”, si es que algo así existe. En ese contexto ambivalente, puede coexistir un juego electoral más o menos abierto con cierto pluralismo político, una relativa libertad de prensa y de expresión, que coexisten con muchas restricciones sociales y políticas para el ejercicio del voto y de la ciudadanía. Ese ha sido el caso en varios países árabes como Egipto, donde hubo una apertura en las legislativas del 2005 que conllevó un nuevo cierre del sistema electoral en 2010, bajo el mandato de Mubarak, antes de su derrocamiento en 2011. Por ende, la sorpresa electoral no puede ser considerada por sí sola, como un indicador fidedigno de vitalidad democrática, pues ocurre hoy en día en contextos democráticos, autoritarios e híbridos muy disimiles.

Aceptar la incertidumbre

En suma, la contienda electoral puede salirse de control, en contextos de crisis del sistema electoral y de los mecanismos tradicionales de representación. Lo que es revelador del discurso sorprendido es que nos ilustra qué tanta aceptación tenemos acerca de la incertidumbre electoral. Tanto las élites o actores en el poder que, ante una derrota imprevista, suelen aducir que “el pueblo no entendió” su acción o su programa, como también los ciudadanos que vemos nuestras convicciones o aspiraciones estrellarse contra la pared. ¿Tal vez porque a menudo se confunde lo que se prevé con lo que se desea?

Para finalizar, quisiera enfatizar la elección francesa que se realizara en la primavera de 2017. Hay quienes creen que ya está cantada, o sea que no habrá sorpresa alguna; otros que pregonan que habrá muchas. Que la victoria en la primera vuelta de F. Fillon en la primaria es casi igual a una victoria en la elección presidencial. Que Marine Le Pen del Frente Nacional ganará sin duda, o que la izquierda no pasará a la segunda vuelta o será apabullada6. Aunque los sondeos “se equivocaron” sobre la primaria, siguen surgiendo a diario las encuestas de opinión que pretenden prever desde ya lo que ocurrirá dentro de seis meses, aunque falta mucha información sobre los candidatos presentes en la contienda.

Además de un tanto vacuo, ese ejercicio de predicción desenfrenada no parece aprender de los errores, aún muy recientes, de las encuestas de opinión y sondeos. En especial, queda claro que cantar el resultado de antemano es doblemente contraproducente, pues desmoviliza a los indecisos, y molesta a los que sienten que su voto no “sirve” de nada, porque al fin de cuentas ya no depende de uno, sino de una maquinaria que maneja los hilos. Anunciar un resultado como si fuera un hecho, incluso en vísperas de la contienda, es una forma engañosa de pesar sobre el resultado. Hacerlo unos meses antes es, como mínimo, inútil. Podemos evitar malas sorpresas si no creamos las condiciones para que ellas ocurran y si recuperamos la capacidad de análisis de largo aliento, en vez de enfrascarnos en profecías auto-cumplidas o confundimos nuestros deseos con la cruda realidad.

  1. Por primera vez, los partidos de derecha y el centro acordaron postular sus candidatos dentro de una elección primaria, destinada a escoger un candidato único para todos, que se presentara en la contienda presidencial de 2017.
  2. Ver comentarios en este sentido, por ejemplo en : La Croix : « Des électeurs fortement mobilisés pour créer la surprise à droite (20-11-2016).
  3. Dabène O. Hastings M. & Massal J. (dir.), La surprise électorale. Les paradoxes du suffrage universel, Karthala, 2007, 256 p.
  4. Dabène O. Hastings M. & Massal J. (dir.), La surprise électorale. Les paradoxes du suffrage universel, op.cit.
  5. Hastings M. « La surprise électorale ou les infortunes de l’énonciation », in Dabène O., Hastings M. & Massal J. (dir.), La surprise électorale, op.cit, p.13-30.
  6. El editorial del periódico Le Monde, el 1 de diciembre de 2016, es revelador en este sentido: « En la izquierda, crónica de un suicidio anunciado ».