Daniel Pardo Cárdenas

* Daniel Pardo Cárdenas

Egresado del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia, estudiante de la Maestría en Filosofía en la Universidad de Los Andes. Sus intereses de investigación están orientados a la filosofía política moderna y contemporánea.

En los últimos meses, la opinión pública colombiana ha recibido con entusiasmo la elección de posverdad como “palabra del año” por parte de los editores de los Diccionarios Oxford1, pues se ha pensado que es un concepto útil para pensar la coyuntura política en la que se encuentran las democracias modernas. La definición del neologismo es: “Relativo o relacionado con circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las emociones y las creencias personales”2; esto es, que las personas prefieren creer o elegir algo o a alguien basándose en sus creencias o gustos, incluso cuando estos están en contra de los hechos objetivos más evidentes.

Mi objetivo es mostrar a través de dos líneas de argumentación que esta es una vía peligrosamente inmovilizante de interpretar la coyuntura política en la que nos encontramos. Quiero mostrar, primero, que hay razones teóricas –con profundas implicaciones políticas– para alejarse de la noción de verdad que se está poniendo en juego con estos análisis. En segundo lugar, como consecuencia, argumentaré que la estrategia política que se esboza a partir de esta interpretación –i.e., fortalecer la democracia a través de la lucha en contra de la posverdad–, aunque loable, deja de lado un problema fundamental, a saber, que lo que se ha puesto en juego en el último año no corresponde a disputas entre la verdad y la falsedad, entre los ciudadanos racionales y los bárbaros, sino entre proyectos políticos que están en lucha. Esta diferencia implicaría por lo menos dos maneras distintas de pensar cómo formular estrategias políticas desde los sectores democráticos colombianos, en particular, desde las izquierdas, para el 2018.

La posverdad

Si bien esta palabra ha estado en uso desde hace una década, el Diccionario la escogió debido a que, en el marco de los fenómenos electorales del Brexit y de las elecciones norteamericanas, hubo un auge en su uso. Para explicar por qué ganó Trump y por qué ganó la salida de la UE en el referendo británico, se dijo, nos encontramos en la era de la política de la posverdad. Esto quiere decir que un político puede mentir descarnadamente, y ganar, porque estamos en un período en el que importa menos la falsedad que los sentimientos para tomar decisiones sobre la vida en común.

Así, Trump no solo pronunció opiniones debatibles, sino que mintió innumerables veces: repitió que no se había burlado de una periodista en condición de discapacidad, cuando hay evidencia audiovisual de esto3; afirmó –como lo recuerda el profesor Uprimny que “…el homicidio estaba en Estados Unidos en su nivel más alto en los últimos 45 años” y ya se ha comprobado que esto no es así. De la misma manera, en el caso del Brexit, se afirmó, apelando tal vez a la afectividad de las capas empobrecidas del Reino Unido, “…que la salida de la UE permitiría que 350 millones de libras a la semana fueran al servicio británico de salud”. En ese sentido, el concepto de posverdad se ha extendido a la situación colombiana, en particular para analizar la victoria del No o los intentos desvergonzados de Ordoñez y de algunas iglesias por incluir a la fuerza en el debate de los acuerdos de paz la “ideología de género”, entre otros.

El punto es que, en el Reino Unido, EE.UU. o Colombia, la política de la posverdad permite identificar un conjunto de amenazas para las democracias modernas. El profesor Uprimny destaca tres: se permite el engaño al electorado, lo que socava el principio de la soberanía popular; se da lugar al “…ascenso al poder de demagogos peligrosos” y se perjudica la calidad de la discusión pública. Todo esto ha llevado a la conclusión de que, frente a este panorama, se hace necesario pensar un fortalecimiento ambicioso de la democracia que tiene que pasar por encontrar mecanismos institucionales para confrontar y combatir la política de la posverdad, esto es, un conjunto de estrategias que permitan impugnar el engaño y la mentira.

La verdad

Ahora bien, partamos de analizar la noción de verdad. Para aquellos que han considerado que el concepto de posverdad es útil, también les ha resultado evidente que su sentido es paradójico. Aunque reconocen que el ejercicio político nunca ha estado exento de la influencia determinante del engaño, que la demagogia siempre ha estado presente, dicen que en el 2016 hubo un cambio sustancial en la manera en que se hace política, coyuntura para la que la noción de posverdad resulta fundamental. Sin embargo, considero que esto no es más que el resultado de una noción simplificada de lo verdadero.

En un espíritu profundamente moderno, la definición del Diccionario mantiene una oposición directa entre lo verdadero y lo falso a partir de la dicotomía entre los hechos objetivos y las creencias personales y los sentimientos. Esta comprensión se basa en la idea de que la verdad se produce en la correspondencia entre un enunciado, que se pone, desde luego, en palabras, y un hecho que le corresponde esencialmente, esto es, más allá del lenguaje y de los condicionamientos históricos específicos (sobra decir, más allá de las creencias o sentimientos que alguien pudiera tener). A través del método científico, estaríamos en la capacidad de corroborar, en calidad de agentes racionales, que lo que se llama verdadero, lo es efectivamente.

En lugar de profundizar en la compleja división que se quiere hacer entre los afectos, su influencia de las creencias en las decisiones políticas y los hechos objetivos, me interesa señalar que este paradigma ha sido reevaluado sustancialmente desde la modernidad tardía hasta nuestros días. En lugar de una oposición clara entre lo verdadero y lo falso, habría que pensar más bien en las estratificaciones de verdad que se juegan en distintos niveles, según sus fines y condicionamientos específicos.

Este fue el eje de trabajo que ocupó a Marx en sus investigaciones sobre la relación entre la ciencia y la ideología. Usualmente se piensa que esta relación actualiza de una manera sofisticada la oposición verdad-falsedad, en el sentido de que la ciencia alcanza una forma de conocimiento referida al modo de producción dado –a la estructura–, del cual la ideología es una apariencia o un reflejo, esto es, una forma deficitaria de saber –en los campos que corresponden a la superestructura: la religión, la política, el arte, etc.–.Sin embargo, una lectura más atenta encuentra que para él la cuestión no se juega en una oposición, pues ciencia e ideología no están en un mismo nivel categórico: se refieren a dos campos de producción de saber diferentes. Si bien la producción de conciencia, i.e. la ideología, depende de las condiciones de producción imperantes en un momento histórico determinado, por el hecho de que se haga una crítica de la ideología en la que se demuestre el carácter político, históricamente determinado o limitado de un concepto (como la propiedad privada) o de un valor (como la familia), esto no implica que los conceptos o los valores impugnados dejen de tener influencia y un poder efectivo en la manera como se configura el orden social. En este sentido, para Marx, la crítica científica de la ideología se sumaba a la lucha por la transformación de las condiciones de vida, al reconocer que la verdad se configuraba de manera compleja en distintos estratos de las prácticas sociales según su especificidad, pero, la sola crítica científica no era suficiente para lograr una intervención en el orden social.

Hubo una continuidad en esta manera de pensar la verdad en la contemporaneidad. El llamado giro lingüístico implicó un rechazo de fondo de la existencia de una instancia no-lingüística; la idea de que pudiera haber algo como un hecho en sí,que permaneciera como instancia última de determinación de lo verdadero, se concibe como un remanente acrítico de la metafísica moderna. El lenguaje,como práctica, es la última instancia en la cual se resuelve la verdad, en un conjunto de relaciones entre discursos, prácticas sociales y creencias que, en su configuración histórica, hacen posible que se piense algo como verdadero. Como ningún otro, Foucault pensó la complejidad de la producción de verdad en las sociedades occidentales. Para él, esta se producía siempre en un entramado histórico que la unía profundamente a la política. En lugar de preguntarse por la correspondencia entre los enunciados y los hechos, la pregunta que para él hace sentido es por los efectos de verdad. En sus palabras:

Hay efectos de verdad que una sociedad como la occidental -y ahora podemos decir la sociedad mundial- produce a cada instante. Se produce la verdad. Esas producciones de verdades no pueden disociarse del poder y de los mecanismos de poder, porque estos últimos hacen posibles, inducen esas producciones de verdades y, a la vez, porque estas mismas tienen efectos de poder que nos ligan, nos atan.

2018

Para decirlo simplemente, pensar la verdad en sus efectos, lejos de un esquema esencialista o de correspondencia, implica desmontar la dicotomía verdad-falsedad para adoptar un análisis de los estratos de verdad que se ponen en juego en la práctica. La preeminencia de esta interrogación no está en establecer lo que es verdadero, sino, ante todo, en pensar las relaciones que se establecen en los distintos niveles de lo que es considerado como verdadero, con sus campos de influencia y determinación específicos. Sea con Foucault o Marx, lo que vale la pena tener en mente es que no hay una oposición férrea entre verdad y falsedad, a partir de la cual podríamos dibujar, enseguida, la línea que divide a los buenos de los malos, a los demócratas de los fascistas, a los razonables de los bárbaros o de los idiotas, etc. Lo que se nos plantea como escenario, como objetivo de análisis, son las formas de racionalidad que ponen en juego comprensiones de lo verdadero, con sus respectivos efectos, en la configuración del panorama político contemporáneo. Que algo pueda considerarse en sus efectos de verdad, implica pensar los mecanismos de poder que hacen posible su instauración. Desde esta perspectiva, la tarea que se dibuja es combatir estos mecanismos y las formas de racionalidad que los alimentan.

No afirmo que debamos abandonar la disputa por lo verdadero al impugnar las mentiras de los políticos a través de mecanismos democráticos; esta es una tarea necesaria. Sin embargo, este nivel de confrontación se queda corto al momento de comprender el fenómeno al que se enfrenta. La verdad, en sus estratos, sobrepasa de lejos la correspondencia entre los enunciados y los “hechos”, pues se juega ante todo al nivel de la racionalidad de proyectos políticos para los que lo verdadero pasa por aceptar, utilizar y moldear los enunciados en función de un fin político. En este sentido, la idea de un ejercicio ilustrado por parte de los sectores preocupados por la democracia, que buscarían revelar la verdad a los ciudadanos cegados por sus creencias y sentimientos, es irrisorio y niega sistemáticamente uno de los estratos en los que está siendo producida la verdad en la contemporaneidad (es decir, el campo afectivo). Para transformar estas lógicas, no podemos entonces exigir a las personas que se conviertan en ciudadanos al abandonar sus creencias, prejuicios y sentimientos. Tal vez sería útil empezar por entender las racionalidades políticas -y sus respectivos órdenes de prácticas- que se encuentran operando en los regímenes democráticos actuales. Y, de manera específica, dinamizar apuestas que le apunten a transformar las formas de vida bajo las cuales la racionalidad política de lo verdadero en oposición a lo falso le ha ganado el pulso a la izquierda a nivel global a cada paso.

  1. Ejemplos:http://www.elespectador.com/opinion/de-posverdad-arma-de-lucha, http://www.elespectador.com/opinion/quiere-ganar-mienta,http://www.semana.com/opinion/articulo/poly-martinez-posverdad-la-palabra-del-dano-en-el-mundo/506243, http://www.elespectador.com/opinion/democracia-y-posverdad, http://www.eltiempo.com/opinion/editorial/una-eleccion-con-mucho-en-juego-editorial-el-tiempo/16743685.
  2. En: https://en.oxforddictionaries.com/word-of-the-year/word-of-the-year-2016.
  3. Ver: https://www.youtube.com/watch?v=KIotH8dKMwg.