Sergio Felipe Ayala

* Sergio Felipe Ayala

Egresado de los programas de Ciencia Política e Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Maestría en Filosofía de la Universidad de los Andes. Estudiante de maestría en economía política en el King’s College London. Miembro del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea – TEOPOCO de la Universidad Nacional de Colombia.

1. Pilotos vs. Pasajeros

La semana pasada Abi Wilkinson, una periodista británica independiente, escribía para el Jacobin magazine una reflexión interesante a propósito de una caricatura de alta controversia publicada en The New Yorker en los primeros días de enero. La escena representa la cabina de un avión en la que un tumulto de pasajeros sigue eufóricamente la voz de uno de sus compañeros que, luego de levantarse de manera decidida y retadora, emprende un llamamiento de “liderazgo popular”: “Estos pilotos presumidos han perdido contacto con pasajeros corrientes como nosotros. ¿Quién piensa que yo debería volar el avión?”1.

A juicio de Wilkinson, la caricatura se había convertido en una especie de test de Rorschach entre las reacciones masivas que se generaron, en especial entre los liberales pro-Clinton. Según la periodista, dentro de las élites liberales se identificaban dos grandes tendencias: mientras que unos celebraban la que parecía una sátira mordaz a la estupidez de las masas en su responsabilidad por el estrepitoso giro a la política populista en el último año (i.e. Trump, Brexit), otros veían un nuevo episodio de la condescendencia que, en buena medida, aceitó el ascenso del “populismo”.

Pese a los matices, resulta posible rastrear una serie de supuestos bien arraigados detrás de estas reacciones: en primer lugar, siguiendo la idea de que el gobierno es una cuestión de técnica y experticia, que los pilotos al mando son Los Profesionales en el arte de gobernar y, de hecho, los únicos capacitados para volar el avión2. En segundo lugar, que estos expertos en gobernar el avión metafórico no han hecho un mal trabajo en virtud de su experticia, aún si pueden ser reconocidos algunos problemas en su gestión. No importa que no piensen en los pasajeros de bajo costo, ni que sus acciones hayan ido en detrimento del bienestar de la mayoría de pasajeros para mantener contentos a los de primera clase. En tercer lugar, que a un hombre gordo e histérico de la clase económica le falta tener mucho más que un talento evidente para los afectos populares con el fin de poder pilotear un avión. Y, detrás de ello, que en buena medida lo que está en juego para “solucionar el problema” es una capacidad muy alta para desenvolverse en la afectividad popular. En tal dirección, la solución para los expertos liberales, para los pilotos llamados a gobernar, podría ser que su experticia no fuese solamente en la “técnica de gobierno”, sino en el manejo de las emociones de la gente.

Curiosamente, a esta última conclusión también puede llegarse no por vías liberales, sino a través de posiciones críticas con las “élites expertas del liberalismo”. Creo que la pregunta por el manejo de las emociones en la escena pública ha ocupado ampliamente los debates sobre lo que debe y no debe hacer la izquierda hoy a lo largo del mundo, en especial en función de una ruta hacia la construcción de escenarios de poder alternativos.

Ahora bien, dentro de todas las cosas que pueden decirse a propósito de lo anterior, me interesa opinar sobre una en particular: la relación que se tiene con el descontento estrepitoso de los pasajeros de la clase económica, bien sea de parte de los pilotos de la élite liberal, de los líderes de proyectos políticos alternativos, o de los líderes de la ultraderecha más conservadora, en sus márgenes más amplios, sugiere otra vez una pregunta sobre lo que implica la democracia hoy, en la realidad política que nos toca. Asistimos a un momento en donde se vienen cocinando preguntas que colisionan entre sí de manera muy compleja: desde las sospechas más intensas sobre lo que implica preguntarles a las masas, hasta el agotamiento más sentido frente al hecho de dejarle las decisiones a “los expertos”. La pregunta acerca de lo que resulta más democrático en nuestro presente, lejos de ser evidente, parece ponernos frente a decisiones que requieren ir con cuidado.

Esta vez no quisiera profundizar desde una reflexión demasiado teórica sobre la materia, y no porque no lo crea importante. Creo, sin embargo, que la pregunta por lo que es más y lo que es menos democrático requiere de un examen muy detenido y detallado de lo que políticamente se juega en nuestro presente histórico en sus variables más concretas. Más bien quisiera referirme a una serie de cuestiones que se juegan, de manera singular y específica, en el presente político que se le viene a Colombia en el 2018, sobre todo en función de lo que debe preguntarse ahora la izquierda para la disputa política por la democracia en el país. Todo el mundo en la izquierda dice que quiere una Colombia más democrática. ¿Qué es realmente lo más democrático?

2. Democracia y transición

Sabemos que con el Plebiscito por la Paz, Colombia también dejó al mundo el año pasado un precedente histórico sobre la democracia tal cual está estructurada en las sociedades en las que vivimos. Paradójicamente, las agendas de negociación con las dos insurgencias más importantes de Colombia plantean dos visiones de democracia para el país en el proceso de solución del conflicto y construcción de paz. De estas dos visiones podemos sacar bastante.

En teoría, la más democrática es la tesis propuesta por el ELN en su agenda de negociación, en la cual se busca la generación de un escenario que, de la manera más amplia posible, dé cabida a la participación de la sociedad en la construcción de paz. Junto a esta propuesta hay iniciativas compatibles desde el movimiento social, como la de la Mesa Social por la Paz, que concuerdan con la necesidad de darle voz a una serie de organizaciones y agrupaciones diversas en sus banderas y en sus proveniencias geográficas. Esto se complementa, por otro lado, con la idea de que con una paz construida democráticamente vengan cambios y exigencias radicales y estructurales sobre el modelo económico, político y social del país. Digo que es la más democrática en teoría porque también aparecen problemas innegables. La tesis del ELN aboga por una fuerte construcción de base, pero presenta grandes problemas (lo hemos visto) para materializarse en mecanismos y escenarios más concretos que respondan a la caótica vida política del país. En lo más inmediato, hay una dificultad importante por articular esta idea de participación con respuestas más efectivas a una amenaza que, en términos simples, se sintetiza en la alta posibilidad de un gobierno de ultraderecha en el 2018.

Las FARC, por su parte, le apuestan estratégicamente a una apertura democrática basada, sobre todo, en la apuesta por un gobierno de transición para el 2018. Acá pueden estar presentes, cuando menos, tres posiciones sobre la democracia: i) que la consecución de un espacio político nuevo que sea favorable a la implementación de los acuerdos contribuye a la construcción de una correlación de fuerzas menos adversa a proyectos políticos nuevos y distintos a los de las élites tradicionales en Colombia; ii) que lo anterior, en sí mismo, es un aporte real a la pluralidad democrática que responde a lo posible y lo realizable en nuestras condiciones históricas y le da cabida a proyectos que se plantean cambiar el modelo económico, político y social del país; iii) que la relación con “las masas” o “la movilización social” o “las bases”, en lo inmediato, es de apoyo y defensa a todo el trabajo que implica una transición tal.

Las FARC ligan democracia a oportunidad política (a lo que en términos reales puede hacerse en el corto y en el mediano plazo para, a través de ello, generar ciertas condiciones en el futuro más lejano) y esta apuesta tiene serias implicaciones y retos. Por un lado, están entrando en un escenario en donde, como decía Alfredo Molano en entrevista para La Silla Vacía, “ya no tienen masas por dirigir sino una opinión pública por convencer”3. Si lo miramos con detenimiento, esto puede significar varias cosas. De entrada, cuestiona una visión instrumental sobre la construcción de base, en la que los expertos esta vez no son los pilotos liberales pro-Clinton, sino (también ocurre) los dirigentes de un proyecto político revolucionario. Pero, además, nos indica que no basta con las bases/aliados/redes de apoyo campesinas, urbanas y de otros sectores que puedan tener para defender la transición. Primero, porque aunque amplias, no son suficientes para lo que implica llegarle a la enorme cantidad de pasajeros de este avión que hicieron que ganara el No, que por muy poco logran que ganara Zuluaga en la última elección presidencial, que tuvieron a Uribe ocho años en el poder y que tienen mucho para subir a la ultraderecha en el 2018. Estos pasajeros no son outsiders barbáricos salidos de la nada que, repentinamente, hicieron que ganara el No. Si hay una conclusión mínima con esta experiencia es que la derrota del Sí nos recuerda lo complejo que es el escenario político y social en Colombia. Y, para lo que nos ocupa, lo que nos queda claro es que estos pasajeros no se van a movilizar poniendo el himno de la Internacional Comunista en las plazas públicas.

Pero, por otro lado, no hay que perder de vista que la cuestión no es simplemente de conseguir o adivinar los mensajes más atractivos, brillantes e incluyentes que conmuevan a la mayor cantidad de colombianos posible. Las grandes estructuras clientelares, las redes de corrupción, los actores de la violencia que quedan después de las insurgencias y que nos recuerdan que el conflicto armado (sí, no solo el político y social, sino también el armado) sigue después de estas negociaciones, le plantean a las FARC una pregunta muy grande sobre cómo van a hacer política sin armas en medio de este enredo.

No digo que la cuestión de cómo se presentan las cosas y qué discursos son más efectivos sea algo menor; más bien creo que de lo que se trata es de que la izquierda asuma la importancia de un entendimiento de los intereses concretos de cada uno de los proyectos que componen la realidad política del país y la filigrana de la actual correlación de fuerzas. A partir de ello, plantearse las estrategias y mecanismos más efectivos para confrontar democráticamente al Statu Quo.

Sin que sean las dos únicas en el país, estas dos tesis (FARC/ELN) marcan una serie de tendencias muy importantes para las visiones de democracia hoy en juego desde la izquierda. Pensar la estrategia política más democrática para la Colombia del 2018 supone una complejidad que, lejos de ser evidente, implica decisiones acertadas sobre una serie de variables que componen la singularidad del panorama político de nuestro país. Más que reglas demasiado abstractas sobre lo que debe o no debe ser la democracia, si la izquierda quiere conseguir escenarios de poder alternativos (más democráticos) debe apelar a un examen juicioso y detallado de nuestro presente histórico, en el que se asuma, sin pragmatismo arbitrario pero sin lecturas demasiado románticas, qué es lo que se busca, qué es lo que se propone y qué es lo que se ataca, en especial en función de las necesidades históricas que como país tenemos para construir una democracia más justa.

  1. http://www.newyorker.com/cartoons/a20630
  2. “That nobody could possibly do a better job than the professionals is a core belief of elite liberalism. Suspicious of mass democracy and emboldened by the fall of the Soviet Union, elite liberals came to assume that we’d reached the end of history — that every other social order had been tried and proven inferior. Capitalist democracy, stewarded by sharp, well-intentioned experts, had allegedly emerged from the scrum as the unquestioned victor”.
  3. http://lasillavacia.com/historia/si-las-farc-insisten-en-los-viejos-esquemas-los-habran-emboscado-59215