Nicolás Villa Moya

* Nicolás Villa Moya

IInternacionalista de la Universidad del Rosario y magíster en Administración Pública de la Universidad de Leiden. Cursó estudios complementarios en Política Pública Europea en el Montesquieu Instituut de La Haya y Cooperación Internacional para el Desarrollo en la Universidad del Rosario. Fue miembro fundador (alumni) de The Hague Governance Quarterly y actualmente se dedica a la docencia en facultades de Negocios Internacionales, Relaciones Internacionales y Ciencia Política. También es analista internacional para la cadena RT.

El 19 de febrero de este año el pueblo ecuatoriano acudirá a las urnas para elegir al presidente de su país para el periodo 2017-2021. Sin embargo, más allá de la inconmesurable significancia que aquella decisión tendrá para el futuro de nuestro vecino, esta columna se centrará en la manera de gobernar, la persona y el legado del Jefe de Estado que dejará su cargo cuando concluyan las elecciones de febrero. Me refiero a Rafael Correa, un presidente que desde la mirada de cualquier disciplina académica que busque explicar el acontecer político de la humanidad, ciencia política, economía, relaciones internacionales, etc., alcanzó logros antaño impensables que han sido debidamente aclamados en el mundo, en la región, y en su propio país. Mientras en Colombia, un país arrasado políticamente (no me cansaré de decirlo mientras así sea) no nos hemos dado por enterados del tamaño y calidad del fenómeno político que ocurrió allí no más, al “ladito” nuestro.

La historia de Correa como presidente comenzó con tintes literarios. Corría el año 2005 y Lucio Gutiérrez, quien fuera la mismísima personificación del traidor de la canción de León Gieco (Sólo le pido a Dios), ejercía como presidente en Ecuador. Gutiérrez había ganado las elecciones de 2002 sustentándose en su pasado de militar de izquierda golpista, abanderado de las causas indígenas, populares y de las clases medias. Sin embargo, al poco tiempo de inaugurar su cargo traicionó a las bases de izquierda que lo habían llevado al poder; primero viajó a Washington para comunicarle a George W. Bush que quería “ser su mejor amigo y aliado” y apoyar a Álvaro Uribe en la región. Según reportes de prensa, Gutiérrez llegó cinco minutos temprano a su reunión con Bush, tomando por sorpresa a todos los ecuatorianos, quienes estaban acostumbrados a que el Presidente siempre llegara tarde a sus compromisos en Ecuador.

Como si esto hubiese sido poco, Gutiérrez ahondó en su traición a los sectores de izquierda que lo habían apoyado, selló pactos con la derecha ecuatoriana, concentró poder para evitar la oposición democrática, y nombró familiares cercanos y lejanos en altos cargos de la función pública. Más aún, quizás el golpe más fuerte de Lucio Gutiérrez a su propio país fue la carta de intención para el Fondo Monetario Internacional (FMI) firmada el 10 de febrero de 2003. Mediante esa carta, el gobierno de Ecuador se había comprometido a aumentar las tarifas de los servicios públicos, incrementar el precio de la gasolina (y por ende de la canasta familiar), privatizar empresas estatales, congelar salarios y llevar a cabo despidos masivos de funcionarios públicos, todo con la finalidad de pagar la deuda a la banca internacional (¿les suena familiar?). Si el petróleo rentaba menos de lo esperado, Ecuador debía recortar el gasto social para cumplir con la deuda; si rentaba más, el excedente, también debía ser destinado a pagar la deuda. Los bancos antes que la gente, Ecuador a cambio de nada.

La situación se tornó cada vez más insostenible hasta que el 20 de abril de 2005 el pueblo ecuatoriano no soportó más a sus malos gobernantes. La gente, en la llamada Rebelión de los Forajidos derrocó a Gutiérrez. Después se unieron las Fuerzas Armadas. El vicepresidente de Gutiérrez, Alfredo Palacio, quedó en el poder.

En el 2006, un doctor en economía, quien había renunciado a su cargo de Ministro de Economía y Finanzas durante el gobierno de Palacio, por estar en contra de un tratado de libre comercio con Estados Unidos, se lanzó para la presidencia. Rafael Correa ganó en segunda vuelta. Desde que comenzó su mandato no ha dejado de dar lección tras lección de lo que puede hacer la izquierda por un país, sobre todo un país latinoamericano.

Más que una cronología de los logros de Correa -que son muchos, importantes e históricos- en sus tres mandatos, es importante analizar la manera en que Correa destrozó muchas ideologías (sentido común, lugares comunes) que se arguyen sobre los gobiernos de izquierda, ante cualquier intento de emancipación. La derecha utiliza estos argumentos para desanimar los esfuerzos para mejorar las cosas, y terminan llegando a la gente de todas las corrientes políticas.

El primer mito sobre la izquierda desmontado por Correa fue el de esa ideología común que contrapone a una izquierda atrasada, fuera de contacto con la realidad de las cosas, paquidérmica e ingenua, con la tecnocracia educada, eficiente, científica y realista de la derecha. Correa y su pensamiento de izquierda demostraron quiénes realmente pueden hacer las cosas bien. Demostró que la izquierda fue la única capaz de lograr mejoras en la vida cotidiana de la gente y alcanzar auténticos avances en el desarrollo de todos los ecuatorianos.

Sus aportes en el terreno de la ciencia económica (que no merece ese nombre) aplicada son muy refrescantes. Acabó con mito tras mito de la derecha en la política, en la academia, en los medios. Alcanzó logro histórico tras logro histórico, aquellos que nunca alcanzó la derecha.

Entre 2007 y 2014 el índice de Gini disminuyó de 0,543 a 0,454 (sumado al hecho de que la educación y la salud son gratis). Nunca antes había bajado de 0,5 en Ecuador. Muy contrario a lo que dice la derecha (la izquierda iguala por lo bajo, reparte pobreza), los gobiernos de izquierda de Correa lograron disminuir la inequidad y garantizar derechos sociales y laborales con un crecimiento sostenido del 3%. Más alto que el del Chile de Piñera en la misma época.

Todo esto sin regalar o subastar a Ecuador. Sin privatizaciones, sin tratados de libre comercio, sin arrodillarse al gran capital internacional, sin tonterías de derecha. Entre 2007 y 2016, la pobreza se redujo en 14,5%, el salario mínimo subió 115% (también se eliminó la tercerización), la inversión pública sirvió como fuente de desarrollo pasando del 3% del PIB al 15%, el desempleo disminuyó de 5,5% a 4,8% (empleo real, con verdaderas garantías laborales), ¡la deuda pública pasó de ser el 76,4% del PIB a ser el 29,9 %! No en vano, el reconocido economista de la Universidad de Cambridge Ha Joo Chang les advirtió a los ecuatorianos en una conferencia reciente, “si hacen las cosas mal y le devuelven el gobierno a la gente que manejaba 1% de crecimiento (i.e. la derecha, la partidocracia, las 20 familias de siempre) habrá una consecuencia seria para su bienestar”.

En Ecuador, el contrato a término indefinido es la modalidad principal de trabajo, y las amas de casa tienen pensión de jubilación, invalidez y seguro de muerte. Correa propuso un impuesto a las herencias (donde los más ricos son los que pagan montos considerables). Es sobre todo, una visión de la sociedad donde los ricos no pueden hacer lo que quieran con su plata sino que deben pagar para que precisamente siga existiendo la sociedad de la que tanto se benefician, al garantizar los derechos de todos.

Y así fue como Correa dejó en evidencia a un establecimiento nacional e internacional que posa de tecnócrata y científico. Más de un académico y funcionario de derecha tuvo que aceptar lo errados que son los planteamientos neoliberales, inclusive para el desarrollo capitalista. Lo que la derecha llama “ciencia económica” demostró no ser más que brujería egoísta y malintencionada. Como dice Žižek , “solo la izquierda puede salvar al capitalismo de sí mismo”. No en vano, Correa es conferencista habitual en universidades de Europa y Estados Unidos, con tal éxito que la visión económica y gestión de Rafael Correa han servido de modelo de política pública en el viejo continente. Europa aprendiendo de Ecuador, mientras en Colombia todavía se dice que la izquierda es atraso.

Otro hito de la gestión de Rafael Correa fue poner en evidencia a los poderes fácticos. No les temió a los ricos. Puso en evidencia a los medios de comunicación privados como los actores políticos que son, igualmente logró exponer sus verdaderas intenciones, es decir, salvaguardar sus intereses privados a toda costa escudándose en la libertad de expresión. Para los medios de comunicación privados de América Latina, la libertad de expresión no es más que la negación del octavo mandamiento cristiano; “no darás testimonio falso contra tu prójimo”. Entre más mintieron y manipularon, más quedaron en evidencia y ya van tres elecciones perdidas por esos mentirosos.

También le dio lecciones a cierta izquierda latinoamericana posmoderna que no cree en el conocimiento como fuente de emancipación. Que cree que la filosofía europea no tiene nada que ver con América Latina. Si alguien logró poner en el radar del mundo lo que está pasando en América Latina con los gobiernos de izquierda fue Rafael Correa con su proyecto de modernidad exitoso, fue más moderno que los modernos (posmodernos ahora), en el sentido de la emancipación humana, del buen vivir, del capital al servicio de la humanidad. Allá quieren gobernantes como Correa. Los necesitamos en todos lados. Los “tecnócratas” latinoamericanos de derecha solo pueden guardar silencio.

Más todavía, el conocimiento al servicio de la emancipación no creo una distancia (más allá de la que engendra el poder presidencial por su naturaleza) con el pueblo ecuatoriano. No fue un elemento de exclusión sino de pedagogía para que la gente entendiera (entendiéramos) cuáles fuerzas gobiernan y qué intereses tienen los distintos actores políticos. Fue muy grato ver a El Mashi no solo dictando conferencias en x o y universidad Europea sino también cantando Comandante Che Guevara o El pueblo unido jamás será vencido junto a Quilapayun. También arengando a los venezolanos durante el 10º aniversario de la revolución bolivariana junto Chávez, Evo, Zelaya y demás.

Su aporte para la integración latinoamericana fue contundente. Además, no se cansó de demostrar que la relación con Estados Unidos no tiene que determinar nuestro destino como región, se puede resistir al imperialismo yanqui y sobrevivir para contarlo. La integración latinoamericana no pasa por Estados Unidos. En momentos donde el acontecer de la humanidad entera muchas veces solo engendra desesperanza, Rafael Correa nos dio verdaderos argumentos y hechos para sentirnos orgullosos de ser latinoamericanos y de izquierda. Ese es su mejor legado.

Hubo muchos más logros y lecciones de los que fueron expuestos acá, por ahora resumo con los que mencionados.

¡Gracias Presidente!