Andrea Barrera

* Andrea Barrera

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia con título de maestría en ciencias sociales, especialidad en género, política y sexualidades de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias sociales -EHESS-. Adelanta estudios de doctorado en sociología y género en la Universidad Paris 7. Integrante del grupo de investigación en Teorías Políticas Contemporáneas -TEOPOCO- y del Colectivo Adelinda Gómez: territorio, género y violencias

Que a las mujeres se nos golpea, ultraja y asesina cotidianamente no es un secreto. Al contrario, es una verdad que, de una u otra manera, todas y todos conocemos, pues cada vez que un crimen escalofriante capta la atención de los medios de comunicación, se publican y se repiten incesantemente cifras propias de una historia de terror. Entre esas cifras encontramos, por ejemplo, que a pesar de la aparente disminución de los feminicidios en el país, desde el 2008 la tendencia de este crimen contra las mujeres no ha variado, que cada tres días una mujer es asesinada por ser mujer (feminicidio) y que el 80% de ellas mueren a manos de su ex(pareja) –hombre, lo cual pareciera una evidencia (¡aunque claramente no lo es!), pero que, al no ser dicha, contribuye al ocultamiento de quienes ejercen mayoritariamente las violencias contra las mujeres. Y, sin embargo, a pesar de ser enunciadas y repetidas hasta el cansancio, ni estas cifras ni las historias tremendamente dolorosas de mujeres y niñas asesinadas, suelen contribuir al reconocimiento del carácter político de las violencias contra las mujeres.

A finales del año pasado, el “país”, por ponerlo de alguna manera (muy insuficiente), se estremeció al conocer la tortura, violación y asesinato de Yuliana Samboní. No era para menos. No entraremos en los detalles escabrosos de semejante crimen, que se pueden encontrar fácilmente en cualquier búsqueda rápida por Internet o recordar fácilmente si se vieron noticieros durante las primeras semanas de diciembre. Quepa simplemente recordar que, una vez conocida la historia, muestras de indignación se hicieron sentir en varias ciudades y municipios del país. Repetimos, no era para menos. Lo que tal vez no se dijo con suficiente claridad, porque de hecho quizás nunca se dijo en los “grandes” medios de comunicación (lo cual tampoco es una sorpresa), es que Yuliana no fue violada y asesinada por un “loco”, por un “rico con problemas de drogas”, mejor dicho, no fue asesinada por un “muchacho descarriado” hijo de una “familia de bien”, sino que su violación, tortura y asesinato constituyó un crimen de odio sexista, racista, de clase. Para ponerlo en términos muy superficiales, que un hombre adulto, blanco, rico, hijo de una familia reconocida e influyente de la Capital del País, que esa persona secuestre, viole y asesine a una niña indígena, hija de una familia pobre y en situación de desplazamiento, no es, de ninguna manera, una triste coincidencia. Todo aquello que pasó (y que duele en lo más profundo del alma) es una muestra de un determinado orden social que, sin mucho esfuerzo, nos deja ver qué vidas son válidas e importantes y qué vidas se pueden despreciar, ultrajar, eliminar, botar, humillar, acabar… Adivinemos cuál es cuál…

Yuliana o Rosa Elvira son solo los nombres de dos mujeres, de miles, de millones, que han sido asesinadas, en gran parte, “por ser mujeres”. Pero eso, al parecer, cuesta mucho entenderlo, quizás porque, en general, al lado de las horribles cifras sobre las violencias contra las mujeres, se presenta a los hombres que las han asesinado como “enfermos”, “monstruos”, “seres traídos de otro planeta inimaginable”, “seres espantosos pero excepcionales”, cuando, justamente, lo que las mismas cifras (muy incompletas, por demás) nos demuestran, es que no son seres en absoluto “excepcionales”, no son las típicas “manzanas podridas” de una sociedad que “respeta profundamente” a las mujeres, que nos ama (¡ay, nos ama tanto! Que como “bien” dicen por ahí: “entre más te quiero, más te aporrio”, ¡qué belleza esa –asquerosa- forma de querer!). Que cada tres días, una mujer sea asesinada por ser mujer puede ser muchas cosas, pero no es excepcional. Que, en ese mismo sentido, cada tres días un hombre, sí, un hombre (para evitarnos confusiones) asesine a quien es su pareja o lo fue, que sienta que puede (y debe -¡!-) acabar con la vida de esa mujer, puede ser muchas cosas, pero no es excepcional. Es trágica y dolorosamente frecuente, recurrente, “normal”.

Esos asesinatos que ocuparon las primeras páginas de los periódicos y que fueron cubiertos con insistencia por los noticieros son solo las caras (tristemente) visibles de un fenómeno social y político que, me parece, nos cuesta mucho reconocer: que a las mujeres se nos odia y que las violencias que se ejercen contra nosotras son un medio de expresión de ese odio y un mecanismo sumamente efectivo de control de nuestros cuerpos y de nuestras vidas. Siempre habrá voces que se esfuercen en negarlo (“pero no es cierto”, “así no somos todos” –cierto es-, “yo amo a mi madre como amo a todas las mujeres, ella me sacó adelante” –cierto es también, muchos hombres aman a sus madres y a muchas mujeres en sus vidas-). Pero, por más que se busque ocultarlo (con mucho éxito, además), las violencias contra las mujeres, todas y cada una de ellas, desde el insulto, pasando por el pellizco, la cachetada, la patada, hasta la violación, la tortura y el asesinato, hacen parte de un entramado, de un régimen político, que requiere que las mujeres seamos controladas y odiadas cada vez que damos muestras de hacer aquello que queremos y que va en contravía de lo que “se espera” de nosotras.

No es gratuito que todas nosotras hayamos sufrido alguna vez en la vida un tipo de violencia (¿quién no ha sido llamada perra, puta, tocada sin desearlo, abofeteada, humillada en público? Puede haber, ciertamente, pero pocas serán). No es gratuito que tengamos miedo de salir solas a la calle o coger un bus en la noche. Como bien lo han demostrado muchas feministas, no todas “necesitamos” ser golpeadas o violadas para sentir miedo, para sentir que debemos comportarnos de una determinada manera, en parte, para ser “buenas mujeres”. Y si de pronto algún día osamos pensar “que nos vale un carajo ser buenas mujeres”, no nos afanemos, recibiremos un insulto o un golpe que nos “recordará”, que “sí, claro que sí queremos ser buenas, muy buenas mujeres”. Ah, y si nos atrevemos a pensar que podemos hacer lo que se nos antoje con nuestro cuerpo, “tranquilas”, no tardaremos mucho en ser “llamadas al orden”, con un “piropo” asqueroso, con una mirada intimidante (“galante” en opinión de algunos), con la noticia de la violación de otra mujer. Porque el control de las mujeres no requiere de una acción directa sobre todas y cada una de nosotras, no hace falta que todas seamos violadas para que todas y cada una de nosotras sienta miedo constantemente porque sabemos que puede pasar, que algo nos puede pasar ante los ojos (atónitos y muchas veces indiferentes de quienes nos rodean), que le ha pasado a muchas otras mujeres, que “no seremos ni las primeras, ni las últimas”.

Comenzando este 2017, un hombre de cuarenta años asesinó en Rio de Janeiro a “su” exesposa, a “su” hijo de diez años y a otras diez personas, para luego suicidarse. El caso, poco sonado en nuestro país, fue ampliamente cubierto por los medios de comunicación brasileños, de un lado, por la amplitud del crimen (doce personas asesinadas a tiros en medio de la celebración del nuevo año) y, por otro, por las cartas y los archivos de audio que el hombre (que ya había sido denunciado en varias oportunidades por quien era su pareja y madre de su hijo) dejó antes de cometer los asesinatos y que la policía encontró posteriormente. La manera en la que este hombre expresó, con toda claridad, su odio por quien fuera “su” esposa, a quien llamara puta tras asesinarla, y por ahí derecho, a todas las mujeres, incluyendo a Dilma Rousseff, nos muestra con una claridad escalofriante que las violencias contra las mujeres no son ejercidas por hombres “enfermos”, sino por hombres que odian a las mujeres, a todas (porque todas somos potencialmente putas y perras, para eso “sólo hace falta ser mujer”), y que están dispuestos a ejercer todo tipo de control (hasta causar la muerte) con tal de no ver a ninguna mujer atentar contra el “orden natural” del mundo, es decir, contra un orden en el que las mujeres vinimos al mundo para servirles, sin musitar palabra ni presentar queja alguna, a los hombres…

Esperemos que contra lo que cabe esperar, pero confiando en las luchas colectivas de tantas mujeres en el mundo, este 2017 nos permita avanzar en la eliminación de este “orden” político que permite (porque lo requiere para seguir existiendo) el desprecio por la vida de las mujeres.