Edwin Cruz Rodríguez

* Edwin Cruz Rodríguez

Politólogo, especialista en Análisis de políticas públicas de la Universidad Nacional de Colombia, magíster en Análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia, candidato a doctor en Estudios políticos y relaciones internacionales e integrante del Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia. Ha publicado varios artículos en revistas especializadas de distintos países. En 2011 obtuvo el primer lugar en el premio de ensayo sobre América Latina (categoría estudiante de doctorado) del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá

La desaprobación de Peñalosa por parte de la ciudadanía, como arguyó Semana, es producto de la incomprensión. Sin embargo, tal situación se explica por razones muy distintas a las que esgrime la Revista. La incomprensión es consecuencia de la ineptitud de su gobierno y no es posible remontar ese desastre con una estrategia mediática. Más aún, demuestra la arrogancia, la incoherencia y el anacronismo con que se ha pretendido defender lo indefendible.

El diagnóstico de Semana hace eco de la arrogancia típica de las élites políticas colombianas: si se desaprueba su gestión no es por su ineficacia, sino por la incapacidad del ignorante pueblo para comprender. Aunque en los últimos años hemos tenido varios ejemplos –recuérdese cuando el presidente de Ecopetrol, Juan Carlos Echeverry, pretendió refutar la opinión del experto Óscar Vanegas sobre los efectos adversos de la explotación del mineral, sugiriendo la búsqueda de “secuestros alienígenas” en Google-, se trata de un viejo resabio. Por ejemplo, convencido de la necesidad de que el País se especializara en sus ventajas comparativas, en 1849 José María Samper interpretaba la oposición de los artesanos al libre comercio, y su demanda de “alza de derechos” para productos nacionales, como “peroratas” producto de su marcada “ignorancia”:

“Todos los jóvenes que habíamos estudiado la economía política, y muchos que pensaban guiados por el simple sentido común, éramos adversos al alza de derechos, y yo la combatía en el Sur-Americano, como medida injusta y perniciosa, en tanto cuanto la protección pudiera encarecer los consumos y volverse casi prohibitiva. “(…) ¿Pero qué fuerza podian tener estos razonamientos económicos y de justicia, en el ánimo de unos artesanos que, si eran por lo general hombres de bien y patriotas, también eran casi todos muy ignorantes, sobre todo en asuntos de ciencia? En vez de agradecerme el interes que tomaba por el bien de los artesanos, casi todos se montaron en cólera al escuchar mis razones, y uno de ellos -un maestro herrero, Miguel Leon, muy conocido por sus desatinadas peroratas sobre la “tiraniberia” y otras cosas de ese jaez- pidió a gritos que se me hiciese bajar de la tribuna”1.

No era el conocimiento directo de las consecuencias que la competencia desigual con productos importados ocasionaba –la miseria del artesanado y la degradación moral de la sociedad– sino la ignorancia de la “ciencia” y de la “economía política” por parte del pueblo, lo que a los ojos de Samper explicaba la desaprobación del gobierno liberal. Hoy la “incomprensión” frente a Peñalosa solo puede provenir, en palabras de Semana, del “exceso de expectativas”, puesto que “el actual alcalde no solo es un gran ejecutor, sino también posiblemente el colombiano que más conoce la problemática de Bogotá. Su temperamento e imagen son secundarios frente a esta realidad”2.

Más allá de lo anecdótico, lo interesante del caso es que el mismo Peñalosa parece haberse creído ese diagnóstico. Solo la creencia en que la ciudadanía es ignorante e incapaz de comprender “la problemática de Bogotá”, podría explicar las grandes incoherencias en que ha incurrido. Atributos básicos que hacen comprensible algo son la coherencia lógica, el sustento en evidencias empíricas y la capacidad para sintonizar con el horizonte de sentido del “otro”, en este caso la ciudadanía. ¿Cómo aspirar a que la ciudadanía comprenda la gestión del Alcalde, si sus acciones frente a problemáticas clave carecen de lógica, para no mencionar la falta de evidencia y de sintonía?

Se presenta como un técnico urbanista, pero responde a los sesudos estudios para la preservación de la Reserva Van der Hammen diciendo que es un “potrero”; abandonó la iniciativa para hacer la línea de metro que dejó el anterior gobierno, respaldada por estudios del Banco Mundial y por el Gobierno Nacional, para hacer un metro elevado sin el debido sustento técnico; intervino “El Bronx” repitiendo los mismos errores y la misma improvisación en que había incurrido con “El Cartucho”, aunque haciendo más ruido; pretende privatizar dos de las empresas con mejor desempeño económico, la Empresa de Teléfonos de Bogotá (ETB) y parte de la Empresa de Energía de Bogotá (EEB), sin demostrar qué ganaría la Ciudad; y se presentó como un “independiente” –como lo había hecho en su primera administración, pese a que venía de la entraña del Partido Liberal-, aunque gobierna de la mano con Cambio Radical y probablemente cree que las obras que aspira a construir con los recursos de las privatizaciones servirán para terminar de pavimentar la campaña presidencial de su jefe político.

Peñalosa se hizo con el cargo gracias al espacio que los grandes medios de comunicación le concedieron para denunciar la “improvisación” y el “populismo” de Petro. Es curioso, por decir lo menos, que ninguna de sus peripecias le haya merecido tales epítetos. Hace tres años decía que el problema de Transmilenio, por citar solo otro caso, era de mala gerencia. Tras un año de su gobierno la situación –congestión del sistema, colados, fallas mecánicas, trancones de buses articulados, grandes ganancias para los empresarios privados en desmedro de los recursos públicos- sigue igual o peor. “La explicación oficial –dice Semana- es que era tal el caos dejado por la Alcaldía de Petro, que la sola tarea de poner la casa en orden requirió un año”. Al parecer la actual administración no solo considera a la ciudadanía como ignorante sino como incapaz de cualquier juicio racional. ¿Hasta cuándo la inoperancia de Peñalosa será culpa de Petro?

La estrategia de culpar al anterior alcalde podría funcionar si estuviéramos en Bogotá a fines del siglo XX, cuando las únicas fuentes de información eran los canales privados de televisión, los diarios de los principales grupos económicos o medios de la oligarquía, como la revista Semana, y cuando nadie se tomaba el trabajo de verificar, por ejemplo, si los títulos que exhibía el gobernante eran reales. Hoy, sin embargo, esta es una estrategia anacrónica. Los fallos de la alcaldía afectan día a día a los ciudadanos, quienes juzgan la gestión del Alcalde a partir del conocimiento directo de los problemas que tienen que padecer. Por consiguiente, difícilmente la ineptitud podrá camuflarse con editoriales sesgadas, campañas mediáticas o sonrisas fotogénicas.

En lugar de sugerir que el pueblo no comprende a Peñalosa, la revista Semana ha debido empezar por preguntarse si Peñalosa y, por extensión, las élites políticas colombianas, comprenden al pueblo, pues está visto que su vieja arrogancia se los impide por completo. Por eso carece de razón su diagnóstico cuando afirma que el “temperamento” del Alcalde es secundario frente a sus supuestas capacidades de gobernante. La arrogancia impide la comprensión, ésta requiere humildad, capacidad para relativizar la visión del mundo propia, el ego, para abarcar la ajena.

No es seguro que las iniciativas para revocar a Peñalosa prosperen, pero de tener éxito podrían darle una lección muy necesaria a las élites políticas de este país: para gobernar hay que comprender al pueblo.

  1. José María Samper, Historia de una alma. Bogotá: Universidad del Rosario, 2009, p. 275-276. La ortografía y los destacados son de la edición original.
  2. http://www.semana.com/nacion/articulo/revocatoria-a-enrique-penalosa/511543