Andrés Felipe Parra Ayala

* Andrés Felipe Parra Ayala

Filósofo de la Universidad de Los Andes, Magíster en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia. Doctor en Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la misma universidad

Frente al regreso de la Tauromaquia a Bogotá los medios de comunicación han tenido una actitud pusilánimemente tibia. Tras la reapertura de la Plaza de Santamaría y las protestas que tuvieron lugar en sus inmediaciones, los medios han tomado partido por el “civismo”, el “diálogo” y el “consenso”. Lo cierto es que cuando están en juego los intereses de los poderosos, la neutralidad deviene norma moral del mezquino.

Que hay una conexión entre la así llamada fiesta brava y los poderosos es una verdad de Perogrullo. O en el lenguaje de los periodistas: una verdad del Jet Set. Al menos en Bogotá, los toros son cualquier cosa menos una fiesta popular y quienes asisten a verlos -no todos, pero sí una buena parte, la más influyente en el desarrollo y la permanencia de las corridas- pertenecen a las élites económicas y políticas del país.

Por supuesto, que algo sea hecho por las élites económicas y políticas del país no es un argumento para condenar esa actividad. Lo condenable es la propia tauromaquia y el hecho de que se siga practicando a pesar de su carácter vergonzante solo porque gusta a los poderosos. Pues eso es de hecho lo que explica su continuidad: si la tauromaquia fuera realmente una tradición cultural, no estaría en cuestión ni habría una oposición masiva a su realización por parte de la sociedad. Las tradiciones son tales solo si reafirman su fuerza y su sentido con el paso del tiempo y las generaciones. E indudablemente ese no es el caso de la tauromaquia en Bogotá. Los toros no son una tradición desdeñable y censurable -como, por ejemplo, el machismo ampliamente encarnado en los cuerpos y en las costumbres de nuestras sociedades- sino que ni siquiera son una tradición con peso propio en la Capital.

Pero los defensores de la fiesta brava, reconociendo que sus hábitos pierden cada vez más el estatus de una tradición, defienden la realización de la tauromaquia apelando a que todo es cuestión de gustos. Un gusto, por más que sea moribundo, es un gusto y debe ser respetado. Es más, suelen acompañar su argumento con una denuncia de doble moral o doble rasero por parte de quienes critican la fiesta y consumen carne y productos lácteos.

Hay que admitir que en buena medida la razón asiste a los defensores de la tauromaquia, si el argumento de quien censura el toreo se basa exclusivamente en que debe prohibirse su práctica con el fin de evitar el dolor de los animales. Si se trata de evitar el dolor, el consumo de lácteos y ciertas formas de criar animales para el consumo de carne deberían ser prohibidas. Si el punto es defender a los animales, el animal siente el mismo dolor si su vida será usada para el consumo humano o para la diversión. El animal no se sentirá más aliviado por saber que su vida sirve a la cadena alimenticia y no a un espectáculo dominical.

De este modo, el taurófilo afirma triunfante su argumento contra el animalista: hay una diferencia entre el ser humano y el animal, que autoriza al primero, siguiendo el proceso natural de la cadena alimenticia y sus jerarquías, para disponer de la vida sobre el segundo. El para qué se dispone es una cuestión secundaria y accidental frente a este hecho. Los gatos cazan para comer y también por ejercitar sus habilidades de caza -¿por qué los seres humanos no pueden hacer lo mismo? Oponerse a la tauromaquia de forma consecuente implicaría, entonces, oponerse a esa diferencia entre el humano y el animal en todos sus niveles y no solo en el nivel de la sensibilidad preformada caprichosamente por las caricaturas y los peluches.

Sin embargo, con ese tipo de “defensa” el taurófilo no hace sino traslucir el mal gusto de su propia naturaleza al traspasar a la batalla de los argumentos lo que tiene lugar en el ruedo: una batalla que se hace desigual por subestimar de entrada al adversario y poder anotarse una victoria fácil. Si bien es cierto que existen personas que se oponen a cualquier diferencia o jerarquía entre los seres humanos y los animales y por eso atacan la tauromaquia, esto último no es el caso de todos los que nos oponemos a la fiesta brava. De hecho, me parece que el argumento más contundente contra este tipo de prácticas que ligan el espectáculo con el maltrato animal no se basa en la impugnación de la diferencia entre los hombres y los animales, sino en el procedimiento contrario: la tauromaquia es censurable porque allí la diferencia y la jerarquía de lo humano frente a lo animal se desvanece y se diluye de una forma peculiarmente grotesca. Veamos.

Esto se deja ver fácilmente en la defensa intelectualmente conmovedora que algunos de los taurófilos hacen de la fiesta brava. En el 2012, Antonio Caballero aseguraba que, a diferencia de los mataderos, en donde los animales son convertidos en carne de forma cobarde, en la tauromaquia al toro se le daba la oportunidad de morir luchando. La tauromaquia tendría su encanto en que pone al torero y al toro en una lucha frontal de tú a tú, en el que cada uno da lo mejor de sí y exhibe sus propias virtudes (la “bravura” del toro y la “habilidad inteligente” del hombre) en esa delgada línea que separa la vida de la muerte. Es una situación extrema en el que cada ser hace movimientos, embestidas, pasos y estocadas impensables, productoras de placer estético, que solo son posibles precisamente bajo un ambiente extraordinario acondicionado por la lucha entre la vida y la muerte.

Este tipo de defensa de la tauromaquia es solo una exposición de escritura rimbombante sin ningún tipo de precisión conceptual. Decir que la lucha en el ruedo es una lucha de “tú a tú”, en donde el toro muere peleando con dignidad es solamente una fantasía intelectual, de un equívoco tan inconmensurable como imperdonable, producto de un autoengaño. No se puede llamar “deporte”, ni “lucha” a la competencia entre un ser humano y un animal, porque la contraparte (el animal) no sabe que está compitiendo o luchando. El toro no entiende de qué se trata la tauromaquia, ni cuáles son sus reglas, sino que solo reacciona instintivamente a los estímulos de la brega. El toro no reconoce al torero como su adversario, porque para reconocer a alguien como adversario se necesita comprender la naturaleza del espacio en el que el otro puede aparecer como un adversario de juego o de deporte; y eso es algo que no pueden hacer los toros, ni los animales en general. La idea del deporte o de la competencia implica necesariamente que aquél contra el cual se compite sepa y entienda que está compitiendo. Para jugar fútbol, tienen que haber varias personas que sepan que están jugando fútbol. Pero en la tauromaquia el toro no sabe que está luchando por su vida para dar lo mejor de sí (afirmarlo implica atribuirle una conciencia de forma injustificada). De ahí que describirla como “deporte” o como una lucha de “tú a tú” no tenga ninguna razón de ser.

Pero esta igualación entre el toro y el ser humano en el ruedo, además de que acarrea serios problemas conceptuales, es una subestimación indirecta del ser humano que “compite” contra el animal. Si un ser humano participa en una competencia de ciertas funciones intelectuales (como quién puede memorizar una secuencia de número más larga) contra un chimpancé -que no lo hacen nada mal, pero nunca igual que nosotros-, esa persona tendría, en el mejor de los casos, un problema de autoestima (o de inteligencia).

Algo similar sucede con la tauromaquia. Más allá del alarde y el lenguaje aparatoso de los defensores de la fiesta brava, la victoria del torero siempre será insignificante y aburrida por su propia naturaleza: la victoria de la inteligencia humana sobre la fuerza de un animal desorientado y confundido e incapacitado para huir. Es como ganarle a un chimpancé en matemáticas o reteniendo secuencias de números. ¡Todo un logro!

Se dirá que el torero puede pagar con su vida y eso hace que su victoria sea noble y no banal e insignificante. Lo que gana el diestro (el torero) no es otra cosa que su propia vida. Y eso debe admirarse. Sin embargo, en verdad no es así: a la primera corneada, el matador recibe ayuda para que el toro se aleje de él e inmediatamente obtendrá asistencia médica. No podría ser de otro modo, pues estamos hablando de la vida seres humanos que deben ser protegidas y cuidadas por la comunidad. Pero precisamente allí radica lo banal de la victoria en la tauromaquia: el torero no “gana” su derecho a vivir matando al toro o matando a otro ser vivo, pues ese derecho le pertenece ya desde antes de entrar al ruedo por ser parte de una comunidad civilizada. Condicionar el derecho a vivir del torero a que venza en el ruedo a su rival, que sería la única forma en que podría decirse que la victoria del matador no sea banal por definición, es simplemente un acto de barbarie inaceptable. La tauromaquia está entonces condenada a moverse patéticamente entre la insignificancia de la labor y las victorias del matador y la barbarie. Ese péndulo solo puede ser resultado de la peor de las farsas: la representación de la superioridad del ser humano sobre el animal dibujada desfiguradamente sobre las sombras de la cobardía y la felonía.

Ciertamente, este es el punto de la discusión: la tauromaquia no es condenable porque afirme una superioridad del hombre contra los animales, sino porque la desfigura y la presenta de un modo que no se corresponde con su propia forma de ser. La superioridad de las personas sobre las bestias no radica simplemente en que pueda comerlas y disfrutar de ellas. Decir esto sería animalizar la propia superioridad de la persona y reducirla a un hecho biológico de la cadena alimenticia: las personas no son superiores a las gallinas del mismo modo que el león es superior a la cebra. Lo que diferencia al ser humano de otros animales es que puede tematizar y hacer explícita la forma en que dispone de los otros animales y de la naturaleza para someterla a discusión. Y una de las enseñanzas de esta tematización es que no es bueno causar dolor gratuito a los otros seres vivientes -como lo que se hace en un espectáculo-, no porque esté en juego el dolor del animal como tal, sino porque de eso depende que se mantenga nuestra jerarquía frente a las bestias: nos diferenciamos en la naturaleza porque somos los que intentamos disponer de los demás animales, sin causar dolor gratuito en la medida de lo posible. Es de humanos, por ejemplo, saber dar el golpe preciso a los conejos para que estos no sientan dolor al morir o conocer la técnica correcta de despescuezar a una gallina para que muera ipso facto y no permanezca viva con el cuello torcido dando vueltas sangrando por el corral. De eso se trata la jerarquía del ser humano frente a los animales. La tauromaquia y los espectáculos con maltrato animal deforman esta jerarquía y por eso deben ser condenadas.