Mauricio Rivera

* Mauricio Rivera

Periodista, escritor, realizador de video y fotografo. Doctor en Comunicación y Periodismo de la Universidad de RMIT de Melbourne, Australia; Magíster en Comunicación Profesional con especialización en Escritura Profesional de la Universidad de Deakin de Melbourne, Australia; Comunicador Social y Periodista de la Universidad de La Sabana de Bogotá, Colombia. Actualmente dicta la clase: El Periodismo como 'arma democrática' en la era digital de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Otras muestras de su trabajo pueden verse en los blogs: http://elmr2.wordpress.com/ (español) y http://mr2blog.com/ (inglés)

En mi columna anterior, publicada antes de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, concluí que un triunfo de Donald Trump sería una señal inequívoca de que el mundo había entrado en una espiral de decadencia. Las primeras acciones del cuadragésimo quinto presidente de la nación más poderosa del Planeta confirman la profunda crisis que se avecina. En el ámbito local, en menos de una semana los ciudadanos estadounidenses vieron comprometido su acceso al servicio de salud pública y a pesar (o, mejor dicho, a causa) de las multitudinarias marchas de incontables mujeres, que se vieron amenazadas por la actitud depredadora del ahora comandante en jefe del ejército más poderoso en la historia de la humanidad. En cuestión de horas, el Magnate-Presidente les respondió reviviendo la llamada ley-mordaza (o gag-rule), instaurada originalmente en 1984 por el gobierno de Ronald Reagan, la cual impide que organizaciones internacionales distribuyan información dentro de los Estados Unidos acerca de los derechos reproductivos de las mujeres.

Hablando de 1984, la actitud beligerante de Trump ha disparado las ventas de la novela distópica de George Orwell. Esto ocurre mientras Steve Bannon, el otrora editor en jefe de la infame organización Breitbart News -el medio favorito de la llamada ‘derecha alternativa’ (o alt-right)- declara oficialmente a los medios como el ‘partido de oposición’ y su asesora y antigua jefe de campaña Kellyanne Conway se refiere a las mentiras de su presidente como ‘hechos alternativos’. Si a esto se le suman las acciones ejecutivas para construir el muro en la frontera con México y el veto a inmigrantes musulmanes que prometió en campaña, y que ya comenzó a aplicar (más allá de la sentencia de un juez federal que de momento ha frenado esta medida) con refugiados e incluso residentes estadounidenses provenientes de Siria, Libia, Irak, Irán, Sudán, Somalia y Yemen, las similitudes con el mundo orwelliano se han vuelto trágicamente inconfundibles.

Además de Bannon, la cercanía de Trump al Ku Klux Klan (KKK) se ve reflejada en el nombramiento de Jeff Sessions, senador del estado de Alabama, quien hace unos años bromeaba diciendo que había sentido simpatía por el KKK hasta que se enteró de que algunos de sus miembros fumaban marihuana. No obstante, quien a mi entender es el más preocupante miembro de un gabinete al que el célebre cómico inglés John Cleese comparó con la tripulación de un barco pirata, es el magnate petrolero Rex Tillerson: antiguo gerente general de la compañía Exxon Mobil, quien ha sido nombrado Secretario de Estado. La amistad entre Tillerson y Vladimir Putin, unida a la oscura participación de Rusia (un país cuya economía depende de la extracción de combustibles fósiles) en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre, auguran un nuevo ciclo de exploración, perforación y extracción a gran escala. Esto a pesar de que prácticamente la totalidad de la comunidad científica viene alarmando, desde hace décadas, acerca de la gran crisis que se avecina a causa del incremento progresivo de la temperatura promedio del Planeta.

Esta no es la primera vez que desde la Casa Blanca se torpedea la labor de científicos y ambientalistas. Dentro de lo simbólico, se puede nombrar cómo en 1986 Ronald Reagan retiró los paneles solares que su antecesor, Jimmy Carter, había instalado sobre el techo de esta en 1979. Entre las décadas de 1990 y el 2000, los dos presidentes Bush, provenientes de una familia petrolera de Texas, con sus guerras en el Golfo Pérsico y el nombramiento de Dick Cheney -antiguo gerente general de Halliburton: otra multinacional petrolera- como vicepresidente, continuaron retrasando el cambio en el sistema global de generación de energía. Cada vez son más los científicos que temen que perder una década más en este esfuerzo puede significar el desencadenamiento de una reacción en cadena -similar a la que hace aproximadamente 250 millones de años llevó a la llamada ‘Gran Mortandad’ que marcó el final del periodo Pérmico de la era Paleozoica, en la cual se estima que llegaron a extinguirse alrededor del 95% de las especies marinas y del 70% de las especies terrestres- ya que de llegar a derretirse los polos, en primer lugar, estos dejarían de reflejar los rayos solares de vuelta al espacio, y, por otro lado, se liberarían toneladas de gases de efecto invernadero, como el metano, que han venido acumulándose dentro del hielo polar (especialmente en el Ártico) por millones de años.

A esta comedia de horrores se le puede agregar el nombre de Scott Pruitt, reconocido detractor de la teoría del cambio climático y promotor de la facturación hidráulica (o fracking) -práctica que en los últimos años ha causado cientos de terremotos en su estado natal de Oklahoma- quien ha sido nombrado director de la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA), a pesar de que a la fecha ha demandado a esta misma institución en catorce ocasiones. También se le puede sumar otra celebridad de realities: el antiguo gobernador de Texas y candidato presidencial Rick Perry (quien gracias a su participación en Bailando con las Estrellas y al extenso repertorio de idioteces que ha declamado en numerosas entrevistas y debates políticos se ha convertido en una especie de meme viviente). Ahora, en su nuevo rol de Secretario de Energía, estará a cargo del arsenal nuclear de los Estados Unidos.

Ante este panorama tan desalentador, es difícil pensar en algo que se pueda hacer desde la aparentemente insignificante postura geopolítica de Latinoamérica. Sin embargo, a riesgo de caer en el lugar común, es importante recordar que detrás de toda crisis se esconde una oportunidad. En primer lugar, hay que aprender del ejemplo de la marcha de mujeres que se llevó a cabo en varias ciudades del mundo el día después de la posesión de Donald Trump. De este modo, es necesario coordinar la lucha en contra de la construcción de los oleoductos Keystone y North Dakota, con los esfuerzos que surjan en la región para detener la destrucción sistemática de nuestros ecosistemas. Es necesario que nuestras sociedades comprendan los efectos de la llamada ‘enfermedad holandesa’ y conozcan la trágica historia vivida por países como Irak, Nigeria o Venezuela a causa del petróleo.

Es importante que las naciones latinoamericanas basemos nuestro ideal de progreso para el siglo XXI en la conservación del medio ambiente, la investigación científica y el turismo ecológico. También debemos aprovechar que el supuesto ‘excepcionalismo’ pregonado por los Estados Unidos como eje central de su propaganda nacionalista se encuentra más devaluado que nunca, y tomar de una vez por todas la decisión de legalizar los cultivos de coca. De este modo, sería posible crear y regular una industria en torno a esta planta y limitar la expansión de cultivos que, a causa de la ilegalidad, ha propiciado la tala de miles de hectáreas de vegetación nativa. Al respecto, el otro día leía, con horror e indignación, una columna escrita por Miguel Ceballos: exviceministro de Justicia y decano de la Escuela de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda, publicada en la edición digital de la Revista Semana y titulada ‘Con coca no hay paraíso’, la cual es básicamente un llamado a apaciguar a la administración Trump, y en particular al secretario Tillerson, quien en la primera, y hasta la fecha única mención que el nuevo gobierno estadounidense ha hecho de Colombia, advirtió que iban a revisar hasta qué punto van a seguir apoyando el proceso de paz, y exigió, con tono autoritario, el “cumplimiento por parte de Colombia de los compromisos de frenar la producción y el tráfico de drogas”.

Los argumentos expuestos por el exviceministro Ceballos nos recuerdan que el desarrollo de un nuevo ideal de progreso, y la instauración de políticas que lleven a este, no van a ser promovidos por el establecimiento político actual, ni por jefes de estado como Juan Manuel Santos o Enrique Peña Nieto. Por eso, es necesario que el pueblo latinoamericano se una de manera masiva a esa oleada de movimientos sociales que parece haberse despertado tras la ascensión política de Donald Trump, y presione de manera constante a sus respectivos gobiernos, para que, por primera vez en los dos siglos y medio que llevamos de vida republicana, prioricen los intereses de la región sobre los de aquellos poderes políticos y económicos (como el gobierno de los Estados Unidos o la Exxon Mobil) que de manera progresiva nos van empujando hacia el colapso de la especie humana.