Martha Cecilia Herrera

* Martha Cecilia Herrera

Magíster en Historia de la Universidad Nacional. Doctora en Filosofía e Historia de la Educación Universidad Estadual de Campinas (Sao Paulo, Brasil). Profesora Emérita y Catedrática Titular de la Universidad Pedagógica Nacional. Fundadora del grupo de investigación Educación y Cultura Política (grupo A1 en Colciencias). Investigadora Senior 2015-2018. Ha contribuido al diseño y puesta en marcha de la Maestría en Educación y del Doctorado Interinstitucional en Educación de la Universidad Pedagógica Nacional. Miembro del Grupo de Trabajo CLACSO “Subjetivaciones, Ciudadanías Críticas y Transformaciones Sociales”. Dentro de sus publicaciones se encuentran: Herrera, Martha Cecilia; Pertuz, Carol. (2016). Educación y políticas de la memoria sobre la historia reciente de América Latina (Revista Colombiana de Educación. No. 71). Herrera, Martha Cecilia (2016). Los entramados de la violencia política en las memorias de maestros y maestras. Apuestas biográficas para su reconfiguración. (Educación y Cultura, Fecode, No. 114). Herrera, Martha Cecilia; Pertuz, Carol. (2015). Narrativa testimonial y memoria pública en el contexto de la violencia política en Colombia. (Kamchatka. Revista de Análisis cultural. No. 6). Herrera, Martha Cecilia; Pertuz, Carol (2015). Testimonio, Subjetividad y lenguajes femeninos en contextos de violencia política en América Latina. (Kamchatka. Revista de Análisis cultural. No. 5). Herrera Martha Cecilia. (2013). ¿Educar el nuevo príncipe: un asunto racial o de ciudadanía?. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional

Un país es una historia en común y esa historia tiene un montón de relatos.

Jesús Martín-Barbero.

Si fuéramos capaces de empezar las clases diciendo de dónde vengo yo, de dónde vienes tú. 

Jesús Martín-Barbero.

Con motivo de los acuerdos de paz con las Farc muchos excombatientes retornarán a la vida civil. Desde comienzos del mes de febrero nos han llegado imágenes de muchos de ellos desplazándose por los ríos en barcazas, atravesando trochas, caminos y carreteras, para llegar a las zonas de concentración1, en donde se iniciarán los procesos que los conducirán, de una o de otra manera, a su transformación subjetiva, para dejar de ser guerreros y ser ahora sujetos que harán uso de los recursos legales de la política para expresarse en la arena pública y, al mismo tiempo, hacer suyos los deberes y derechos que les implica ser ciudadanos con las debidas garantías que da un estado social de derecho. ¿Qué tan preparados estamos como sociedad para darles acogida? ¿Cuál es la hospitalidad que les podemos brindar para comprender su anterior trayectoria y respaldarlos en sus nuevos proyectos de vida? ¿Somos conscientes de que este es un proceso de larga duración que no se resolverá de manera mágica y que a cada uno de nosotros nos corresponde poner nuestro granito de arena desde ahora y durante muchos años más?

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Grupo de guerrilleros en tránsito hacia “La Carmelita”, en el departamento del Putumayo. Fuente: http://www.radiosantafe.com.

Sabemos que esto no será fácil por mil y un motivo y, aún así, todos debemos contribuir a reconstruir el tejido social y las subjetividades trastocadas por tantas décadas de conflicto armado2. En este sentido es primordial llevar a cabo estrategias que posibiliten la expresión en el campo de la memoria pública de las subjetividades de quienes estuvieron involucrados y afectados de modos diversos en y por el conflicto armado, para conocer los procesos de configuración subjetiva que han implicado sus vivencias y sus posibilidades de reconfiguración en el presente y sus proyecciones de futuro.

Varias iniciativas vienen contribuyendo en esta dirección desde las narrativas testimoniales, para dejar hablar a través de ellas a los sujetos afectados por la violencia política: alzados en armas, desplazados, diversos tipos de víctimas y familiares de estas. Un sin fin de voces que se agolpan de manera tumultuosa queriendo atravesar los pliegues estrechos de un país intolerante que se niega a reconocer lo que hay en cada uno de nosotros, como sociedad, de los problemas y asuntos que se juegan en la violencia política y en el conflicto armado colombiano. Las narrativas son espejos que nos hablan desde lenguajes otros y en los cuales debemos aprender a mirarnos, algunas son literales, otras ficcionales, plasmadas en diversos formatos: escritos, visuales, pictóricos, escénicos, entre otros. Al respecto, existe un amplio corpus documental que viene acrisolándose desde décadas atrás y que debemos rescatar para su difusión, trabajo y reflexión en torno a una pedagogía de la memoria en tiempos de posconflicto.

Dentro de estas narrativas quisiera evocar una de las que se relacionan con el río, en honor a las imágenes que han mostrado los medios de comunicación en este febrero, con barcazas repletas de sueños y esperanzas en un futuro posible, nuestro futuro. Los ríos que tantas cosas han callado, los ríos que tanto han visto y ocultado. Los ríos que tantos muertos han llevado en su diario transcurrir, “tu que puedes vuélvete, me dijo el río llorando”. Tal vez ahora estos mismos ríos estén trayendo buenas nuevas, tal vez podamos mirarlos fluir sin tanta inquietud y sumergirnos en ellos para emerger de nuevas maneras. Pero para ello debemos dejar que también nos hablen de todo lo que llevan consigo y forma parte de nuestra memoria, ya que, aunque muchos de los recuerdos que traigan a su paso nos aprieten el corazón, son legados que deberemos incorporar como nación.

En el brazo del río, se llama la novela testimonial de Marbel Sandoval3 en la que se recrea una historia recuperada de un expediente judicial y de su condición de corresponsal de guerra en el Magdalena Medio Santandereano, en la década del ochenta, en donde se llevaron a cabo enfrentamientos entre las Farc y los paramilitares y de los cuales fueron víctimas muchas personas que no pertenecían a ninguno de los bandos. En esta narrativa Marbel nos deja entrever a retazos la vida de Paulina, cuyo cuerpo tal vez subyazca en las aguas del río, a través de los recuerdos de una de sus amiguitas, Sierva María: “El cuerpo de Paulina Lazcarro nunca fue encontrado (…) De todas maneras hay noches en que ella me llama (…) Me empieza como una desazón y tengo que bajarme a la orilla del río” (p. 13).

Marbel da cuenta de la amistad entre Paulina y Sierva María, dos niñas cuyos destinos se encontraron y cuyos sueños se truncaron de una u otra manera a causa de la violencia. Sirva María recupera la voz de Paulina, con la línea de fuga que solo nos puede dar la ficción, para narrar su sufrimiento y humillación, para hablar a través de ella de tantos muertos, nuestros muertos, de vidas que han sido cegadas en los campos por el móvil del despojo de tierras, una de las características de nuestro conflicto armado que se solapa con la violencia social.

Personas que fueron asesinadas marcadas con motes de guerrilleros o comunistas, pero cuyo estigma se ve desmentido por los testimonios de los vivos, por su presencia implacable que podremos percibir una vez nos quitemos las vendas de la indolencia, tejidas en nuestros seres por la violencia:

Lo que le pasó a Paulina sólo lo puede saber ella y los que se lo hicieron, porque aquí llegaron las noticias con los hechos ya terminados, es decir, con las publicaciones en la prensa y con los campesinos que empezaron una romería por el río hasta que fueron como tres mil los que se tuvieron que apretujar en los patios de escuelas y en los parques (…) Miré hacia todos lados y en todos me encontraba más o menos la misma gente repetida. Campesinos de piel curtida, con manos gruesas, mujeres con hijos cargados, o parados a su lado, algunos lloraban, otros sólo miraban como yo” (pp. 27, 88).

En su narrativa Sandoval teje los hilos inconexos de las noticias de prensa que aluden a una masacre dada en 1984 (en la vereda Vuelta Acuña del municipio de Cimitarra, Santander) y que indican el papel crucial de los medios de comunicación, para instalar verdades parciales que se ciernen como juicios sobre los individuos, y de los cuales solo los puede redimir el trabajo crítico que hagamos en torno a reconstrucciones en las que se siembran sombras de duda sobre seres inocentes.

Trabajo crítico de redención que hace la chiquilla Sierva de Dios, decidida a entender con claridad la masacre llevada a cabo por los Masetos en Cimitarra, armando como piezas de un rompecabezas las versiones de la misma, enseñándonos a desconfiar de los relatos parciales y a hacer caso omiso a palabras como las de su madre, quien le aconseja que: “deje las aguas quietas y no se meta mucho en eso”. Frente a lo cual ella piensa que “es como si la indiferencia se hubiera vuelto carne y habitara entre nosotros” (pp. 99-100). Situación que hace emerger en Sierva, frente a tantos dilemas a los que se debe enfrentar, una necesidad imperiosa de formarse sus propias opiniones sobre el conflicto.

Detrás de cada hecho tuve que aprender a preguntarme cuál era su motivo y a no conformarme con las primeras respuestas que me llegaban. Era como descorrer velos y velos para llegar al último. Igual me había pasado con las noticias. Ahora las leía con desconfianza y con cuidado. Para eso tenía mi cuaderno de recortes. Es posible que llegara a coleccionar todo lo que decían de un mismo hecho, pero ¿cuál sería la verdad? Mi verdad era que todavía no cumplía catorce años y que un día, y de una sola vez, me tocó abrir los ojos, sólo que no me gustó la luz que me llegó, porque me decía que no siempre podía confiar en lo que veía bajo el primer rayo y también que podía no gustarme lo que viera” (p. 123).

Así, la búsqueda de Paulina se convierte en un imperativo ético para Sierva de Dios que le lleva a sopesar los móviles de la guerra, a observar el actuar de las instituciones gubernamentales marcadas por la desidia y la incompetencia, a rebelarse frente a la indolencia social y a lo que parece un sino inexorable y no susceptible de modificación:

Luego de su desaparición no he podido dejar ni un solo momento de interrogar cada hecho que me cuentan y de sorprenderme ante la pasmada indiferencia con la que la gente ve enseñorearse la muerte, reinar la corrupción, pasar los días y ocultarse el sol, como si fuera un destino que no se pudiera cambiar, por eso tal vez es que Paulina me llama desde el fondo del río, no creo que sea un llamado desde la muerte, creo que es una súplica para que no la olvide, para que mi memoria sea su memoria, para que el olvido no la sepulte a ella para siempre. Me llama y yo la escucho” (p. 157).

Pienso que narrativas como ésta nos ayudan a percatarnos de que quienes nos llaman ahora, en el 2017, desde barcazas en las que se aproximan a sus nuevos destinos, están vivos y vienen de la guerra y de nosotros depende escucharlos, para que sus experiencias y las de quienes se vieron involucrados y afectados por ella, no se suman en el ostracismo que conduce a la muerte y al olvido de historias que nos pertenecen. Un tiempo de posconflicto nos debe llevar a acoger y respaldar a los sobrevivientes de nuestras guerras, a que puedan decirnos con alegría: por el río voy llegando y quiero que alguien me esté esperando. Por el río voy llegando vidita mía te quiero allí. De este modo ayudaremos a resignificar los ríos y los senderos, nuestras búsquedas y recorridos, con metáforas de hospitalidad y acogida desde el nosotros ciudadano, desde la responsabilidad que nos compete como colombianos y colombianas en la perspectiva de un futuro sin conflicto armado, de un mundo mejor para nosotros y nosotras, y para nuestros descendientes.

  1. En total se esperan 6.200 guerrilleros, de los cuales el 32% son mujeres (1.700). Este número no incluye milicias, con presencia en zonas urbanas y rurales.
  2. Se dice que aproximadamente el 15% de la población del país ha sido afectada por el conflicto. En la actualidad se menciona una cifra de ocho millones de personas en condición de desplazamiento forzado por causa del conflicto, lo que nos sitúa en los primeros lugares a nivel mundial con esta problemática. En cuanto a desapariciones forzadas, en lo referente a América Latina se consideraba que había sido estadísticamente más significativa en países como Chile y Argentina; pero, en la actualidad, los nuevos datos estadísticos sobre Colombia sobrepasan de modo preocupante las cifras de estos países, puesto que en el 2015 se informó de aproximadamente 45.000 personas desaparecidas a partir de 1985. (Tercer Encuentro Nacional de Desplazamiento Forzado. Centro Nacional de Memoria Histórica, 2016; Informe ¡Basta Ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad, 2013).
  3. Sandoval, Marbel. (2006). En el brazo del río. Medellín: Hombre Nuevo Editores.