El Dieciocho Brumario de Donald Trump

on Lunes, 13 Marzo 2017. Posted in Artículos, Edición 101, Donald Trump, Teoría marxista , Internacional, Andrés Fabián Henao, Participación política

101 Henao

En este artículo argumento que la elección de Donald Trump es una farsa histórica en el sentido político que Marx le atribuye a dicho término, en donde la farsa es una herramienta crítica para entender la profunda desconexión existente entre la radicalización del movimiento social de base y su representación política en las instituciones del Estado.

 

Andrés Fabián Henao
Fuente de la imagen: https://lared.com.gt

Hegel dice en alguna parte que todos los hechos y personajes de importancia en la historia universal ocurren, por así decirlo, dos veces. Pero olvidó agregar: la primera como tragedia, la segunda como farsa

(mi traducción, Marx, The Eigtheenth Brumaire of Louis Bonaparte [2004], p. 15)

Según el calendario de la Revolución Francesa, el dieciocho brumario corresponde al día (9 de noviembre de 1799) en que Napoleón Bonaparte culminó el movimiento contra-revolucionario burgués en Francia con el establecimiento de una dictadura militar, el evento que marcaría para Karl Marx una verdadera tragedia histórica. El dieciocho brumario de Louis Bonaparte, por otra parte, hace referencia a la repetición histórica de aquel coup d’état en el coup de tête que dio el sobrino el 2 de diciembre de 1851, en donde el bufón trata de personificar al héroe de la burguesía en el evento que marcaría para Marx una verdadera farsa histórica.

De una tragedia histórica a una farsa, lo que Marx describe es un modo de comprender políticamente la historia a partir de la relación existente entre el vector de las fuerzas sociales revolucionarias y el estado de las instituciones políticas en donde dicho movimiento se ve representado. La Revolución Francesa es trágica porque las luchas sociales progresan según el vector ascendente de su radicalización social, en donde la clase menos revolucionaria se apoya en la más revolucionaria para destruir el poder de la clase dominante, sin que la sucesión de sus etapas revolucionarias culmine en la instauración de una verdadera emancipación social, de ahí la tragedia, sino que culmina en una contra-revolucionaria dictadura militar. Así pues, al gobierno de los Constitucionalistas lo sucede el gobierno más radical de los Girondistas, y a este aquel más radical de los Jacobinos, pero en dicha radicalización no son finalmente los sans-culottes los que gobiernan democráticamente Francia desde las organizaciones sociales de base, sino que es Napoleón el que destruye aquel proyecto emancipatorio con la reinstauración final del Imperio.

La Revolución Francesa que tuvo lugar entre el 24 de febrero de 1848 y el 2 de diciembre de 1851 es una farsa porque en dicha revolución sucede todo lo contrario, el presunto avance de la revolución tiene a la clase más revolucionaria apoyándose en la menos revolucionaria hasta culminar con la elección del farsante. Como bien lo dice Marx, el partido proletario aparece como un apéndice del partido democrático pequeño-burgués, que a su turno se apoya en el partido republicano de la alta burguesía, más reaccionario y conservador, y el que a su vez se apoya en el ultra-retrograda Partido del Orden, en donde los Legitimistas—que agrupan a los grandes terratenientes junto con los curas—se unen a los Orleanistas—que agrupan al capital financiero e industrial en conjunto con los abogados—frente a la insurrección popular de junio. Es en este contexto que las contradicciones se multiplican y, como lo dice Marx, la farsa tiene a “constitucionalistas que conspiran abiertamente contra la Constitución; revolucionarios que se confiesan constitucionalistas,” en síntesis, “pasiones sin verdad, verdades sin pasión; héroes sin hechos heroicos, historia sin eventos” (mi traducción, Marx 2004, p. 43).

En este artículo argumento que la elección de Donald Trump es una farsa histórica en el sentido político que Marx le atribuye a dicho término, en donde la farsa es una herramienta crítica para entender la profunda desconexión existente entre la radicalización del movimiento social y su representación política en las instituciones del Estado. En la historia reciente de los Estados Unidos, dicho movimiento revolucionario emerge con la ocupación de Zuccotti Park el 17 de septiembre del 2011, en donde el movimiento Occupy hace un llamado político por la igualdad social bajo la imagen del famoso ratio de desigualdad económica existente entre el ultra-rico 1% y el 99% restante. El problema de dicha movilización no solo tuvo que ver con el hecho de que el 99% también incluye a quienes ganan más de 300 mil dólares al año, sino que el carácter exclusivamente económico en el que se buscó comprender la desigualdad social oscurece la jerarquía racial y sexual estructural de los Estados Unidos, cuya agenda revolucionaria no solo incluye una política contra el sistema económico que garantiza la reproducción de los privilegios del 1% sino también la resistencia contra el complejo industrial carcelario, la militarización de la policía, el sistema global de deportación, las políticas imperialistas de los Estados Unidos, el asalto a los derechos reproductivos de las mujeres, la continua violación de la soberanía indígena y la supremacía blanca en un sentido más general. Así pues, a Occupy lo sucede un movimiento político más radical, el Black Lives Matter Movement (El Movimiento por las Vidas Negras) creado al año siguiente, en el 2012, como resultado de la absolución de George Zimmerman por el asesinato de Trayvon Martin; un Movimiento que no solo establece una conexión más sistemática entre las co-constitutivas desigualdades estructurales de clase, raciales y de género, sino que en su dirigencia política resalta el protagonismo de las mujeres negras transgénero, discapacitadas, indocumentadas y queer, en clara respuesta a la compleja realidad de los Estados Unidos.

La desconexión del Partido Republicano con esta realidad es absoluta, pero también lo es la del Partido Demócrata. De modo tal que el candidato más progresista del Partido Demócrata durante las elecciones primarias de dicho partido, Bernie Sanders, no levantó la bandera política del movimiento más radical contra la supremacía blanca y la desigualdad social, el Black Lives Matter Movement, sino la posición menos radical de Ocuppy. Esto llevó a que el 8 de agosto del 2015, durante un mitin de Bernie Sanders en Seattle, activistas del Black Lives Matter Movement interrumpieran su intervención y forzaran al candidato de la llamada “revolución política” por una agenda revolucionaria más radical, capaz de incluir la confrontación del racismo y el sexismo estructurales de las instituciones estatales, y en efecto Sanders radicalizó su discurso. Durante los meses siguientes Sanders hizo referencia no solo al problema del complejo industrial carcelario y la brutalidad policial que cobra una vida negra en los Estados Unidos cada 28 horas, sino también a la continua colonización de Palestina por parte de Israel con el apoyo de los Estados Unidos, un tema tabú para los políticos estadounidenses, e incluso a la necesidad de una política distinta frente a los inmigrantes indocumentados que sufrieron, bajo el gobierno de Obama, la más horrible tasa de deportaciones. En completa desconexión con la radicalización del movimiento social, sin embargo, el Partido Demócrata optó por la más reaccionaria alternativa de Hilary Clinton, cuyos vínculos con Wall Street el propio Sanders se encargó de hacer públicos durante su campaña electoral. Sanders, en cualquier caso, no dudó en endosar a Clinton el 12 de julio de 2016 cuando ésta ganó en las primarias del Partido Demócrata, en una de esas contradicciones que, como varios lo expresaron ese mismo día, era como si el movimiento Occupy terminara por endosar a Wall Street, enterrando así su propia “revolución política”.

Aquí cabe recordar que el Partido Republicano no ganó la Presidencia, la perdió el Partido Demócrata. Trump recibió menos votos que su homólogo republicano en las elecciones previas, cuando Obama fue reelecto, pero la más significativa reducción en el voto la sufrió Hilary Clinton, que a pesar de ganar el voto popular no logró los votos necesarios en el colegio electoral. Más interesado en responder al conservatismo republicano que a la radicalización de su propia base, el Partido Demócrata optó por la peor alternativa, la continuidad del desastre neoliberal de Obama con la política ultra-militarista de Clinton, en lugar de escuchar la voz del movimiento social.

A diferencia de lo que sucedió con el Partido Demócrata, y como bien lo señaló Jodi Dean, Trump demostró ser el más honesto de los candidatos republicanos al expresar abiertamente el sexismo, el racismo y el clasismo de su partido, frecuentemente reprimido a nivel representacional. Pudo así personificar el poder real de la desigualdad económica y articular el goce libidinal de su simulacro. En las palabras de Dean (2015), la honestidad de Trump demuestra que “la civilidad es para la clase media un contenedor normativo para la rabia de los desposeídos y el desdén de quienes los desposeen. El 1% no tiene que aparentar que le importa.” Y así como el mal llamado lumpen-proletariado de Marx, pudo articular su goce a través de la bufonería de Bonaparte, así también Trump le posibilitó a la supremacía blanca en crisis expresar su racismo y sexismo viscerales, mientras sus seguidores se imaginan a sí mismos en esa posición de poder bajo el simulacro del poderoso. Aquí cabe recordar las palabras de Marx:

“Cuando la burguesía misma jugó la más completa comedia, pero en la manera más seria en el mundo, sin infringir alguna de las más pedantes condiciones de la etiqueta dramática francesa, y ella misma se vio engañada, medio-convencida de la solemnidad de su propio performance del Estado, el aventurero, que tomó la comedia como pura comedia, estaba destinado a ganar” (mi traducción, Marx 2004, p. 76).

Trump es el aventurero que supo tomar la comedia que es la democracia estadounidense, con su etiqueta dramática de lo políticamente correcto y la solemnidad de sus instituciones, etc., como pura comedia, como su propio reality show. Y en su capacidad de vehiculizar aquel reprimido cúmulo de energía libidinal racista, sexista y homofóbica, estaba destinado a ganar. Pero la cita de Marx no termina ahí, acto seguido Marx concluye:

“Solo cuando había eliminado su solemne oponente, cuando el mismo ahora se tomaba en serio el rol imperial y, bajo la máscara napoleónica, se imaginaba a sí mismo como el verdadero Napoleón, ahí mismo se convertía en la víctima de su propia concepción del mundo, el serio bufón que ya no toma la historia mundial por comedia sino su propia comedia por historia universal” (Idem.).

Habiendo eliminado a su oponente, Trump ahora es víctima de su propia concepción del mundo y confundiendo su comedia por historia universal quiere ahora gobernar por decreto, a punta de Executive Orders al mejor estilo del modelo dictatorial en la clave contemporánea del reality-show. Y obviamente no solo se ha estrellado con lo que no es mera etiqueta, cuando las cortes locales y federales suspenden la validez de sus decretos, sino con la misma realidad social de la movilización popular que ha visto en mes y medio que lleva su Presidencia la más activa protesta popular contra un gobierno estadounidense en su historia reciente. De ahí que poca gente asistiera a su inauguración, a diferencia de lo que sucedió al día siguiente, el 21 de enero de 2017, cuando millones de personas, tanto en los Estados Unidos como en otros países, salieron a la calle para protestar su elección en la masiva Marcha de las Mujeres. Lo mismo sucedió cuando Trump publicó la explícitamente racista Orden Ejecutiva 13769, con el objetivo inmediato de prohibirle la entrada a los Estados Unidos a nacionales de Irán, Iraq, Siria, Sudan, Yemen, Libia y Somalia, países mayoritariamente musulmanes, una orden que la población rápidamente repudió mediante la ocupación de los aeropuertos, entorpeciendo la normalidad del capital, y la publicación de múltiples declaraciones por parte de organizaciones de derechos humanos, universidades, organizaciones de base, etc., rechazando la ordenanza y manifestándose en solidaridad con dichas comunidades, incluido el paro nacional de trabajadores del 17 de febrero. Esto llevó a que en muchas ciudades no se celebrara el President’s Day el pasado 20 de febrero sino el Ilegitimate President’s Day (Día del Presidente Ilegítimo). Otras iniciativas han resultado en la creación de ciudades y universidades santuario, con el objetivo de proteger a los inmigrantes indocumentados de las redadas que el poder ejecutivo ha prometido, obstruyendo jurídicamente la colaboración que el Estado intenta establecer entre las agencias militarizadas de inmigración y las prisiones locales y los puestos de policía, dándole continuidad a la pesadilla autoritaria que la gente de color vive en los Estados Unidos desde hace décadas.

Pero lo cierto es que Trump no inventó el machismo militarista que él ahora encarna. El gasto militar actual de los Estados Unidos excede el presupuesto militar combinado de China, Rusia, Arabia Saudita, Francia, el Reino Unido, India y Alemania, y a dicho exceso han contribuido todas las administraciones que anteceden a Trump; exceso que nunca es suficiente frente a la realidad inminente de la erosión del Imperio y el fantasma racista del enemigo ideológico con el que se busca encubrir dicha erosión, luego ya el gobierno de Trump tiene lista una reforma presupuestal que incrementa el gasto militar en un 10%, equivalente a $54 billones de dólares. Trump tampoco inauguró el complejo industrial carcelario al que busca reforzar mediante una extensa política de privatizaciones de los centros de detención para inmigrantes, ni la criminalización de la protesta popular. Trump tampoco inició la desigualdad económica que el sistema capitalista reproduce globalmente a tal punto que 8 hombres tienen hoy la misma riqueza que 3.6 billones de personas, como lo publicó recientemente Oxfam, aunque dicha desigualdad ciertamente se verá incrementada, ahora que los pocos mecanismos que regulaban la concentración del monopolio ya han sido levantados y que su gabinete de ricos de hecho no tiene paralelo en la historia. Trump tampoco inició el indiscriminado apoyo a la ocupación de Palestina por parte de Israel, que de hecho tuvo en el gobierno de Obama su más grande inversor, ocupación a la que sin dudas seguirá contribuyendo, ni tampoco la construcción de oleoductos en territorios indígenas que incluso el ahora tan aclamado liberal, Justin Trudeau, defiende en Dakota. En otras palabras, lo que Trump ha conseguido es hacer explícito lo que ya existe en las instituciones políticas del Estado y, como bien lo dice Corey Robin (2017), “no son las instituciones políticas las que nos van a mantener a salvo de los excesos de Trump (…) las peores cosas que ha hecho los Estados Unidos las ha hecho mediante sus instituciones y prácticas políticas, no a pesar de ellas” (mi traducción). Es más, agrega Robin, el evidente racismo, sexismo, y clasismo de este gobierno pueden ser contra-producentes a sus intereses excluyentes, como sucedió con la Orden Ejecutiva 13769, que el gobierno de Trump ya ha reescrito intentando menguar el surplus de su honestidad racista para que pueda pasar bajo el color-blind racista y sexista del status quo institucional estadounidense.

“Ciertamente,” dice Martin Harries (2000, p. 63), “hay razones para adjudicarle a Marx el prejuicio que denigra la farsa y exalta la tragedia, entre ellos la campaña de Marx de ridiculizar a Luis Bonaparte, de lanzarlo como el rol principal de una farsa, de revelar ‘el mediocre y grotesco personaje’ bajo la heroica, pero vacía, fachada Napoleónica. Sin embargo, la misma posibilidad de una reconfiguración genérica de la historia sugiere el poder de la farsa como una herramienta no solo de denigración sino también de crítica” (mi traducción).

Es en este sentido que yo también busco entender la farsa de Donald Trump, no como una que tiene el objetivo más limitado de revelar “el mediocre y grotesco personaje” que ahora gobierna bajo la fachada presidencial, lo que francamente no necesita mucha tinta, sino el de expresar la profunda desconexión histórica que existe entre las instituciones políticas estadounidenses y la realidad social de su diverso pueblo. A nivel institucional, esta desconexión se expresa en la extravagancia de sus contradicciones, que hoy en día se manifiestan en la confirmación de Ben Carson como Director del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano, apoyada incluso por la demócrata Elizabeth Warren; de la elección de la magnate que impulsó la privatización de la educación pública vía su apoyo a las charter schools y el endeudamiento estudiantil, Betsy DeVos, como Secretaria de Educación; de la elección de Scott Pruitt, que niega el consenso científico sobre el cambio climático, como Administrador de la Agencia de Protección Ambiental; y del ejecutivo de Exxon Mobil, Rex Tillerson, como Secretario de Estado, entre muchas otras designaciones de personas que se han pronunciado abiertamente contra la misión pública de las instituciones que ahora dirigen. Mi contradicción favorita sigue siendo la invitación del anti-semita Stephen Bannon, Jefe de Estrategia de la Casa Blanca, como el invitado de honor de la ultra-derechista Organización Sionista de América, un vínculo que tampoco es nuevo pero que adquiere una dimensión más radical en el marco de la criminalización actual del movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones, según las siglas en inglés) por la justicia en Palestina.

Dichas contradicciones solo se traducen en antagonismos políticos cuando la movilización popular expresa su voz disidente, una voz plural que desde mucho antes de las elecciones no ha dejado de radicalizar la crisis de la supremacía blanca y de su militarismo patriarcal imperialista, irreducibles a Trump y al Partido Republicano, pues se trata de las instituciones políticas de los Estados Unidos en su conjunto y de la continuidad histórica de su contrato de dominación racial y sexual (Mills y Pateman [2007]), que constituyen la verdad histórica del anestésico contrato social y que, como bien lo dijo Charles Mills (1997, p. 62), tienen que ser constantemente reescritos. Este es el antagonismo que tendrá lugar éste 8 de marzo durante el Paro Internacional de Mujeres. Un Paro que, a diferencia de las instituciones políticas de los Estados Unidos, sí está en consonancia con la radicalización de sus tiempos, con el vector ascendente de su lógica emancipatoria, pues dicha revolución social ya no extrae su poesía del pasado sino del futuro, de ahí que el Paro estuviese liderado por las mujeres trabajadoras, de color, indígenas, discapacitadas, inmigrantes, musulmanes, lesbianas, queer y transgénero.

Literatura consultada

Dean, Jodi (2015). “Donald Trump is the Most Honest Candidate in American Politics Today,” en In These Times, publicado el 12 de agosto de 2015 (visitado por última vez el 27 de febrero de 2017). http://inthesetimes.com/article/18309/donald-trump-republican-president

Harries, Martin (2000). Scare Quotes From Shakespeare: Marx, Keynes, and the Langauge of Reenchantment, Stanford: Stanford University Press.

Marx, Karl (2004). The Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte, New York: International Publishers.

Mills, Charles (1997). The Racial Contract, Ithaca: Cornell University Press.

Mills, Charles and Pateman, Carole (2007). The Contract and Domination, New York: Polity.

Robin, Corey. “American institutions won’t keep us safe from Donald Trump’s excesses,” en The Guardian, publicado el 2 de febrero de 2017 (visitado por última vez el 27 de febrero de 2017). https://www.theguardian.com/commentisfree/2017/feb/02/american-institutions-wont-keep-you-safe-trumps-excesses

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