Para desescalar las historias nacionalistas (I): ¿Por qué los historiadores y los políticos deben evitar la construcción de la identidad nacional a través de la historia nacional?*

on Viernes, 31 Marzo 2017. Posted in Artículos, Nacionalismo, Stefan Berger, Edición 102, César Duque, Internacional

102 Berger

Hay muy buenas razones para evitar que la historia se convierta en la base de la formación y de la legitimidad de la identidad. Parece más sabio asumir que la sociedad estaría mejor con identidades débiles y flexibles, que con aquellas que están basadas en el fuerte sentido de un pasado nacional común.

 

Stefan Berger**
Ruhr University Bochum
Fuente de la imagen: www.realinstitutoelcano.org

Los altos niveles de violencia y los intentos constantes por construir una identidad nacional son dos características presentes en América Latina, en unas partes más que en otras, y posiblemente en ninguna parte más que en Colombia. Esto a veces ha resultado en argumentos que hacen que la ausencia de una identidad nacional hegemónica sea la responsable de altos niveles de violencia1. En esa perspectiva, la construcción de una idea fuerte y dominante acerca de la historia nacional como piedra angular de la identidad nacional se convierte en una tarea primordial para pacificar al país y a distintas partes del continente que sufren niveles similares de violencia política. Sin embargo, como quisiera argumentar en este documento, los historiadores y los políticos deben tener cuidado de seguir este consejo, ya que podría conducir a más formas de violencia que, como se podrá ver, están inscritas en la construcción de las historias nacionales.

El lugar central de la historia en el fortalecimiento de la identidad nacional no es peculiarmente colombiano, ni es una invención reciente de académicos y políticos. Los intentos de endilgar la identidad nacional sobre las nociones de la historia nacional son tan antiguos como el discurso moderno sobre las naciones mismas, y algunos de los primeros modernistas y medievalistas argumentarían que son aún más viejos. La idea de que una nación debe tener una historia nacional preferentemente orgullosa y heroica, y de que esta historia nacional se debe convertir en el fundamento de la identidad nacional, ha sido clave para una variedad de construcciones que se extendieron desde Europa hacia el mundo con la institucionalización y la profesionalización de las ciencias históricas en la época moderna2.

Cuando el nacionalismo estaba firmemente ligado a varios matices del liberalismo y de las ideas democráticas en la Europa de principios del siglo XIX, el nacionalismo historiográfico era un arma para combatir el feudalismo y el absolutismo y mantener las nociones de ciudadanía y libertad. A finales del siglo XIX, el nacionalismo se había convertido en mucho más que eso pues, ante la reconfiguración del campo político, devino en una idea conservadora para sostener el statu quo del Nuevo Orden social defendido por la derecha política. En el siglo XX, como se sabe, sirvió de soporte a una gama de regímenes autoritarios y fascistas a través de Europa. Las interpretaciones poscoloniales del nacionalismo han tratado de proporcionar otra delimitación al argumentar que el nacionalismo occidental estaba ligado al colonialismo y al imperialismo, incluso desde el principio, mientras que los nacionalismos coloniales eran anti-imperialistas y, por lo tanto, emancipatorios. Y, sin embargo, aún después de varios trabajos de gran calidad, es muy difícil hacer una distinción firme entre lo que podría ser un “buen nacionalismo”, el de principios del siglo XIX, y un “mal nacionalismo”, a principios del siglo XX, como para trazar la línea entre un nacionalismo imperialista occidental y un nacionalismo anti-colonial emancipador. Todos los nacionalismos compartieron un alto potencial de xenofobia y violencia. Todos sabemos que el hiper-nacionalismo alimentó la Guerra y el genocidio en “el oscuro siglo de Europa”3.

Los campos de exterminio en la Primera y la Segunda Guerra Mundial; la Guerra Civil en España; el Holocausto; la limpieza étnica en Europa Centro-Oriental en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, fueron apoyadas por diversas formas de nacionalismo historiográfico. Para 1990, muchas personas en Europa creían que su subcontinente había logrado construir un orden político más pacífico en la segunda mitad del siglo XX. Pero el renacimiento del nacionalismo historiográfico en el contexto del colapso del comunismo en Europa oriental sirvió como recordatorio oportuno de que el poder de tal nacionalismo no era una cosa del pasado. Sobre todo, la Guerra Civil yugoslava, sus asesinatos masivos, y la limpieza étnica enviaron ondas de choque a través de Europa.

Es escalofriante pensar que los historiadores han estado en los primeros puestos para legitimar y, en algunos casos, para promover actos de violencia indescriptible en todos estos momentos oscuros de la historia del siglo XX europeo. Los historiadores participaron en el Plan General de la Alemania Nacional Socialista que programó la limpieza étnica sistemática y el asesinato de los esclavos en Europa Central y Oriental. Los historiadores estaban entre los húngaros que planeaban una revisión del Tratado de Trianon después de 1919 y que trataron de recrear una Hungría más grande en el periodo de entreguerras.

Los historiadores justificaron las brutales guerras expansionistas e imperialistas de la Italia fascista en África y en los Balcanes. Los historiadores legitimaron la idea expansionista de Megali en Grecia, y los historiadores estuvieron entre los campeones más fanáticos de la limpieza étnica y el genocidio en Serbia y otros estados sucesores de la Antigua Yugoslavia. En particular, donde las fronteras eran disputadas entre los estados nacionales, los historiadores a menudo desempeñaban un papel crucial en la legitimación del expansionismo y la violencia para nacionalizar esas fronteras con más efectividad. De hecho, podemos establecer un mapa del tejido cicatricial narrativo en toda Europa, donde las historias nacionales y las identidades nacionales se enfrentaron a menudo con consecuencias mortales.

En Europa Occidental no deberíamos estar demasiado satisfechos con el hecho de que muchos de los ejemplos más horrendos del nacionalismo historiográfico estallaron en Europa del Este después del colapso del comunismo. Como el nacionalismo no puede ser dividido cronológicamente en una variante reaccionaria del siglo XIX temprano y una variante reaccionaria del siglo XIX tardío, o en un buen nacionalismo postcolonial y un mal nacionalismo occidental, tampoco es posible distinguir espacialmente entre una Europa occidental cívica benigna y una desagradable variante étnica europea oriental. Es cierto que algunas partes de Europa tienen un sentido mucho más agudo que otras regiones acerca de la importancia de la historia nacional para sostener su sentido de la identidad nacional. Después de la Guerra Fría, este sentido ha sido particularmente notable en los países bálticos, en los Balcanes, en algunos estados post-soviéticos, en Eslovaquia, pero también en Alemania, Bélgica, España y Gran Bretaña. No es tanto el caso de una Europa oriental “atrasada” que tiene que “ponerse al día” con una Europa occidental posnacional, como cuestión de la recurrente relevancia de los marcos nacionales de pensamiento en diferentes contextos nacionales en Europa occidental y oriental.

En el Báltico y en algunos de los estados post-soviéticos, así como en Eslovaquia, el surgimiento o resurgimiento de la independencia estatal, es lo que ha puesto a la nación y el pasado nacional de nuevo en la agenda. La Eslovaquia de hoy discute su relación con el Estado independiente establecido por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Los Estados Bálticos se ocupan de sus pasados soviéticos y de sus historias bajo la ocupación alemana a principios de 1940. En la Antigua Yugoslavia y en la Antigua Checoslovaquia, así como en la actual Bélgica, los desafíos al Estado existente por parte de grupos que buscan establecer su propio Estado nacional se han dado a la búsqueda urgente de nuevas narrativas nacionales. Los recuerdos serbios de la batalla de Kosovo en 1389 justificaron la limpieza étnica en los Balcanes durante la década de 1990. Los nacionalistas flamencos utilizan la libertad de las ciudades flamencas de la Edad Media para defender la independencia de Flandes y la ruptura de Bélgica. Una reunificación inesperada en Alemania y las acuciantes cuestiones de la estatalidad multinacional en España y Gran Bretaña han conducido a veces a búsquedas frenéticas de pasados nacionales estables. Los alemanes se han esforzado por desarrollar un patriotismo occidental “normal” después de 1990. Y los comentaristas políticos de España y Gran Bretaña se han preguntado si la devolución será capaz de acomodar las ambiciones nacionales expresadas por Escocia, Gales y el País Vasco.

Como podemos ver en estos ejemplos, hoy no hay escasez de conflictos nacionales, y la cuestión de la historia nacional desempeña un papel prominente en todos ellos. Algunos historiadores todavía están dispuestos a prestar sus plumas a la promoción del nacionalismo. En palabras del historiador griego Spyridon Lambros4 de finales del siglo XIX, “junto al poder militar, la pluma del historiador es el arma más poderosa de las ambiciones nacionales”. Y, sin embargo, el nacionalismo historiográfico no es tan dominante a inicios del siglo XXI como lo fue en la Europa del siglo XIX. Pero esto no puede decirse de otras partes del mundo, como el Lejano Oriente o América Latina. ¿Tiene la historia europea un mensaje también para otras partes del mundo?5

De hecho, es vital diferenciar las diferentes fases del nacionalismo historiográfico en Europa. Así, la aparición de “una nueva ciencia”6 en la escritura histórica alrededor de 1750, y la aparición paralela de la idea moderna del nacionalismo en las revoluciones americana y francesa de finales del siglo XVIII, formó una gran cesura para el nacionalismo historiográfico. En la segunda mitad del siglo XVIII, los historiadores ilustrados escribieron la historia nacional con el objetivo de establecer tendencias generales y desarrollos del progreso humano en las historias nacionales, mientras que los historiadores nacionales románticos de principios del siglo XIX se preocupaban más por resaltar lo específico y lo único de los desarrollos nacionales y cómo se había formado un auténtico carácter nacional a través de los siglos. En Europa, el siglo entre 1850 y 1950 fue el punto culminante del nacionalismo historiográfico, cuando la historia nacional fue el modo predominante de la escritura de la historia europea. Incluso entonces no era el único espectáculo en la ciudad, pero dominaba las agendas historiográficas como nunca antes o después. A partir de la década de 1950, otras formas de escritura de la historia se hicieron más fuertes y un número creciente de historiadores empezó a rehuir el cumplimiento de su papel tradicional como pedagogos de la nación.

Los historiadores más auto-reflexivos se volcaron sobre su propio papel dentro del fomento del nacionalismo. Ellos intentaron, aún más, resolver la tensión entre su condición de historiadores “eruditos”, adhiriéndose a los mismos estándares de “ciencia objetiva” en todas partes y su papel asumido como propagadores del nacionalismo. Irónicamente, a menudo era precisamente su capital cultural como eruditos lo que les dio a los historiadores la autoridad para hablar en la esfera de la nación. Pero en la segunda mitad del siglo XX, los historiadores de Europa occidental decidieron con frecuencia rescatar la paradoja de la objetividad académica y el nacionalismo historiográfico al retirarse de estos últimos, aunque siguieran siendo abrumadoramente historiadores nacionales.

Al mismo tiempo, en el mundo no europeo, el nacionalismo historiográfico legitimó toda una serie de movimientos de liberación nacional de la esclavitud colonialista e imperialista. A medida que la nobleza del nacionalismo historiográfico llegó a su fin en Europa, celebró nuevos inicios y nuevos picos de altura en otras partes del mundo. Después de todo, la historia académica occidental se convirtió en uno de los más exitosos artículos de exportación del imperialismo de Occidente.

Y, por supuesto, incluso antes de la década de 1950 había historiadores que no se consideraban nacionales, y mucho menos historiadores nacionalistas. Algunos, incluso, intentaron abandonar la historia nacional y escribir historias transnacionales a través de las categorías de clase, religión o raza. Algunos trataron de escribir la historia de las localidades y las regiones7, y unos pocos probaron con “echar su mano” en la historia europea o, incluso, la historia global. Sin embargo, rara vez estas diferentes formas de escritura de la historia han sido verdaderas alternativas al paradigma nacional. Las historias de las clases, las religiones y las razas han sido frecuentemente subsumidas e incorporadas a las historias nacionales. La religión se convirtió en un ingrediente clave de las narrativas nacionales en muchos países europeos -uno piensa en la relación entre el catolicismo y Polonia; el luteranismo y Suecia; la iglesia ortodoxa y Rumania-. La historia que usaba la categoría de clase se escribió, a menudo, como un intento de escribir la historia de las clases trabajadoras dentro de la historia nacional desde el sentido de la exclusión nacional. Las categorías raciales han sido presentadas en la historia escrita para apuntalar la supuesta superioridad biológica de una nación sobre otras8. Las historias locales y regionales fueron infundidas en un sentido de pertenencia a una entidad nacional mayor. En otras palabras, la historia nacional sólo podría ser explorada a través de la atención de los diversos Heimats9 que constituyen la suma total de la nación. Las historias europeas, a menudo, han sido poco más que las historias nacionales “plantadas sobre sus propias macetas” y reunidas en un solo libro -haciendo énfasis en los grandes Estados-Nación de Europa y muy poca información sobre los Estados-Nación más pequeños-.

Desde los años 80, los desafíos más poderosos al dominio del paradigma nacional han aparecido en forma de enfoques comparativos y transnacionales de la escritura de la historia en general, del giro constructivista en los estudios del nacionalismo específicamente y, también, en forma de nuevos campos como la historia mundial, la antropología histórica y la historia de las mujeres/la historia del género. Por supuesto, la historia comparada no es nueva10. Desde que Marc Bloch publicó su famoso artículo de 1928 instando a los historiadores a utilizar el método comparativo11 para superar el nacionalismo historiográfico, los historiadores intentaron seguir a donde lideró el fundador de la escuela de los Annales. Como lo ha demostrado Hartmut Kaelble12, sin embargo, solo a partir de los años 80 la historiografía de Europa Occidental hizo progresos significativos en el camino hacia enfoques comparativos en la escritura histórica. Es la generación de las historiadoras y los historiadores nacidos a finales de los años cincuenta y sesenta la que ha asumido el reto de la historia comparativa de manera más exhaustiva y la que más ha inspirado a muchos historiadores e historiadoras jóvenes a seguir sus pasos. Durante la década de 1990, el método comparativo se vio enriquecido por estudios de transferencia cultural y estudios transnacionales, que trataron de hacer frente a los desafíos de una globalización acelerada al proporcionar perspectivas históricas sobre los procesos pasados de globalización.

Aparte de la creciente transnacionalización de la escritura histórica, el giro constructivista en los estudios del nacionalismo fue vital para debilitar el nacionalismo historiográfico en la comunidad académica. Terence Ranger, Eric Hobsbawm y Benedict Anderson publicaron estudios de vanguardia sobre “la invención de la tradición”13 y las “comunidades imaginadas”14 en los años ochenta, que transformaron en una gran guerra el estudio del nacionalismo. Ahora se trataba de analizar cómo se había formado el imaginario nacional, de quiénes y con qué propósito se habían inventado las tradiciones nacionales.

Pero no solo fueron los nuevos métodos y enfoques los que ayudaron a los historiadores y las historiadoras a escapar de los confines de la historia nacional. Nuevos campos de la historia también relegaron a la historia nacional e instaron a los historiadores a buscar en otra parte. La Historia Mundial ha ganado en popularidad y las instituciones que promueven el estudio de la historia mundial están proliferando en universidades norteamericanas y europeas. La antropología histórica y sus variantes, como “La historia Desde Abajo”, “la historia de la vida cotidiana” y la microhistoria están investigando los mundos reales de la vida de los seres humanos en el pasado. Es revelador que muchos de sus estudios no se comprometan centralmente con las cuestiones de la identidad nacional -lo que indica que la construcción discursiva de las identidades nacionales tenía a menudo poca realidad práctica para la gente común y la forma en que ellas y ellos vivían sus vidas-.

Cuando la historia de las mujeres surgió del feminismo de la segunda ola en la década de 1970, se trataba de inscribir a las mujeres en la historia. Como gran parte de esa historia fue historia nacional, las historiadoras inscribieron a las mujeres en la historia nacional, primero y principalmente. Con el giro cultural de la década de 1980, vino el ascenso de la historia de género y la atención a las formas en que los órdenes sociales habían sido estructurados por órdenes de género particulares. En el campo de la historiografía, algunas pioneras como Bonnie Smith15 e Ilaria Porciani16 comenzaron ahora a investigar cómo las historiografías habían sido un asunto de género. Las historias nacionales usualmente representaban a la nación en los términos de la familia, como “la célula de la sociedad”, con papeles distintos para mujeres y hombres. Mientras que alegaban supuestos valores femeninos, tales como la “amabilidad hogareña”, el cuidado de los demás y la maternidad, que fueron representados por grandes mujeres nacionales, tales como la Reina Luisa en las narrativas alemanas; o aludiendo a presuntos valores masculinos tales como la virilidad, la originalidad, la visión y la búsqueda de la verdad que fueron representados por grandes hombres nacionales, como Bismarck. Una división similar del trabajo puede ser encontrada a través de muchas historias nacionales. Sin embargo, las mujeres también aparecen como héroes en los papeles más apropiados para los hombres, como en el caso, por ejemplo, de Juana de Arco. Las formas de inversión de género no son tan raras en las narrativas nacionales tal y como se podría pensar. Por otra parte, las mujeres también son descritas con frecuencia como la némesis de la nación. En las narrativas maestras nacionales de Joachim Lelewel para Polonia, por ejemplo, la explicación de muchos de los desastres de la nación son la responsabilidad de las esposas de los reyes polacos. En términos generales, la mayoría de las narrativas nacionales feminizan a los enemigos nacionales tanto externos como internos. Las investigaciones sobre el género de las historias nacionales contribuyeron, en general, a dar el giro constructivista en el estudio del nacionalismo al señalar la forma en que las historias nacionales formaban parte del ordenamiento de lo social.

El impacto de todos estos desarrollos en la historiografía hizo que la profesión se volviera más auto-reflexiva y menos propensa a promover variantes del nacionalismo. Sin embargo, como los académicos siguen abandonando sus papeles tradicionales como pedagogos de la nación -¡en algunas partes más que en otras!-, ha habido otros dispuestos a ponerse en sus zapatos. La prominencia de la historia nacional en la televisión de horario estelar, los aniversarios nacionales en los periódicos y la historia nacional popular en las librerías testimonian la fuerte popularidad del tema entre la población más amplia. La idea de que una nación necesita tener una historia nacional larga y preferiblemente orgullosa está claramente lejos de haberse extinguido.

A la luz de la continua fortaleza de la historia nacional, parece aún más importante que los políticos no salten al carro de la historia, sino que conserven un sano escepticismo. Dado el historial pasado extremadamente negativo del nacionalismo historiográfico, el consejo de la historia a los políticos, seguramente debe ser evitar la construcción nacional en el sentido de un pasado compartido. Es sorprendente ver cómo las construcciones de historias nacionales comunes han llevado una y otra vez a la exclusión de aquellos que no pertenecían, por razones territoriales, sociales religiosas o étnicas. Tal exclusión tomó a veces la forma de la discriminación, las guerras, las guerras civiles, la limpieza étnica y el genocidio. Por lo tanto, si nuestra investigación puede enseñar alguna lección a los encargados de la formulación de políticas de hoy, no es recurriendo a las trampas de las políticas de identidad que menosprecian lo político y buscan refugios en sentimientos de pertenencia y de unión alegadamente acogedores. En su lugar, los políticos de todos los pueblos deberían esforzarse por construir solidaridades que estén debajo del nivel de las identidades, aterrizadas a través de la diversidad de historias que se encuentran conectadas. Ellos están, después de todo, en una posición en la que pueden desarrollar proyectos políticos para los que la gente esté dispuesta a unirse. Los proyectos políticos más importantes de la actualidad, como el desarrollo en gran parte del denominado “Tercer Mundo” y la protección del medio ambiente, son proyectos que dejaron atrás el marco del Estado-Nación hace mucho tiempo.

Por razones obvias de autoprotección, los historiadores y las historiadoras siempre están dispuestos a enfatizar la importancia de su profesión para la sociedad en general. Y la historia es, de hecho, un medio importante de criticar las tradiciones y cuestionar la verdad establecida – ella tiene sobre todo el poder de criticar las tradiciones y cuestionar los saberes establecidos–. Pero hay muy buenas razones para evitar que la historia se convierta en la base de la formación y de la legitimidad de la identidad. Parece más sabio asumir que la sociedad estaría mejor con identidades débiles y flexibles, que con aquellas que están basadas en el fuerte sentido de un pasado nacional común.

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*Responsable de la traducción del artículo: César Duque, historiador. Ha sido profesor de la Universidad de los Andes. Actualmente es profesor de la Universidad del Rosario. Todos los contenidos traducidos fueron previamente cotejados con el original y aprobados por el autor del mismo. El traductor considera relevante añadir algunas notas de aclaración e incluso de discusión, siempre que se necesiten. Especialmente, expresa puntos de discusión en lo relativo a la “difusión” de los estudios históricos europeos y su “influencia” en los estudios históricos de América Latina en el siglo XIX. No obstante, respetando el artículo original, se añadirán algunas notas al pie en las que se observa bibliografía para un debate historiográfico más amplio. Eso sí, el traductor considera que este debate no afecta los argumentos ni la tesis principal del autor, con la cual se encuentra de acuerdo. El documento fue escrito como contribución original para Palabras Al Margen. Forma parte de un acuerdo para continuar un proceso de cooperación que pretende trabajar con movimientos sociales colombianos y de América Latina iniciado en 2015. Durante este proceso, el investigador estuvo asociado a la Red Distrital de Estudiantes de Historia de Bogotá. Sin embargo, hay una versión preliminar del mismo texto, escrita para el contexto británico en 2007 y publicada en la revista “History and Policy” con el título History and national identity: why they should remain divorced.

**Stefan Berger es Phd. De Historia Moderna en Oxford y actualmente se desempeña como profesor de Historia Social y director del Instituto de Movimientos Sociales de la Universidad de Rühr, en Böchum. También es president ejecutivo de la Fundación de Historia de Rühr y profesor honorario en la Universidad de Cardiff, en el Reino Unido. Entre 2003 y 2008 fue director del programa de la Fundación Europea de la Ciencia “Representations of the Past: The Writing of National History in Nineteenth and Twentieth Century Europe”. Dos de sus publicaciones más relevantes han sido las ediciones “Writing the Nation” publicadas con la editorial Pagrave MacMillan (2008 – 2015) y “Nationalism and the Left in Germany” en New Left Review, I/206, Julio-Agosto de 1994.

1Marisol Dennis, National Identity and Violence: the Case of Colombia’, in: Political Violence and the Construction of National Identity in Latin America, ed. by Will Fowler and Peter Lambert, Basingstoke: Palgrave MacMillan, 2006, pp. 91 – 109.

2Stefan Berger, Christoph Conrad, Guy Marchal (eds), Writing the Nation, 8 vols, Basingstoke: Palgrave MacMillan, 2008 – 2015; see also Stefan Berger (ed.), Writing the Nation: a Global Perspective, Basingstoke: Palgrave MacMillan, 2008.

3Mazower, Mark (1998). Dark Continent: Europe’s Twentieth Century. Knopf Doubleday Publishing Group, 512 págs. Hay traducción al castellano: Mazower, Mark (2001). La Europa Negra: desde la Gran Guerra hasta la caída del comunismo. Traducción de: G. Solana. Ediciones B. 543 págs.

4Nota del Traductor: Spyridon Lambros (1851-1919) fue un historiador griego. Desempeñó funciones como Primer Ministro de Grecia entre octubre de 1916 y febrero de 1917. Debido a su mal gobierno, fue acusado de ser el responsable de los disturbios griegos en medio de la escisión nacional de inicios del siglo XX, motivo por el que renunció y se autoexilió en dos ciudades griegas, una de ellas Skopelos, en la que falleció.

5Nota del traductor: Se ha notado en los últimos párrafos una hipótesis relativamente difusionista en la producción y recepción de los estudios históricos, situando a Europa como centro de producción y a América Latina como escenario de recepción. Aún está en un nivel incipiente la discusión acerca del carácter unilateral de la relación en el circuito intelectual del siglo XIX. Sin embargo, pueden notarse muy buenas contribuciones a la misma: sobre la construcción de una noción “local” de la historia se puede ver el debate entre Sergio Mejía Macía y Germán Colmenares en “¿Qué hacer con las historias latinoamericanas del Siglo XIX? (a la memoria del historiador Germán Colmenares)”. En Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura. N° 34 (2007). Bogotá, Universidad Nacional de Colombia. Quizás el documento que plantea con más claridad el debate acerca de la autonomía y la dependencia relativa de los historiadores latinoamericanos, colombianos en específico, en relación con los historiadores europeos es del historiador Renán Silva en “'La conexión chilena': el avance y la modernización de los estudios históricos en América Latina en los años 1960”. En Arias, Ricado Chile-Colombia. Diálogos sobre sus trayectorias históricas. Colombia, Ediciones Uniandes, 2014.

6Nota del traductor: Pueden leerse al respecto los libros Feldner, Heiko (2011). The lost Decade? The 1950s in European History, Politics, Society and Culture. New Castle, UK: Cambridge Scholars Publishing. Feldner, Heiko; Passmore, Kevin & Stefan Berger (2010). Writing History: Theory and Practice. Bloomsbury Academic. 376 págs.

7Nota del traductor: Para leer un ejemplo sobre la forma en que las historias regionales, con un alto soporte nacionalista, sirvieron a la causa racista de la identidad identidad nacional colombiana, puede leerse el libro de Nancy Applebaum Dos plazas, una nación: raza y colonización en Río Sucio, Caldas 1846-1948. Bogotá, ICANH, 2007. En un registro más amplio, las expediciones de los monjes capuchinos, en convenio con el proyecto de nacionalización de la historia fomentado por la Academia Nacional de Historia de Colombia, fueron también decisivas en el proceso de reducción de espacios geográficos que definían la identidad de comunidades raizales en Colombia. Para un ejemplo de este proceso de expansión, puede leerse el libro de Amada Carolina Pérez Benavides Nosotros y los otros. Las representaciones de la nación y sus habitantes, 1880-1910. Bogotá, Universidad Javeriana, 2015, 327 pp. La bibliografía sobre “historia” y “nación” ha crecido en las últimas dos décadas en Colombia. Sin embargo, en muchos casos el horizonte crítico se ha perdido en pesquisas eruditas, en otros, se ha convertido en propaganda. Pueden leerse un buen compendio de documentos y autores interesados en la historiografía de Colombia durante el siglo XIX y XX en la edición del Anuario de historia regional y de las fronteras. Vol. 21. N° 2 Bucaramanga, Santander: Universidad Industrial de Santander, 2016.

8Nota del traductor: Para ver un excelente ejemplo de la efervescencia con la que los historiadores defendieron sus tradiciones nacionalistas y racistas de modo previo a la Gran Guerra (1914-1917) puede verse con claridad el contexto de fragmentación intelectual que sufren las plataformas intelectuales de carácter anti-belicista y pro-civilizatorio, en defensa de una historia para la especie humana en: Mommsen, Wolfgang J., Kocka Jürgen y Erdman, Karl Dietrich. Towards a global community of historians, 2005. Capítulos 1-7. El caso más emblemático entre los historiadores del momento es el del historiador alemán Karl Lamprecht que desató el famoso “debate Lamprecht” en el Congreso Internacional de Ciencias Históricas de París (1900), Roma (1903) y Berlín (1908), dado que proponía una historia comparada de las culturas humanas a nivel planetario en todas las épocas de la historia. Lamprecht tomó eventualmente posición ante la Primera Guerra Mundial a favor de los intereses imperialistas de Prusia, su nación, lo que le arrebató prestigio, tanto a nivel personal como a su propio instituto de investigación, en la comunidad internacional de historiadores. Para observar el fenómeno de historiadores anexos a las causas racistas en el mismo momento histórico, pero en el caso de la historiografía norteamericana, puede verse el excelente libro de Peter Novick Ese noble sueño: la objetividad y la historia norteamericana. México, D.F: Instituto de Investigaciones José Luis Mora, 1997.

9Nota del traductor: Heimats es una palabra alemana que denota la relación de un ser humano con una determinada unidad social espacial. El término contrasta con la alienación social y suele tener connotaciones positivas. A menudo se expresa con términos tales como “hogar” o “patria”, pero se ha alegado que no tiene traducción en otros idiomas.

10Nota del traductor: Pueden observarse intentos de historia comparada incluso antes de lo planteado por este artículo. Para un contexto geopolítico que involucra a los historiadores de varias naciones reunidos para discutir sobre los beneficios pacifistas, anti-imperiales y civilizatorios de la historia comparada en los contextos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, vea: Erdmann, Karl Dietrich, Kocka, Jürgen & Mommsen, Wolfgang J (2005). Towards a Global Community of Historians. Berghahn Books. 430 págs.

11Bloch, Marc. “A favor de una historia comparada de las civilizaciones europeas”. El original en: Revue de synthèse historique, Bruselas, Bélgica. T. XLVI, 1928, pp. 15-50.

12Kaelble, Hartmut & Schriewer, Jürgen. (2010) La comparación en Ciencias Sociales e Históricas. Un debate interdisciplinar. España: Ocaedro. 302 págs.

13Ranger, Terence; Hobsbawm, Eric (Eds.) (1983/2002). La invención de la tradición. Traductor: Omar Rodríguez. Barcelona, Crítica. 320 págs.

14Anderson, Benedict (1983/1993). Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Traductor: Eduardo L. Suárez. México, D. F: Fondo de Cultura Económica. 315 págs.

15Bonnie Smith, The Gender of History: Men, Women and Historical Practice (Cambridge/Mass.: Harvard University Press, 1998).

16Mary O'Dowd and Ilaria Porciani (eds.), 'History Women', special issue of Storia della Storiografia 46 (2004), pp. 3 - 202.

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