De la oposición a las corridas y otras pseudo contradicciones

on Martes, 31 Enero 2017. Posted in Artículos, Edición 98, Silvia Quintero, Corrida de toros, Bogotá, Cultura colombiana, Nacional

98 Quintero

Reconocer que tenemos un largo camino por recorrer y muchas cosas que aprender, no se puede traducir en la renuncia a oponerse a aquello sobre lo cual hemos reflexionado y decidimos confrontar. Por eso, el carácter tradicional de las corridas de toros o las contradicciones de quienes se oponen a ellas no puede deslegitimar la oposición frente a las mismas. Existen muchas tradiciones como ésta que por sus consecuencias deberían ser abolidas y que no merecen un lugar distinto al de la memoria colectiva.

 

Silvia Quintero
Fuente de la imagen: http://radioamlo.org/

Unos de los temas que más se ha movido recientemente en la opinión nacional es el relacionado con el regreso de las corridas de toros a Bogotá. En el año 2012, tras un anuncio del entonces alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, fue retirado el respaldo económico y administrativo que el Gobierno Distrital destinaba a las corridas de toros que tenían lugar en la tradicional Plaza de la Santamaría. Aunque desde años atrás ya había diferentes manifestaciones en contra de la llamada “fiesta brava”, no fue sino hasta ese momento que las corridas quedaron suspendidas, al menos temporalmente.

La medida tomada por Petro fue asumida como arbitraria por muchos sectores, sobra decir, principalmente, por quienes se vieron directamente afectados por la misma. Desde quienes disfrutan de las corridas, pasando también por las personas que vieron truncado un lucrativo negocio.

Así, en febrero de 2015 la Corte Constitucional ratificó un fallo del año 2013 por el cual se reconocía la tauromaquia como una práctica tradicional y artística arraigada en algunos sectores de la población. De esta manera, se ordenó la reapertura de la Santamaría y el regreso de las corridas. Tras el fallo de la Corte, se dio una amplia movilización ciudadana con el fin de impulsar un referendo por medio del cual la ciudadanía se expresara de manera definitiva en favor o en contra de las corridas de toros (la llamada consulta antitaurina). Dicha iniciativa fue aprobada en primera instancia por el Concejo de Bogotá, pero finalmente fue tumbada por el Consejo de Estado en septiembre de 2015. A pesar de que el regreso de las corridas se dilató durante varios meses, debido a las obras de mejoramiento y reforzamiento estructural que se llevaban a cabo en la Plaza, finalmente el 22 de enero de 2017 en medio de fuertes protestas, se reabrió oficialmente la temporada taurina en Bogotá.

En favor y en contra de las corridas se mueven muchos argumentos de distinta índole. Por una parte, por supuesto, existe una discusión en torno a los derechos de los animales no humanos y los derechos culturales de quienes apoyan y disfrutan de una tradición semejante. Al respecto, existe una limitación básica que seguirá marcando un desencuentro entre unos y otros, pues es evidente que para quien considera que una práctica cultural está por encima de la vida de un toro, de entrada, existe una relación de inferioridad –más bien de cosificación- de los animales no humanos respecto de los seres humanos. Si se partiera de aceptar que esa jerarquización es cierta, sin duda los derechos culturales de un grupo de personas no podrían quedar supeditados al derecho a la vida de un ser vivo que se considera inferior.

Otra de las discusiones que se ha planteado en torno al tema está relacionada con los beneficios económicos que conlleva la tauromaquia. Aunque la mayor parte de las ganancias van al bolsillo de empresas privadas, según la revista Portafolio el Distrito recogería 811 millones de pesos por cada corrida, además de la generación de aproximadamente 15.000 empleos indirectos y 1200 empleos directos asociados a todos los procesos implicados en la tauromaquia, desde la crianza y cuidado de los toros de lidia, hasta las actividades necesarias para el desarrollo de las corridas mismas.

Aquí la base sigue siendo similar a la del problema señalado anteriormente. Aunque el argumento económico parece hacer de la continuidad de las corridas algo obvio, no podría darse una conclusión semejante para quienes consideran que no es posible poner un precio a la vida de cualquier ser vivo. Paradójicamente, el mismo artículo de Portafolio que presenta las enormes ganancias generadas por las corridas, muestra cómo la crianza de toros de lidia es una afición costosa y muy poco rentable (no es casualidad entonces que ésta sea además una tradición elitista), así como que las ganancias que le reporta este negocio a la Ciudad, no necesariamente son tan significativas y sobre todo irremplazables. La Santamaría podría convertirse perfectamente en un centro de eventos de distinta índole y generar igualmente trabajo y ganancias para la Ciudad.

Hay quienes además afirman que el fin de las corridas traería un resultado contradictorio para quienes dicen defender a los animales. Sin embargo, ubicar tal responsabilidad en la oposición a la tauromaquia resulta bastante tramposo, cuando lo que atenta contra la vida de los toros es el hacer de su existencia un negocio.

Ahora bien, los recientes sucesos de violencia vividos durante la reapertura de la temporada taurina en Bogotá, han planteado una nueva discusión en torno a la legitimidad de la oposición a las corridas, cuando ésta proviene de personas que, por ejemplo, consumen carne u otro tipo de productos de origen animal. Para quienes plantean esta discusión, es contradictorio oponerse a la muerte de un toro de lidia en una plaza pública, para luego ir a la casa a comerse un filete y un huevo frito.

No obstante, sería importante separar al menos dos elementos dentro de este problema: Por un lado, aquí se abre una discusión en torno a las contradicciones involucradas en casi todas nuestras prácticas, no solo alimenticias sino en general de las relaciones que construimos con el ambiente, con las otras personas y por supuesto con los animales no humanos. Por otro lado, porque habría que preguntarse si de lo anterior la única conclusión posible es decir que siempre será ilegítimo que las personas se opongan a algo que consideran negativo -como las corridas de toros-, cuando al mismo tiempo llevan a cabo prácticas aparentemente opuestas al cambio por el que estén peleando.

Respecto al primer punto, y pese a que reconozco que es una discusión de muchas aristas, me parece que existe una situación casi inevitable por la cual las personas llevamos a cabo prácticas que ciertamente pueden contradecir nuestras propias ideas y creencias. Actuar de manera absolutamente consecuente en todas las esferas de nuestras vidas es prácticamente imposible y las contradicciones estarán siempre a la orden del día. Es tal y como cuando en la escuela o en la familia nos repiten constantemente un discursito vacío sobre “la tolerancia” pero quienes nos lo enseñan no están dispuestos a generar cambios que impliquen de manera efectiva que podamos convivir con la diversidad. Es bastante común entonces que la gente adulta afirme que los niños suelen ser personas crueles, por su manera de señalar y rechazar sin pudor a sus compañeros y compañeras en razón de cosas como el aspecto físico, como si tales prácticas estuvieran dadas por el hecho de ser niños y no provinieran de aquello que en realidad han aprendido de los adultos hipócritas que les rodean.

Por supuesto, el asunto del consumo de productos de origen animal denota una contradicción particular, pues quien reflexiona y se opone al maltrato de los toros en una corrida, debería de paso reflexionar y oponerse a la tortura a la que se ven sometidas miles de especies en función de nuestro consumo. Si bien, habrá quienes afirmen que consumir proteínas de origen animal es necesario en la dieta humana, también tendría que reconocerse que eso no justifica ni el consumo ni la explotación masiva que tiene lugar alrededor de nuestro Planeta para que en grandes ciudades como Bogotá podamos adquirir fácilmente todo tipo de productos en una tienda o supermercado. Con ese argumento tampoco podría justificarse, por ejemplo, que un pato sea alimentado forzadamente mediante una sonda, con el único fin de que su hígado se hinche de grasa hasta la muerte y así obtener un foie gras, considerado una exquisitez gastronómica, que está bien lejos de ser un mero alimento para la satisfacción de una necesidad alimenticia humana.

En este sentido, más allá de las contradicciones inherentes a la realidad social en la que nos encontramos, bien vale la pena que este problema permita abrir una discusión en torno a asuntos como lo que consumimos y su origen, y si entonces tiene sentido sufrir por la tortura de los toros de la Santamaría y no por la vida cruel a la que están sometidos otros miles de millones de animales para satisfacer a los seres humanos.

Pero esta cuestión precisamente da cuenta también de lo complejo que resulta generar cambios que permitan una vida más justa y digna para todos los seres que habitan este planeta, especialmente en las ciudades y sus modos de vida. Cabría preguntarse si solo quien es absolutamente consecuente tiene derecho a levantarse en contra de determinadas situaciones que debemos transformar. Y si no deberíamos valorar de un modo distinto el hecho de que haya quienes deciden levantarse en contra del maltrato hacia los toros, aunque siempre falte un largo camino por recorrer en la búsqueda de adoptar cada vez más prácticas que sean menos lesivas para otros y otras.

Finalmente, es importante revisar el hecho de que aquí se está asumiendo el problema de una manera individualizada, como si para transformar la realidad bastara con cambiar nosotros mismos y no fuera imperativo asumir acciones orientadas a cambiar cosas que nos sobrepasan, que van mucho más allá de lo que podemos hacer en la singularidad de nuestras casas, de nuestros círculos sociales y de nuestros propios cuerpos. Luego, aunque sería innegable que hay algo positivo en que alguien, por ejemplo, consuma únicamente huevos de “gallinas felices” o no consuma huevos en absoluto, es fundamental también emprender acciones que permitan acabar con aquellas formas de producción que se basan en la sobreexplotación y la tortura.

Las contradicciones que nos constituyen no surgen espontáneamente y algunas son incluso difíciles de identificar mientras no tengamos las herramientas para comprender el porqué de nuestras prácticas y sus consecuencias. La transformación no siempre es necesariamente un punto de partida, sino un horizonte de sentido que decidimos tomar.

Reconocer que tenemos un largo camino por recorrer y muchas cosas que aprender, no se puede traducir en la renuncia a oponerse a aquello sobre lo cual hemos reflexionado y decidimos confrontar. Por eso, el carácter tradicional de las corridas de toros o las contradicciones de quienes se oponen a ellas no puede deslegitimar la oposición frente a las mismas. Existen muchas tradiciones como ésta que por sus consecuencias deberían ser abolidas y que no merecen un lugar distinto al de la memoria colectiva.

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