El debate sobre la nueva izquierda

on Domingo, 31 Enero 2016. Posted in Artículos, Izquierda, Edición 74, José Antequera Guzmán, Izquierda colombiana, Nacional

74 Antequera

A mi modo de ver, todas las lecturas críticas están halando para el mismo lado, aunque tengamos que construir respuestas propias para Colombia. Pero la tarea es muy difícil. El infantilismo de izquierda es un mal crónico del que se ocupó Lenin para señalar, “por doquier y hasta el fin, que en nuestra táctica debemos ser flexibles al máximo”, adecuarnos al momento y las circunstancias, en función de una verdadera victoria transformadora.

 
José Antequera Guzmán
Fuente de la imagen: www.aiomedia.org

El debate sobre la renovación de la izquierda es tan urgente como peligroso. Con izquierdismo infantil podemos entrar en histeria y en espejismos. Pero con la versión senil de la misma enfermedad, por el miedo a que el debate le dé aire a la tesis de la izquierda cool, inofensiva y vergonzante, nos quedamos quietos repitiendo lo que se supone que ya sabemos pero que, como la sabiduría inútil que denunciaba el sabio catalán de Cien años de soledad, no nos sirve siquiera para inventar una nueva manera de preparar los garbanzos.

El debate es viejo. El primer libro de política que leí en la vida fue precisamente Entrevista con la Nueva Izquierda, de Marta Harnecker a Bernando Jaramillo (Unión Patriótica) y a Nelson Berrío (A Luchar), por allá en el ‘89. Ha vuelto a ponerse sobre la mesa a partir de la derrota electoral de la izquierda en Bogotá y en Argentina, aunque también lo motiva, y mucho, los avances y triunfos contrariados en Europa y en Estados Unidos, entre otras razones.

Boaventura de Sousa Santos ha planteado como tarea prioritaria del momento de crisis, la reflexión sobre las cuestiones de la constitución y de la hegemonía. El momento glorioso retratado en una foto de Chávez, Lula y Kirchner, con la gran movilización que lo sustentó y le dio sentido, significó una renovación histórica porque aprendió a comprender la disputa por la democracia, valoró la participación, la diversidad y a los movimientos sociales. Pero también nos dejó la lección sobre la necesidad de asegurar la estabilidad de los cambios a partir de las reformas constitucionales y del cambio cultural para su asimilación y defensa por parte de los pueblos. Una cosa especial, dice Boaventura, es que ahora Europa le está enseñando lecciones a Latinoamérica, sobre todo, con respecto a la necesidad de construir proyectos de izquierda más allá de la izquierda, lo que significa democracia al interior de los partidos y movimientos, incompatible con la corrupción.

Es imposible no mencionar a Pablo Iglesias, el líder de Podemos que ha despelucado a más de uno por sus planteamientos sobre la izquierda española salpicando a gente de todo el mundo. Iglesias ha criticado por igual la actitud infantil de quienes quieren mantenerse en la movilización social supuestamente pura y meramente confrontacional después del 15M, renegando de la participación electoral, así como la excesiva prudencia de quienes siempre te dicen, y yo los he escuchado muchas veces en Colombia, que la historia nos muestra una y otra vez que no se puede, mientras gritan contentos entre poquitos, con la certeza de que no se arriesgan a ganar.

Para el caso colombiano las reflexiones más lúcidas, a mi modo de ver, son las de Yezid Arteta. Las comparto casi todas con el profundo respeto que me produce alguien que ha leído tantos libros como ha caminado trochas y caminos de los pueblos más recónditos de Colombia. Arteta ha abierto el debate sobre la posibilidad de triunfo de una izquierda como la colombiana que pregona la unidad, pero en donde todo el mundo tira para su lado proclamándose dueño de la bandera verdadera. Ha sido implacable con la incapacidad de algunos sectores para superar la experticia de la resistencia, y para abandonar las campañas basadas en la victimización y el martirio; en la contradicción inmensa que significa pretender ganar el poder con la auto-referencia permanente, la desconexión con la vida cotidiana del pueblo, de la calle, y la memoria literal que no construye lecciones sino amenazas incesantes en las que nadie se quiere montar. Arteta señala la necesidad de que la izquierda colombiana observe los valores cambiantes de la sociedad y la manera en que estos riñen con una dirigencia de izquierda que exalta la pose intelectual, que ve en la situación de minoría una prueba de su razón cuando la política es para todo lo contrario. Del mismo modo ha dicho, con todas sus letras, que es hora de una renovación que considere seriamente el peso de errores que salen tan caros para una propuesta cargada de sentido ético, como la corrupción, el exceso de burocracia y las ambigüedades permanentes.

A mi modo de ver, todas las lecturas críticas están halando para el mismo lado, aunque tengamos que construir respuestas propias para Colombia. Pero la tarea es muy difícil. El infantilismo de izquierda es un mal crónico del que se ocupó Lenin para señalar, “por doquier y hasta el fin, que en nuestra táctica debemos ser flexibles al máximo”, adecuarnos al momento y las circunstancias, en función de una verdadera victoria transformadora. Hoy, en tiempos de diálogo por la paz y de trampas neoliberales, no podemos quedarnos con la prueba de la imposibilidad del cambio, contentos con la camiseta rebelde y en minoría. Eso significa, como bien planteó Alejandro Mantilla en un artículo para Palabras al Margen, valorar la participación electoral con los movimientos para construir gobierno con los movimientos. A eso no se le puede tener miedo, como se le ha tenido, participando en los gobiernos locales con la cabeza abajo porque nunca son suficientes, hasta que los tumban y ahí sí hay que salir a defenderlos. Pero tampoco podemos entrar en la lógica peligrosa de muchos jóvenes que creen que con dos marchas gloriosas y un tropel ya se graduaron de revolucionarios para siempre, y que pueden llegar a todos lados con la credencial a criticarlo todo, o a desdeñar de las organizaciones existentes creyendo que descubrieron que el agua moja. Esos jóvenes no hacen más que espantar a quienes ruegan por un espacio para la creatividad sincera y se encuentran con pequeños caciques de nada.

Con todo, lo que le dijo el boliviano Álvaro García Linera a Pablo Iglesias me parece fundamental: retomar la ecuación Gramsci – Lenin - Gramsci, o sea, pensar el cambio cultural que permite el cambio en el poder, y luego consolidar hegemonía cultural sobre la base de las transformaciones. El problema, esta sí es una interpretación personal, es que la izquierda colombiana apenas empezaba a leer a Gramsci, como confesó Bernardo Jaramillo en aquella entrevista, cuando acabaron con esa generación que ya quería renovar desde los ‘80. Para un dirigente como Carlos Lozano, del PC, de acuerdo con su última columna “La verdadera izquierda”, el debate sobre la nueva izquierda es sólo una ficción anticomunista, y lo que impide que la izquierda gane en Colombia es lo mismo: el exterminio y la guerra sucia mediática.

Ahora, cuando es más necesario que nunca hacer cumplir la promesa traicionada de la democracia, no nos pueden contar la historia y luego vendar los ojos.

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