El partido único en Colombia

on Miércoles, 29 Marzo 2017. Posted in Artículos, Alberto Maldonado Copello, Edición 102, Partidos políticos, Cultura colombiana, Nacional

102 Alberto

A diferencia de lo que opinan muchos analistas y columnistas de opinión considero que el sistema de partidos en Colombia es tan coherente, útil y fuerte en defensa del capitalismo que más se parece a un partido único.

 

Alberto Maldonado Copello
Fuente de la imagen: https://www.youtube.com

Dice Héctor Riveros, en reciente columna en La Silla Vacía (http://lasillavacia.com/historia/ver-hijito-aqui-no-se-defienden-los-derechos-de-la-gente-60007), refiriéndose a los partidos políticos, que “todo el mundo reclama deberían ser fuertes y coherentes”. Efectivamente son muchos los analistas y escritores de columnas de opinión que señalan la carencia en Colombia de partidos fuertes, organizados y coherentes, con base en lo cual se formulan diferentes propuestas de mejoramiento. Por ejemplo, Rodolfo Arango, en columna en El Espectador del 5 de febrero, titulada “Partidos fuertes: paz duradera”, señaló que para lograr la paz estable y duradera y un cambio de mentalidad se necesitan “partidos políticos fuertes y democráticos que se alternen en el poder según la voluntad de los electores expresada cada tantos años”. (http://www.elespectador.com/opinion/partidos-fuertes-paz-duradera-columna-678445).

Sin embargo, la observación del sistema de partidos de Colombia muestra, en mi opinión, que en la práctica existe una especie de partido único (dividido en varias etiquetas) bastante coherente por cuanto son todos defensores del sistema capitalista. Aunque tienen diferencias en temas relevantes están de acuerdo en lo fundamental. Por tanto, cumplen un importante papel de desorganización y confusión de la clase trabajadora, al promover una aparente competencia política que finalmente no es tan cierta, pero que sirve para distraerla de los asuntos de fondo. Y, además, el carácter desordenado y con elevados niveles de corrupción de muchos de los partidos del sistema capitalista, cumple la importante función de desviar la discusión y la interpretación para no explorar las causas principales. De este modo, el debate se enfoca en la corrupción de los partidos y los funcionarios públicos, y no sobre la causa de fondo de todos los males que implica el sistema capitalista. Pero, además, se descuida el hecho de que los partidos en realidad sí son fuertes: a pesar del descrédito enorme que muestran las encuestas, siguen ganando las elecciones, siguen apropiándose del aparato público para sus propósitos, siguen realizando prácticas corruptas y como grupo social se transforman, pero se conservan.

La coherencia ideológica

Prácticamente ningún partido o movimiento político promueve hoy en día en Colombia la superación del capitalismo y la instauración de una sociedad socialista (la excepción es el Partido Comunista), así como ninguno de los que tienen representación en el Congreso para el período 2014-2018. Los partidos tradicionales todos son defensores, promotores y auxiliares del capitalismo; más aún, muchos de sus miembros son también empresarios capitalistas. Dentro de dichos partidos hay diferencias, que incluyen a quienes promueven un modelo socialdemócrata con Estado de bienestar fuerte y aquellos de corte neoliberal que quieren reducir el tamaño del Estado sobre todo para quitarle servicios y garantía de derechos a la clase trabajadora (ya sea que tengan una relación salarial o no) y sectores más pobres; pero en uno y otro caso defienden el sistema capitalista con su economía de mercado y todos sus efectos nocivos para la gran mayoría de la población.

Defienden un sistema económico y político que promulga como uno de los derechos más importantes el de propiedad privada pero que le arrebata a la mayoría de la gente la propiedad de medios de producción (tierras, fábricas, etc.) y recursos monetarios (y también de bienes de consumo durables como la vivienda); defienden un sistema que considera que un salario mínimo adecuado es de menos de $800.000 mensuales en una situación en donde la gran mayoría de las familias trabajadoras no logra reunir dos salarios mínimos, con lo cual se les condena a niveles de vida muy precarios; defienden un sistema que condena al desempleo y al subempleo al 30% o más de la población; defienden un sistema que degrada a proporciones grandes de los trabajadores empujándolos a la mendicidad, a la drogadicción, a la prostitución, a la criminalidad, en fin, a la degradación moral y espiritual; defienden un sistema que convierte a la mayoría de la población en mendigos (“beneficiarios”) de la ayuda estatal y sujetos al control de funcionarios públicos y políticos para acceder a un subsidio, una vivienda, un servicio público.

En la defensa de este sistema están de acuerdo los partidos dominantes tradicionales –Liberal, Unidad Nacional, Conservador, Centro Democrático, Cambio Radical, pero también aquellos que ejercen oposición como Alianza Verde y el Polo Democrático–. ¿Es posible pedir mayor coherencia al sistema de partidos?

Por supuesto que dentro de ellos hay diferencias sobre temas relevantes pero que no constituyen la contradicción fundamental del sistema capitalista. Hay diferencias en asuntos como la autorización del aborto, la aprobación del matrimonio y la adopción para parejas homosexuales, el respeto a la diversidad sexual, el respeto a la libertad religiosa, el manejo del medio ambiente, la igualdad y respeto de los derechos de las mujeres, el respeto a las comunidades étnicas y afrocolombianas. Son estos asuntos de especial importancia donde hay divisiones al interior de los partidarios del capitalismo, incluso dentro de los propios partidos y movimientos, como el partido “liberal” que tiene dentro de sus filas a personajes conservadores como Viviane Morales y hasta en el Centro Democrático donde en medio de los personajes más reaccionarios y anacrónicos, algunas voces defienden el aborto en los casos autorizados por la Corte o el matrimonio de parejas homosexuales.

Desviar la atención sobre la causa real de los problemas

En términos programáticos, operativos, administrativos, etc., se señala con frecuencia que no existen partidos serios en Colombia. Y, efectivamente, son un desorden monumental, pero dado que cumplen con su principal labor de defensa del sistema capitalista se les puede perdonar, por parte de los dueños del país, muchos pecados. Dentro de esta tarea general de defensa del sistema desarrollan varias funciones. Una de ellas es generar la ilusión de que existe realmente un sistema democrático competitivo y de que incluso hay conflictos y divisiones fuertes entre los partidos y movimientos. Pero basta que ocurra un escándalo de corrupción como el de Odebrecth para que se vea cómo las diferencias no son tan grandes; o ver cómo pasan tranquilamente de un partido a otro sin siquiera sonrojarse. Incluso, la fuerte confrontación entre la Unidad Nacional y el Centro Democrático no impide que compartan los principios de la libre competencia, la confianza inversionista y que unos y otros estén muy atentos para satisfacer prioritariamente las necesidades de los dueños del país. Otra función que cumplen los partidos, tanto en la oposición como ya en el poder, desde el gobierno, es desviar la atención sobre la causa principal de los problemas: el propio sistema capitalista. Es común que los propios partidos defensores del sistema se indignen por la desigualdad de la sociedad colombiana y repitan compungidos que Colombia es uno de los países más inequitativos del mundo, pero muy raro que se examinen las causas de dicha desigualdad.

Así mismo, las críticas se dirigen casi exclusivamente a la ineficiencia y la corrupción del Estado, como si el Estado pudiera resolver de fondo los problemas que genera el capitalismo; con extraordinario cinismo los propios políticos en funciones, sea como presidentes o ministros, o como ilustres expresidentes y exministros, señalan las deficiencias del Estado, la corrupción, la politiquería y anuncian nuevas reformas. Adicionalmente, la prensa y los periodistas más capaces e independientes dedican su carrera a investigar y denunciar la corrupción política, el saqueo de las arcas del Estado, la apropiación de recursos públicos destinados a la alimentación de los niños pobres, etc., etc., manifestando de diversas formas su indignación por hechos tan aberrantes y dolorosos, preguntándose con frecuencia ¿En qué país vivimos?

Pero pocos de ellos, muy pocos, tratan de responder realmente la pregunta sobre en qué país vivimos. Seguir por este camino podría ser molesto para los dueños del país (los Luis Carlos Sarmiento, los Ardilla Lule, los Santo Domingo, etc.) y por tanto se quedan en la denuncia (valiente en muchos casos, fundamentada, necesaria), de los síntomas, sin avanzar un ápice en la exploración de las causas. La posición compartida consiste entonces en seguir buscando remedios (paños de agua tibia) para los problemas, en seguir proponiendo reformas y más reformas, con el ideal sincero en muchos casos de un capitalismo bueno, de un capitalismo armonioso, de un capitalismo con buena distribución de la riqueza, de un capitalismo respetuoso del medio ambiente. Algunos de los partidos críticos del sistema político, pero no del capitalismo, plantean la necesidad de construir ciudadanía, Estado y mercado, y formulan nuevas propuestas reformistas, que consisten en repetir lo que ya se ha propuesto en el pasado sin resultados positivos. Basta ver en el contexto del actual proceso de paz cómo se habla de apertura democrática, de construcción desde lo local, de renovación del Estado, de un nuevo desarrollo rural, temas abordados ya en la Constitución de 1991 y que se repiten una y otra vez a pesar del reiterado fracaso.

Crear y difundir ilusiones es una de las principales tareas de los partidos políticos y de los gobiernos para sostener el sistema; distraer a la clase trabajadora, dificultar que entiendan cuáles son las causas reales de los problemas, desorganizarlas, confundirlas, seducirlas, etc. Y parece que, en esto, los vilipendiados partidos políticos son muy eficaces.

Por tanto, me parece que los partidos son coherentes y además cumplen una extraordinaria labor en beneficio del sistema capitalista y sus principales beneficiarios. ¿Qué importa que sean desordenados, sin estructuras, sin claridad en sus programas escritos? ¿Qué importan que además completen sus salarios con ingresos extras provenientes de la corrupción? En lo fundamental cumplen la tarea, defienden el sistema capitalista a capa y espada y contribuyen a uno de los éxitos más grandes del sistema: la casi completa sumisión ideológica de las clases trabajadores que no ven ninguna opción diferente.

No resulta extraña, en las circunstancias anteriores, la desafección de la gran mayoría de la población trabajadora, en sus distintos estratos, al sistema político: ¡para qué votar si son siempre los mismos con las mismas! Además, sectores de la clase trabajadora aprenden a sacar ciertos beneficios particulares del sistema por la vía del intercambio del voto por obras o proyectos para una comunidad o por un apoyo más personal y directo. Reciente encuesta de Gallup muestra que los niveles de favorabilidad y respaldo de las instituciones son muy bajos: los partidos políticos aparecen con el valor más abajo, apenas con el respaldo del 9%.

Se dice entonces que hay una crisis de confianza y legitimidad en el sistema y los políticos, pero realmente no es una crisis que amenace el poder de la clase política y sus soportes, los capitalistas. Los partidos son débiles, se dice, pero siguen dominando el país, siguen ganando las elecciones, poniendo los presidentes, gobernadores, alcaldes, congresistas, diputados y concejales. La proporción de estos dirigentes con una postura claramente anticapitalista y pro socialismo es cercana a cero. ¿Qué más fuerza podrían tener entonces los supuestos partidos débiles? Y, por tanto, en estas circunstancias, ante la ausencia de una fuerza diferente con la magnitud suficiente para afectar el sistema, pues hay tiempo y voluntad para pelear por repartirse el Estado entre las distintas facciones, y el conflicto político se concentra fundamentalmente en la distribución de las entidades, las dependencias y los contratos.

A pesar de esto, hay que estar en guardia con respecto a posibles desviaciones. Con su habitual agudeza política, el senador Álvaro Uribe advierte sobre los peligros del castro-chavismo, es decir el socialismo. Aunque parezca en este momento improbable en Colombia, es evidente que en países con pueblos parecidos a los nuestros votaron por partidos políticos y eligieron presidentes vinculados con alguna forma de socialismo, o postura de izquierda relativamente crítica, y aunque hayan perdido fuerza, siempre existe el temor de que algún virus de estos pudiera generar una epidemia en Colombia. De aquí los esfuerzos, relativamente exitosos, por convencer a la población de que las FARC nunca tuvieron un ideal político, ni lucharon por una sociedad distinta, socialista, sino que simplemente son unos bandidos, narcotraficantes y violadores. Es necesario defender el partido único, el partido del sistema. En la debilidad actual de los partidos políticos de Colombia se encuentra su fortaleza.

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