Entrevista fallida a un guerrillero plural

on Martes, 31 Enero 2017. Posted in Artículos, Edición 98, Juan Sebastián Urdaneta , Cultura colombiana, Nacional, Conflicto armado, Medios de comunicación, Proceso de paz

98 Sebastian

Si el hombre asume un rol de acuerdo a su contexto, entonces no será rudo cuando no haya guerra que lo demande, ni brindará por sus muertos cuando no los tenga, y trabajará la tierra cuando así convenga. Interpretará el papel que le toque, en dónde el Partido lo mande, pero esta vez sin un fusil al hombro.

 

Juan Sebastián Urdaneta
Fuente de la imagen: http://lauraferrero.com/

En las montañas del Meta, por citadino que suene, debo decir que hablé por vez primera con un guerrillero. Quiero decir, un guerrillero rural, de campo de batalla, porque guerrilleros ilustrados abundan en la ciudad. Y que no se alerte a la Fiscalía, que guerrilleros y paramilitares hay en casi todas las regiones rurales del país y encontrárselos es más un asunto de probabilidad que de perspicacia. Me encontraba yo en medio de no sé dónde, en el calor sofocante, con el bloqueador mal regado por toda la cara, transpirando por los rincones y con la camisa dentro del pantalón: un rolo promedio, inofensivo, inocente.

Con los diálogos de paz en auge decidí desobedecer las advertencias de mi madre para poder viajar al llano y hacer mi trabajo de campo. En fin, ¿qué podía pasar? Así como una de las virtudes de la pobreza está en ser inmune a la publicidad, una de las virtudes de ser un don nadie es la de pasar desapercibido por donde se camine. Con mi grabadora de pilas triple A en una mano y un Marlboro en la otra, me encontré, de golpe, en medio de tres guerrilleros intentando develar el registro que me diera acceso a sus palabras.

Mi primera impresión fue que Claudia Gurisatti me había mentido. Los guerrilleros, o por lo menos los que tenía en frente, no tenían barba pero sí tenían dos ojos, dos orejas, una nariz y una boca, incluso uno llevaba un bigotito parecido al de Heidegger. Eran hombres como cualquiera y, según afirmaban ellos mismos, no comían bebés por más que así lo afirmaran sus detractores. La tez se veía marcada por el sol, los brazos por la disciplina de la guerra, la mirada por noches sucesivas durmiendo solo por un ojo. Dos eran callados y tímidos mientras que el restante era inquisitivo y festivo. Todos, no obstante, tenían el aura de la guerra: de haber visto y provocado muertes, de enterrar compañeros, de una vida haciendo malabares en la selva. La comparación instantánea de nuestras trayectorias me hizo inmediatamente un hombre minúsculo.

Al principio fui yo el entrevistado: ¿Usted qué hace por acá? Vengo a hacer unas entrevistas. ¿Y sus papás que hacen? Mi mamá es profesora. ¿Y de dónde viene? De Bogotá. ¿Y para dónde va? Vaya usted a saber. ¿Una poker? ¿Quién soy yo para negarme? Por un momento me volví objeto del saber, pero rápidamente intente dar vuelta a la torta, establecer la vigilancia epistemológica, marcar la barrera metodológica, posicionarme como investigador. Recordé los consejos de Becker, Bourdieu y Schutz solo para ignorarlos. Finalmente vino a mí la estrategia para ganar capital simbólico: yo soy abogado, pienso tal cosa, hago tal otra y para eso quisiera entrevistarlos. No pareció importarles demasiado porque, pensándolo bien, ¿de qué sirve un abogado a 200 kilómetros de un juzgado? Puede resultar más inútil que el término –estúpido- de la pos-verdad. Con todo, la arremetida me dio un ingreso provisorio a su conversación.

Antes del primer sorbo de la primera cerveza se dedicó un trago al suelo en conmemoración de los compañeros caídos. Se guardó un silencio breve, se modificaron los gestos. Los otrora hombres de guerra ahora eran campesinos con fusil que también podían sentir tristeza o estar en duelo. Con el tiempo contraataco: ¿Me permite grabarlo? No, mijo. ¿Qué piensa hacer cuando la guerra se acabe? Yo voy a hacer lo que el Partido [Clandestino Comunista] me mande. ¿Qué preferiría? Trabajar la tierra. ¿Conserva a su familia? Un hermano, policía él. Respuestas cortas y predefinidas. En el campo y en la guerra la retórica es escueta y el silencio es probidad.

Con el paso del tiempo y el alcohol, y para mi sorpresa, hubo una nueva transformación en los actores. Cuando hablamos de Bogotá, el escenario se reorganizó, volví a tener la ventaja que procura la ciudad y vi cómo se transformaba el halo de mis contertulios de guerrilleros a jóvenes indefensos y curiosos. Los dos más tímidos nunca habían visto la plaza de Bolívar o viajado en transmilenio (punto para ellos), y así me preguntaban generalidades que procuraba contestar con lugares comunes: una ciudad muy grande, claro que sí, desordenada, caótica, desigual. Hablamos por un rato largo saltando de personalidad en personalidad, intercambiando el protagonismo, tejiendo y destruyendo puentes. Se hizo tarde y partí con la sensación de no haber entendido nada del encuentro acabado de suceder.

Ahora pienso que hubo una seguidilla de contradicciones en los términos: ¿guerrilleros sin barba y con bigote? ¿Guerrilleros con incertidumbre y con certeza? ¿Guerrilleros-campesinos-combatientes? ¿Guerrilleros humanos e inhumanos? No puede haber otra explicación: un hombre es tantos hombres como conversaciones tenga o como escenarios recorra.

En este punto me permito una breve digresión. Para Bernard Lahire (2004) la teoría social se mueve entre dos polos: el que sostiene la unicidad del actor social en contraposición del que sostiene su fragmentación. La primera postura encuentra su inspiración ontológica en Husserl (podríamos remontarnos al cogito cartesiano o al sujeto trascendental kantiano, qué más da) y su idea de la inseparabilidad de la subjetividad: el hombre es uno, idéntico a sí mismo, atrapado en la unicidad biológica de su cuerpo y de su mente. En otras palabras, el hombre acaba donde le marcan sus contornos. Desde esta postura un guerrillero será un guerrillero en todos los momentos de su vida, destinado a reproducir su hábito homogéneo en la montaña y en el pueblo, en la entrevista y en la guerra.

Para Lahire esta tradición es útil si se quieren explorar fenómenos macro-sociológicos, pero cuando se intenta pensar en espacios de interacción específicos carece de elasticidad. ¿Cómo se explicaría –se pregunta nuestro autor- que Wittgenstein intentara escribir el Tractatus logico philosophicus mientras crecía su afán por ver películas de vaqueros? La respuesta está en que Wittgenstein, como cualquier otro, no es uno solo sino que en él conviven diferentes tensiones, tradiciones y potencialidades que se expresan en un momento práctico dependiendo del escenario en el que se encuentre.

Por supuesto que la idea de que nuestra personalidad es una sola goza de mayor prestigio. Tenemos un nombre y apellido, un número de cédula, un currículo y una firma como culminación caligráfica de la singularidad de nuestra existencia. Y sin embargo, cambiamos de escenario a escenario constituyendo la variabilidad de la presentación del Yo en la vida cotidiana. Jean-Claude Kaufmann, en un ejercicio de reducción al absurdo, escribiría que “el individuo de la noche que deja sus ropas sucias amontonadas en la habitación no es el individuo de la mañana que pone esa misma ropa en la lavadora. No toca las cosas de la misma manera, con las mismas ideas en la mente. Es verdaderamente otro, en otro sistema de pensamiento y de acción, cambiado por la diferente percepción de los mismos objetos” (citado por Lahire, p. 33-34).

La consecuencia política de aceptar esta segunda premisa como cierta está en la exaltación del escenario por sobre el actor. Si el hombre asume un rol de acuerdo a su contexto, entonces no será rudo cuando no haya guerra que lo demande, ni brindará por sus muertos cuando no los tenga, y trabajará la tierra cuando así convenga. Interpretará el papel que le toque, en dónde el Partido lo mande, pero esta vez sin un fusil al hombro.

Texto de referencia

Lahire, B. (2004) El hombre Plural. Los resortes de la acción. Barcelona: Edición Bellaterra.

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