Guerra, paz y movilización social

on Martes, 07 Febrero 2017. Posted in Artículos, Edición 99, Julio Quiñones Páez, Nacional, Democracia, Gobierno de Santos, Conflicto armado, Movimientos sociales

99 Julio

Desde la perspectiva de estos autores la posibilidad de evitar las guerras pasa, en último término, por la activación de una variable política entendida como acción desde arriba. No obstante, y a despecho de su peso específico intelectual, ni Einstein ni Freud logran percatarse de que ya en la realidad de su tiempo se venían desarrollando procesos sociales y políticos que ponían en entredicho esa fe en la autonomía del Estado como garante de la paz.

 

Julio Quiñones Páez
Profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia
Fuente de la imagen: http://www.adequacao.com.br/

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Paz el pasado 10 de diciembre, el presidente colombiano Juan Manuel Santos, movido quizá por la emoción del momento y refiriéndose al fin de la guerra en Colombia, última del hemisferio occidental, compartía una inquietud que calificaba de “audaz”, a saber: “si la guerra puede terminar en un hemisferio, ¿por qué no pueden algún día los dos hemisferios estar libres de ella? Tal vez, hoy más que nunca, podemos atrevernos a imaginar un mundo sin guerra. Lo imposible puede ser posible” (Santos, 2016).

Esas expectativas (por no decir ilusiones) de paz, globales y definitivas, tras las cuales bulle un moralismo un poco empalagoso, han estado presentes en la tradición pacifista desde siempre, quizá incluso desde mucho antes del Sermón de la Montaña, y encuentran su némesis en el cínico ––y también antiquísimo–– hiperrealismo político, para el cual no solo la paz es un mero interregno entre guerras sino, lo que es más, lo propio de los seres humanos es embarcarse en estas puesto que en su alma existe, al decir del poeta Rubén Darío, “mala levadura”.

A caballo entre las dos posturas, tampoco han escaseado los intentos por estructurar una tercera vía, tomando para ello elementos de uno y otro extremo ––el reconocimiento resignado del componente agresivo que anidaría en el espíritu humano, de un lado, y la aspiración, si no a suprimir, por lo menos a poder reducir las guerras y prevenir el sufrimiento que traen consigo, del otro–– y apelando a diversas fuentes de inspiración (e.g. psicológica, jurídica, política). A ese respecto, por ejemplo, resulta muy emblemático el diálogo epistolar sostenido hacia 1932 por dos intelectuales tan notables como Albert Einstein y Sigmund Freud, los cuales, pese a encarnar puntos de partida disciplinares muy diversos, llegan a alcanzar coincidencias significativas. A instancias del Instituto para la Cooperación Intelectual, de la Sociedad de las Naciones, el primero se dirige al segundo para formularle lo que estima es “la pregunta que, tal y como están las cosas en la actualidad, resulta la más importante de las que se le plantean a la civilización: ¿Hay una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra?” (Einstein y Freud, 2001: 63). Al respecto, el padre de la teoría de la relatividad se aventura a formular una hipótesis que es suscrita por su interlocutor: dado que en los seres humanos “anida la necesidad de odiar y de destruir”, se requiere la intervención del poder político (concretamente, “los Estados”) en la mira de resolver los conflictos. Por supuesto, en el escenario internacional ––y Einstein era consciente de ello–– esa autoridad superior, entonces como ahora, era algo que estaba lejos de consolidarse. Por último y paralelamente, remata haciendo otras consideraciones acerca de cómo aquellas minorías que se benefician de la guerra controlan la escuela, la prensa y las organizaciones religiosas y, de esa manera, logran enardecer y poner a su favor a las gentes del común.

Según indicábamos, en su respuesta Freud expresa sus coincidencias con Einstein, y no solo en lo atinente al componente agresivo ínsito en la psique humana (aspecto que él había recogido y desarrollado en la teoría psicoanalítica), sino también en lo que se refiere a la alternativa política de consolidar un Estado capaz de imponer la paz. Sin embargo, en uno y otro tema se adelanta a introducir complementos de su propia cosecha. En el primer caso, es decir, en lo puramente psicológico y luego de dejar sentado que “la predisposición a la guerra es producto de la pulsión de destrucción”, sugiere que “lo más fácil será apelar al antagonista de esa pulsión, el Eros” (ídem: 88), es decir, al amor y la empatía como contrapeso del Tánatos. En cuanto a la variable política entendida como soberanía del Estado, la cuestión, desde un punto de vista prescriptivo que él mismo asume como de difícil realización, sería encomendar el gobierno a una “elite con pensamiento crítico”, es decir, a un grupo de personas que hayan sido capaces de someter “su vida pulsional a la dictadura de la razón”.

Como resulta claro, desde la perspectiva de estos autores la posibilidad de evitar las guerras pasa, en último término, por la activación de una variable política entendida como acción desde arriba. No obstante, y a despecho de su peso específico intelectual, ni Einstein ni Freud logran percatarse de que ya en la realidad de su tiempo se venían desarrollando procesos sociales y políticos que ponían en entredicho esa fe en la autonomía del Estado como garante de la paz. En efecto, no es gratuito que por esos mismos años (1935) el influyente militar alemán Erich Ludendorff publicara su libro La guerra total, en el cual defendía precisamente lo contrario del modelo westfaliano al que se acogían aquellos, esto es, la subordinación absoluta de la política a la guerra. Con ello, Ludendorff no hacía otra cosa que darle expresión teórica a un fenómeno ya evidenciado durante la I Guerra Mundial y que vendría a alcanzar su máxima expresión durante la II: la plena funcionalización tanto de las energías como de las estructuras sociales (la economía, la política y la cultura) al esfuerzo bélico. Bajo esa luz, el gran damnificado resultaba ser el derecho de guerra moderno creado en el siglo XVII tras el fin de la Guerra de los Treinta Años (el Ius Pubblicum Europaeum, inspirado en Grocio y Pufendorf): la vigencia de los principios de la necesidad y la justa causalidad a la hora de la declaratoria de la guerra, así como el de la correspondiente proporcionalidad en el uso de la fuerza, quedaba reducida a la nugatoriedad. Pero, sobre todo y como ya se temía Einstein, en virtud del industrialismo y las tecnologías modernas aplicados a la producción de armas, que maximizaban la capacidad devastadora de estas, se desmoronaban también el deber de protección de los civiles y su diferenciación respecto de los combatientes, con lo cual la dinámica bélica en su conjunto comenzaba a verse de pronto retrotraída al horizonte de la guerra civil. No en vano, autores como Enzo Traverso interpretan que, en tanto guerras totales, las “dos guerras mundiales toman los rasgos de la guerra civil”, lo cual le permite hablar del periodo 1914-1945 como el de “la guerra civil europea”.

Mas si esto es así, si por cuenta de una destructividad potenciada que no distingue entre combatientes y población civil, las guerras totales contemporáneas son guerras civiles, entonces se desprenden dos consecuencias jurídico-políticas de gran calado: en primer lugar, la “suspensión del derecho” desatada por este tipo de guerra equivale, al decir de Traverso, a “una regresión del proceso de civilización”, pues es sabido que la guerra civil “no es solo un medio de lucha sino también la expresión de las pasiones, sentimientos, odios, de sus protagonistas” en donde el adversario “no representa un enemigo legítimo, un iustus hostis, sino un enemigo al que hay que aniquilar, del cual no se acepta sino la rendición total” (Traverso, 2006: 121,122 y 128). En términos de Carl Schmitt, citado al efecto por Traverso, con la guerra civil la “hostilidad deviene absoluta hasta el punto que la antigua y sagrada distinción entre el enemigo y el criminal se disuelve en la convicción paroxística de su propio derecho. Dudar de este derecho es traicionar; interesarse por los argumentos del adversario es una actitud desleal; toda tentativa de discutir es un entendimiento con el enemigo” (ídem: 121)1. Por su parte, y como segunda consecuencia jurídico-política de la simbiosis entre guerra total y guerra civil, la apelación al Estado, la solución del problema de la guerra por arriba, termina revelándose como inane no solo en virtud de la impotencia práctica de dicho ente para proteger a la ciudadanía sino, lo que es más, del desmoronamiento de su legitimidad.

Así pues y desde el punto de vista político, evidenciado el carácter precario de la solución por arriba, quizá sea la hora de comenzar a pensar en serio en las posibilidades de una alternativa por abajo o, al menos, que combine el arriba y el abajo, pero con énfasis en este último.

A ese respecto y como coincidencia no simplemente casual, en el mismo año 1935 en el que Ludendorff externaliza su entusiasmo por la guerra total, el norteamericano Richard Gregg publica The Power of Non-Violence, texto en el cual esgrime un argumento simple pero muy potente que, pese a no ser de su cosecha, llega a sistematizar cabalmente: la guerra no es únicamente una expresión de agresividad y violencia sino un proceso social complejo que conduce a la resolución de conflictos y a la toma de decisiones y, en tal virtud, no desaparecerá mientras no se logren adoptar medios alternativos que cumplan las mismas funciones y permitan sustituirla. Así las cosas, lo axial es poder “desarrollar un equivalente de los métodos y objetivos militares”, un equivalente que, como es axiomático, debe ser político y que él encuentra en la resistencia civil (el uso de las huelgas, las manifestaciones públicas, la desobediencia civil, las sentadas, los boicots, la creación de instituciones de gobierno paralelas, etc.). Sin embargo, el planteamiento, sugerente como es, resulta vacuo si se subjetiva la resistencia civil y se le asume de manera abstracta, al margen de su contexto específico de desenvolvimiento.

En ese orden de ideas y yendo más al fondo de los presupuestos de Gregg, podríamos decir que si lo que buscaban Ludendorff y los teóricos de la guerra total era, en últimas, la dilución de la política en la guerra, a lo que habría que orientarse, por contra, es a profundizar la politización de los conflictos sociales, a desenconarlos y a prevenir su deriva bélica por la vía de someterlos al debate y al escrutinio públicos. Mas ese escrutinio como tal es la expresión de una sana desconfianza ciudadana respecto de los poderes institucionalizados, desconfianza cuyo vehículo histórico por excelencia ha sido aquella categoría de la acción colectiva que llamamos movimiento social. Eso significa, en otras palabras, que es imperativo entender la deliberación pública en un sentido latamente simbólico, que no se restrinja a la estricta dimensión lingüística, pues solo en ese marco comprensivo pasa a corresponderse con el ejercicio del derecho de resistencia (civil) encarnado por los movimientos sociales.

Ahora bien, debe señalarse que el pleno despliegue de la lucha social y el debate público (en los que, según Gregg, se mantienen vigentes virtudes militares como el valor y la disciplina), que agencian como equivalente político de la guerra, requieren para poder llegar a ser concretamente activos un ambiente de profundización democrática. En efecto, es solo en ese tipo de ambiente donde el ejercicio del principio republicano de la desconfianza ciudadana puede llegar a ser esgrimido sin cortapisas en contra de las tentaciones belicistas de los gobiernos de turno; y, de igual forma, es únicamente bajo unas coordenadas democráticas en las que la vida pública sea rica y abierta, donde pueden germinar expresiones contrahegemónicas comprometidas ––de nuevo, a través de la acción de los movimientos sociales–– con la construcción de un sentido común alternativo antibélico.

Por lo demás, tal vez sea a través de una acción política desde abajo de este tipo como podamos llegar a abrigar esperanzas a propósito de aquel florecimiento del Eros al que Freud le asignaba la tarea de oponerse a la pulsión de muerte. Esto por cuanto ––en contravía de la mirada racionalista y mistificadora del autor austriaco, para quien todo dependía de que una elite yoica, capaz de imperar sobre su Ello, asumiera el gobierno colectivo–– la acción política que se desenvuelve desde abajo logra mediar las formas más micro, comunitarias, de organización social en lugar de imperar despóticamente sobre ellas. Y, al hacerlo, está en capacidad de construir a partir de los lazos de afecto, empatía, compasión y apoyo mutuo que suelen desarrollarse y desatarse en el seno de las mismas. Tales lazos comunitarios presididos por Eros son, a fin de cuentas, una fuente de creatividad social (lo que Benjamin Barber ha llamado la transformación del conflicto en cooperación), creatividad que obra no solo como seña de identidad del triunfo de la vida sobre la muerte, sino de la cordura sobre los impulsos más deleznables de los que es capaz el alma humana.

Bibliografía

EINSTEIN, Albert y Sigmund Freud (2001), ¿Por qué la guerra?, Barcelona, Minúscula.

SANTOS, Juan Manuel (2016), en http://www.eltiempo.com/politica/proceso-de-paz/discurso-de-santos-premio-nobel-de-paz/16770025. Fecha de consulta: 17 de diciembre de 2016.

TRAVERSO, Enzo (2006), “Entre Behemoth y Leviatán: pensar la Guerra Civil europea (1914-1945)”, en Nicolás Sánchez Durá (Ed.), La guerra, Valencia, Pre-Textos, pp. 117-134.

***

1Bajo esa luz, a nadie puede sorprender que la ultraderecha colombiana, por ejemplo, siga sin poder digerir el proceso de paz con las Farc. Su detención en el pasado de la exacerbación bélica, su regodearse chapoteando en el fango del odio, el miedo y la división entre buenos y malos no solo le son constitutivos sino que le representan réditos políticos.

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