Ideologización, progresismos e izquierdas en Colombia: una mirada crítica

on Domingo, 31 Enero 2016. Posted in Artículos, Izquierda, Edición 74, Izquierda colombiana, Nacional, Omar Ramírez

74 Omar

Los progresismos y las izquierdas deben ver en los procesos de paz una gran oportunidad para recomponer su legitimidad ante la opinión pública, ya que, como veo las cosas, tendrán la posibilidad de hablarle a la sociedad y de ser escuchadas sin tener como telón de fondo el principal argumento desacreditador esgrimido por el establecimiento: ser voceros, militantes, cómplices o simpatizantes de la insurgencia.

 
Omar Ramírez
@xojrhx
Fuente de la imagen: Ilustración de Josée Masse

 No se trata de probar «la verdad» de la concepción que uno defiende, sino de mostrar cómo a partir de ella se pueden entender muchos fenómenos que otras concepciones no pueden aprehender

Chantal Mouffe, 2015

Para reflexionar acerca de los retos que enfrentan las izquierdas y los pensamientos progresistas en Colombia (sí, en plural, en respuesta a la diversidad de corrientes existentes), propongo reconocer, en primer lugar, cuál es su lugar político asignado hoy en día en la opinión pública. Posteriormente identificar, de forma crítica, algunos de los rasgos característicos, propios de sus dinámicas, que les ha impedido posicionarse, vía democrática, como una alternativa real de gobierno a nivel nacional. A partir de esto, considero que es posible entrever con mayor claridad qué caminos recorrer para superar los retos planteados.

Medios de comunicación y el peso de la mala imagen

Nos guste o no, nos parezca justo o no, para nadie es un secreto que la denominación “izquierdista” o “ser de izquierda” no resulta atractivo para el grueso de la población colombiana, incluso algunas veces suele utilizarse para descalificar un acto o una situación. El sistemático trabajo de los medios de comunicación de relacionar las izquierdas democráticas colombianas con las insurgencias y con los aspectos más negativos de los gobiernos de Venezuela y Cuba, ha calado hondo. Acá no se trata de describir, una vez más, el papel histórico de los medios masivos de comunicación en la configuración política del país. Sobre el tema se ha dicho bastante. El punto es indicar que este es el escenario predominante en las últimas décadas, el que heredamos y con el que debemos lidiar.

Además de los mass media, no cabe duda de que esta mala imagen es resultado del dedicado trabajo que líderes de opinión y políticos invierten para desacreditar las iniciativas progresistas y de los movimientos de izquierda ante la opinión pública. Pero esta penosa situación no puede ocultar otra cruda realidad: las propias prácticas políticas de las izquierdas y los progresismos han alimentado su descrédito. Es decir, sus torpezas políticas, su miopía estratégica, sus errores administrativos y su dudoso accionar, muchas veces enlodado en escándalos de corrupción que contradicen sus banderas de cambio, han impedido alterar el lugar político asignado por los sectores de derecha y, con ello, han imposibilitado que sus propuestas sean aceptadas, acogidas y defendidas por un amplio sector de la población colombiana.

Ideologización y mecanización de la política

Una de las razones “internas” de este fracaso es que parte de la misma izquierda colombiana ha desplegado su accionar como un asunto mecánico, es decir, como resultado de la acrítica implementación de líneas políticas claramente definidas. Las estrategias y las tácticas parecen ser repetitivas, casi a modo de manual, lo que ha entorpecido reaccionar de forma asertiva ante una realidad variable, dinámica y sumamente compleja, que desborda cualquier planteamiento teórico por más elaborado que se presente. En este caso, la forma como se interpreta la realidad nacional y como se actúa sobre ella parece responder más a líneas ideológicas que a planteamiento sesudos y equilibrados.

Esta “ideologización” exacerbada de cierto sector de la izquierda no solo enceguece, también redunda en un distanciamiento del grueso de la población, que no ve en estas posturas una preocupación sentida por convertirse en una alternativa real de gobierno para mandatar por su bienestar y calidad de vida, pero sí un interés por defender a ultranza identidades propias y por instalar agendas programáticas prediseñadas que no responden necesariamente a sus necesidades.

Esto es fundamental. Algunos sectores progresistas y de izquierda parecen haberse distanciado de una lucha amplia por recuperar las instituciones, hoy en día al servicio de ciertas élites, y han renunciado a ponerlas al servicio de las garantías de las mayorías sociales. Por el contrario, se han enfrascado en insignias y discursos propios de sus organizaciones que resultan de gran interés para un reducido número de activistas, pero poco atractivo para un amplio sector y, con ello, poco útil en términos políticos, entendiendo por este último concepto la capacidad de construir consenso social para ampliar, cada vez más, los campos de acción.

Las torpezas del ensimismamiento

Uno de los problemas derivados de la ideologización referida es el ensimismamiento y se expresa por los menos en cuatro niveles:

i) Ausencia de autocrítica. Suele predominar una incapacidad para replantear, repensar o actualizar el propio marco conceptual y de acción desde los cuales se interpretan las problemáticas del país y se plantean las alternativas de solución. Esta incapacidad de autocrítica es, de hecho, una característica innata de la ideologización, pero en este caso lo particular es que la actitud absorta impide poner en discusión el propio “orden hegemónico” existente al interior de las izquierdas.

ii) Dificultad para dialogar con otras propuestas. Además de ceguera, se presenta sordera. Ciertos sectores de la izquierda y del progresismo parecen ser dueños de la verdad, no de propuestas que son objeto de discusión. Esto trunca la posibilidad de reconocer en otras opiniones puntos de interés y conlleva a que prime la defensa radical de las orillas desde las cuales se postulan las ideas. En este caso la deliberación cede su lugar al monólogo y los encuentros, más que escenarios de construcción colectiva, se convierten en momentos de tensión donde cada organización siente la presión de instalar sus propias miradas, lo que genera que la aceptación de posturas diferentes se interprete como debilidad, mientras la obstinación se asume como virtud. De acá que varios llamados a la unidad hayan fracasado y sean contadas las experiencias exitosas donde las diferentes corrientes hayan confluido y construido un horizonte compartido.

iii) Incapacidad de reconocer y valorar en su justa medida las cualidades de los adversarios. La construcción e instalación de un pensamiento generalizado de derecha en el país tiene su mérito, y su reconocimiento no busca vanagloriarlo ni imitarlo. Pero una torpeza es pensar que quienes abrazan estas ideas son insensatos, tontos o simplemente ignorantes. El problema de esta arrogancia es que, por un lado, no permite explicar el fenómeno y no admite identificar los elementos desplegados que sustentan su efectividad. Por otro lado, establece una jerarquía intelectual (y un distanciamiento identitario) entre quienes interpretan de forma “acertada” la realidad (grupos de afinidad al progresismo y las izquierdas) y quienes no coinciden con estas lecturas (buena parte de la población). El resultado, claro está, es una incapacidad de comprender cómo se estructura el “sentido común”, y con ello, una incompetencia para transformarlo.

iv) Complicación para hablarle a la sociedad. No se trata únicamente de ser cada vez más visibles o de enfocar los esfuerzos en la creación de un mayor número de estrategias comunicativas. Esto es fundamental, por supuesto, y hace parte de la difusión de las ideas y de la alteración de los imaginarios. Pero el tema no se reduce a indicadores cuantitativos. Cuando se llama la atención sobre la relevancia de hablarle a la sociedad se debe pensar también en el contenido mismo de los mensajes y en la forma como se transmiten. El lenguaje, la distinción en las interpretaciones de los fenómenos sociales, pero especialmente la capacidad de lograr niveles de reconocimiento y afinidad en los oyentes y lectores, deben ocupar un lugar central.

Retomando lo fundamental

Los proyectos progresistas y de izquierda deben nutrirse de experiencias concretas, construir sus propias formas organizativas y definir, más allá de los vicios característicos de la clase dirigente del país, sus programas de acción de forma tal que se diferencien de la política tradicional.

Si su interés es constituirse en una alternativa creíble de mayorías, considero que deben centrar su mirada tanto en los fines como en los medios, deben resaltar las contradicciones del modelo actual y deben diferenciarse radicalmente de las prácticas políticas de los gobiernos de turno que han hipotecado las instituciones y el orden democrático para mantener los privilegios de unos pocos.

La protección democrática de los intereses de las mayorías sociales, por encima de los organizativos y partidarios, debe predominar, pero esto requiere, en mi opinión, de un amplio reconocimiento social (más allá de las afinidades), de un consenso mayoritario que apruebe las iniciativas políticas al valorarlas como expresiones legítimas y sentidas de una voluntad colectiva. Para ello, los progresismos y las izquierdas deben ver en los procesos de paz una gran oportunidad para recomponer su legitimidad ante la opinión pública, ya que, como veo las cosas, tendrán la posibilidad de hablarle a la sociedad y de ser escuchadas sin tener como telón de fondo el principal argumento desacreditador esgrimido por el establecimiento: ser voceros, militantes, cómplices o simpatizantes de la insurgencia. 

De esta forma, si las izquierdas y los progresismos no son capaces de ser autocríticos, si no hay interés en reconocer que parte de las causas de sus fracasos residen en sus mismas prácticas, y si no hay una reflexión seria sobre la necesidad de ser creativos e innovadores en el ejercicio político (tarea que recae principalmente en las nuevas generaciones), los afectos políticos de la población colombiana (y con ellos las opciones de ser gobierno) seguirán disputándose entre los mismos, es decir, entre las enquistadas derechas y ultraderechas que históricamente han orientado el destino político de Colombia y lo han convertido en uno de los países más inequitativos de la región.

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