La “crisis” de la izquierda colombiana

on Domingo, 31 Enero 2016. Posted in Artículos, Izquierda, Edición 74, Izquierda colombiana, Nacional, Edwin Cruz

74 Edwin

En el inminente posacuerdo de paz, la izquierda tiene por fin el reto y la oportunidad de asumir su pasado, con las identidades y “odios heredados” que lo forman, para proyectarse al futuro como una alternativa, sin dejar de ser izquierda.

 
Edwin Cruz
Fuente de la imagen: www.tereperez.com

 A nadie le va mal durante mucho tiempo sin que él mismo tenga la culpa

Montaigne

El profesor Luis Humberto Hernández, del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional, en su curso sobre sistema político colombiano planteaba una interesante y productiva metáfora para articular en el análisis político las dimensiones visibles y coyunturales, en su perspectiva la “cima”, con aquellas ocultas y estructurales de la realidad, la “sima”. Mientras la primera alude a la parte más visible de una montaña, la segunda es un acrónimo que designa los elementos básicos –silicio y magnesio- de los que se compone el magma que fluye en lo profundo de la Tierra, a miles de kilómetros de aquello que representa su concepto homófono, cuyos movimientos de larga duración dan forma a las elevaciones naturales de terreno.

Tal vez la actual “crisis” de la izquierda puede interpretarse como un problema de acción colectiva en la cima, que hunde sus raíces en complejos problemas de disonancia cognitiva en la sima.

Cima

El problema de acción colectiva se ha manifestado no sólo en la pérdida de la Alcaldía de Bogotá, pues esta derrota se enmarca en la incapacidad de los actores de izquierda para “capitalizar” electoralmente el inédito ciclo de protestas que se extendió desde la movilización estudiantil, en el segundo semestre de 2011, hasta el segundo paro agrario, a mediados de 2014. Tanto en los comicios parlamentarios como en los de mitaca, la izquierda no consiguió mejorar su desempeño e, incluso, dependiendo de la delimitación que se haga de ella, retrocedió en ese terreno. Todo lo contrario a lo que hicieron el MAS-IPSP en Bolivia o Alianza País en Ecuador: ganaron las elecciones apoyados en grandes movilizaciones sociales que evidenciaban el descontento con las formas tradicionales de la política. ¿Por qué en Colombia hubo un desencuentro entre protestas y elecciones?

Claramente, existen constricciones en el sistema político que impiden a la izquierda operar como quisiera en el escenario electoral. Bastaría decir que el principio un ciudadano=un voto difícilmente aplica en ciertos lugares del país, por el secular gamonalismo armado transmutado de formas diversas en medio de la guerra, por los electorados cautivos de las maquinarias clientelistas, o por una combinación de ambos. El “voto de opinión” si acaso opera en las grandes ciudades, pero la fluidez entre legalidad e ilegalidad y la ausencia de controles efectivos por parte de una autoridad electoral politizada aumentan astronómicamente los costos de las campañas, volviéndolos restrictivos y excluyendo de la competencia por ese electorado a buena parte de los actores políticos representativos, incluyendo a la izquierda.

Por otra parte, las movilizaciones sociales y la participación electoral funcionan con lógicas distintas que no necesariamente se articulan. En el seno de la izquierda existe una fluidez entre lo social y lo político, de tal manera que grandes movilizaciones como, por ejemplo, las de los estudiantes en 2011, habrían sido imposibles sin el acumulado de experiencias, conocimientos y liderazgos de las organizaciones partidistas. No obstante, no pocas veces la participación electoral ha terminado por desarticular los esfuerzos organizativos en el ámbito social. Tal vez fue lo que ocurrió, en cierta medida, con la MANE. En vez de unir, las elecciones suelen dividir a la izquierda, con lo cual sus distintas fracciones terminan disputándose el mismo electorado en lugar de disputar el de los políticos tradicionales.

Podría argüirse que luego de una década de “seguridad democrática”, durante la cual se revivió la Doctrina de Seguridad Nacional para criminalizar y reprimir toda expresión de izquierda convertida en encarnación del “terrorismo”, la cultura política colombiana se ha “derechizado” y, por lo tanto, las fuerzas progresistas difícilmente podrían tener un buen desempeño electoral. No obstante, esta hipótesis dejaría sin explicar por qué fue, precisamente como única oposición al uribismo, que la izquierda consiguió sus mejores votaciones históricas desde 2002. Además, tal aserto supone que en el país las elecciones se definen por posicionamientos ideológicos, lo que a todas luces está muy lejos de la realidad. Si bien Uribe consiguió gracias a ese voto ideológico, y con una lista cerrada de no pocos personajes desconocidos, poco más de dos millones de votos en las parlamentarias, su partido se rajó al competir con las maquinarias electorales en las regiones. Si Uribe ganó pero el uribismo perdió, el pueblo colombiano parece ser más uribista que derechista. Así, si bien la cultura política colombiana suele caracterizarse como conservadora, no es menos cierto que está lejos de determinar tendencias electorales. Aún más, muchos de sus elementos podrían resignificarse en función de proyectos progresistas.

Ninguna de estas razones explica convincentemente la incapacidad de la izquierda para capitalizar las movilizaciones en votos, que habría sido posible si se tiene en cuenta que se trató de un contexto político totalmente inédito. Es cierto que la represión en contra de los liderazgos sociales y políticos de izquierda es una constante que no se modificó sino que por el contrario se intensificó con el mencionado ciclo de protestas. Así por ejemplo, varios analistas han llegado a plantear que en contra de Marcha Patriótica se está produciendo un genocidio de iguales proporciones al que acabó con la UP, pues ya son más de medio centenar de activistas de este movimiento asesinados o desaparecidos, sin contar las múltiples amenazas y las diversas formas de criminalización de que ha sido víctima. Sin embargo, la coyuntura revelaba bastantes oportunidades políticas.

No sólo existía un descontento palpable en buena parte de la población que se expresó en movilizaciones, muchas de las cuales obtuvieron un gran respaldo y consiguieron insertarse, aunque fuera por un tiempo, en la agenda pública nacional. La apertura de negociaciones de paz provocó toda una reconfiguración del escenario político, cuya más visible consecuencia fue la división en el seno de las élites, entre Uribe y Santos. Desde 1982, cuando se ensayaron las primeras negociaciones con la insurgencia, los procesos de paz provocan realineamientos políticos en función de las posiciones frente al conflicto armado y de las posibles transformaciones del sistema político con el eventual éxito de los diálogos, pero también implican un cambio en las coordenadas del lenguaje político, que permite la emergencia de las demandas acalladas o invisibilizadas.

La izquierda no tuvo la capacidad para aprovechar ese escenario y ni siquiera los esfuerzos de articulación en el ámbito social, por ejemplo en el marco de la Cumbre Agraria o en iniciativas a favor de la paz, se tradujeron en el escenario político-electoral. Todo a causa del sempiterno problema de la falta de unidad. En lugar de construir una unidad organizativa, el Polo Democrático fue una coalición de organizaciones con identidades y memorias acumuladas de consecuencias centrífugas. En el fondo, allí se encuentran las razones del inicial alejamiento del petrismo. Aún vale la pena preguntarse por qué a ciertas fracciones les pareció inadmisible acompañar a la Marcha Patriótica por sus supuestos vínculos con la insurgencia armada, hasta el punto de expulsar al Partido Comunista por “doble militancia”, pero no les pareció inadmisible callar frente a la rampante corrupción durante la Alcaldía de Samuel Moreno en Bogotá.

En todo caso, la falta de unidad, lejos de ser un lugar común, impide generar acciones concertadas sustentadas en interpretaciones convergentes de la realidad y en proyectos políticos coherentes que interpelen al pueblo. La falta de un marco cognitivo común, por ejemplo, dificultó una lectura unificada de la división entre Uribe y Santos, que hasta hoy es objeto de acalorados debates, y en buena medida imposibilitó aprovechar las oportunidades abiertas. Más que una interpretación “verdadera” de la realidad, lo que estaba en juego era la capacidad de generar acciones unificadas y capaces de hablarle a la sociedad colombiana. Obviamente, si existiera una mínima convergencia organizativa habría sido menos difícil producir ese marco cognitivo y ese discurso político comunes. Algo así fue lo que ocurrió a partir de la convergencia en el Frente Social y Político, luego en el Polo Democrático Independiente y, también en parte, en el Alternativo. Estas experiencias muestran que la unidad de la izquierda rinde importantes frutos.

Sima

La incapacidad de capitalizar las movilizaciones en el escenario político es en buena parte responsabilidad de los sujetos de izquierda. El escenario político se transformó abriendo oportunidades políticas, pero en lugar de “reencaucharse” para aprovechar ese nuevo escenario, producir convergencias organizativas, cognitivas y discursivas, la izquierda se sumió en sus tradicionales y particulares peleas.

Ahora bien, el problema de fondo es que esas peleas, por más que a un observador externo puedan parecer bizantinas e hilarantes, tienen un gran arraigo en la forma como históricamente se han formado las identidades de los sujetos colectivos de izquierda e impiden generar un marco cognitivo compartido que guíe su acción colectiva.

Elementos mínimos de un marco cognitivo, entendido como una representación de la realidad que da sentido a la acción política, serían: un diagnóstico compartido de los problemas de la sociedad colombiana, que sea capaz de identificar unos mismos adversarios y/o responsables de esos problemas, una misma identidad colectiva o definición del “nosotros” y un proyecto político común, un horizonte normativo o un “deber ser” hacia el cual orientarse. La izquierda colombiana, tomada como una totalidad, carece de un marco así, pues sus componentes están fragmentados o no son compartidos por los sujetos colectivos que la conforman. Para no ir muy lejos, no para toda la izquierda es obvio que se deba apoyar la industria nacional del azúcar pese a sus comportamientos oligopólicos, ni para todos es deseable apoyar un movimiento como Marcha Patriótica. Desarrollar ese marco es fundamental para articular a los actores de izquierda pero, sobre todo, para interpelar y articular al pueblo colombiano, o cuando menos a una mayoría.

Entre las distintas organizaciones políticas y partidistas existen múltiples significados de la democracia, de la “misión” de la izquierda en el sistema político colombiano, del modelo de desarrollo, etcétera. Todo eso es apenas normal y no tendría por qué evitar que existan convergencias organizativas, cognitivas y discursivas, y menos en un escenario en donde la opción por la “lucha armada” desaparezca en forma definitiva. Para “hablarle” a la sociedad colombiana de una forma comprensible y con capacidad de interpelación, primero hay que ser capaces de hablar entre izquierdistas, de generar un lenguaje compartido que haga posible la discusión. Sin embargo, no son estas diferencias las que mantienen a la izquierda dividida o, lo que es lo mismo, las que impiden la construcción de un marco cognitivo común, sino una serie de prácticas comunes y arraigadas en los sujetos colectivos que de ella hacen parte. Lo paradójico, entonces, es que lo que divide a la izquierda es aquello que sus actores tienen en común.

Algunas de esas prácticas pueden comprenderse, acudiendo a otra metáfora, como el resultado de disonancias cognitivas, que están presentes tanto en el campo de la izquierda, tomado como un todo, como en cada una de sus organizaciones. De hecho, son esas prácticas el elemento que, desde el punto de vista externo, por ejemplo del votante promedio, identifica a la izquierda, más que sus plataformas políticas propiamente dichas. En términos muy generales, la disonancia cognitiva se origina cuando existen dos marcos cognitivos en conflicto. Resolver esa tensión puede llevar, o bien a modificar determinadas prácticas para hacerlas coherentes con el conjunto de principios que forman el marco, o bien a generar racionalizaciones que de alguna manera expliquen la incoherencia. La izquierda parece haberse dedicado a racionalizar las tensiones que producen sus prácticas, más que a generar cambios que propicien alguna coherencia.

Así, el diálogo en el interior de la izquierda y su proyección a la sociedad no se explica tanto por el dogmatismo, si por ello se entiende una fidelidad inflexible a principios últimos, puesto que ello implicaría una coherencia absoluta entre las prácticas y aquello que les da sentido, los marcos cognitivos, sino más bien son ciertas formas de disonancia las que impiden el entendimiento entre la izquierda y entre ella y la sociedad colombiana. Quizás la disonancia más importante se produce con los marcos que dan sentido a la práctica política misma.

La mayoría de las organizaciones manejan dos marcos cognitivos para dar sentido a su práctica política. Desde la crisis de la izquierda a principios de los años noventa, ha habido una liberalización de la izquierda, hasta el punto de que en varios momentos su proyecto parece haberse reducido a defender lo que queda de la Constitución de 1991. También la necesidad de captar votantes, en un contexto en donde la izquierda civil se asocia a la guerrilla (cuyo proyecto es socialdemócrata pero se persigue mediante las armas), ha contribuido a esa liberalización.

Así, hacia fuera, la praxis política de la izquierda adquiere sentido en un marco cognitivo liberal, que trata de persuadir a los demás actores de que concibe la política como la generación de consensos en medio de adversarios, es decir, respetando las irreductibles diferencias. De ahí que las plataformas ideológicas de los distintos actores poco hablen de hacer la revolución o caminar hacia el socialismo, mucho menos se emplean los términos con los que en la prensa se anatemiza el discurso de izquierda como “mamerto”, conceptos como “clases sociales”, “explotación”, “burguesía”, “proletariado”. Por el contrario, el discurso izquierdista está hegemonizado por los significantes dominantes de democracia, ciudadanía, respeto por las diferencias, etc.

Sin embargo hacia dentro, esto es, en las relaciones entre actores de la izquierda, subsiste un marco cognitivo schmittiano, que concibe la política como una lucha entre enemigos, una relación de suma cero en la cual lo que ganan “ellos” lo perdemos necesariamente “nosotros” y viceversa. Lo que predomina aquí es el realismo político, de tal manera que cada organización se percibe como la verdadera representante de la izquierda o como más izquierdista que las demás, lo que equivale a auto-asignarse una cierta superioridad moral e intelectual. Los “compañeros” se reducen a aquellos que participan de la misma organización, mientras que el resto de organizaciones se perciben, potencialmente al menos, como “enemigos”.

Ahora bien, lo que impide la unidad parece ser el modo como se ha tratado de resolver la disonancia, porque está muy arraigado en prácticas cotidianas y virtualmente es incuestionado o relegado a un territorio supuestamente “no político”, de lo moral o de lo ético. La disonancia se expresa cuando un compañero es puesto en el marco cognitivo del enemigo, lo cual es totalmente incoherente y plantea una tensión. La izquierda resuelve esa tensión, no mediante la transformación de sus prácticas o de sus marcos cognitivos para hacerlos coherentes, sino aplicando una racionalización basada en aquello que tanto denigró Estanislao Zuleta en su Elogio de la dificultad. A los otros se les juzga según el punto de vista esencialista: los “mamertos” o los “jupitas”, se decía ayer, son así, siempre lo han sido y siempre lo serán. Ésa es su esencia. Pero a uno mismo o al “nosotros” de cada organización, se lo juzga con un punto de vista circunstancialista o relativista. Esto se traduce en una cierta potestad para pasarse por la faja todos aquellos principios que se reivindican y que supuestamente dan sentido a la práctica política, siempre y cuando las circunstancias permitan justificarlo, acaso por razones “tácticas”.

Las consecuencias más visibles de esa forma de resolver la disonancia cognitiva pueden sintetizarse en que la izquierda borra con la mano lo que escribió con el codo. De nada vale asumir hacia fuera un discurso liberal, sea de manera comprometida o simplemente táctica, en un esfuerzo por sintonizar con la sociedad, si esa misma sociedad percibe prácticas políticas en la izquierda que anulan sus idearios y reivindicaciones. La incapacidad de la izquierda para interpelar a la sociedad debe menos al contenido de su discurso, después de todo socialismo es como mínimo sinónimo de satisfacción de necesidades básicas como salud o educación, que al hecho de que ciertas prácticas transmiten la idea de que la izquierda no es sustancialmente distinta de los demás actores políticos, no practica menos la “ley del embudo” o es menos “rosquera”, etcétera, como para constituirse en alternativa.

En otras palabras, el problema no está en el discurso mismo sino en las prácticas con las que está entrelazado. Por consiguiente, la resolución de la disonancia no necesariamente pasa por liberalizar aún más el discurso político de la izquierda. Otras formas discursivas pueden igualmente operar para conseguir la unidad e interpelar a la sociedad. La resolución no es irreparablemente liberalizarse, pues probablemente la gente rechaza más ciertas prácticas asociadas a la izquierda que su propio ideario, sino ser capaz de resolver la disonancia cognitiva a favor de la izquierda.

La necesaria metamorfosis

La crisis se produce cuando los marcos cognitivos que han dado sentido a nuestras acciones no nos permiten seguir actuando, bien por un cambio en la situación, que los vuelve obsoletos, o bien por una disonancia entre ellos. Quizás la “crisis” de la izquierda no se produjo en las últimas elecciones sino que está enraizada en la forma misma como los sujetos que conforman este campo han construido sus identidades.

La idea de metamorfosis tal vez pueda iluminar una resolución para la disonancia en la izquierda, puesto que no implica abandonar las identidades previas que cada sujeto político u organización ha construido, es decir, no supone dejar de ser para poder devenir en otra cosa. La mariposa es una misma desde el huevo, pasando por la oruga y la crisálida. La metamorfosis supone ser de otro modo mientras se sigue siendo lo que se era. Se trata de asumir eso que se era, al mismo tiempo que se realizan sus potencialidades, como condición para proyectarse al futuro.

En el inminente posacuerdo de paz, la izquierda tiene por fin el reto y la oportunidad de asumir su pasado, con las identidades y “odios heredados” que lo forman, para proyectarse al futuro como una alternativa, sin dejar de ser izquierda.

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